Luz
Luz y la neblina. El frío del páramo no es solo una temperatura; es un peso que se...
arrow_forward LeerLa televisión iluminaba el living con un parpadeo constante, casi hipnótico. En la pantalla, una conductora sonreía mientras ofrecía un set de cuchillos “indispensables para cualquier hogar”.
Hundida en el sofá, Josefina País miraba la pantalla sin pestañear.
El departamento era pequeño, de esos que parecen haber quedado detenidos en otra década.
En el aire flotaba ese olor persistente, difícil de ubicar para cualquiera que entrara por primera vez en el departamento. Salado. Húmedo. Como aceitunas sumergidas demasiado tiempo en su propio líquido. La salmuera parecía haberse adherido a las paredes, a la tela del sofá, a la piel misma de Josefina.
La tela de su ropa de estar se tensaba en algunos puntos, marcando la forma pesada de su figura. El pelo negro, recogido en una coleta tirante, parecía una extensión de su disciplina: ni un mechón fuera de lugar, incluso estando en casa.
Sus manos se ocupaban de agarrar los cubiertos para desmenuzar las sardinas sumergidas en aceite que untaba sobre unas tostadas mientras miraba absorta la pantalla.
Josefina se había recibido de enfermera por necesidad, no por vocación. Su madre llevaba años enferma de Esclerosis lateral amiotrófica. No había dinero para internaciones prolongadas ni para cuidados externos. Así que Josefina estudió, aprendió. Practicó.
El hospital San Gabriel la había aceptado poco después de recibirse. No era un edificio que llamara la atención a primera vista. Era, más bien, una estructura cansada, de otra época, que seguía en pie por costumbre más que por orgullo.
Las ventanas eran altas, con marcos de hierro que ya no cerraban bien, y muchas estaban abiertas incluso en días fríos, como si el edificio necesitara respirar para no sofocarse.
Era un lugar grande, con suficiente movimiento como para que nadie hiciera demasiadas preguntas. Josefina País encajaba ahí sin esfuerzo. No generaba preguntas. Como el edificio, estaba ahí… y eso era suficiente. Incluso el olor encontraba un lugar.
El aroma salado que impregnaba la piel de Josefina no chocaba del todo con el ambiente. Se mezclaba con el desinfectante, con la humedad de las paredes, con el leve rastro metálico del instrumental. No era agradable, pero tampoco completamente ajeno.
Pero antes de eso, todo había ocurrido ahí mismo. En ese sillón no, pero sí a pocos metros, en la habitación que ahora permanecía cerrada. Su madre murió en ese departamento. Josefina la había cuidado hasta el final.
Esa última noche, la puerta de la habitación estaba entornada, como siempre. Josefina observaba a su madre desde ese lugar sin que la anciana pudiera darse cuenta de que su hija estaba allí.
Hundida en el colchón, rígida en algunas partes y deshecha en otras, su madre parecía haber sido abandonada por sí misma mucho antes de esa noche. La piel, estiraba sobre los huesos, tenía un tono apagado, amarillento, casi translúcido en ciertas zonas. Las venas se marcaban como hilos oscuros bajo la superficie, frágiles, a punto de romperse.
La boca, entreabierta, dejaba escapar un hilo de aire irregular, húmedo, cargado de un sonido áspero, como si cada respiración raspase algo por dentro. Los labios estaban resecos, agrietados, apenas teñidos de un color que ya no era vida. Y un hilo de baba tibia resbalaba por su barbilla y terminaba cayendo sobre la sábana en un charco indecoroso. Los ojos… seguían abiertos. Pero no miraban.
El pecho subía y bajaba con dificultad.
Un sonido húmedo, profundo, surgía de la garganta.
Josefina se acercó. Apoyó la mano sobre la muñeca de su madre. Sintió el pulso: débil, irregular, obstinado. Un latido que no parecía responder a nada más que a la inercia. La observó durante unos segundos largos.
—Ya está —dijo.
No hubo reacción. Ni siquiera un cambio en la respiración.
Josefina desvió la mirada hacia la jeringa que estaba sobre la mesa de luz. Luego volvió al rostro de su madre. Josefina se inclinó levemente. Su sombra cubrió los ojos abiertos de la mujer en la cama. Estiró la mano. Sus dedos rozaron la jeringa. Se detuvieron. El pulso seguía ahí. Insistente. Después, su mano se movió. El sonido de la respiración cambió. Se quebró. Se alargó en una exhalación que pareció no terminar nunca. El pulso… dudó. Y finalmente cedió.
A la mañana siguiente, cuando alguien preguntó, Josefina respondió:
—Murió tranquila.
En la televisión, la conductora reía mientras demostraba la facilidad con la que un limpiador eliminaba manchas imposibles. Josefina terminó de comer las sardinas, soltó los cubiertos, estiró el brazo y tomó el control remoto. Subió apenas el volumen. La voz llenó el espacio. El departamento pareció, por un momento, menos vacío. Pero el olor seguía ahí. Siempre estaba.
Josefina avanzó por el corredor con su paso medido, uniforme. Llevaba el pelo recogido como siempre, la mirada fija al frente, las manos ya ocupadas con una carpeta que ni siquiera necesitaba revisar para saber qué contenía.
—Buen día Josefina —dijo una voz al pasar.
Era Marta, otra enfermera del turno mañana. Más baja, más rápida en sus movimientos, siempre con algo de cansancio acumulado en la cara.
—Buen día —respondió Josefina, sin detenerse.
Marta caminó unos pasos a su lado.
—¿Te tocó la 12 otra vez? Ese hombre no durmió nada. Llamó toda la noche.
Josefina asintió apenas.
—Se calma cuando lo acomodás bien.
—Ojalá –resopló Marta—. A mí ya me sacó de quicio.
Josefina no sonrió. Nunca lo hacía en esas conversaciones. Escuchaba, respondía lo justo.
—Después paso —dijo—. Lo veo.
Marta la miró un segundo más, como evaluando si había algo más que decir, pero terminó encogiéndose de hombros.
—Sos un robot, Josefina.
Josefina no respondió.
Siguió caminando.
En el puesto de enfermería, dos médicos discutían en voz baja frente a una pantalla. Uno de ellos levantó la vista cuando ella se acercó.
—País —dijo, señalando la carpeta—. ¿Revisaste los valores de la 8?
—Sí.
—¿Y?
—Estables.
El medico asintió, aliviado.
—Bien. Con vos me quedo tranquilo.
Josefina apoyó la carpeta sobre el mostrador.
—Le ajusté la medicación a la noche –agregó.
—Perfecto.
Otro enfermero, Luis, se acercó con un café en la mano.
Josefina comenzó su recorrido.
En la 10, una mujer dormía profundamente. Josefina revisó el suero, ajustó la velocidad con un gesto mínimo. En la 11, un hombre mayor la miró entrar con ansiedad.
—¿Cuánto falta para que me den el alta? —preguntó.
—Depende de cómo evolucione —respondió ella, acomodándole la sábana con firmeza—. Descanse.
El hombre asintió, aunque no parecía convencido.
En la 12, tal como había dicho Marta, el paciente estaba despierto. Inquieto. Los ojos moviéndose rápido.
—No puedo respirar bien —dijo apenas la vio.
Josefina se acercó. Acomodó la almohada. Ajustó la posición de la cama.
—Ahora va a mejorar —dijo.
El hombre la miró. Esperó. Respiró. El ritmo cambió. Se hizo más regular.
—Ahí… —murmuró—. Sí… ahí está mejor.
Josefina asintió. Se quedó unos segundos más de lo necesario, observando cómo el cuerpo se estabilizaba. Cómo la tensión cedía. Cómo la respiración encontraba un orden. Después, dio un paso atrás.
—Llame si necesita algo —dijo.
Salió de la habitación cerrando la puerta con suavidad.
El hospital San Gabriel cambiaba de carácter cuando caía la noche. No se apagaba, pero se recogía. Las voces bajaban, los pasos se volvían más espaciados, y los pasillos parecían alargarse bajo la luz fría de los fluorescentes.
A Josefina le gustaba ese turno. Había menos interrupciones. Menos ojos. Menos preguntas.
El puesto de enfermería estaba casi vacío. Marta se había retirado hacía una hora y el médico de guardia permanecía encerrado en su consultorio, con la puerta entreabierta y la luz encendida. Desde adentro llegaba el sonido bajo de una radio.
Josefina revisó las planillas con movimientos lentos, precisos. No necesitaba leer demasiado. Ya sabía.
La habitación 14.
Varón, setenta y ocho años. Insuficiencia cardíaca avanzada. Sin visitas en los últimos días. Evolución desfavorable. Cerró la carpeta.
El pasillo que llevaba a esa habitación estaba más oscuro que el resto. Uno de los tubos de luz parpadeaba con un ritmo irregular. Josefina caminó por ahí sin apurarse, como si conociera exactamente cada centímetro. Al llegar, apoyó la mano en la manija y la giró sin hacer ruido. Adentro, el paciente dormía.
El pecho subía y bajaba con dificultad, acompañado de un leve silbido. El monitor registraba cada latido con un sonido constante, monótono. Josefina cerró la puerta detrás de sí.
Se acercó a la cama y observó. No había emoción en su rostro.
Apoyó dos dedos en la muñeca del hombre. El pulso era débil, irregular. Inestable. Un cuerpo que ya estaba en retirada.
—Ya está —murmuró, casi sin voz.
El hombre no respondió. Pero sus párpados temblaron apenas, como si algo, en algún lugar profundo, hubiera registrado la presencia.
Josefina rebuscó dentro de su bata de enfermera.
Sacó una jeringa cargada con cloruro de potasio. Observó la aguja y liberó un poco de líquido. Buscó la vía. La encontró al primer intento.
El monitor siguió marcando ese ritmo frágil. El silbido en la respiración continuó. Josefina presionó el émbolo.
El líquido desapareció dentro del cuerpo del hombre como si siempre hubiera pertenecido ahí.
Al principio, nada cambió.
Después, el sonido del monitor se alteró.
La respiración se volvió más superficial. Más corta. Como si el aire empezara a escasear dentro de un espacio que antes lo contenía sin esfuerzo.
Los ojos del hombre se abrieron apenas. No llegaron a enfocarla. Pero sintió el olor. Ese olor a salmuera de aceitunas.
El monitor emitió un pitido más largo. Luego otro. Y finalmente, uno continuo. Plano.
Sostenido.
Josefina retiró la jeringa con cuidado. Presionó el punto de entrada con una gasa..
Miró el rostro del hombre. La tensión había desaparecido. El cuerpo se había rendido por completo.
Josefina acomodó la sábana hasta el pecho, como si estuviera arropándolo. Apagó el monitor.
Antes de salir, se detuvo un instante.
Nada fuera de lugar.
Abrió la puerta y volvió al pasillo.
El hospital seguía igual. Como si nada hubiera ocurrido.
Nadie sospechaba de ella. ¿Por qué lo harían? Josefina era eficiente, puntual, dedicada. Nunca faltaba, nunca cometía errores. Los médicos confiaban en su criterio, los pacientes la recordaban –cuando podían- como una presencia suave, casi maternal. Y, sin embargo, Josefina decidía quién vivía y quién no. Hasta que un día llegó él.
Cesar ya estaba instalado en la habitación 18 cuando Josefina entró por primera vez.
Josefina avanzó hasta el pie de la cama, revisando sin hablar.
—¿Dolor? —preguntó.
—Sí —respondió él.
Pausa.
—Pero no es lo peor.
Josefina anotó algo en la planilla sin mirarlo.
—No va a poder moverse por un tiempo —dijo, como si estuviera leyendo un dato más.
—Eso ya lo sé.
Josefina ajustó el suero. Comprobó la vía. Cuando terminó, hizo el gesto habitual de acomodar la sábana. Sus manos se detuvieron un segundo sobre las piernas inmóviles.
César la estaba mirando.
—¿Siempre hace todo así? —preguntó.
Josefina levantó la vista.
—¿Así como?
—Como si no hubiera nadie.
Ella no respondió de inmediato.
—Es más fácil.
—Yo no puedo hacer eso.
Josefina ya se estaba girando para irse.
—Voy a necesitar algo —dijo él.
—¿Qué cosa?
—Carbonilla. Papel.
Josefina apenas frunció el ceño.
—Esto es un hospital.
—Ya sé.
Silencio.
—Pero si no hago algo con las manos, me voy a volver loco.
—Veré que puedo hacer. No prometo nada.
Pasaron dos días antes de que César tuviera lo que pidió.
Josefina los dejó sobre la mesa de luz sin decir nada.
—Gracias —dijo él.
El primer trazo fue largo. Oscuro. Después otro y otro.
Josefina no entendía lo que estaba viendo, pero no podía dejar de mirar.
El dibujo apareció de a poco. Un horizonte. Una línea de árboles. Un camino.
Josefina no dijo nada.
Cuando terminó, César dejó la carbonilla a un lado.
—Es para usted —dijo
Josefina no se movió.
—No —respondió.
—Sí.
Le extendió la hoja.
Ella dudó. Luego la tomó.
Era un paisaje simple, hecho en carbonilla.
—No tengo dónde ponerlo —dijo.
—Ya va a encontrar.
Esa noche Josefina no encendió la televisión de inmediato.
El living estaba igual que siempre. Pesado. Quieto. Con ese olor que no se iba nunca.
Miró la pared. Vacía. Durante años había estado así. Sin cuadros. Sin fotos. Sin nada que interrumpiera esa superficie opaca.
Josefina se quedó de pie un rato largo. Después, sin pensarlo demasiado, buscó cinta. Alisó la hoja. Y la pegó.
Se sentó en el sofá. Miró el dibujo.
El paisaje parecía abrir un espacio que no estaba antes. No era alegría. No era calma. Pero era… algo distinto.
Esa fue la primera vez que colgó algo en su casa. El segundo cuadro llegó a los pocos días.
Esta vez, César usó lápices de colores.
El trazo seguía siendo firme, pero más contenido. El paisaje era similar: campo abierto, línea de árboles. Pero ahora el cielo tenía un degradé suave, del azul al naranja. Un atardecer. Las sombras estaban construidas con capas finas, superpuestas, sin apuro.
Josefina notó el cambio. El color. Le resultó extraño. Lo colgó al lado del primero. Esa noche, el departamento no se sintió igual. No más cálido. Pero menos uniforme. Como si algo hubiera empezado a romper la monotonía.
El tercero fue distinto. Acuarela.
El papel era más liviano, ondulado en los bordes por el agua. El paisaje mostraba una laguna. El cielo se reflejaba en la superficie con manchas irregulares, casi accidentales, donde el pigmento se expandía sin control total. Había zonas donde el color se diluía hasta desaparecer, dejando espacios blancos que parecían respiraciones dentro de la imagen.
Josefina pasó los dedos por el borde seco del papel. Nunca había tocado algo así. No era preciso como los anteriores. Era… más suelto. Más inestable. Lo colgó debajo de los otros.
Esa noche, al mirar la pared, sintió algo leve en el pecho. No supo si era incomodidad o interés. Pero ya no era indiferencia.
El cuarto cuadro tenía más decisión. Pasteles al óleo.
El trazo era grueso, casi violento en algunas zonas. Un cielo cargado, pesado, con tonos azules profundos y grises densos. La tierra, abajo, era una masa de ocres y verdes oscuros, aplicados con presión. Se veían las marcas de los dedos, arrastrando el color, mezclándolo directamente sobre el papel.
Era un paisaje más cerrado. Más bajo. El horizonte casi desaparecía. Josefina lo miró más tiempo que los otros. Lo colgó igual. Pero más separado.
Esa noche no encendió la televisión. Se quedó mirando los cuadros en silencio. Sintiendo cómo algo se movía por dentro, lento, incómodo.
Como si esas imágenes empezaran a ocupar un lugar que antes estaba vacío… pero no necesariamente disponible.
Después vinieron más.
Cada cuadro encontraba su lugar en el departamento. Josefina no los acomodaba demasiado. Los pegaba donde había espacio. Las paredes empezaron a llenarse. El olor seguía ahí. El silencio también. Pero ya no eran lo único.
Al principio, josefina miraba los cuadros como objetos. Después, empezó a detenerse en ellos. A seguir las líneas. A reconocer las variaciones. A anticipar lo que César iba a hacer antes de que lo hiciera. Y sin darse cuenta, empezó a a esperar el siguiente.
No lo decía. No lo mostraba. Pero cuando entraba a la habitación y veía una hoja nueva sobre la mesa…
Algo en su pecho se ajustaba. Como una tensión distinta. No era calma. No era felicidad. Pero era… expectativa. Algo que no había sentido en mucho tiempo.
Ese día Josefina se despertó diferente. Algo en su interior había cambiado y sabía bien a que se debía. Por primera vez en su vida, alguien había logrado conmoverla.
Mientras caminaba por el pasillo rumbo a la habitación de César no podía aguantarse las ganas de lo que le iba a anunciar a su paciente: “en unos días te darán el alta”.
Abrió la puerta de la habitación y sin entender del todo por qué…
La vio.
Una mujer.
Sentada a su lado.
Tomando su mano.
Conversando.
Íntimamente.
La mujer levantó la vista primero. Después César.
—Ah, Josefina —dijo él con una breve sonrisa.
Josefina no respondió de inmediato. Su mirada pasó de una mano a la otra.
Entrelazadas. Luego al rostro de él. Después al de ella.
—Vine a ver si estaba todo bien. Si necesitabas algo.
César tosió.
—No. Muchas gracias. Te presento a Estela, mi mujer.
La mujer miró a Josefina y esbozó una sonrisa. Josefina se quedó muda y agachó la cabeza.
—Me retiro. Mil disculpas.
Sin darles tiempo para que digan nada, Josefina cerró la puerta y se fue por el pasillo.
Todo había sido una ilusión. Quitaría cada uno de esos cuadros de sus paredes y los rompería antes de tirarlos a la calle.
Al final, todos los pacientes eran pacientes.
Los cuerpos eran cuerpos.
Y todos, tarde o temprano…
Merecían morir.
Habitación 18.
A medida que se acercaba, el hospital parecía estrecharse alrededor de ella. Cada paso hundía más profundamente la decisión dentro de su cuerpo.
Ya no había duda. Ya no había confusión. Solo esa claridad fría que aparecía antes de hacerlo.
Llegó al puesto de enfermería. Abrió el compartimiento donde debía estar el cloruro de potasio.
Vacío. Lo miró unos segundos. Después abrió otro cajón. Y otro. Nada.
Sintió un tirón seco en el pecho.
Por un instante, el miedo apareció. No miedo a matar. Miedo a no poder terminar.
A dejar algo incompleto.
Miró alrededor. El pasillo seguía vacío.
El médico de guardia no había salido de su oficina en casi una hora. Desde allí llegaba apenas el murmullo lejano de la radio.
Josefina cerró lentamente el cajón.
Y entonces levantó la vista hacia el carro de ropa limpia. Encima había una almohada.
La observó un segundo largo.
Después la tomó.
Y siguió caminando.
La puerta de la habitación 18 estaba entreabierta. Adentro, la luz era tenue.
César dormía de costado, apenas inclinado hacia la ventana. La tabla de dibujo descansaba sobre la mesa cercana. Había dejado un pincel secándose dentro de un vaso con agua turbia.
Josefina entró sin hacer ruido. Cerró la puerta detrás de sí. El clic suave de la cerradura sonó más fuerte de lo normal.
César no despertó.
Josefina avanzó lentamente hasta la cama. Lo observó.
Sintió algo quebrarse otra vez dentro suyo. Pero esta vez no era duda.
Era furia.
Josefina levantó la almohada. La sostuvo unos segundos sobre el cuerpo dormido.
Respiró.
Y entonces la bajó de golpe sobre el rostro de César.
El impacto lo despertó inmediatamente.
El cuerpo reaccionó con violencia.
César lanzó un sonido ahogado y sus brazos se dispararon hacia arriba, aferrándose a las muñecas de Josefina con una fuerza brutal.
La cama crujió.
Josefina empujó con todo el peso de su cuerpo.
—¡Quedate quieto! —gruñó entre dientes.
César forcejeaba desesperadamente debajo de ella. Las piernas no respondían, inútiles bajo las sábanas, pero los brazos sí. Y tenían una fuerza nacida del terror puro.
La almohada se movía violentamente entre ambos.
El sonido de la respiración atrapado, húmeda, desesperada, llenó la habitación.
Josefina apretó más. Sintió las manos de César clavarse en sus antebrazos.
Él logró girar parcialmente la cabeza. Un jadeo de aire entró violentamente en sus pulmones.
—¡Josefina!...
La voz salió rota.
Incrédula.
Eso la enfureció más.
Volvió a presionar.
La cama golpeaba contra la pared con cada movimiento.
El vaso con agua cayó al suelo y explotó en pedazos.
César lanzó un manotazo desesperado y consiguió apartar apenas la almohada de su rostro.
Tomó aire de golpe.
—¿Qué estás haciendo?...
Josefina no respondió.
Su cara había cambiado por completo. El esfuerzo le deformaba las facciones. Los ojos abiertos demasiado grandes. La respiración convertida en gruñidos cortos.
Empujó otra vez. Pero César reaccionó más rápido.
Con un movimiento brutal de los brazos, la sujetó del uniforme y tiró hacia adelante con toda la fuerza que le quedaba.
Josefina perdió el equilibrio.
El peso de ambos hizo crujir la cama. La almohada cayó al suelo.
Durante un segundo quedaron frente a frente. Respirando agitados. Mirándose.
Y entonces César entendió.
No completamente. Pero lo suficiente.
El miedo apareció en sus ojos. Un miedo real. Humano.
Josefina lo vio. Y sintió algo oscuro abrirse dentro de ella. Algo inmenso. Algo que llevaba años esperando salir por completo.
La respiración agitada de César llenaba el espacio en jadeos cortados, desesperados. El agua derramada avanzaba lentamente por el piso mezclándose con los restos de vidrio del vaso roto. La cama había quedado torcida, desplazada varios centímetros de su lugar.
Josefina seguía inclinada sobre él. Inmóvil. Sus manos aún tensas. Sus ojos clavados en el rostro de César.
Y César la miraba como si ya no estuviera viendo a una enfermera. Sino a otra cosa.
Los pasos llegaron desde el pasillo.
Rápidos. Después voces.
La puerta se abrió violentamente.
Marta entró primero. Detrás de ella apareció Luis.
Los dos se quedaron congelados apenas cruzaron el umbral.
La escena parecía detenida en medio de una explosión.
La almohada en el piso.
El agua.
El vidrio roto.
Josefina sobre la cama. Y César intentando retroceder inútilmente usando los dos brazos.
—¡¿Qué paso?! —gritó Marta.
César respiró con dificultad. El pecho le subía y bajaba violentamente.
Entonces señaló a Josefina.
La mano le temblaba.
—Ella… —jadeó—. Ella intentó matarme…
El silencio que siguió fue brutal.
Luis miró a Josefina.
—¿Qué…?
Josefina no respondió. Ni siquiera parecía haber escuchado. Seguía mirando a César.
Fija. Como si el resto hubiera desaparecido.
Marta reaccionó primero.
—Josefina… alejate de él. Ahora.
Nada.
—¡Josefina!
Luis avanzó rápido y le agarró el brazo.
Recién entonces ella pareció volver. Giró lentamente la cabeza hacia él.
No forcejeó.
Luis la apartó de la cama.
César seguía respirando con dificultad, completamente pálido.
—Quiso asfixiarme… —dijo otra vez—. Me puso una almohada encima…
Marta lo miró horrorizada.
Después volvió la vista hacia Josefina.
—Dios mío…
Josefina bajó lentamente la mirada hacia sus propias manos.
Las observó unos segundos.
Grandes.
Pesadas.
Todavía temblaban.
Desde el pasillo comenzaron a acercarse más personas. Una puerta abierta. Voces preguntando qué ocurría.
El hospital entero parecía despertar de golpe.
Luis sujetó a Josefina con más fuerza.
—Vamos —dijo, aunque la voz le salió insegura—. Vamos afuera.
Luis abrió la puerta de la habitación y comenzó a sacarla al pasillo.
Varias caras aparecieron desde distintas habitaciones y sectores. Médicos. Enfermeros. Pacientes despiertos.
Todos mirando.
Josefina caminó sin resistencia.
Detrás, desde la habitación, todavía se escuchaba la respiración agitada de César.
Marta salió unos segundos después y miró directamente a Luis.
La voz le tembló al hablar:
El interrogatorio de josefina País se extendió durante casi nueve horas.
Permaneció sentada frente a la mesa metálica con las manos apoyadas sobre las piernas, inmóvil, mirando un punto fijo de la pared como si todavía siguiera atrapada en alguno de los pasillos del Hospital San Gabriel. Los policías pensaron que esperaría un abogado. Que negaría todo. Que intentaría construir alguna defensa.
Pero no.
Cuando finalmente habló, lo hizo con una calma que resultó mucho más inquietante que cualquier grito.
Josefina declaró haber matado a ciento cincuenta pacientes durante los diecisiete años que trabajó en el hospital.
Ninguno había despertado sospechas.
Paros cardíacos.
Complicaciones respiratorias.
Descompensaciones nocturnas.
Muertes posibles dentro de un lugar donde la muerte era parte de la rutina.
Y después dijo algo más.
Algo que dejó incluso a los investigadores en silencio.
Su primera víctima había sido su madre.
Según ella, todo comenzó ahí.
Para Josefina, ella no asesinaba. Intervenía. Acortaba la distancia entre el deterioro y el final.
Josefina nunca volvió a trabajar.
Tampoco volvió a hablar demasiado después del juicio.
Pero algunos enfermeros del Hospital San Gabriel juraron durante años que ciertas noches, en el pasillo que daba a la enfermería, todavía podía sentirse un leve olor a salmuere de aceitunas flotando en el aire. Como si algo de ella hubiera quedado ahí. Esperando en silencio.
Sin testigos.
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