Mordisqueos
Desde el peregrinaje al monte, las criaturas de la oscuridad mordisquean mi piel. Desconozco exac...
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Lía del Alba
Capítulo 1 — La llamada
A las dos y diecisiete de la madrugada, el teléfono de Julia comenzó a vibrar sobre la mesilla.
No sonó.
Solo vibró.
Una vez.
Dos.
Tres.
Julia abrió los ojos y permaneció inmóvil, mirando la oscuridad del dormitorio. Durante unos segundos pensó que formaba parte del sueño que acababa de abandonar.
Hasta que volvió a vibrar.
Alargó la mano y cogió el móvil.
Marta.
Se incorporó de golpe.
Hacía nueve meses que no hablaban.
Nueve meses desde aquella discusión en la que Marta le había dicho que no quería volver a verla.
Julia dudó antes de responder.
—¿Marta?
Al otro lado no hubo saludo.
Solo respiración.
Una respiración rápida, entrecortada.
—¿Dónde estás?
Julia encendió la lámpara.
—En casa. ¿Qué pasa?
Silencio.
Después, un susurro.
—He hecho una cosa horrible.
Julia miró la hora.
2:17.
—¿Qué has hecho?
Marta comenzó a llorar.
—Necesito que vengas.
—¿Dónde?
Marta tardó varios segundos en responder.
—A la casa de mis padres.
Julia sintió un escalofrío.
Aquella casa llevaba cerrada casi cuatro años.
—¿Qué haces allí?
—Ven, por favor.
—Marta, dime qué ha pasado.
Otra pausa.
Entonces Marta dijo algo que terminó de despertarla.
—No llames a la policía.
Julia apartó el teléfono de la oreja y lo miró, como si en la pantalla pudiera encontrar una explicación.
—¿Por qué iba a llamar a la policía?
Del otro lado llegó un ruido.
Algo pesado arrastrándose por el suelo.
Julia lo oyó perfectamente.
—Marta…
—Prométemelo.
—Primero dime qué está pasando.
—No puedo.
—Entonces no voy.
Marta dejó de llorar.
Cuando volvió a hablar, su voz había cambiado.
—Tienes que venir porque tú también estás metida en esto.
Julia se quedó helada.
—¿Qué acabas de decir?
La llamada se cortó.
Intentó devolverla inmediatamente.
Una vez.
Dos.
Tres.
Marta no contestó.
Julia se levantó de la cama.
No entendía qué podía tener que ver ella con nada de aquello. No veía a Marta desde hacía nueve meses y ni siquiera sabía que había regresado al pueblo.
Volvió a llamarla.
Nada.
Entonces recibió una fotografía.
Julia la abrió.
Durante unos segundos no comprendió qué estaba mirando.
Era una habitación casi a oscuras. Una mesa. Una silla volcada.
Y en el suelo, junto a la silla, aparecía la mano de una persona.
Solo la mano.
Debajo de la fotografía había un mensaje.
«Ahora entiendes por qué tienes que venir.»
Julia sintió que se le secaba la boca.
Escribió:
¿Quién es?
Los dos pequeños indicadores aparecieron enseguida.
Marta estaba escribiendo.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Finalmente llegó la respuesta.
«Alguien que tú conoces.»
Julia cogió las llaves del coche.
Capítulo 2 — La casa
Julia tardó doce minutos en llegar.
Durante el trayecto llamó a Marta siete veces.
Ninguna obtuvo respuesta.
Ahora parecía otra casa.
La verja estaba entreabierta.
Julia detuvo el coche frente a ella y dejó el motor encendido.
Miró el móvil.
2:34.
Escribió:
Estoy fuera.
El mensaje quedó marcado como entregado.
Nada más.
La puerta principal estaba abierta.
Aquello fue lo primero que consiguió detenerla.
Marta podía estar asustada, desesperada o incluso borracha. Pero jamás habría dejado aquella puerta abierta en mitad de la noche.
—¿Marta?
No hubo respuesta.
Julia encendió la linterna del móvil.
Entró.
El salón estaba vacío.
La fotografía que Marta le había enviado había sido tomada allí.
—Marta.
Esta vez pronunció su nombre más alto.
Subió el volumen del teléfono y volvió a llamarla.
Entonces escuchó el tono.
No en el móvil.
Dentro de la casa.
Julia dejó de respirar.
El teléfono de Marta estaba sonando en algún lugar cercano.
Empujó la puerta.
El móvil de Marta estaba encima de la encimera.
Julia permaneció inmóvil.
—¿Qué demonios…?
Se acercó.
En la pantalla aparecía su propio nombre.
JULIA LLAMANDO.
Terminó la llamada.
Cogió el teléfono.
Julia amplió la fotografía.
Observó la mano.
Por primera vez reparó en un detalle.
Un anillo.
Una pieza gruesa de plata con una pequeña piedra negra.
Julia conocía aquel anillo.
Se llevó una mano a la boca.
—No…
Lo había comprado ella.
Cinco años atrás.
Era un regalo.
Para Daniel.
Su marido.
Julia salió de la conversación y marcó su número.
Mientras esperaba respuesta recordó algo que, con las prisas, ni siquiera se había planteado.
Cuando el teléfono de Marta comenzó a vibrar aquella madrugada, Daniel no estaba en la cama.
Había supuesto que seguía trabajando.
Él le había enviado un mensaje poco antes de medianoche:
Llegaré tarde. No me esperes despierta.
El teléfono dio señal.
Una.
Dos.
Tres veces.
Julia comenzó a caminar hacia la puerta.
Entonces dejó de sonar.
Alguien había contestado.
—¿Daniel?
Silencio.
—Daniel, ¿dónde estás?
Julia oyó una respiración.
Después, un golpe seco.
La llamada terminó.
Y detrás de ella, en algún lugar de la casa, crujió una tabla del suelo.
Capítulo 3 — La habitación cerrada
Julia se volvió.
—¿Marta?
Nadie respondió.
El crujido había venido del piso de arriba.
Miró hacia la puerta principal. Estaba a pocos metros. Podía salir, meterse en el coche y llamar a la policía.
Era lo sensato.
Entonces recordó la mano de Daniel en aquella fotografía.
Cogió el móvil de Marta y salió de la cocina.
—¡Daniel!
Otro ruido.
Arriba.
Esta vez no fue una tabla.
Fue un golpe.
Dos segundos después, otro.
Julia comenzó a subir.
Tres puertas.
La primera estaba abierta.
La segunda también.
La tercera, al fondo, permanecía cerrada.
El golpe volvió a escucharse.
Venía de allí.
—¿Daniel?
Julia avanzó.
Cuando estaba a mitad del pasillo, el teléfono de Marta vibró en su mano.
Casi gritó.
Había llegado un mensaje.
No reconoció el número.
NO ABRAS ESA PUERTA.
Julia se quedó quieta.
Leyó el mensaje otra vez.
Después miró hacia la puerta cerrada.
Escribió:
¿Quién eres?
La respuesta llegó inmediatamente.
ALGUIEN QUE SABE LO QUE HICIERON.
Julia sintió un nudo en el estómago.
¿Quiénes?
Los indicadores aparecieron.
MARTA Y DANIEL.
Julia apretó el teléfono.
Un golpe detrás de la puerta.
—¡Julia!
Era Daniel.
Corrió hacia ella.
—¡Daniel!
Intentó abrir.
Cerrada con llave.
—¡Sácame de aquí!
—¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Marta?
Silencio.
—Daniel, contéstame.
—Abre primero.
—¿Dónde está Marta?
—¡No lo sé!
Julia miró el teléfono.
Otro mensaje.
MIENTE.
Se apartó de la puerta.
—¿Julia?
—¿Qué hacías en esta casa?
—Marta me llamó.
Julia bajó la mirada hacia el teléfono de Marta.
Un nuevo mensaje.
Esta vez no contenía palabras.
Era una fotografía.
Julia la abrió.
Marta y Daniel aparecían sentados en una terraza.
Juntos.
La fecha figuraba en una esquina.
14 de enero.
Julia recordó perfectamente aquel día.
Daniel supuestamente había pasado la noche en Madrid por trabajo.
Deslizó el dedo.
Había otra fotografía.
Marta besándolo.
Julia dejó de sentir miedo.
Durante unos segundos solo sintió rabia.
Nueve meses.
Nueve meses desde que Marta había desaparecido de su vida después de una discusión absurda que Julia nunca había terminado de comprender.
Ahora lo comprendía.
—¿Desde cuándo?
—Julia…
—¿Desde cuándo te acuestas con ella?
Daniel guardó silencio.
Julia cerró los ojos.
La traición dolía de una manera extraña. No como había imaginado tantas veces que dolería una infidelidad. No sintió ganas de llorar.
Sintió vergüenza.
Porque habían sido dos.
Su marido.
Y su mejor amiga.
—Abre la puerta —dijo Daniel.
Julia dio un paso atrás.
—No.
—Julia, por favor.
—Que te abra Marta.
Se volvió.
Entonces Daniel gritó:
—¡Marta está muerta!
Julia se detuvo.
El pasillo quedó completamente en silencio.
—¿Qué has dicho?
—La vi.
Julia regresó despacio hacia la puerta.
—¿Dónde?
Daniel respiraba con dificultad.
—Abajo.
—Abajo no hay nadie.
—Porque la han movido.
Julia miró hacia la escalera.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Estás mintiendo.
—Julia, cuando llegué estaba en el salón. Junto a la silla. Era ella la de la fotografía.
Julia sintió que las piernas le fallaban.
—El anillo era tuyo.
—Sí.
—Entonces ¿por qué lo llevaba ella?
Silencio.
—Daniel.
—Porque me lo devolvió esta noche.
Julia cerró los ojos.
—¿Qué pasó entre vosotros?
—Habíamos terminado.
—Qué considerado.
—No es eso.
—Entonces dime qué es.
—Marta llevaba semanas comportándose de forma extraña. Decía que alguien la seguía. Que recibía mensajes. Que sabía cosas sobre nosotros.
Julia miró el teléfono que tenía entre las manos.
—¿Qué cosas?
Daniel bajó la voz.
—No solo lo nuestro.
Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, una puerta se cerró de golpe en la planta baja.
Julia se volvió hacia la escalera.
Después escuchó pasos.
Lentos.
Subiendo.
Uno.
Dos.
Tres.
Daniel comenzó a golpear la puerta.
—¡Julia, abre!
Ella buscó desesperadamente la llave.
No estaba.
Los pasos continuaban acercándose.
—¡Julia!
Entonces el teléfono de Marta vibró.
Un último mensaje apareció en la pantalla.
AHORA YA SOIS TRES.
Julia levantó la linterna hacia la escalera.
Y vio una sombra alcanzar el descansillo.
Capítulo 4 — La sombra
La figura no avanzó.
Permaneció inmóvil al principio de la escalera, fuera del alcance de la linterna.
—¿Quién está ahí?
Julia apenas reconoció su propia voz.
Daniel golpeó la puerta.
—¡No te acerques! ¡Julia, sal de la casa!
La sombra se movió.
Un paso.
Julia retrocedió.
—¡He llamado a la policía! —mintió.
La persona se detuvo.
Entonces levantó una mano.
—Julia.
Ella reconoció la voz.
—¿Marta?
La mujer avanzó hasta que la luz le iluminó el rostro.
Era ella.
Tenía el pelo revuelto, una herida sobre la ceja y manchas oscuras en la camiseta.
Pero estaba viva.
Julia la miró sin comprender.
Después miró hacia la puerta detrás de la que estaba Daniel.
—Él ha dicho que estabas muerta.
Marta sonrió.
No era una sonrisa de alegría.
—Ya.
—¿Qué está pasando?
Marta subió el último peldaño.
—Dame mi teléfono.
Julia lo apretó contra el pecho.
—Primero dime qué demonios está pasando.
—Julia, dame el móvil.
—¿Quién me está mandando los mensajes?
Marta dejó de sonreír.
—¿Qué mensajes?
Julia la observó.
—No hagas eso.
—¿Qué mensajes?
Le enseñó la pantalla.
Marta leyó.
AHORA YA SOIS TRES.
Su expresión cambió.
—Yo no he escrito esto.
—Ya sé que no. Viene de otro número.
Marta levantó la vista hacia el pasillo.
Por primera vez pareció realmente asustada.
—Tenemos que irnos.
Daniel volvió a golpear.
—¡No la escuches!
Marta miró la puerta.
—¿Está ahí?
—Tú lo sabes perfectamente.
—No.
—¿No?
Julia sintió que la rabia regresaba.
—¿Tampoco sabes que lleva meses acostándose contigo?
Marta cerró los ojos.
No hizo falta ninguna respuesta.
—Eras mi amiga.
—Julia…
—Mi mejor amiga.
—Lo sé.
—Y me llamas a las dos de la mañana, me haces venir a esta casa y me mandas una fotografía para que crea que mi marido está tirado en el suelo.
—La fotografía no era para que creyeras eso.
—¿Entonces para qué?
Marta miró hacia la puerta cerrada.
—Para que vinieras.
—Pues ya estoy aquí. Habla.
Marta guardó silencio.
Daniel golpeó otra vez.
—¡No le cuentes nada!
Julia se volvió hacia la puerta.
Aquella frase cambió todo.
No «no la escuches».
No «está loca».
Había dicho:
No le cuentes nada.
Julia volvió lentamente la cabeza hacia Marta.
—¿Qué no tienes que contarme?
Marta bajó la mirada.
—Fue un accidente.
Daniel gritó desde dentro:
—¡Cállate!
Julia se acercó a Marta.
—¿Qué fue un accidente?
—No queríamos que ocurriera.
—¿Qué?
Marta comenzó a llorar.
Marta se secó las lágrimas.
—Hace tres meses alguien nos vio juntos.
—¿Quién?
—Un hombre.
—¿Qué hombre?
—Se llamaba Sergio.
Daniel volvió a golpear.
—¡Marta, cállate de una puta vez!
Julia ni siquiera miró hacia él.
—Continúa.
—Sergio conocía a Daniel. Trabajaron juntos hace años. Nos hizo fotografías y empezó a pedirle dinero.
—¿Chantaje?
Marta asintió.
—Daniel pagó dos veces. Pero Sergio quería más.
—¿Y qué hicisteis?
Marta no respondió.
Julia entendió antes de escuchar las palabras.
—¿Qué hicisteis?
—Quedamos con él.
—¿Dónde?
Marta miró hacia la planta baja.
—Aquí.
Julia sintió frío.
—¿En esta casa?
—Solo queríamos asustarlo. Conseguir que borrara las fotografías.
—¿Qué pasó?
—Discutieron.
—¿Daniel y Sergio?
Marta asintió.
—Sergio empujó a Daniel. Daniel se defendió y…
Se quedó callada.
—Y ¿qué?
—Cayó por las escaleras.
Julia miró hacia los peldaños que acababa de subir.
—¿Murió?
Marta comenzó a llorar otra vez.
—Sí.
Julia se apoyó contra la pared.
De repente comprendió las palabras de la llamada.
He hecho una cosa horrible.
Pero había algo que no encajaba.
—¿Por qué me has llamado esta noche?
Marta miró el teléfono que Julia aún sostenía.
—Porque ayer recibí una fotografía.
—¿De qué?
—De Sergio.
—Está muerto.
—Lo sé.
—Entonces…
—La fotografía era de su cadáver.
Julia sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Quién la mandó?
—No lo sé.
—¿Y por qué venir aquí?
—Porque junto a la fotografía había un mensaje.
—¿Qué decía?
Marta tardó unos segundos.
—«Volved al lugar donde lo dejasteis».
Julia la miró fijamente.
—¿Lo dejasteis?
Marta bajó la cabeza.
—No llamasteis a una ambulancia.
Silencio.
—No llamasteis a la policía.
Marta negó muy despacio.
—¿Qué hicisteis con el cuerpo?
Daniel comenzó a golpear la puerta con desesperación.
—¡Julia, no la escuches!
Pero Marta respondió.
—Lo enterramos.
Julia sintió náuseas.
—¿Dónde?
Marta señaló hacia la ventana del fondo.
—En el jardín.
En ese instante, el teléfono vibró otra vez.
Ambas mujeres miraron la pantalla.
Había llegado una fotografía.
Julia la abrió.
Era el jardín de la casa.
La imagen acababa de ser tomada.
En ella aparecía un agujero abierto en la tierra.
Vacío.
Debajo había un mensaje.
SERGIO YA NO ESTÁ DONDE LO DEJASTEIS.
Julia levantó la mirada hacia Marta.
Y entonces alguien, desde el otro lado de la puerta cerrada, susurró:
—Daniel.
Marta palideció.
Julia también.
Porque aquella voz no había salido de la habitación.
Había sonado justo detrás de ellas.
Capítulo 5 — El cuarto nombre
Julia se volvió tan deprisa que el móvil casi se le cayó de las manos.
No había nadie.
El pasillo terminaba en una ventana cerrada. A un lado estaba Marta. Al otro, la puerta tras la que Daniel seguía encerrado.
—¿Lo has oído? —susurró Julia.
Marta asintió.
—Ha dicho su nombre.
Daniel golpeó la puerta.
—¿Quién está ahí?
Esta vez sonaba asustado de verdad.
Julia enfocó con la linterna las dos habitaciones abiertas. Entró en la primera.
Vacía.
La segunda había sido el dormitorio de los padres de Marta. La cama estaba cubierta por una sábana y las persianas permanecían bajadas.
Nada.
Entonces Marta gritó.
Julia salió corriendo.
Marta señalaba el suelo.
Debajo de la puerta de Daniel acababa de aparecer una llave.
—¿Estaba ahí antes? —preguntó Julia.
—No.
Daniel golpeó desde dentro.
—¿Qué pasa?
Julia recogió la llave.
—Podemos abrir.
Marta la agarró de la muñeca.
—No.
—Hace un minuto querías salir corriendo.
—Precisamente.
Julia apartó su mano.
—Daniel sabe algo que tú no me estás contando.
Introdujo la llave.
—¡Julia!
Giró.
Daniel abrió la puerta de golpe y salió al pasillo.
Tenía sangre seca en la sien.
Marta retrocedió.
—¿Quién te ha encerrado?
—No lo sé.
Daniel miró el teléfono que Julia sostenía.
—Dámelo.
—Qué manía tenéis los dos con el teléfono.
—Julia, dámelo.
Ella lo escondió detrás de la espalda.
—Primero vas a contarme qué pasó con Sergio.
Daniel miró a Marta.
—Ya se lo has dicho.
—Tenía derecho a saberlo.
—¿También le has contado quién movió el cuerpo?
Marta palideció.
Julia los miró alternativamente.
—¿Qué significa eso?
Daniel señaló a Marta.
—Pregúntaselo.
—Cállate.
—No. Ya que hemos empezado a confesar…
—¡Daniel!
—Volvimos dos días después —continuó él—. Sergio ya no estaba.
Julia frunció el ceño.
—Pero acabas de decir que lo enterrasteis.
—Lo enterramos. Los dos. Y dos días después la fosa estaba vacía.
Marta negó.
—No sabes lo que viste.
—Vi un agujero vacío.
Julia sintió un escalofrío.
—Entonces ¿por qué has dicho hace un momento que alguien lo había movido esta noche?
Daniel guardó silencio.
Ahí estaba.
La primera grieta.
Julia lo miró fijamente.
—Tú sabías que el cuerpo ya no estaba.
Daniel no respondió.
—¿Por qué has mentido?
Marta se acercó a él.
—Porque lleva tres meses mintiendo.
—No empieces.
—Díselo.
—Marta.
—¡Díselo!
Julia levantó la voz.
—¿Decirme qué?
Marta señaló a Daniel.
—Sergio no nos chantajeaba por las fotografías.
Daniel cerró los ojos.
—¿Entonces por qué?
—Porque sabía otra cosa.
Julia recordó las palabras de Daniel.
No solo lo nuestro.
—¿Qué sabía?
Marta respiró profundamente.
—Que Daniel llevaba meses sacando dinero de la empresa donde trabajaba.
Julia miró a su marido.
—¿Qué?
—No es como parece.
—Siempre es exactamente como parece cuando alguien empieza una frase así.
Marta continuó.
—Sergio lo descubrió. Las fotografías solo eran una forma de demostrar que sabía dónde estaba Daniel, con quién, a qué hora. Podía hundirlo.
—Y acabó muerto.
Daniel dio un paso hacia ella.
—Fue un accidente.
—Un accidente que enterraste.
—Entré en pánico.
—¿Y después?
Silencio.
Julia comprendió algo.
—Cuando volvisteis y el cadáver había desaparecido, ¿por qué no fuisteis a la policía?
Daniel no contestó.
—Porque tenías más miedo de que Sergio estuviera vivo que de que estuviera muerto.
El teléfono vibró.
Los tres miraron la pantalla.
Un mensaje.
POR FIN.
Después llegó otro.
YA SOLO FALTA UNA COSA.
Julia escribió:
¿Quién eres?
La respuesta apareció inmediatamente.
PREGÚNTALES POR EL CUARTO NOMBRE.
Julia levantó la mirada.
Daniel y Marta habían leído el mensaje.
Los dos cambiaron de expresión.
—¿Qué cuarto nombre?
Nadie respondió.
—¿Quién más estaba aquí aquella noche?
—Nadie —dijo Daniel.
Marta comenzó a llorar.
Julia se volvió hacia ella.
—Mírame.
Marta no pudo.
—¿Quién más estaba?
—Sergio no vino solo.
Daniel agarró a Marta del brazo.
—Cállate.
Julia lo empujó.
—¡Suéltala!
—No sabes lo que estás haciendo.
—Pues explícamelo.
Marta levantó finalmente la cabeza.
—Sergio tenía una hermana.
Julia esperó.
—Se llamaba Eva.
—¿Estaba aquí?
Marta asintió.
—Esperaba fuera, dentro del coche. Cuando Sergio cayó por las escaleras, entró.
—¿Qué hicisteis con ella?
—Nada.
Daniel soltó una carcajada seca.
—Claro. Nada.
Marta lo miró horrorizada.
—Yo no sabía lo que ibas a hacer.
—Pero me ayudaste después.
Julia sintió que el miedo regresaba.
—¿Ayudaste a qué?
Marta comenzó a negar con la cabeza.
—Yo no quería…
Daniel habló antes que ella.
—Eva vio demasiado.
Julia retrocedió.
—¿También murió?
Ninguno respondió.
El teléfono vibró por última vez.
No era un mensaje.
Era una llamada.
El mismo número desconocido.
Julia contestó y activó el altavoz.
—¿Quién eres?
Durante unos segundos solo se oyó una respiración.
Después habló una mujer.
—Mi hermano se llamaba Sergio.
Marta dejó escapar un gemido.
Daniel se quedó inmóvil.
La mujer continuó:
—Y yo soy Eva.
Julia miró a los dos.
—Pero…
Marta comenzó a temblar.
—Eso es imposible.
Al otro lado de la llamada, Eva se rio muy suavemente.
—No, Marta. Lo imposible es enterrar a dos personas y no comprobar si una de ellas todavía respira.
La llamada terminó.
Y en ese mismo instante se apagaron todas las luces de la casa.
Capítulo 6 — La última persona
La oscuridad fue absoluta.
Marta gritó.
Daniel soltó una maldición.
Julia encendió la linterna de su teléfono, pero Daniel se la arrebató.
—¡Eh!
—Tenemos que salir.
Echó a correr hacia la escalera.
Marta fue detrás.
Julia no se movió.
—¡Julia! —gritó Marta.
—¿Dónde está Eva?
Nadie respondió.
Julia levantó el móvil de Marta.
—Nos ha traído hasta aquí. Ha podido matarnos desde que entramos y no lo ha hecho.
Daniel se detuvo.
—No sabes lo que quiere.
—Creo que sí.
Julia miró a Marta.
—Quiere que habléis.
Daniel bajó las escaleras.
—Yo me largo.
Cuando llegó al último peldaño, una luz se encendió en el salón.
Solo una.
Una lámpara sobre la mesa.
Daniel se quedó inmóvil.
Había un teléfono apoyado contra un vaso.
La cámara los enfocaba.
Y junto al teléfono, una pequeña grabadora.
Una voz femenina surgió de un altavoz.
—Baja el móvil, Daniel.
Daniel miró alrededor.
—¿Dónde estás?
—Eso ya no importa.
Marta bajó lentamente.
Julia fue detrás.
—Eva —dijo Marta—, escúchame.
—Llevo tres meses escuchándote.
Marta se quedó blanca.
—Los mensajes. Las llamadas. Las fotografías… —continuó Eva—. Necesitaba que volvierais aquí. Necesitaba que tuvierais miedo suficiente para empezar a acusaros.
Julia miró la grabadora.
Entonces comprendió.
—Nos has grabado.
—A ellos —corrigió Eva—. Tú nunca fuiste parte de esto.
Daniel se acercó a la mesa.
—¿Dónde está tu hermano?
Silencio.
—Has dicho que sobreviviste. ¿Y Sergio?
La voz tardó en responder.
—Sergio murió aquella noche.
Marta se tapó la boca.
—Yo desperté horas después debajo de la tierra.
Julia cerró los ojos.
Eva continuó.
—Habíais cavado deprisa. La lluvia había reblandecido el terreno. Conseguí sacar una mano. Después un brazo. Tardé tanto que pensé que iba a morir allí.
Daniel comenzó a retroceder.
—No puedes demostrar nada.
Eva se rio.
—Acabas de hacerlo tú.
Daniel miró la grabadora.
Se lanzó sobre ella.
—¡No!
Marta intentó detenerlo.
Daniel la empujó.
Marta cayó contra la mesa y la lámpara se hizo añicos.
Julia corrió hacia ella.
—¡Marta!
Daniel agarró la grabadora y la estampó contra el suelo.
Una vez.
Dos.
Tres.
—¡Se acabó!
La voz de Eva volvió a sonar.
—No, Daniel.
Él levantó la cabeza.
—Eso era una copia.
A lo lejos comenzaron a escucharse sirenas.
Daniel palideció.
—¿Qué has hecho?
—Lo que vosotros no hicisteis aquella noche.
Las sirenas se acercaban.
Daniel corrió hacia la puerta.
Antes de alcanzarla, Marta habló.
—No fue un accidente.
Daniel se detuvo.
Julia levantó la cabeza.
—¿Qué?
Marta estaba sentada en el suelo.
Tenía sangre en la palma de una mano por los cristales rotos.
—Sergio no cayó.
Daniel se volvió.
—Cállate.
—Lo empujaste.
—¡Cállate!
—Había aceptado borrar las pruebas. Dijo que se marcharía. Pero tú pensaste que algún día hablaría.
Daniel avanzó hacia ella.
Julia se interpuso.
—Ni se te ocurra.
Las luces azules comenzaron a reflejarse en las ventanas.
Marta lloraba.
—Lo empujaste y después me dijiste que si hablaba contarías que yo te había ayudado.
—Y lo hiciste.
—Porque tenía miedo.
—Enterraste a dos personas conmigo.
Marta bajó la cabeza.
—Sí.
Por primera vez no intentó justificarse.
—Y tendré que responder por ello.
Daniel miró hacia la puerta.
Ya era tarde.
Se escucharon voces fuera.
—¡Policía!
Daniel levantó las manos.
Julia lo observó y sintió algo que jamás habría imaginado.
Nada.
Ni amor.
Ni rabia.
Ni siquiera odio.
Solo la certeza de que el hombre con quien había compartido su vida era un desconocido.
La puerta se abrió.
Todo ocurrió deprisa después.
Voces.
Órdenes.
Marta llorando.
Daniel esposado.
Preguntas que Julia todavía no sabía responder.
Cuando salió de la casa comenzaba a amanecer.
Una mujer esperaba junto a un coche de policía.
Era delgada y llevaba una cicatriz que le atravesaba parte de la frente.
Julia supo quién era antes de que se presentara.
—Eva.
La mujer asintió.
Durante unos segundos ninguna dijo nada.
—¿Por qué me hiciste venir?
Eva miró hacia la casa.
—Necesitaba a alguien a quien ellos no pudieran controlar.
—Podrías haber ido directamente a la policía.
—Fui.
—¿Y?
—Tenía una historia increíble y ninguna prueba. Dos personas respetables diciendo que nunca habían visto a mi hermano aquella noche. Yo necesitaba que hablaran.
Un agente se acercó.
—Señora, tendremos que tomarle declaración.
Julia asintió.
Antes de marcharse, miró una última vez hacia Marta.
Su antigua amiga levantó la cabeza.
Sus miradas se encontraron.
Marta movió los labios.
Perdóname.
Julia no respondió.
Meses después, Julia recibió una carta.
No tenía remitente.
Reconoció la letra antes de abrirla.
Era de Marta.
Solo contenía una frase:
Perdí a mi mejor amiga mucho antes de aquella noche. Solo fui demasiado cobarde para decírselo.
Julia dobló la carta.
La guardó en un cajón.
Y por primera vez desde aquella madrugada comprendió algo.
Marta había traicionado a su amiga.
Daniel había traicionado a su mujer.
Los dos habían traicionado a un muerto.
Pero aquella noche, dentro de aquella casa, la traición más importante había sido otra.
Marta había traicionado a Daniel.
Y gracias a esa última traición, por fin había dicho la verdad.
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