Microrrelato

La Caracola

person Li Almado

La Caracola

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Luciano tomó la caracola y la llevó a su oído.

—¡Mi abuela te hubiera lanzado un zapato! —dijo Josefa—. Ni siquiera nos dejaba tomarla; decía que las caracolas enloquecen a los hombres.

—¡Tu abuelita era muy aguda! —dijo Luciano, riendo—. Y ya que tus primos la dejaron, ¿me la puedo quedar? —preguntó mientras tocaba el borde rosado y suave.

—Sí, de todas formas no hay mucho más que rescatar… Me trae recuerdos de la abuela y de mi infancia en esta casa.

Josefa se detuvo un momento a mirar las paredes vacías. Guardó dos figuras de porcelana en la caja de cartón, junto a un cuadro familiar.

Al llegar, Luciano buscó un lugar para su nueva adquisición. La puso en el librero, junto a la pequeña colección de rocas que Josefa le permitía exhibir dentro de la casa. Antes de dejarla, la llevó nuevamente a su oído:

—¡Realmente se escucha el mar!

Luego, extendiendo la caracola hacia Josefa, le preguntó:

—¿Quieres escuchar?

Josefa, desembalando los objetos, contestó sin mirar:

—Es la distorsión de las ondas sonoras al entrar y salir de la concha.

—¡Es el mar, señorita intelectual! Y ya no tendré que viajar horas para escucharlo.

—Perdónalo, abuela, es como un niño con un juguete nuevo —dijo Josefa, mirando el cuadro que sujetaba en sus manos.

El sábado, como cada semana, Luciano limpiaba su colección de minerales. Josefa lo encontró con la caracola en la mano, absorto en la tarea. Se detuvo un momento a observarlo, sonriendo:

—Veo que la malacología será tu nuevo pasatiempo.

Luciano, sonriendo a su vez, salió de su ensimismamiento.

—No creas, seguiré con las piedras. Esta será la única representante de los minerales de origen biológico —dijo, levantando la concha y haciéndola girar.

Esa noche, Josefa encontró la caracola sobre el velador, la tomó y observó el excelente trabajo de limpieza realizado. Nunca la había visto así. «No sé si mi abuela estaría furiosa o feliz», pensó.

Luciano dijo que pretendía usar la caracola para relajarse. De ahí el cambio de lugar.

Y así lo hizo: cada noche, antes de dormir, cerraba los ojos y escuchaba el mar.

Pero, a medida que pasaban los días, Josefa se dio cuenta de que, a veces, el efecto de la caracola sobre Luciano era más bien estimulante. Una tarde le pasó la caracola, muy excitado, diciendo:

—Por favor, amor, dime que escuchas.

—En este momento estoy ocupada, amor —contestó Josefa mientras tecleaba en su computador.

—Hay un sonido, aparte del mar. Lo he venido escuchando desde hace algunos días. Por favor, solo te tomará un minuto. No te molestaré más.

Luciano estaba parado junto a la mesa, con la caracola extendida frente a Josefa y la mirada fija y suplicante.

—Está bien, pero, por favor… necesito terminar este informe —contestó Josefa mientras tomaba la caracola y la llevaba a su oído—. Nada, solo ruido amplificado y distorsionado. Ahora, por favor…

Luciano conocía muy bien esa mirada. Tomó la caracola y se alejó.

Pasó dos días sumergido en un nuevo proyecto. Hizo compras. Vio tutoriales. Por las noches, Luciano llevaba la caracola a su oído y escuchaba. Anotaba apuntes en una libreta antes de dormir.

Cuando Josefa lo encontró enfocado en su nuevo equipo de micrófonos conectados al computador, preguntó:

—¿Qué haces?

—Estoy calibrando un programa que me permitirá diferenciar el ruido ambiente del sonido que sale de la caracola. Te voy a demostrar que hay algo más ahí dentro.

—Luciano, ¿qué puede haber en esa concha? ¡Por Dios!

—¡Un patrón! Una especie de voz, un ritmo… No lo podría definir aún… pero no es azar. ¡Y definitivamente no es mi imaginación!

Josefa no supo qué contestar. Se quedó ahí parada, pensando. Cuando vio que Luciano se ponía los auriculares, supo que la conversación, por su parte, había terminado.

Esa noche, Luciano no durmió. Estuvo frente al computador, con la caracola sobre la mesa, conectada a un micrófono pequeño y otro sobre un soporte a unos treinta centímetros.

Cuando Josefa fue a preparar el desayuno, lo encontró dormido sobre la mesa, con los auriculares puestos. Estaba terminando su café cuando despertó.

—¡Lo tengo, amor, lo tengo! —Luciano tomó el computador y lo llevó donde estaba Josefa.

Había dos gráficos de sonido. No era necesario ser un experto para ver que eran diferentes.

—¿Lo ves, lo ves? —dijo Luciano, excitado—. Este es el ruido ambiente. Es aleatorio. Y este, este es el sonido de la caracola: ¿ves el patrón?

—Lo veo —dijo Josefa, dejando la taza de café sobre la mesa a la vez que se acercaba a la pantalla.

Luego se levantó y miró a Luciano. Tomó la caracola de la mesa, sacó el micrófono que tenía en el borde y la llevó a su oído.

Josefa cerró los ojos. La casa estaba en silencio. Esperó.

—Nada.

—¡Pero hay un patrón, esto lo demuestra! —dijo Luciano, golpeando la pantalla con el índice.

—Te creo. Quizás el sonido está fuera de mi rango auditivo.

Luciano abrió los ojos y sonrió. Levantó los brazos.

—¡Eso debe ser! Josefa, ¡eso es!

Pasó el resto de la semana recalibrando, haciendo más pruebas. El resultado siempre era el mismo: un patrón en la caracola y ruido aleatorio en el micrófono ambiente.

Una noche, Luciano llegó a la habitación eufórico:

—¡Despierta, amor, despierta!

—Luciano, ¡son las tres de la mañana!

—¡Hay una voz!

A la mañana siguiente, Josefa se levantó muy temprano. Fue a preparar un café y reparó en el mueble donde Luciano tenía su colección de minerales. Se acercó y pasó el dedo índice sobre la superficie de algunas de ellas. Estaban cubiertas de polvo. Luciano dormía profundamente.

Despertó a las diez de la mañana. Tenía una reunión a las nueve. No contestó el teléfono.

Josefa lo encontró serio y concentrado, con la caracola en su oído.

—Amor, discúlpame, no debí gritarte así anoche.

Luciano tardó en contestar. No hizo ningún gesto.

—No importa —dijo por fin, y eso fue todo. Volvió a perderse en el mar.

—Amor, fui de compras. Te traje este pincel. Es para maquillaje, pero… pensé que te sería útil para limpiar tus piedras, digo, tus minerales.

—Gracias. Puedes dejarlo ahí.

Luciano no volteó para mirar el pincel. Tampoco especificó dónde era «ahí».

Esa noche, Luciano se quedó en la cama con la caracola pegada al oído. Tarareaba una melodía muy suavemente, moviendo la cabeza, y anotaba en su libreta.

Cuando despertó, notó que la caracola no estaba. Se levantó y fue a buscar a Josefa. La encontró en el comedor.

—¿Dónde está?

—La guardé. Luciano, amor, me preocupas. Necesitas descansar de esa cosa. Te prometo que te la devolveré.

—¡No me trates como a un niño, Josefa! ¡Entrégamela! ¡Ahora!

Josefa sostuvo la agresiva mirada de Luciano.

—Leí tus notas.

Luciano levantó las cejas y quedó congelado. Josefa se inclinó hacia atrás y apoyó sus manos en la mesa.

—Amor, explícame qué está pasando, por favor. ¿De dónde son esos nombres? —dijo Josefa, tratando de mantener una voz calmada, pero firme.

—¿De dónde? —El cuerpo de Luciano se relajó. Miró más allá de la habitación, más allá de la casa… Se quedó en silencio. Luego, su cara se iluminó:

—¡Es un mapa! ¡Me está dando puntos de referencia!

Salió corriendo a buscar su computador y la libreta de notas. Se quedó el resto del día revisando mapas.

Por la tarde ya había definido un lugar. Cuando fue al dormitorio, la caracola estaba nuevamente sobre el velador.

Luciano la llevó a su oído y escuchó la melodía sobre el mar de fondo y, sobre esta, un susurro:

«Mátala».

La caracola cayó sobre la cama. Luciano estaba pálido. Temblaba. Abrió el cajón del velador y sacó las llaves del auto. Fue a la cocina. Josefa estaba ahí.

—Acompáñame —dijo Luciano con la mirada fija en Josefa, pero pasando a través de ella.

—¿Dónde?

—A la playa. La Piedra de la Virgen. ¡A devolverla al mar!

—Amor, me parece una excelente idea. No la quiero en mi casa, pero hoy no puedo. ¿Qué tal si vamos mañana y aprovechamos de tomarnos el día para descansar?

—Está bien —Luciano se quedó ahí parado, mirando a través de Josefa. Apretaba las llaves con fuerza.

Josefa apoyó su mano en el mesón, cerca del cuchillo.

Luciano, con un movimiento brusco, se dio la vuelta y salió de la cocina. Josefa aprovechó y entró al baño. Puso el pestillo y lloró en silencio.

Cuando escuchó el sonido del motor, salió. Luciano se había ido.

El verdadero mar sonaba diferente. Ya casi lo había olvidado. Y el olor que acompañaba al sonido de las olas… lo había olvidado por completo. Caminó por la arena con la caracola en la mano hacia la Piedra de la Virgen. Al acercarse al peñasco truncado, vio varias cruces blancas de madera sobre él. Sobre cada una, un nombre y una fecha. Escaló hasta la planicie superior. El sol estaba a punto de esconderse en el horizonte. Miró la caracola y la levantó a la altura de su oído, pero no la acercó. La lanzó con fuerza al mar.

Cerró los ojos y escuchó el sonido de las olas. Respiró profundo.

Ya se alejaba de la roca caminando por la arena cuando vio un cuerpo en la orilla, a unos metros. Era de una mujer joven. Estaba desnuda. Su piel era muy blanca. Tenía algas enredadas en la cintura, la cara enterrada en la arena y el pelo extendido en ondas alrededor.

Luciano quedó congelado por un momento. No la había visto al llegar. Miró alrededor. La playa estaba solitaria. Se inclinó para tomar su pulso, pero al tocar su hombro sintió la piel fría y gelatinosa… Se levantó y tomó su teléfono:

—Amor, ¡hay un cadáver en la playa!

No pudo decir nada más. La mano apretó fuerte su tobillo y lo hizo caer en la arena. El teléfono cayó al agua.

La criatura lo arrastró reptando hacia adentro, con fuerza. Luciano trataba de resistir, arañando la arena y pateando, pero el agarre era brutal y doloroso. Las olas comenzaron a cubrirlo. Bajo el agua escuchó esa melodía y el susurro. Cuando la ola retrocedió, gritó con desesperación. Nadie lo escuchó.

Cuando Josefa llegó, la oscuridad no permitía distinguir la arena del mar o del cielo. Con la leve luz de su linterna avanzó hacia la Piedra de la Virgen. Unos metros antes de llegar, lo vio. Estaba blanco. Una expresión de terror desfiguraba su cara.

Junto al cadáver de Luciano, semienterrada en la arena, la caracola esperaba.

FIN


 

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