La Caracola
Luciano tomó la caracola y la llevó a su oído. —¡Mi abuela te h...
arrow_forward LeerCuando Petra llegó al mundo, el otoño recién comenzaba. María esperaba la siguiente contracción sentada, mirando por la ventana. Llegaban en oleadas dolorosas e implacables, luego se retiraban dejando alivio y bienestar, como si el dolor fuese solo un recuerdo lejano. La luz del amanecer comenzaba a bañar al pueblo reavivando los colores de sus pintorescas casas. Estaba completamente segura de que todo saldría bien. La sola existencia de Petra era un milagro y los milagros no se truncan al nacer. María no pensaba, estaba. La última gran ola reventó y la hermosa niña arribó sin problemas. Tenía los ojos grises, su piel era blanca, dura y muy suave.
Después de limpiar y alimentar a la niña por primera vez, María durmió con su hija sobre el seno, soportando su enorme peso. Aún estaban unidas por el cordón umbilical. Esa misma tarde bajó a la caleta con la pequeña Petra en brazos.
María camina por la playa mientras Petra corre por la arena, dejando profundas huellas. A sus cuatro años es una niña sana e inquieta. De vez en cuando recoge alguna piedra que llama su atención. Tiene amistad con las rocas. Puede pasar horas caminando cabeza gacha por un pedregal. Sabe dónde encontrar cristales y piedras preciosas con sólo mirar el paisaje. Este don ayuda a su madre a vivir bien sin tener que trabajar. Petra carga las piedras que ha recogido, dice que algunas son “especiales” aunque a simple vista no lo parezcan. Esas las reserva para ser depositadas a los pies de la estatua de piedra caliza que domina la caleta; es Juan, el padre de Petra, los paseos que terminan frente a la estatua se han convertido ya en un ritual.
Atrás quedaron esos días donde tenía que cargar a la niña de ida y regreso para ver a Juan. Nunca se quejó por llevar ese enorme peso durante dos años. Le gustaba ver ponerse el sol sentada a los pies de Juan. Comía algo ligero y luego regresaba, cargando a la niña cuesta arriba. Sus piernas se fortalecían. Su espalda se iba debilitando poco a poco.
Hoy no puede hacer grandes esfuerzos, pero Petra tiene la fuerza de dos hombres. Es el vivo retrato de su padre: activa, incansable y decidida. María la observa jugar y piensa que daría su vida por ver a Juan junto a su hija, pero sabe que es imposible. Una suave ola alcanza sus pies desnudos, luego se repliega con un movimiento largo e hipnótico arrastrando arena y espuma.
Fue en la fiesta religiosa de San Pedro. Una lancha salió de la caleta para realizar el tradicional paseo del santo por la bahía, pero una mala maniobra del capitán hizo chocar la embarcación contra un islote, dejando a doce personas en el agua. Juan se lanzó al agua sin dudarlo y logró rescatar a todos los caídos, sin embargo él mismo no pudo salvarse, su cuerpo fue reclamado por el mar. El pueblo en reconocimiento a su valor mandó a tallar la figura del pescador usando la misma roca del islote y la levantó en la orilla, mirando al mar.
Al llegar, María ve los pies de Juan cubiertos de flores y velas; hoy se celebrará la fiesta de San Pedro. Ella sabe que la gente del pueblo las deja ahí ya no por agradecimiento, sino que por miedo. Hablan de la “extraña niña de piedra”, calculan fechas a partir de su nacimiento y se persignan.
Como cada año, deja las flores y las velas en su lugar, retira en cambio las cruces y santos para arrojarlos al mar.
Debe cumplir con lo pactado aquella noche de San Juan. Hace cuatro años, a media noche, había realizado un oscuro ritual de invocación. Un hombre llamó a su puerta, era hermoso y elegante. Traía consigo documentos y una pequeña daga dorada. María firmó sin dudar, luego bajó corriendo a la playa. Cuando llegó, vio a Juan bajar de su pedestal. Volvió a sentir su abrazo protector y la tibieza de su áspera piel mientras retozaban desnudos en la arena. Juan estaba callado y triste, pero presente, disfrutando cada segundo de ese reencuentro. Volvieron a ser uno. María lo cubrió como una ola cubre a una roca. Nada importaba. No había pasado, ni consecuencias. Al despertar, vio a Juan parado nuevamente sobre la plataforma, rígido y frío.
Petra deposita sus tesoros bajo la estatua. María retira santos y cruces, pero esta vez quiere reconciliarse con la figura del santo al que ha culpado todos estos años por la muerte de Juan. Su mano titubea al recoger la última estampita, luego decide dejarla en su lugar, sólo una. «No tengo nada que perder» piensa. Pronto comenzará la fiesta del patrono de los pescadores. Apoyándose en la baranda metálica carcomida por la sal observa lo que sucede en la orilla. La gente del pueblo está preparando la lancha con la figura del santo y los arreglos florales. La escena le trae recuerdos amargos de la tragedia. Pero ya no llora. Decide llevar su mente a esos breves momentos que vivió con Juan. Esas horas en la arena y el fruto de esa noche son su mayor tesoro.
Por un instante vuelve a ese día, cuando supo que esperaba una hija. Bajó a la caleta para darle la noticia a Juan y se quedó horas bajo la estatua, llorando de alegría por aquel milagro. La primavera recién comenzaba y María sentía el sol regresar por fin, después de un largo invierno. Con el paso de los meses comenzó a ser consciente del peso en su vientre, como si cargara una bala de cañón. Tampoco se quejó. Aceptó el hecho como el precio a pagar por su osadía y siguió adelante.
Petra baja corriendo hacia la playa, atraída por las luces y la gente sin atender a los gritos de su madre. María, acostumbrada a la impulsividad de Petra, la sigue hasta la orilla. Al llegar, se encuentra con Darío que las invita a subir a la lancha preparada para zarpar. El hombre, a cargo del la nave, era un viejo amigo de Juan. Uno de los pocos en el pueblo que se anima a hablar con María, y es, también, una especie de padrino para Petra. Sabe que no aceptará pero igualmente lo intenta. María se niega en seco. A pesar de que Petra siempre ha soñado con pescar como lo hacía su padre. Subir a una niña de cien kilos a una lancha es demasiado riesgoso.
—Mamá, por favor déjame subir al barco —dice la niña colgándose de las ropas de María y mirándola con sus grandes ojos grises.
Ante la negativa de su madre, Petra comienza a llorar. Entonces Darío interviene a su favor:
—María, hay espacio suficiente, la lancha es segura.
María se queda en silencio por un momento y mira a Petra que espera su respuesta ansiosa. Finalmente cede y sube con la niña a la embarcación. Petra la abraza muy fuerte gritando de alegría:
—Mamá, vamos al mar a pescar como mi papá.
Una vez a bordo María se da cuenta de que aún conserva las estampas y cruces en su bolsillo. Levanta la vista para observar al santo sobre su altar en la proa. Entre arreglos florales, la espalda de San Pedro se recorta contra el cielo del atardecer, mientras se mece al compás de las suaves olas.
—No te apartes de mí, Petra —dice apretando firmemente la mano de su hija y pensando que ya es tarde para arrepentirse. —Prométeme que estarás tranquila.
María le muestra la mano empuñada y la niña chocando nudillos contesta:
—¡Trato hecho!
Los hombres empujan la lancha a las tranquilas aguas.
María recuerda la última vez que subió a un bote con Juan y se internaron mar adentro. Era una tarde cálida de verano. El cielo del atardecer se incendió de rojo sobre ellos. La orilla estaba lejos. Juan sonreía iluminado por los últimos rayos del sol. Ella lo observaba admirando su fuerza y resistencia. Después de llegar hasta ese punto aún tenía energías para amarla y regresar remando. Nunca imaginó que el mar podría vencerlo.
El sol ya se ha ocultado tras una negra franja de nubes en el horizonte. El cielo es claro y comienzan a brillar las primeras estrellas. Darío frunce el ceño cuando se levanta un extraño viento que golpea a la nave arrancando una nube de pétalos y arrojándolos al agua. La embarcación comienza a ser arrastrada fuera de su curso.
—No puede ser —dice entre dientes a la vez que agarra firmemente el timón y trata de girar la lancha para enfrentar las rachas cada vez más violentas.
—¡Apear el ancla! —grita Darío a su compañero quien rápidamente prepara la maniobra.
—¡Dar fondo! — ordena el capitán y el ancla comienza a descender.
Pero el viento infernal no cede y la embarcación comienza a garrear en dirección al islote de piedra caliza. María abraza firmemente a Petra que mira con atención los esfuerzos de los hombres. En sus ojos no hay temor, su bello rostro es impasible. Luego mira el islote que se yergue amenazante sobre las agitadas olas. Por último, Petra mira el rostro afligido de María.
Aprovechando una sacudida Petra se libera de los brazos de su madre, se acerca al lugar desde donde sale la cadena del ancla y se lanza al mar. María, al ver a su hija desaparecer por la borda salta también, y al caer al agua ve el salvavidas de Petra flotando a la deriva. El golpe de frío es paralizante. Trata de liberarse del chaleco con sus manos entumecidas y por un instante mira al cielo como pidiendo una ayuda que sabe que no llegará. Sus ojos se encuentran con la lancha que se ha estabilizado. En la popa, sobre su altar, el rostro inexpresivo del santo mira hacia la orilla. El broche cede. María se hunde.
Intenta bucear buscando a Petra, pero las luces vagas de la superficie no alcanzan a iluminar el frío espacio submarino. Lentamente va descendiendo mientras busca a tientas la cadena del ancla. Los ojos arden. Siente en los oídos la presión creciente del agua. Sus manos se agitan ciegamente mientras cae. Su pecho lucha tratando de inhalar, pero María resiste. Lleva sus manos a la boca y nariz tratando de postergar lo inevitable. La presión aumenta a cada segundo. Sus ojos desorbitados naufragan en la penumbra. Por fin su cuerpo cede: inhala y se agita en desesperación. El agua inunda sus pulmones, el sabor amargo y metálico quema su garganta. Su cuerpo convulsiona, su corazón va perdiendo el ritmo vital hasta detenerse por fin. María siente cómo el frío se aleja, el sabor amargo se diluye, la oscuridad la envuelve y su consciencia se disuelve en la inmensidad del océano.
Sus cuerpos nunca aparecieron. Tiempo después un buzo encontró una estatua de Petra en el fondo, cerca del lugar del accidente. Algunos creen que un virtuoso escultor la fue a dejar ahí como homenaje a la niña. Pero la gente del pueblo es supersticiosa y se persigna al pasar frente a la tosca imagen tallada de Juan y ver a su lado la extraordinaria perfección de la figura de Petra. Los que conocen la historia no pueden evitar un escalofrío al verlos por fin juntos, mirando al mar.
FIN
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