Sin Testigos
La televisión iluminaba el living con un parpadeo constante, casi hipnótico. En la ...
arrow_forward LeerLuz y la neblina.
El frío del páramo no es solo una temperatura; es un peso que se instala en los huesos. Amanece, pero el sol es apenas una mancha pálida luchando por atravesar la neblina que borra el mundo.
Luz camina lentamente. A sus sesenta años, su silueta es un trazo borroso. Su respiración es pesada por el aire gélido que condensa cada exhalación de nubes blancas que salen de su boca. Los pies, agrietados, avanzan en alpargatas viejas sobre el suelo pedregoso. La neblina lo cubre todo. El silencio solo se rompe cuando el viento silba entre los matorrales y frailejones. Luz camina con una inercia automática, como si el paisaje la empujara, mueve los dedos de una mano. Cuenta - Uno, dos, tres, cuatro… - susurra. Su voz suena hueca. Repite la cuenta en un tono monótono, mecánico; es un hábito que la mantiene en pie. De repente, se detiene. Un sonido se filtra en el viento. Al principio es sutil, una vibración lejana. Luz acelera el movimiento de los dedos - Cinco… - masculla.
Luego, el sonido se vuelve claro: risas de niños que corretean entre la bruma - Seis… siete - el susurro se le quiebra. Un "mamá" se distingue entre el murmullo. Luz parpadea con desesperación y se lleva la mano al rostro luego con los dedos temblorosos, se frota una deformidad en la frente, donde el hueso roto marca su cráneo. El sonido de los niños empieza a deformarse, volviéndose una frecuencia distorsionada que reverbera. Su respiración se vuelve errática. De golpe, el viento corta. Hay un silencio seco. Entonces, la neblina frente a ella se desplaza como si un cuerpo pesado se moviera dentro.
Luz y la soledad.
En el valle del páramo hay un rebaño de ovejas dispersas, son como manchas de lana contra el cielo plomizo. Luz camina hacia una de ellas que respira con dificultad. Se inclina y recorre el lomo del animal, sintiendo el calor débil de ese cuerpo enfermo - No te vayas también... - murmura.
Examina al animal con gestos lentos, hundiendo los dedos en la lana áspera. El animal la observa con un ojo vidrioso, en sus pupilas se refleja el rostro de Luz, y por un instante, un destello oscuro cruza su mirada: el reflejo de un bulto denso en la neblina, justo detrás de su hombro.
Ella levanta la cabeza de golpe. Escudriña el horizonte, buscando la mancha negra, estira el cuerpo para ver más allá - Uno, dos, tres... - susurra de nuevo.
El conteo le devuelve la firmeza. Se aprieta el rebozo contra el pecho y vuelve la vista a la oveja moribunda. El animal la sigue observando.
Luz, Rita y los locos.
Luz avanza despacio por las calles de Chachopo llevando dos de sus ovejas que se ven enormes por la cantidad de lana. A su paso, unos niños la observan desde las esquinas. Susurran y sueltan risitas. Luz los ve de reojo pero mantiene la vista al frente.
- La Loca Luz… - suelta uno.
- Uno, dos, tres… - dice el otro, riendo.
Las voces resuenan dentro de su cabeza. La mandíbula se le tensa. Acelera el paso, tirando de la cuerda, fingiendo que el pueblo es solo otro jirón de niebla que debe atravesar.
Luz llega a una tienda del pueblo. Rita, una mujer robusta, ajusta una balanza en la penumbra de su tienda. Al ver a Luz, la mira con alegría - Ya estabas tardando en venir pa’ acá - dice Rita, buscando algo en un saco-.
Luz asiente. Toma la esquiladora vieja que Rita desliza por el mostrador. Al estirar el brazo, queda al descubierto una cicatriz enorme. Luz se inclina sobre una oveja y empieza a esquilar.
- Veo que recuperaste la fuerza del brazo - comenta Rita - ¿Del golpe en la cabeza, bien?
Luz detiene la mano un segundo. Se toca la marca de la frente, luego sigue esquilando sin hablar. El sonido metálico de la cuchilla llena el espacio. Luz trabaja con una concentración.
- Me dejas esa oveja, que mañana vienen a vacunar, ¿si? - dice Rita bajando la voz.
Luz frunce el ceño. De pronto, sus ojos parpadean rápido. Su respiración se vuelve corta. Entre la lana blanca, cree ver por un segundo otras manos pequeñas moviéndose con las suyas. El ruido de la máquina se funde con el eco de cascos de caballo galopando.
- Te la llevas pasado mañana - la voz de Rita corta la visión - Ya con esta las tienes todas vacunadas.
Luz se queda inmóvil, hundiendo los dedos en la lana. Rita le muestra unas provisiones y le extiende dinero. Luz lo guarda rápido en el bolsillo de su falda.
- ¿Sigues viendo cosas en la neblina? - pregunta Rita en un susurro.
- Veo cosas de mí en la neblina - responde Luz con voz ronca.
Luz se aleja del mercado. En la plaza, un grupo de mujeres murmura a sus espaldas. Un niño las escucha y repite sus palabras como una lección.
- Ya no es la misma desde que el marido la dejó - dice una- Estaba enamoradísima…
- Está loca - responde la otra- ¿y los hijos? los dos se fueron también… detrás del papá. Tenía una hija, Glorita, ¿te acuerdas? A esa más nunca la vimos.
El niño imita el tono que escucha - más nunca la vimos -
Luz no distingue las palabras, pero siente el peso de los ojos en su nuca. Camina con determinación ciega.
Luz y el vacío.
El sol empieza a ocultarse. La niebla desciende desde las cumbres. A lo lejos, un jinete cruza el camino. La silueta es oscura, etérea. El caballo parece flotar, pero los cascos resuenan con nitidez sobre las piedras. Luz se queda rígida. Da un paso, luego otro, con más cautela. Se voltea de golpe sintiendo que algo la acecha. El jinete la observa desde la distancia. De pronto, levanta un brazo a modo de saludo, gira al caballo y desaparece en el blanco. No queda nada. Solo la niebla silenciosa
Luz y los hijos.
Afuera de su casa de piedra, Luz se sienta en una roca bajo las estrellas. Mueve los labios contando en silencio. Sus dedos siguen el ritmo, pero no hay sonido. De pronto, escucha una respiración cercana. Abre los ojos, busca el origen del ruido, pero el sonido se desvanece.
Entra y enciende la chimenea. El fuego ilumina su rostro cansado. Se pone una ruana gruesa. Atiza las llamas, calienta agua y limpia el suelo con una escoba vieja. Se detiene a tomar café frente al hogar.
- Carlos... Gloria... Iván... - susurra.
Una lágrima le recorre la cara. Se acerca al telar. Retira una rama de frailejón de la silla, toma una hoja entre sus manos para calentarlas con la resina y comienza a tejer. El silencio de la casa se rompe por un balido que llega desde el cerro. Es un sonido agudo, distorsionado por el viento. Luz se pone en pie de un salto - ¿Glorita? - suelta al aire. Luz deja de tejer. El balido se repite, pero en su cabeza lo que escucha es un grito infantil. Las ovejas se han salido del corral y están desprotegidas bajo el cielo que se desploma en granizo. Luz sale a la oscuridad sin pensarlo. Hace que las ovejas entren al corral… pero… falta una - Lla bebé - .
Luz y la oveja perdida.
Sube la ladera tropezando con las raíces. La neblina es un muro. Busca algún bulto blanco de lana. En su lugar, la luz de un relámpago le ilumina su silueta. Mientras el cielo se cae a pedazos de hielo, ella se dirige hacia una de las paredes de piedra de las montañas donde hay una cueva. Allí en la penumbra, una figura se recorta contra la piedra. Un relámpago ilumina el interior y Luz ve a una mujer joven de la ciudad, tiene ropa especial para estar en ese terreno de páramo, está empapada, temblando. Se miran en un tenso silencio.
- Qué bien... que sea una señora - suelta la joven con un hilo de voz aliviada.
Luz no se relaja. Da un paso al frente, con los ojos entornados, alerta - ¿Quién es usted? - su voz sale áspera, casi un gruñido.
- Soy Ana... me llamo Ana - la joven tiembla con fuerza- ¿Puedo quedarme aquí? No sé qué camino tomar.
Luz permanece impasible. Estudia el rostro de la chica, buscando algo que no encuentra. Finalmente, hace un gesto seco con la cabeza, invitándola a retroceder hacia el fondo de la cueva
Luz y el refugio compartido.
La cueva es un refugio estrecho. El estruendo del granizo afuera rebota en las paredes de piedra. Luz se mueve con una familiaridad inquietante, como si la cueva fuera una extensión de su propia casa. Mete la mano en unos agujeros profundos de la pared, saca leña seca y restos de chamizo. Saca unos fósforos que guarda en un nicho de la roca y, tras unos intentos, el fuego prende. Ambas se sientan frente a las llamas. El silencio entre ellas es pesado, solo interrumpido por el crepitar de la madera. Afuera, la tormenta arrecia; el viento aúlla al entrar por la boca de la cueva, arrastrando pedazos de hielo que golpean la roca con furia.
Ana se acurruca cerca del calor, abrazando sus rodillas. Mira a Luz, que permanece inmóvil, con los ojos fijos en el fuego - ¿no le asusta estar aquí viviendo medio de todo esto? - pregunta Ana con la voz todavía temblorosa.
Luz no parpadea. Tarda unos segundos en girar la cabeza, mostrando una expresión vacía, casi mineral - ¿por qué? si no estoy sola - responde.
Ana traga saliva y desvía la mirada hacia su mochila empapada. Intenta romper la tensión con una risa nerviosa - Ok, ok... ya veo. ¿Usted me puede decir, por favor, cuál es el camino al pueblo? necesito llegar como sea, ya se me mojó casi todo lo que traigo.
Luz la interrumpe sin mirarla, con una frialdad que corta cualquier intento de Ana por charlar -Mañana le digo por dónde. Ana asiente, pero no puede evitar una mueca. Se frota las manos frente al fuego y hace un gesto de suficiencia, casi burlón, ante la sequedad de Luz se acomoda contra la pared de piedra, lanzándole miradas de reojo a Luz
Luz y el ahogo.
La tormenta no da tregua. Dentro de la cueva, el aire es denso y huele a humo de leña húmeda. Las dos mujeres están sentadas cerca del fuego, parpadeando con un sueño pesado que las vence a ratos. Ana se recuesta sobre su mochila para intentar dormir, pero no quita la vista de Luz, su figura se ve recortada contra el resplandor naranja - ¿Tiene familia? - la muchacha no ha aguantado la curiosidad.
Luz vacila. Por un segundo, sus facciones se suavizan, como si el recuerdo fuera una caricia, pero de inmediato su rostro se endurece de nuevo - Están lejos de aquí - le responde sin siquiera mirarla.
Ana la observa con cautela. No insiste. Cierra los ojos y se acurruca, soltando un suspiro hondo mientras el sueño empieza a arrastrarla. El silencio se prolonga hasta que una palabra apenas susurrada la obliga a abrir los ojos lentamente.
- Gloria… - dice Luz al aire. El fuego lanza un último destello que ilumina el rostro de la vieja. Luz se ve rota, con una tristeza que parece pesar más que la piedra de la cueva. Ana la mira, un poco conmovida
- Iván y Carlos se fueron buscando a su padre - continúa Luz, y de pronto gira la cabeza para clavarle la mirada a Ana- A mi Glorita se la llevaron. Ninguno volvió. La dureza en su voz es como un golpe. Ana se queda paralizada, sin saber qué hacer con esa confesión - Ya… ok… discúlpeme - balbucea Ana - No quería… es decir, perdón -.
Luz sostiene la mirada, observando el rostro de la joven como si estuviera buscando un rastro, una señal. Por primera vez, la ve de verdad. Luego, el silencio vuelve a instalarse entre ellas, más profundo que la noche que las rodea. La noche avanza y el aire se vuelve más pesado. Luz duerme, pero de pronto su cuerpo se sacude. Se despierta de golpe, boqueando, con un sonido rasposo en la garganta como si el aire se hubiera convertido en cristal.
Ana, alarmada, se incorpora de inmediato al verla luchar por respirar - Tranquila, es apnea, es apnea... - le dice, tratando de calmarla.
Luz clava la vista en ella, todavía atrapada en el limbo del sueño, con la mirada extraviada - Páramo, usted sabe que ella está segura conmigo - suelta Luz con dificultad, la voz le sale desde el fondo del pecho.
Ana se queda inmóvil, sin entender a quién se refiere. Luz cierra los ojos y sus dedos empiezan a moverse en un espasmo rítmico. Sus labios se agitan en un susurro mecánico: "Uno, dos, tres, cuatro…". Llama a Ana - Siéntate acá, Glorita -.
Ana duda, pero la intensidad de la vieja la vence. Se acerca, consternada por la fragilidad de Luz y decide escéptica seguirle la corriente - Cinco... seis... siete - continúa Ana.
El ambiente se calma.
Luz y la viajera
Ana busca en su mochila una linterna y una botella de agua. Se la ofrece a Luz, pero en el momento en que sus manos se tocan, un sonido seco y violento retumba afuera. Un golpe de piedra contra piedra. Ambas se tensan. Ana empuña la linterna y se pone en pie.
El páramo solo te estaba buscando - dice Luz sin moverse- pensó que estabas perdida.
Ana la mira, confundida y con un rastro de miedo - ¿Qué está diciendo? -
Ya sabe que usted está acá conmigo - Luz se voltea y se acurruca mientras se arropa.
Ana Camina hacia la entrada para mirar afuera, pero Luz la detiene con un gesto firme, casi violento. Antes de que Ana pueda protestar, algo más sucede: un golpe seco golpea la entrada de la cueva. Una sombra se proyecta fugazmente sobre la piedra y el sonido rítmico de unos cascos de caballo resuena sobre el granizo. Cuando el sonido se apaga, Luz se deja caer contra la pared de la cueva. Ana, en un arranque de valentía, se asoma al exterior. Ve algunas piedras rodando desde el risco y trata de racionalizarlo; el ruido pudo ser solo el derrumbe, pero el eco de los cascos sigue vibrando en sus oídos. Regresa al lado de Luz. Ambas miran hacia la oscuridad exterior.
- Hoy hace tres años que mi hermana desapareció - suelta Ana en voz baja - encontraron su cuerpo en este páramo.
Luz se gira ligeramente, escuchando el peso de la tristeza en la joven.
- Vine a buscar pistas. Yo creo que su novio... bueno, que ese hombre la mató, aunque no fue el veredicto oficial - Ana baja la vista al suelo - mi hermana era todo para mí. Se llamaba Gabriela, Gabi. Viajaba con él, cruzando el país, hasta que un día no supimos más.
Luz cierra los ojos, procesando las palabras.
- Los rescatistas encontraron su cuerpo - continúa Ana - estaba muy herida. Pero alguien la había arropado. Tenía flores de frailejón encima. Mi mamá dice que "alguien la cuidó" antes de que llegaran.
El fuego parpadea, muriendo. Luz se levanta y camina hacia la entrada, palpando las sombras con las manos, en silencio. Ana se abraza a sí misma, incómoda. De pronto, la luz de la linterna parpadea y se apaga definitivamente - Coño, ya fue - protesta Ana en la negrura.
Luz se mueve con precisión de ciega hacia una pared rocosa. Saca dos cobijas de lana como las que ella teje en su casa que están escondidas detrás de unas piedras y vuelve hacia Ana, extendiéndole una.
¿Por qué no las sacó antes? - pregunta Ana, tiritando- ¡estamos cagadas de frío!.
Si se pone esto encima estando mojada, podría enfermarse - responde Luz con severidad - ya el fuego nos secó. Deje la peleadera.
Lo siento... gracias - murmura Ana, aceptando el tejido.
Luz se acomoda en el suelo y se arropa hasta la barbilla. El silencio vuelve a reinar, y afuera, el páramo sigue masticando el granizo.
Luz, Ana y Gaby.
La tormenta ha cesado. La luz de la luna se cuela por la entrada de la cueva, bañando el suelo con un brillo frío y plateado. El refugio, que antes se sentía seguro bajo el calor del fuego, ahora refleja una atmósfera inquietante y gélida. Luz sigue dormida, con una respiración tranquila y ajena a la claridad que lo inunda todo. Ana comienza a despertar. Sus ojos recorren la piedra en silencio hasta que se detienen en la cobija que la arropa. Al principio no lo nota, pero al moverse, el brillo de la luna resalta el patrón del tejido, los colores, la trama. Ana se aterroriza. Se sienta bruscamente, con el corazón martilleándole las costillas. No puede apartar la vista - No puede ser... No, no, no... - susurra, temblando.
Toma la linterna y la golpea con desesperación hasta que logra que se encienda. La luz blanca impacta sobre la lana: es ella. Mira la cobija y luego a Luz, que duerme a su lado. Una furia ciega la invade. Ana agarra a Luz por los hombros y la sacude, despertándola violentamente - ¡Tú! ¿Cómo pudiste...? - grita Ana con la voz quebrada por la rabia -.
Luz parpadea, aturdida por el sueño, e intenta reincorporarse mientras Ana se pone de pie, señalando el tejido con asco.
- ¡Esa cobija es igual! - clama Ana - ¡es la misma cobija que cubrió a Gabi! ¿La mataste? ¡Tú la mataste! ¡Loca, eres una loca!
Luz, todavía en shock, se pone de pie lentamente. Ve la furia de la joven y solo puede mover la cabeza, negándolo. Levanta los brazos frente a ella, un gesto de defensa y súplica, intentando calmar el aire que parece estar a punto de estallar - No fui yo... - logra decir Luz - estaban peleando, allá afuera, en el páramo. El hombre ese... él la mató.
Ana la observa con una incredulidad dolorosa. Las lágrimas le nublan la vista mientras grita - ¿Por qué no la ayudaste? ¡¿por qué no la salvaste?!
Luz baja la mirada. El recuerdo parece pesarle más que la propia montaña. Con una lentitud agónica, se aparta el cabello de la frente y señala la vieja y profunda deformidad en su cráneo, donde el hueso roto deforma su cráneo. Luego, se sube la manga, revelando la cicatriz irregular que le recorre el brazo - Yo traté... - susurra Luz - él me golpeó... me creyó muerta también -.
Luz deja caer el brazo y su cuerpo parece encogerse, marchitarse al revivir el dolor de aquel día. Ana se queda paralizada. La linterna en su mano tiembla, iluminando las cicatrices de la vieja: carne remendada por el tiempo, hueso sanado a la fuerza. La rabia de Ana se congela. Sus ojos viajan de las marcas en la piel a los ojos húmedos de Luz. El silencio vuelve a llenar la cueva, denso, solo roto por la respiración agitada de la chica. Ana que retrocede, como si la verdad la hubiera golpeado físicamente. Baja la linterna, dejando que las sombras se suavicen.
Fue él - afirma Ana entre lágrimas.
Luz asiente en silencio. Ana se deja caer sobre las cobijas y esconde el rostro entre las rodillas. Un sollozo largo y desgarrador rompe el silencio, replicándose en las paredes de la cueva como un eco que no quiere morir.
Luz y las flores de frailejón.
La tormenta afuera finalmente se rinde. El silencio del páramo regresa, mientras la luz de la luna se cuela al interior de la cueva, bañándolo todo con una claridad espectral. Ana levanta la cabeza, con el rostro surcado por las lágrimas - Yo intuía que había sido él - dice con un hilo de voz- Por eso vine... a buscar la verdad -.
Luz la mira fijamente. Ladea la cabeza con un gesto casi infantil, como si intentara descifrar el peso de las palabras de la joven o comprender la forma en que el dolor las ha unido en esa cueva.
Perdóname… - suelta Ana, y el sollozo vuelve a asomar.
Luz no responde, pero su mirada ya no es la de la mujer desconfiada del principio.
- No debí llamarte loca - continúa Ana entre lágrimas - no debí decirte eso. Nadie... nadie más trató de ayudarla. Solo tú.
Luz baja la mirada. El silencio que sigue no es incómodo; es el peso de una disculpa aceptada y el eco de un episodio que le destrozó la vida. Se queda mirando sus manos, las mismas que arroparon a Gabriela, las mismas que llevan años contando para no perderse. Ana se limpia las lágrimas con el dorso de las manos, tratando de recuperar el aliento - ¿Cómo te llamas? - pregunta.
Luz - le responde y ese nombre suena extraño, casi ajeno, en medio de la penumbra.
Ana intenta una sonrisa débil, rota, una mueca de gratitud en medio de la tragedia - Luz... Gracias por las flores. Gracias por no dejar a mi hermana sola en el frío
Luz y la luz.
Dentro de la cueva, la luz grisácea del alba sustituye al resplandor de la luna. Ana se despierta lentamente. Tiene los ojos hinchados y pesados por el llanto de la noche anterior., casi sin poder abrirlos mira a todos lados sin encontrar a Luz, hace una respiración profunda, el aire es puro y cortante, se sienta se toca los ojos, le duelen, decide buscar unos lentes oscuros en su mochila y se los pone.
Afuera, el páramo está en silencio. Ana sale de la cueva con el morral a cuestas. Al dar el primer paso, siente que el suelo cede bajo su bota; pisa unas piedras que la hacen tambalearse. Al bajar la vista, se fija en el detalle: no son escombros al azar. Hay una serie de piedras perfectamente alineadas en el suelo, formando una flecha clara que apunta hacia un sendero descendente.
Ana empieza a caminar, alejándose hacia el horizonte en la dirección indicada. Desde un risco, Luz observa la figura de Ana dirigiéndose al sendero señalado por la flecha en medio de la inmensidad del páramo. Luz sostiene a la pequeña oveja contra su pecho con una firmeza maternal. El animal está completamente envuelto en una cobija tejida, apretándolo con sus s manos con firmeza. Luz se gira y eleva el rostro hacia el cielo soleado.
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