La Sombra Del Campanario
La primera vez que escuché hablar de la Sombra del Campanario yo tendría unos nueve...
arrow_forward LeerMe desperté con toda la ropa mojada. Había sido un sueño muy angustioso, a pesar de que debía de estar ya acostumbrado a ellos por la enfermedad que padecía; nunca lo pude hacer del todo. A veces eran sueños muy vívidos los que tenía, pero el último siempre era el peor; al pensar en eso, una sonrisa se dibujó en mi rostro.
Empecé a recordar cuando me desperté del todo. Tenía en la mesilla un cuaderno que llamaba “Diario de sueños”; era el segundo sueño del que me acordaba y que escribía. No sabía cómo empezar; de pronto la cabeza funcionó y comencé a escribir, no todo lo rápido que hubiera querido...
Estaba en casa tranquilamente, haciendo un té para compartir con mi hermano —cuando venía por la tarde acostumbrábamos a hacerlo—, y de su bolsillo cayó rodando una moneda antigua con la que llevaba jugueteando todo el tiempo. Fue corriendo a recogerla para que no la viera, pero mi vista fue más rápida que su mano y me di cuenta de que era una moneda valiosa, tanto a nivel numismático (era una rareza) como a nivel familiar (había pertenecido a mi tía). Mi hermano se ruborizó e intentaba explicar; le hice una señal para que no dijera nada. Oí pasos que podían ser de nuestra otra hermana, que dijo que iba a venir; era mejor mantenerlo en secreto.
Cuando entró en casa, ya nos dimos cuenta de que venía un poco descontrolada y que empezaría a llorar: que nadie la quería, que ya mamá no la había querido y toda una sarta de memeces que ya estábamos acostumbrados a oír... pero esta vez no fue así. Sorprendentemente, estaba bastante lúcida y hablaba con mucha coherencia. Nos dijo que había sido víctima de una trampa, de una argucia por parte de una persona muy conocida, y que la había engañado. Mi hermano y yo nos miramos pensando qué le podía haber pasado, y nos contó que la había acusado de robar mucho dinero y denunciado, por lo que tenía una orden de detención y teníamos que ayudarla a esconderse mientras no se aclaraba la situación.
Nos levantamos los tres y salimos a comprarle un billete de avión a la República Dominicana, que no tenía convenio de extradición con España. Le conseguimos la manera de que pudiera irse sin problema y ya esa misma noche se fue en avión.
Al irse, la cara de mi hermana había cambiado y nos percatamos de que habíamos sido nosotros víctimas de un engaño por parte de ella, y de que nos había tomado por tontos.
Me quedé mirando a esa palabra final y me di cuenta de que se había cambiado la situación y éramos nosotros los culpables de un delito, y mi hermana, como siempre, se había aprovechado de nuestra inocencia.
Era la persona más manipuladora y maquiavélica que conocía.
Y así redacté el sueño que tanta angustia me había provocado.
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