La Desaparicion De Gina
Era una tarde como cualquiera y Marcos cuidaba a su hermana Gina en casa, mientras veía la...
arrow_forward Leerquererse a uno mismo y de seguir adelante a pesar de las adversidades.
Una historia que advierte, que emociona y que recuerda lo que
realmente vale la pena cuidar en esta vida.
PRÓLOGO
La gente suele pensar que los errores grandes, las malas decisiones y los
tropiezos graves son cosas que solo le pasan a los jóvenes. Dicen que es
cuando uno tiene la sangre caliente, que no piensa bien las cosas y no mide
las consecuencias de lo que hace. Pero mi historia es muy diferente: mi vida
no se rompió cuando era niño, ni cuando era adolescente y andaba probando
cosas sin saber lo que hacía.
Todo cambió, de golpe y para siempre, cuando cumplí los 28 años.
A esa edad, uno ya se siente seguro. Cree que ya sabe quién es, que ya tiene
claro hacia dónde va, que ya recorrió gran parte del camino y que nada le va
a sorprender de nuevo. Pensaba que ya era un hombre maduro, que ya había
dejado atrás las locuras y que tenía todo bajo control. Pero justo ahí, cuando
más confiado me sentía, la vida me puso enfrente una prueba que no estaba
preparado para enfrentar, y que cambió todo lo que conocía.
No fue una suerte inesperada, ni un ascenso en el trabajo, ni llegó algo
maravilloso que mejorara mi vida. Al contrario: empezó entonces una carga
tan pesada, que con el paso del tiempo se convirtió en mi propia sombra, que
nunca se alejaba dEste libro cuenta cómo, sin darme cuenta ni quererlo, me colgué al hombro
un morral que pesaba más que mi propia vida. Lo llené de cosas que nunca
pedí, que no quería cargar, pero que no sabía cómo soltar. Aquí te cuento
cómo aprendí a llevarlo, y cómo intenté con todas mis fuerzas quitármelo de
encima para volver a ser yo mismo.
CAPÍTULO 1: LO TENÍA TODO
A los 28 años yo creía que ya tenía la vida resuelta. O al menos, eso era lo que
sentía cada mañana al despertar. Pensaba que ya había madurado lo
suficiente, que había dejado atrás las imprudencias de la juventud y que
había construido algo sólido, algo que valía la pena. Tanto para los demás
como para mí mismo, parecía un hombre que ya había logrado lo que busca
la mayoría: tenía estabilidad, sabía hacia dónde iba y, lo más importante de
todo, tenía mucho amor alrededor.
Mi vida entonces funcionaba como un reloj bien cuidado: no tenía prisas
locas, pero tampoco me detenía nunca. Tenía un trabajo seguro, el que me
había enseñado poco a poco, que me daba lo necesario para vivir bien, para
darles gusto a los míos y para mantener la dignidad que siempre quise tener.
Me levantaba temprano con ganas, me ponía mi ropa de trabajo o mi
uniforme, y salía cada mañana sabiendo que lo que hacía servía para algo
más que solo ganar dinero. Me sentía útil, me sentía valorado. Era el tipo de
hombre en el que la gente confiaba: mis compañeros sabían que podían
contar conmigo, mis jefes sabían que no les fallaría, y mi familia sabía que
siempre estaría ahí.
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