La Carpeta Azul
De niña, siempre buscaba a su padre entre la gente que rodeaba la cancha. No era dif&iacut...
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Nuevamente lo mismo de siempre: padres comprándoles máscaras a sus niños. Las tiendas abarrotadas con todo tipo de ambientes para celebrar la fiesta de brujas. Odiaba tanto lo socialista que se había vuelto la vida que prefería encerrarme en mi oscura casa hasta que todas estas fiestas pasaran.
Ya hace un año, cerca de las 11:30 de la noche, recordé que debía ir por mis medicamentos antipsicóticos al centro de la ciudad, donde había una farmacia en la que solamente allí los vendían. Ya tenía dos días que no los tomaba y no debía dejar de hacerlo, según Carlos, mi psiquiatra.
La idea de llegar a la ciudad llena de esa gente me aterraba, pero debía hacerlo. Decidí caminar, no estaba muy lejos y quería escuchar algo de música. La noche era hermosa por las calles solitarias. Todo el mundo debió estar en el centro celebrando la fiesta de Halloween, mientras yo caminaba entre las calles vacías de la ciudad. Éramos mis audífonos, la soledad de la calle y yo. Todo estaba perfecto hasta que se me cruzó ese maldito perro. No lo escuché venir por la música en mis oídos. Todo fue tan rápido: se abalanzó sobre mí, dándome un fuerte empujón que me derribó hasta el piso frío de la calle. Cuando quise reaccionar, ya tenía arrancados mi pantalón y mi polo blanco, dejándome con la ropa rasgada y marcas de sangre en mis piernas y brazos. La pelea se había tornado muy violenta. El perro tenía su hocico en mi brazo izquierdo. En un zangoloteo de su cabeza, logré girarme y, con mi brazo derecho, aprisioné su cuello, a la vez que él me tenía sujeto con sus dientes.
Por unos segundos, todo fue silencio. El perro comenzó a volverse lento mientras mi brazo izquierdo, húmedo, se iba sintiendo más libre. Mis audífonos, en el suelo, sonaban de fondo. Sentí cómo el animal cada vez perdía más su fuerza, pero no quise soltarlo. Comencé a disfrutar el momento, me sentí orgásmicamente feliz y satisfecho. Hasta sentirlo inerte, lo solté y lo dejé caer como un saco de arena. Mi brazo izquierdo, ya libre, sangraba por las cuatro marcas de colmillos que había dejado en mi brazo. Mi polo blanco pasó de ser rojo, con partes blancas; mi pantalón rasgado y enterrado me hacía parecer un disfraz de Halloween.
Cerca encontré un saco de basura color blanco, casi vacío. Lo tomé y lo corté con unas piedras filosas. Usé una de sus esquinas como una máscara que cubría toda mi cara, en la cual hice dos agujeros para mis ojos. Me retiré, sin antes ver por última vez a la bestia derrotada por mí en el piso, la cual me daba una excitante satisfacción. La escena me produjo éxtasis y ganas incontrolables de mucho más. Intenté no pensar en ello y fui en busca de mis medicamentos.
Al llegar al centro, había mucho bullicio. Las personas me miraban intentando adivinar qué personaje era el disfraz de un hombre con una improvisada máscara blanca y ropa rasgada con rastros de sangre.
Ya al llegar a la farmacia, compré mis medicamentos y salí con intención de volver a casa. Ya casi alejado un poco de la gente, en una calle casi oscura, un niño casi joven, con pinta de ser un juvenil malviviente, se me acercó a pedirme dulces, señalándome la bolsa de medicamentos. Negué con la cabeza, intentando seguir mi camino, pero aquel ser se interpuso. Intenté esquivarlo, pero aquel propinó una patada en mi pantorrilla, adolorida por las mordidas del perro.
Leí rápidamente su intención de huir, pero mi brazo fue más rápido. Lo tomé por el cuello, como aquella bestia que intentó devorarme, y sin decir palabra lo aprisioné. Los sonidos ahogados entre mi brazo, al sentir que se le acababa el pulso de a pocos, hacían que sus brazos y piernas aletearan como un pez fuera del agua, pero mi sed de muerte tenía mucha más fuerza que la razón.
Invadido por un ser, quizás el espíritu de la noche de brujas, terminé consumando lo que mis antipsicóticos habían ahogado tanto tiempo. Mi corazón latía a mil, emocionado quizás por el premio de ver yaciendo en el piso a aquel irrespetuoso joven ya muerto.
No había ningún testigo. Entre la basura divisé una gran maleta vieja y un poco rota. La traje hacia el chico y lo metí dentro. El barranco estaba del otro lado del centro. Con mi traje supuestamente de terror, caminé con la maleta entre la gente, siendo observado por las personas que veían al hombre de la maleta sin sospechar que llevaba un cuerpo del cual yo no sabía ni su nombre. Al llegar al barranco, lo expulsé hacia muchos metros hacia abajo, ocultándose entre basura, tierra y piedras que allí había.
Volví a regresar con mi traje y fui hacia mi casa. Tomé mis medicamentos, recordando dejarlos de tomar el 28 de octubre del otro año hasta poder celebrar la noche de brujas como aquel 31 de octubre... Ahora, cada noche de brujas buscaré un cuerpo que pueda llevar en mi maleta vieja.
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