Jorge Cusicanqui

Terror

Piel De Porcelana

person Jorge Cusicanqui

Piel De Porcelana

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Llegué corriendo los últimos metros y abrí apresuradamente la puerta. La lluvia ya caía a cántaros. Mi única protección había sido el maletín de cuero que llevaba sobre la cabeza. Cerré la puerta detrás de mí, sacudí las gotas que mi saco no había absorbido y sentí el frío en los pies mojados. Me quité los zapatos empapados y las medias. Me senté en el mueble de los zapatos, cerré los ojos y apoyé la cabeza contra la pared, esperando que el corazón se calmara. El frío de la pared se trasladó lentamente hacia mi nuca. Entonces abrí los ojos y miré las escaleras que llevaban al piso superior, con la esperanza de verla allí.

Imaginé que aparecería por encima del pasamanos y preguntaría si yo había llegado. Bastaría con responderle para que bajara corriendo, sonriendo, se colgara de mi cuello y nos enredáramos en un beso eterno.

Pero ella no bajaría.

No lo había hecho el día anterior ni ninguno de los anteriores. Hacía mucho tiempo. Antes me esperaba con los labios sonrientes, pintados de carmín: ese color que tanto me gustaba y que ella usaba por eso. Apenas escuchaba la puerta, dejaba lo que estuviera haciendo y corría hasta la entrada para recibirme con un beso reconfortante que, a veces, se volvía más apasionado y nos dejaba enzarzados.

Cerraba los ojos para sentir el infinito: nada más que su amor, su aroma. Aroma a ella, imposible de comparar con nada.

Pero esa noche, ella no bajó. Mis ojos solo encontraron el espacio frío de las escaleras y el fragmento de pasillo de la planta alta que podía ver desde donde estaba. Me di cuenta de que había pasado un tiempo allí sentado, mirando sin mirar, sumido en los recuerdos de los días felices.

Giré lentamente la cabeza. Mis ojos se encontraron con los suyos. Me miraba de frente.

Su figura siempre estaba ahí cuando yo llegaba, a la derecha de la puerta. Erguí la cabeza y las frías gotas volvieron a correr por mi frente. Él empezó a esbozar una sonrisa burlona.

Yo hice una mueca nerviosa. Él me imitó.

—Hola —le dije.

Me respondió, como siempre, al mismo tiempo.

Siempre adivinaba mis actos. Sabía lo que yo pensaba.

Lo vi sonreír.

—¿Qué es lo gracioso? —pensé.

—Lo que no has hecho hasta ahora.

¿Lo dijo?

Solo lo pensó.

Yo también sabía lo que él pensaba y él sabía lo que yo pensaba. Sabía que yo empezaría a enredarme en la nostalgia y en aquellos recuerdos melancólicos, estúpidos, lejanos… no tanto.

¿Qué recuerdos? Aquellos de los que ya no podía escapar, pero a los que no podía volver. Cuando el mundo era ella y, por ella, yo era el mundo. Cuando la desnudez de su cuerpo quemaba el mío y nos fundíamos en uno solo.

Así debía ser siempre: ella y yo, yo y ella, felices.

—Ja, ja, ja.

—¡Tarado!

Lo dijimos los dos.

—¡Cursilerías!

No, el mundo no era así. Esas cosas no duran. Ella no iba a ser mía para siempre. Era realmente tonto pensar que yo formaría parte de su vida eternamente, que seríamos almas gemelas.

¿Me amaba?

¿Me amó?

 

Cuando la conocí yo era como un niño que no conoce un carajo de la vida. O, al menos, eso quiero creer. La verdad es que no lo era. Ella era un espíritu libre. Tanto como yo creía serlo.

—¿Te acuerdas? —dijo él.

Dijimos.

Obvio que recordaba. Sabía qué quería que recordara.  

La fiesta en la que la conocí. Esa misma noche sospeché que el destino había decidido jugar con nosotros. Todo ocurrió rápido, sin vacilaciones de por medio.

 

Caminaba, despreocupada, en sentido contrario al mío. Al verla sentí un sismo cuya vibración me recorrió el cuerpo, de arriba abajo. Eso fue todo.

Me sorprendió, pero inmediatamente supe qué debía hacer. Fue tan natural como abrir los ojos al despertar.

Me puse frente a ella. Levantó la mirada, algo sorprendida.

—¿Bailamos? —le dije.

 

Me pasé las manos por la cabeza, apartando el agua hacia atrás, y me masajeé el cuello.

Me quité el saco y miré al del frente. También estaba empapado.

—Voy a subir —dijo.

Dije.

Me incorporé. Por el rabillo del ojo vi que hacía lo mismo. Cuando di un paso hacia las escaleras, desapareció a mi derecha. Caminaba conmigo.

 

Llegué a las escaleras y al poner el pie en el primer escalón, me detuve. Empecé a subir lentamente, procurando no hacer ruido. La lluvia, pensé, camuflaría mis pasos descalzos. Quería saber qué hacía. Qué la entretenía. Por qué no me había escuchado llegar.

Al llegar a los últimos escalones vi la puerta de la alcoba entreabierta. Mis movimientos se hicieron todavía más lentos. Por la abertura escapaba una delgada franja de luz. Caminé los pocos metros que me separaban de la puerta y apoyé una mano en el marco. Observé por la abertura.

 

Me miró sorprendida, inclinó ligeramente la cabeza hacia la derecha y luego encogió los hombros.

—Bueno.

La llevé de la mano hasta la pista. Más tarde me confesaría que el fulgor de mis ojos había sido suficiente para que aceptara.

Bailamos tres o cuatro melodías. Al terminar, sonreía ampliamente, con los labios pintados de carmín.

—Muchas gracias.

—Gracias a ti.

Se quedó un momento frente a mí. Ninguno parecía saber cómo continuar. Finalmente giró y empezó a alejarse.

Pensé que se me iba.

Entonces todo ocurrió sin pensar. Di unos pasos acelerados hasta alcanzarla, dije su nombre y, cuando se volvió, saqué un bolígrafo y escribí mi número de teléfono en una servilleta.

—Llámame.

Le di un beso en la mejilla y me fui de la fiesta. Siempre tuve la seguridad de que llamaría.

Y llamó.

 

Recordé que, a veces, tomados de la mano, subíamos a nuestra alcoba y hacíamos el amor con ternura, bajo una luz tenue. Después dormíamos acurrucados, hundidos en ese sueño profundo que trae la alegría.

 

Acerqué la cara y apoyé suavemente la mejilla derecha contra la puerta. Así podía verla mejor. Allí estaba. La cabellera caía en todo su esplendor sobre sus hombros y su espalda, cubriendo parte de su cuerpo, de esa piel de porcelana bajo la que se insinuaban los omóplatos y la línea de la columna. Sacudía el cabello y pasaba los dedos entre los mechones. Ese era el primer paso del rito.

Estaba sentada frente al espejo. Tomó el cepillo. No lo había visto hasta entonces. Inclinó la cabeza hacia la izquierda y comenzó a pasarlo por el cabello de arriba abajo, rítmicamente.

Contaba. Yo sé que contaba. Aunque ella siempre lo negara. Cada mechón merecía la misma cantidad de pasadas. Todo debía ser equitativo.

La admiré durante un momento. Sentí una felicidad cálida que hizo desaparecer el frío de la ropa mojada.

La luz tenue de la lámpara sobre el velador iluminaba su cuerpo desnudo. El schnauzer de porcelana estaba allí. Ella estaba desnuda. Tomé conciencia de ello. ¿Por qué desnuda? ¿Desde cuándo se cepillaba el cabello desnuda? Nunca lo hacía, jamás la había visto así. Siempre ejecutaba aquel protocolo, con al menos una bata encima. Pero esa noche estaba desnuda.

¿Qué objetivo tenía aquel acto secreto cuando yo no estaba en casa? ¿Acaso yo no era digno de verla así? Claro que no era para mí.

Un escalofrío me trepó por la espalda hasta la nuca y se extendió por todo el torso. El calor que evaporaba el agua también hervía mi sangre, tensaba mis músculos y apretaba mis dientes.  

Era el calor que me asustaba.

El calor que me hacía buscarlo.

Me apoyé de espaldas contra la pared y respiré profundamente, buscando recuperar el control.

—¡Imbécil!

¿Acaso no podía ella tener un secreto? ¿Podía peinarse desnuda por simple placer? ¿Por sentirse libre? ¿Por un fetiche? Lo hacía en la intimidad, para sí misma. ¿Por qué no respetarlo? Yo tenía mis propios secretos. Si ella tenía uno, tan inocente como este, no debía importar demasiado.

—Contrólate —pensé.

No sé cuánto tiempo pasó, pero finalmente pude calmarme.

Entonces escuché su voz. Estaba cantando o tarareando, ensimismada en su ritual, en su mundo.

En otro mundo. Ya no el nuestro. Ya no el mío.

Tan lejos de todo, especialmente… tan lejos de mí.

Se veía hermosa porque era hermosa. Una cepillada. Otra. El ritmo se hacía hipnótico, y yo permanecí allí, regocijado. Mientras más la observaba, mayor era el placer de haber descubierto algo que ella no sabía que yo conocía.

Me sentía el dueño furtivo de su intimidad.

 

—Así que esto es un orgasmo—dijo ella.

—¡Sí, corazón! —dije orgulloso y besé su frente mientras se acurrucaba contra mí.

Aquello fue el final de un día inolvidable. En la tarde, frente a un lago de azul profundo, le había entregado el schnauzer de porcelana que había comprado para ella.

—Es tu raza favorita—le dije.

Lo miró divertida y me dijo:

—Eres tú. No te buscaba, pero tuve suerte de encontrarte.

 

Pensé que sería divertido sorprenderla, entrar súbitamente y verla avergonzarse mientras yo decía “¿Qué haces?”

Empujé la puerta con suavidad.

Se abrió lentamente y mi figura apareció detrás de ella, con una mano todavía apoyada en el marco. Sonreía.

 

Ella se sobresaltó al escuchar el gemido de los goznes.

—¡Ay!

Se volvió bruscamente. Durante un instante se quedó inmóvil. Después, en su rostro apareció una mueca de molestia.

—Eres tú.

Nada más.

Volvió a mirarse en el espejo, dejó el cepillo sobre el peinador y sacudió el cabello con ambas manos. Me observaba a través del espejo sin decir nada, como si se preguntara qué hacía yo ahí.

 

Sus ojos inquisidores me hicieron comprender que había invadido su intimidad. Eso bastó para que se me borrara la sonrisa.

Me sorprendió descubrir que, a través del espejo, se veía más hermosa. Como si aquel objeto hubiera sido diseñado para resaltar la belleza de esa mujer.

Esa mujer a quien yo había hecho mujer.

Pero ese espejo reflejaba también sus ojos molestos.

Tomó el cepillo y reinició el ritual: los pases rítmicos y la inclinación de cabeza, como si mi irrupción apenas la hubiera perturbado.

No atiné a decir más que un «hola», medio estrangulado por la incomodidad. No me sentía dueño de nada, menos de un secreto que ella no sabía que yo conocía.

Me acerqué y le di un beso frío en la mejilla. Ella inclinó apenas la cabeza e interrumpió el cepillado por un segundo. Después continuó.

Me quité la camisa y fui al baño a buscar una toalla. Me froté enérgicamente la cabeza y luego me la dejé alrededor del cuello. Solté el cinturón y me quité los pantalones. Me costó un poco sacarlos por lo mojados que estaban. Terminé sentado en la cama.

—¿Está lloviendo?

Detuvo el cepillado un instante.

¡Estúpida!, pensé.

—Desde hace horas.

No pude evitar el sarcasmo.

—No me había dado cuenta —respondió tranquilamente.

 

Sin más, terminó el rito del cepillado.

Parecía no importarle nada: ni el sarcasmo, ni su desnudez, ni lo empapado que yo estaba.

Volví al baño y cerré la puerta tras de mí. Otra vez sentí el escalofrío. Me apoyé contra la madera, con toda la espalda pegada a ella tratando de calmarme.

 

—No es para ti—me espetó de la nada.

Solté una risa estridente.

Él hizo lo mismo.

—Ya verás—dije.

—Será mía.

—Será mía—dije.

O dijo.

—No llamará.

Llamó.

 

Me acerqué al lavamanos y me lavé la cara con agua fría. Sabía que mi presencia ya no la afectaba. Tal vez la incomodaba. Pero no había nada de qué preocuparse.  Yo haría todo por recuperar los días felices.

Podríamos volver al lago. Revivir la pasión. La tomaría en mis brazos. Tenía que hacerlo. Necesitaba comprobar que aquel calor todavía existía, que aún era posible volver a ser uno.

No importaba cuánto se resistiera.

Yo sabía que cuando estuviera entre mis brazos todo volvería a ser como antes.

 

Levanté la mirada.

Lo vi, justo frente a mí.

—¡Cojudo! —gritó, alargando la “u”.

 

Sabía por qué lo decía y eso me molestó. La rabia empezó a crecer en mí, aunque todavía no era del todo irracional. 

Ya no entendía quién era esa mujer. La que estaba sentada en la habitación, desnuda, frente al espejo. Cepillándose como si el tiempo fuera indiferente para ella.

Ya no la conocía. Era una extraña.

Y yo, el tonto que intentaba atrapar lo que se había escapado de mis manos.

 

—No soy ningún cojudo —le dije, mientras negaba con la cabeza, pero él asentía.

—Sí, lo eres.

 

—Hay una forma —dijo él.

—Hay una forma —dije yo.

¿Estaba él mucho más enojado que yo? ¿O yo más que él?

—No voy a dejar que desbarate mis sueños.

Nos lo dijimos.

 

Yo me desesperaba. No sentirme importante para ella me hundía en un laberinto de frustraciones.

—Tienes razón.

Pero no sabía qué podía hacer para que ella se quedara conmigo.

—¿Qué hago?

Me miró.

Nos miramos fijamente.

En sus ojos había algo que reconocí.

Quedé pasmado.

—Tú sabes bien lo que tienes que hacer.

Yo sabía.

 

Retrocedí.

Él retrocedió.

Caí de rodillas sobre los fríos azulejos.

Algo me chorreaba por la sien. Ya no eran gotas de agua: era sudor frío. Encogí el cuerpo y puse la cara entre las manos. No quería hacer lo que sabía que debía hacer. Estaba como en un trance. Escuchaba unos gritos. Lejanos. ¿Quién gritaba? Era ella.

Me levanté y entré a la habitación. Estaba de pie frente al espejo, con ambas manos en la boca.

Pálida.

Asustada.

—¿Qué pasó? ¿Estás bien?

Temblaba. Cuando intenté abrazarla retrocedió.

—Vi tus ojos en el espejo.

—¿Mis ojos?

Su voz se hizo más aguda.

—Sí. Solo tus ojos. Eran diferentes de algún modo. No eran como siempre, pero eran tuyos. Estoy segura.

 

 

—Me encantan tus ojos.

La recordé diciéndolo con brillo en los ojos, con aquella dulzura de los primeros días.

Yo me estremecía.

Hasta me ruborizaba.

 

 

Quise reír, pero lancé una carcajada seca, sin rastro de diversión.

—¿Mis ojos? ¿En el espejo? ¿De qué hablas, mujer?

Permaneció inmóvil con la mano doblada contra el pecho. Parecía intentar comprender lo absurdo de lo que acababa de decir. Se había puesto el camisón blanco mientras yo estaba en el baño.

Me acerqué al espejo. Obviamente, él estaba ahí.

—Ya sabes.

Sabemos qué hay que hacer.

Lo entendía perfectamente.

—¡Aquí no hay nada! —le grité. 

Un leve fruncimiento de las cejas fue su único anuncio antes de que su mirada se tornase fría.

—Me estás volviendo loca.

Se volvió bruscamente y fue hacia el baño. Azotó la puerta tras de sí. Cerré los ojos.

Cuando los abrí, me topé con él.

—Ya no hay tiempo.

Tenía razón.

Sentí rabia e impotencia.

Era ella la que me estaba volviendo loco.

Su actitud. Sus ganas de escapar de mí.

No había duda. Se alejaba más que nunca. Pronto estaría tan lejos que ya no podría sentirla ni verla. Ya no dejaría lo que estuviera haciendo para recibirme en la entrada con los labios pintados de carmín.

Eso no volvería a pasar. A menos que yo hiciera algo.  Ya no había tiempo.

Lo sabía.

Y lo aceptaba.

Me incorporé. Él también.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que yo me diera cuenta. Sentía un nudo rabioso quemándome la garganta. Ya no podía contenerlo. De a poco, me había ido enredando en sus encantos: sus saltitos alegres cuando se emocionaba; la forma en que apoyaba la cabeza contra mi pecho en el sofá; cómo giraba grácilmente para preguntarme cómo le quedaba un pantalón.

Durante mucho tiempo nuestra relación había sido tranquila. Hasta que algo empezó a cambiar. Ahora ella pretendía desprenderme de su alma.

Pero su esencia era mía. Ya no de ella. 

Me detuve ante la puerta del baño. Dudé. Me quedé congelado. Tenía miedo. La debilidad empezaba a vencer mi decisión.

No era capaz.  Tal vez la amaba demasiado.

Cerré los puños. Otro escalofrío. El calor en la nuca.

Golpeé la puerta del baño con ambos puños. Ella abrió, extrañada, con un irritante gesto inquisidor.

—¿Qué te pasa?

No respondí.

La imaginé entre mis brazos, llenando los pulmones con su aroma, sintiendo su calor. Pero ya no pensé en sus abrazos. Ni en su sonrisa. Ni en las alegres bienvenidas. Pensé solamente en que no volvería a escaparse.

—No esta vez.

Lo dijo.

Lo dije.

Lo dijimos.

—¡No tienes derecho a preguntar! —rugí.

Rugimos.

Esta vez ella se asustó de verdad. Retrocedió. Después caminó hacia mí y, con un pequeño empujón, se abrió paso hacia la habitación. Al meterse en la cama soltó:

—No me jodas.

Se cubrió con las mantas y apagó la lámpara. Me quedé parado en la oscuridad.

—Hazlo.

Respiraba con dificultad. Inhalaciones bruscas. El pecho subía y bajaba con violencia.

Entonces lo vi. Nos vimos.

—Hazlo —dije.

Sonreí.

No sabía por qué. Pero sonreí.

Poco a poco empecé a calmarme.

—¡No!

¿Lo dije?

¿Lo pensé?

No lo haría.

No podría hacerlo.

La amaba.

Podía dejar que se fuera. Ella podía existir en su mundo. Yo en el mío.

La dejaría ir.   

—¡Si la dejas ir, todo se acaba!

No habría más carmín.

No habría más besos al llegar a casa.

No habría más noches en las que nuestros cuerpos se confundieran hasta no saber dónde terminaba ella y comenzaba yo.

Pero todavía podía evitarlo.

Solo tenía que impedir que se fuera.  La tomaría en mis brazos. La calmaría. La haría mía nuevamente.

—Hazlo —ordenó.

Esta vez no discutí.

 

—Quiero envejecer contigo—escuché decir con su melodiosa voz.

—No.

 —Muramos jóvenes y felices.

 

Me despertaron los gritos aterrados de una mujer. Abrí los ojos confundido. Veía borrosas las siluetas frente a mí. No supe cuándo habían entrado todos a la casa. Poco a poco se aclaró la visión.

Su madre estaba a un costado de la cama, horrorizada.

Entonces sentí el peso frío de su cuerpo sobre mi brazo izquierdo.

Intenté incorporarme y retirar el brazo que tenía debajo de ella. Entonces sentí un violento tirón. Salí despedido de la cama y caí al piso. Alcancé a apoyar las manos en el suelo.

Sentí dolor en los nudillos.

Una rodilla se clavó en mi espalda.

—¡Quieto! ¡No te muevas cabrón!

Seguía aturdido. Escuché el chasquido metálico, seco y preciso de las esposas. Después, el mordisco del acero frío en una muñeca y luego en la otra.

Me arrestaban.

No era un sueño.

Desperté del todo. Escuchaba el llanto histérico de su madre mientras la sacaban de la habitación.

—¡Maldito, desgraciado!

Fue lo único que logré entender, entre sus gritos de ira y dolor.

Entonces percibí un olor dulzón, pesado, agrio y persistente que se me adhería a la garganta. Sentí el tirón que casi me arrancó el cuero cabelludo.

—¡Levántate cabrón!

Ya de pie, pude ver la escena.

Su cuerpo ya no mostraba aquella piel de porcelana. Tenía matices purpúreos, surcados por una red de líneas oscuras y azuladas. No quedaba ningún rastro de calidez humana. Solo la huella de una violencia salvaje.

Estaba hinchada. El ojo derecho parecía tenso. El pómulo estaba hundido. Dejé de mirarla y aparté la vista. Entonces algo llamó mi atención.

A un costado de la cama, unos trozos blancos y fríos me devolvían la misma fragilidad que había sido arrancada de su cuerpo.

Era el schnauzer de porcelana.

Hecho trizas.

Una tristeza sin fondo invadió todo mi ser. Empecé a llorar. Lloré mucho.

Entre las lágrimas lo vi. Estaba allí, en el espejo del peinador.  Él no lloraba. Sonreía satisfecho mientras se frotaba los nudillos amoratados y abultados. La piel del pulgar y del índice estaba levantada en tiras sangrientas y coaguladas.

Lo miré.

Nos miramos.

Yo lloraba.

Él sonreía.

 

Eso es lo último que recuerdo.

Ahora estoy aquí contándole todo eso a este par de tipos que no dejan de llamarme loco y degenerado. Dicen que le di una paliza. Que la maté a golpes. Que después permanecí varios días acostado junto a su cadáver.

—¡Maldito hijo de puta!

Escucho todo como entre sueños. Los gritos se alejan. Cada golpe duele menos y no dejo de pensar que él lo hizo.

Que fue él.

Un golpe. Otro. Balbuceo, sin que nadie me crea:

—No fui yo.

Fue él.

Mi hermano

El del espejo.

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