Maldita Melodía

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Qué era ese sonido, de dónde provenía esas notas que sonaban en el ambiente. Dulces por momento, triste otras veces, pero siempre el mismo compas indescifrable, místico, sublime. La comenzó a escuchar hace trece días y no dejaba de sonar; al séptimo ya rayaba en lo insoportable: la maldita melodía lo estaba volviendo loco. En un primer acto contra su infame canto llamó a los vecinos del piso superior, y amablemente les solicitó que si era posible disminuyeran el volumen de su minicomponente que todos los días sonaba la misma composición; le aseguraron que estaba apagado, pero la música seguía tintinando.

—A caso no la oyen, no escuchan ese ritmo melodioso día y noche.

El señor y la señora se miraron. Es que a caso nadie la oía, nadie percibía su fastidiosa polifonía, y guardó silencio, y de las apartadas instancias, de los muebles, de los enseres, de los conductos de gas y agua, de los pisos y paredes resumía la insania melodía.

—¡Maldita, maldita música por qué no guardas silencio!

Y agarró su cabeza y la sacudió buscando que la odiosa y cansina tonada abandonara su mente como al batir una alcancía y conseguir que la monedas escapen por la rendija; más sin embargo, la melodía continuó su faena estridente.

—Dónde estás, dónde te escondes.

Fue en búsqueda de ella, y abrió el armario y sus notas negras de ocaso arremetieron contra él en una desbanda de sonidos ominosos que volaban cual goleros de las sombras batiendo sus alas que ensombrecían las dependencias revestidas de sepelios colores.

—¡Ah, ah, ah! Te encontré.

Y arrojó camisas con el frenesí de quien se ahoga en medio de un mar de calamidades, arrojó los pantalones a la cama con la misma emocionante amargura de arrojar flores al lecho de la tumba; sacó los cajones estrechos al igual que osarios, y la melodía le abofeteó en la cara; furioso tiró las medías y los interiores esparciéndolas con la resignación de quien avienta las cenizas al viento lagrimoso.  

—¡No vas a escapar de mí maldita!

La bella sinfonía había cambiado de caja musical y ahora le pareció que nacía del nochero que se alzaba con las sombrías facciones de una lapida degastada, se acercó al que ocupaba el lado izquierdo. Sí, allí estaba, su finos acordes, esos acordes largos que resquebrajaban su ya maltratada decadencia.

—Espérame un segundo no vayas a partir, ya enseguida regreso.

Y abandonó el cuarto con cautela pisando en la punta de sus dedos; se apoderó de su caja de herramientas cubierta de polvo y telarañas que fungían como vestigios de una vida pasada; empuñó su gran martillo y con toda la ira que consiguió reunir en sus manos desbarató los fondos de los nocheros, pero la melodía seguía tranquilamente entonando sus tonos e intervalos.

—¡Suficiente déjame en paz, ve a cantar tu molesto coro donde persona ninguna te puede escuchar!

Clausuró sus oídos para silenciar la melodía, ella libido y astuta se filtró por sus poros, engañó su olfato con dulces caricias de nostalgia ochentera y se escondió en las venas llevando consigo en el torrente álgido su vals pérfido hasta encantar la célula cancerígena que pululaba en los perdidos pasillos de su pena.

Al bofetear sus mejillas ordenó desterrarla de sus pensamientos, y ni los golpes, ni las súplicas, ni los diversos estilos musicales fueron inútiles ante la maldita melodía. Los riff del metal se hincaron a la perspicacia de los sones nebulosos y los aires del vallenato se disolvieron en las cadencias pantanosas de los acordes tortuosos de la melodía. En ese instante una revelación lo poseyó, la advirtió en una amalgama de tonos nítidos tan claros que golpeó su frente con la palma y castigar su falta de criterio, y es que notó el inflar del colchón como gaita gallega.

Fue a la cocina, y tomó el cuchillo más grande que encontró, y regresó a la alcoba.

—¡Desgraciada llegó tú hora!                      

Con un saltó se abalanzó sobre el lecho y propinando varias estocadas perforó su cuerpo de algodón. Pronto motas de pelusa enceguecieron el ambiente, y con mayor premura desgarró el tendido e introdujo sus manos y sacó al aire las tripas de lana y los muelles, el esqueleto quedó descarnado. Buscó en los copos de algodón mas no puedo hallar la fuente de la melodía que agrietaba su cabeza. La oyó cambiar sus compas a una risa maléfica y siguió el camino de las notas que lo llevó al escritorio y votando por los aires los cajones no encontró más que sus medicamentos; tomó la mesa ya vaciada y la aventó estrellando su cuerpo contra la pared opuesta; la bastarda sinfonía continuó retumbando, sus graves hacían que sus dedos y manos se paralizaran, se retorcieran, como atrapadas por una red de hilos invisibles.

Y su cabeza ardía y ardía por la intensidad de la composición desgraciada. Entonces, le pareció que provenía de la cocina, puesto que en su dirección flotaban mariposas musicales que despedían una estela de coros de perversidad; y abrió el refrigerador.

—Te sacare de mi vida así tenga despedazar mi mundo.

 Tiró la caja de leche, las botellas de agua, la cena de anoche, y examinó su interior pero nada hacía suponer que el pollo sin cabeza o el pescado ahumado entonaran la corrosiva canción. Su motor, pensó, es el que interpreta la música, y de un jalón tiro la nevera que cayó pesadamente. Para su sorpresa la melodía seguía cantando en su cabeza.

—¡Dónde estás, dónde te escondes, es qué acaso no te cansas de recital esa maldita melodía!

Gritó y a fuerza de martillo desbarató la nevera cuyos impactos quedaban sordos por la fuerza de la pieza malsana. El cristal del microondas se pulverizó de una estocada, desfondó la estufa empotrada, de un mandoble desportilló las alacenas y arrojó la vajilla que, sin pensarlo, le brindó un poco de paz, pues al estallar la porcelana contra el piso la melodía se silenciaba. Sintió un alivio un frescor corrió por su espalda, pero cuando los platos se acabaron y no hubo más que romper, la sinfonía volvió con sus intervalos melodiosos de terror, de angustia, de perdición.

Sus tonos y escalas entonaban delirios de enfermedad, sus bajos la euforia de los condenados, y sus matices un jubiloso suplicio que reventaba sus nervios. La melodía iba intensificando su complejidad de armonías, con cada nota su piel se arrugaba y sus dientes castañeteaban bajo la fricción de su timbre. Parecía que su cráneo se partía en dos y que el filo que la cortaba no era otro que los agudos y graves de la depravada canción.

—¡Sal de mi cabeza maldita, déjame tranquilo!

Vociferó al silencio que lo rodeaba y que había sido testigo de su obsesión.

—¡Basta, basta, basta! ¡Calla, calla esa infeliz sinfonía de dolor! ¡Ya es suficiente, es que no entiendes que no quiero seguir escuchándote, qué tu tono me hiere, me lástima, qué tu sones sólo provocan que mi alma se estremezca bajo las partituras de tus semitonos crueles!

Riéndose cayó de rodillas besando la cerámica, postrado a la melodía que chirriaba en sus perturbadores melifluos, con los brazos en sus cabellos aclamó a pulmón a reventar.

—¡Sal de una vez, aléjate cancina alegoría, desaparece de los ritmos de la naturaleza, húndete en la penuria de donde emergiste y ahógate en tu calígine voz.

Y se hizo un silencio mortal. La melodía se había extinguido. Pero en verdad se había difuminado. En eso, el timbre sonó. Abrió, un vecino preguntó si todo estaba bien, que escuchó gritos, y que era la tercera vez que subía por el mismo motivo.

—Todo en orden vecino, solo es la tele.

La televisión hacía tiempo había caído a martillazos en los primeros comienzos del recital cuando la sinfonía sólo era un tintineo de sonidos aislados carentes de armonía. Su mano, apoyada en la puerta, fue presa de espasmos, el sudor rodó por sus sienes y un intensó comezón rasgaba su cráneo.

—Se lo ofrece algo más vecino.

Las piernas poseídas por el desespero tambaleaban como gelatina y sus labios se torcieron en una horrida mueca, mientras que sus dedos surcaban sus mejillas de forma maniática que al cabo, una fisura de sangre afloró en el pómulo.

—No, nada… que no… haga… haga tanto ruido.

El vecino comenzó alejarse, un presentimiento latió en su vientre, y, antes de alcanzar el ascensor tiró por un breve segundo su mirada a espaldas, vio a ese sujeto sacudirse como siendo atacado por un enjambre de hormigas.

—¡Cállate ya maldita, es que no entiendes, que no quiero escucharte. Cállate, cállate de una buena vez!

Bramó tapándose los oídos convulsivamente, parecía que un ruido ensordecedor le fastidiaba y el vecino temeroso por el comportamiento del aquel psicótico oprimió los botones de los pisos con premura.

—¡Cálmese yo no he dicho nada. Es más ya me marcho que tenga buena noche!

Y desenvolviendo sus pasos se alejó por el pasillo sin esperar el arribo del ascensor. Mas el perturbado creyó percibir que la melodía se alejaba a medida que el vecino propinaba cada pisada.

—¡Oiga vecino, espere!

Aquella frase suave le congeló en seco; muy despacio se dobló y su mundo se nubló en un oscuro telón.

—¡Malparido! Querías volverme loco con ese puto sonido. ¡Je-je-je!, la jugada les salió al revés. ¡Je-je-je!, no van a deshacerse de mí, no, eso no. ¡Je-je-je! Ahora, podre descansar. ¡Je-je-je! ¡Je-je-je!

—¡No se de qué está hablando vecino, yo sólo escuché gritos y retumbos y me acerque porque los ruidos podrían despertar a mi hijo recién nacido!

Expresó el hombre adolorido por el golpe.

—¡Por qué entonces hacían sonar esa maldita melodía todo el tiempo, ¡eh!¡Querían fastidiarme, hacer que me marchara de mi hogar, pero no lo voy a permitir, no se van a salir con la suya, hipócritas!

—¡Cuál plan vecino, no entiendo lo que dice, no sé de que música está hablando, yo no escucho ninguna melodía, este conjunto residencial es tranquilo, de gente amable, trabajadora…!

—¡Cállate, cállate maldito, no intentes confundirme con tus buenos propósitos de cordialidad y de vecindad! ¡Yo sé lo que tengo que hacer, sí… ya lo sé!

Expresó en un tono de voz eufórico entre parpados desencajados que en cualquier momento sus globos rodarían por sus mejillas. Tres golpes rompieron la dinámica de la melodía. Un hueco en el cráneo, la masa encefálica chorreó por sus cabellos; el vecino yacía muerto. Las risas estridentes se aglutinaron en su boca, había ganado, había vencido a la insania melodía, y cuanto más se vanagloriaba las risotadas fueron menguando hasta decaer en un gemido agónico. No había escapado de la música.

—¡Silencio, silencio, haz un minuto de silencio, maldita desgraciada, cierra tú maldita y puta boca!

De nuevo empuñó el martillo, y los ojos como presos de la confusión escrutaron una habitación desconocida, nueva para sus maltratados y saturados sentidos; y sus orejas se irguieron y tantearon el ambiente oscuro que ondulaba en sinuosas formas ambivalentes, y así le pareció que la melodía supuraba de las paredes, y dando y dando martillazos las hizo sangrar de golpes; sin embargo, la melodía se oía con más fervor. Ahora la oyó reírse bajo la planta de sus pies, y golpeó y golpeó las baldosas creyendo estar enterrada, y ni así consiguió callarla; la música, aquella sinfonía sin inicio y fin, bailaba en su cabeza, en su cerebro, en su mente.

—¡Maldita, maldita melodía, dónde estás, ya déjame en paz!

Aulló en la soledad de su cárcel agobiado por las notas altas y bajas de un concierto que jamás solicito y que retumbaba en un bucle sin fin.

—¡Lo tengo, voy a sacarte de mi cabeza!

Y al chasquear de sus dedos se dirigió a la caja de herramientas y de inmediato se aventuró al baño. Frente al espejo esbozando una risa macabra, desajustada, perturbada, encendió el taladro inalámbrico y lo apuntó hacía sus sienes y así extirpar la maldita melodía…

 

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