Fantasía

Porque Te Amo

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Porque Te Amo

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Me enamoré de él cuando yo era una simple sirvienta y él, el príncipe del reino.

Tardé siglos en entender que aquello no era amor. Fue la primera vez que alguien me eligió y yo, que nunca había sido elegida, no supe que me estaba eligiendo para no soltarme nunca.

Yo llevaba el agua a las cocinas. Él bajaba a escondidas, con la capa mal puesta y las manos manchadas de tinta, porque escribía versos que nadie más leería. Me los recitaba a mí. Yo no sabía qué decir, así que me reía, y él decía que mi risa era mejor que cualquier poema.

Al principio, yo no entendía por qué un príncipe se fijaba en alguien como yo. Pensaba que era una broma. Que en cualquier momento se cansaría y volvería a las damas de vestidos largos y manos blancas. Pero él volvía cada noche con un poema nuevo. Cada noche, con esa manera suya de mirarme como si yo fuera lo único que quedaba en el mundo.

Me hicieron sufrir, eso sí: los otros sirvientes, que me trataban de arrimada; la corte, que no me miraba; la reina, que una vez me dijo, sin levantar la voz, que las personas como yo no debían soñar tan alto. Yo lo soporté todo porque él me decía que valía la pena. Y yo le creía.

Él era un demonio de las profundidades. Lo supe desde antes de jurarlo. Me lo confesó una noche, con la voz temblando, esperando que yo huyera. No huí. Le dije que no me importaba. Que lo amaba. Que podía ser lo que fuera; yo estaría a su lado.

Y él lloró. Un demonio llorando en mis brazos, en el jardín, bajo las estrellas. Yo pensé que era ternura. Ahora pienso que era miedo. Miedo de que yo cambiara de opinión. Miedo de perderme.

Nos juramos amor eterno bajo un cielo estrellado.

Una promesa en el jardín trasero, entre las rosas que él mismo había plantado, con las manos entrelazadas y la voz baja para que nadie nos escuchara.

—Te amaré por siempre —dijo él—. Ni la muerte podrá separarnos.

—Ni la muerte —repetí yo.

No comprendíamos el peso real de esa promesa. Éramos jóvenes. Creíamos que "siempre" era una palabra bonita, algo que se decía y ya. No sabíamos que las palabras tienen consecuencias. No sabíamos que, a veces, el universo escucha y lo cumple.

Fuimos felices. Durante años fuimos felices. Me llevó a las profundidades, me mostró mundos que ningún humano ha visto, me enseñó a leer en idiomas que ya no existen. Yo era mortal y él no, y eso debía dolernos a los dos, pero no nos dolía. Nos bastaba con el presente. Nos bastaba con la promesa.

Envejecí. Él no.

Él me miraba y me decía que seguía siendo hermosa, pero yo veía sus ojos detenerse en las arrugas de mis manos. Veía cómo apartaba la mirada cuando yo me peinaba. Veía cómo su amor se volvía compasión, y la compasión se volvía miedo, y el miedo se volvía una idea que no se atrevía a decir en voz alta.

Yo también lo pensé. Muchas veces. Pero no me atrevía a pedirlo. Y él tampoco se atrevía a ofrecerlo. Los dos sabíamos que, si lo hacía, ya no sería yo. Y él amaba a quien yo era. No a lo que podría convertirme.

Murió conmigo esa prudencia.

Una mañana de invierno no desperté.

Fue simple. Fue sin dolor. Él estaba a mi lado, sosteniéndome la mano, igual que yo lo había sostenido a él tantas otras noches. Me vio irme. Me vio volverme fría. Me vio dejar de existir.

Y, en ese momento, algo en él se rompió.

No lo supe entonces. Lo supe después. Siglos después. Pero ahora entiendo que aquella mañana no fue solo el día en que yo morí. Fue el día en que él decidió que la muerte era un error.

Un error que él corregiría.

Fue la primera vez que alguien me eligió. Fue la primera vez que alguien me perdió. Y fue la primera vez que alguien decidió que no aceptaría perderme.

Yo no estaba ahí para verlo. Pero lo imagino. Lo imagino muchas veces, en las noches largas de mi inmortalidad. Él, arrodillado junto a mi cuerpo, con mi mano todavía entre las suyas, repitiendo en voz baja la promesa que nos habíamos hecho:

Ni la muerte podrá separarnos.

Y la muerte nos había separado.

Y así, mientras yo dejaba de existir por primera vez, él empezó a buscarme.

Tardaría siglos en encontrarme. Tardaría más en entender que, al encontrarme, ya no me encontraría a mí, sino a alguien que se parecía a mí. Alguien a quien él podría amar sin perder.

Alguien a quien podría retener.

Pero eso yo lo supe mucho después.

Volví a nacer. No recordaba nada.

Crecí en un pueblo pequeño, de esos donde todos se conocen. Fui la bruja desde niña porque una vez, a los doce años, anuncié que una tormenta llegaría en tres días, y llegó.

Y entonces llegó él.

Llegó al pueblo con una armadura que no brillaba, con la mirada cansada de quien ha caminado demasiado. Dijo llamarse caballero. Dijo buscar refugio. Dijo que pagaría por un techo y comida.

Yo lo miré y sentí algo. No supe qué. Algo que venía de muy lejos, de un lugar que no recordaba, pero que me hacía temblar.

Lo dejé quedarse sin saber el porqué.

Él me habló con dulzura. Me preguntó por mis plantas, por mis libros, por mis días. Me escuchó como nadie me había escuchado nunca. Y cada noche, al terminar la cena, me miraba con esos ojos que parecían querer tragarme.

Me enamoré. O creí enamorarme. No sabía que el amor también puede aprenderse, que también puede imponerse.

Una noche me confesó que me conocía. Que me había amado antes. Que me había perdido y que llevaba siglos buscándome.

No le creí. ¿Cómo iba a creerle?

Él me contó entonces lo que era. Me dijo que no era humano. Me dijo que era algo antiguo, algo que había visto nacer y morir mundos. Me dijo que yo había sido su esposa hacía mucho, en una vida que ya no existía, y que me había amado hasta el último de mis días.

Yo me reí. Lloré. Le dije que estaba loco.

Y él me abrazó y me dijo que no importaba. Que no necesitaba que le creyera. Que solo necesitaba que lo dejara amarme.

Lo dejé.

Fui feliz durante meses. Meses de manos entrelazadas, de versos susurrados, de un amor que se sentía como volver a casa.

Pero él tenía miedo.

Lo noté en cómo me miraba cuando yo dormía. En cómo se acercaba a mí cuando yo salía al pueblo. En cómo me preguntaba, cada noche, si lo amaba, como si la respuesta pudiera cambiar de un momento a otro.

Y una noche me lo dijo.

—Puedo hacerte como yo.

—¿Cómo tú?

—Inmortal. Para que nunca te vayas.

—¿Y si no quiero?

Él no respondió. Solo me miró y, en sus ojos, había algo que no había visto antes. Algo que no era amor.

A la mañana siguiente desperté y ya no era humana.

No hubo ritual. No hubo permiso. No hubo un "sí" mío. Solo un dolor breve, un calor extraño y luego nada.

Él estaba a mi lado, mirándome con esa devoción que nunca aprendí a rechazar.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —dije. Y era verdad.

Pero algo faltaba.

Lo supe cuando me tomó la mano y busqué, dentro de mí, el calor de otras veces. El vuelco en el pecho. Las ganas de acercarme más. Nada. Su mano era una mano. Su rostro, un rostro. Su amor, un peso que ya no podía devolver.

No se lo dije. Pensé que era el miedo. Que se me pasaría. Que bastaba con recordar cómo se sentía y que el recuerdo bastaría.

Durante siglos lo intenté. Me repetí sus nombres, sus besos, la primera vez que me dijo que me amaba bajo un cielo que ya no me parecía estrellado. Me lo repetí hasta que las palabras dejaron de significar algo. Hasta que amar se volvió una tarea que aprendí a ejecutar sin sentirla.

Él nunca lo notó. O quizá sí. Quizá por eso nunca dejó de vigilarme.

Yo lo abrazaba y él suspiraba, tranquilo. Yo le decía que lo amaba y él me creía. Y yo, mientras tanto, me preguntaba cuánto tiempo podría sostener el papel.

Cuánto tiempo antes de que él también se diera cuenta de que ya no había nadie detrás de mis ojos.

Los siglos pasaron. El mundo cambió. Nosotros permanecimos.

Él construyó ejércitos. Conquistó reinos. Destruyó ciudades. Yo lo acompañé. No porque creyera en su causa, sino porque no tenía otra.

No lo odiaba. Eso era lo peor. No podía odiarlo porque no podía sentir nada. Solo una lealtad antigua, sin raíz, sin fuego.

Yo lo amaba, pero estaba cansada.

De su amor.

De su obsesión.

De su apego.

De sus manos que siempre me buscaban, de sus ojos que siempre me encontraban, de su voz que siempre me llamaba por un nombre que ya no era mío.

Una noche, mientras él dormía, me levanté. Caminé hasta el balcón. Miré el cielo, ese cielo que ya no me parecía estrellado, y pensé en la primera promesa. En la de las rosas. En la del jardín.

Ni la muerte podrá separarnos.

Y pensé que quizá la muerte era la única salida que me quedaba.

No lo pensé mucho. No hacía falta.

Sin despedirme, sin escribir nada, sin mirarlo por última vez, me dejé caer.

Y, mientras caía, por primera vez en siglos, sentí algo.

Alivio.

Creí que, al morir, por fin había elegido algo por mí misma.

Volví a nacer. Otra vez. Sin recuerdos. Sin nombres. Sin nada.

Crecí en una ciudad grande, de esas donde nadie te ve. Trabajaba en una oficina, llenaba formularios, tomaba café malo, volvía a casa cansada. Una vida pequeña. Una vida mía.

Hasta que él apareció.

No sé cómo me encontró. Nunca lo supe. Nunca me lo dijo. Solo sé que un día estaba en la parada del autobús, mirando el teléfono, y lo vi al otro lado de la calle. Me miraba como si me conociera. Como si me hubiera estado buscando toda la vida.

Me sonrió. Yo no le sonreí.

Pero volvió al día siguiente. Y al otro. Y al otro.

No era insistente. Era paciente. Se sentaba cerca de mí, en la misma cafetería, y me hablaba de cosas pequeñas. Del clima. De los libros que leía. De lo mucho que le gustaban los perros. Cosas que no daban miedo.

Yo no quería nada con nadie. Había aprendido, en alguna parte que no recordaba, que el amor era una trampa. Pero él era dulce. Y yo estaba cansada de estar sola.

Una noche salí con compañeras del trabajo. Bebí más de la cuenta. No recuerdo bien cómo llegué a casa. Solo recuerdo despertar entre sus brazos, en mi cama, con la luz de la mañana entrando por la ventana.

Él estaba despierto y me miraba con una satisfacción que no pude entender hasta mucho después.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—Amor —dijo él—. Fue amor.

Yo estaba ebria. Él estaba sobrio. Y, aun así, le creí. Porque quería creerle. Porque estaba sola. Porque tenía miedo de quedarme sola para siempre.

Semanas después descubrí que estaba embarazada.

Me casé con él. No lo amaba. Todavía no. Pero pensé que algún día podría. Pensé que el amor era algo que se construía, como una casa, ladrillo por ladrillo. Pensé que bastaba con querer quererlo.

Y ocurrió.

Me enamoré de él. De verdad. De esas veces que no puedes dormir porque lo extrañas aunque esté a tu lado.

Me enamoré de él semanas antes de que mi bebé muriera.

No sé cómo pasó. Los médicos dijeron que fue natural. Que a veces pasa. Que no era mi culpa. Yo los escuché desde muy lejos, como si me hablaran en otro idioma.

Él me abrazó. Me dijo que lo sentía. Me dijo que podíamos intentarlo otra vez. Me dijo que no me dejaría.

Y yo, sin nada más en el mundo, me aferré a él.

Mi amor se volvió incondicional. No porque él lo mereciera, sino porque no tenía a nadie más. Porque el dolor me había vaciado y él era lo único que quedaba en el fondo.

Un día me confesó que era inmortal.

Me lo dijo sin rodeos, una noche, mientras lavábamos los platos. Me dijo que había vivido siglos. Me dijo que me había conocido antes. Me dijo que me había amado en otras vidas.

Yo me reí. Pensé que era una broma. Pero él no se rio.

—Puedo hacerte como yo —dijo—. Para que nunca te vayas.

Y yo, que lo amaba, que no quería perderlo, que no quería volver a estar sola, dije que sí.

No sabía lo que estaba aceptando. No sabía que ya lo había aceptado antes. No sabía que esta vez también algo en mí se apagaría.

Pero esta vez no se apagó. Esta vez las emociones se quedaron. No supe por qué esta vez fue distinto. Nunca lo supe.

Por eso dolió más.

Éramos felices. Durante años fuimos felices. Viajamos. Reímos. Construimos una vida pequeña y luminosa en medio de un mundo que no nos veía envejecer.

Hasta que un día vi a una mujer vendiendo pan en la esquina.

La reconocí de inmediato. Era mi madre. Mi madre de otra vida, de otro siglo, de otro cuerpo. Estaba vieja, arrugada, con las manos manchadas de harina, y me sonrió sin saber quién era yo.

Y entonces todo volvió.

Los recuerdos llegaron como una ráfaga. La primera vida. El jardín. Las rosas. El juramento. La muerte. La segunda vida. La transformación. El vacío. El suicidio.

Y, con ellos, una verdad que me partió en dos:

Su obsesión.

Siempre había estado cerca. Siempre me había vigilado. Siempre había aparecido justo cuando yo empezaba a construir algo mío. Su dulzura me pesaba porque no era dulzura. Era control. Su amor era una jaula con las puertas abiertas y yo nunca me había dado cuenta de que podía salir.

Entonces recordé algo más.

La noche en que perdí a mi bebé.

Su abrazo. Sus palabras. Su promesa de que no me dejaría sola.

Y, por primera vez, algo no encajó.

Recordé al médico. Recordé que entró a la habitación con la cara larga, con esa cara que ponen cuando ya saben lo que van a decir. Recordé que abrió la boca para hablar. Y recordé que él habló primero. Dijo "fue natural" antes de que el médico dijera una sola palabra. Y yo, en ese momento, no lo noté. Lo agradecí. Le agradecí que me ahorrara el dolor de escucharlo.

Pero ahora sé que ese hijo no había sido un accidente.

Él sabía que, si yo tenía un hijo, me quedaría. Que el amor por mi hijo me ataría a él para siempre. Y, cuando el bebé creció lo suficiente para ser una amenaza, para darme un motivo para huir, él me lo arrebató.

Lo mató.

Lo mató para tenerme. Lo mató para que yo me volviera incondicional.

Y yo, sin saberlo, le agradecí que se quedara.

Me quedé mucho tiempo frente al espejo aquella noche.

Vi a una mujer que había amado y sido amada, que había perdido y sido perdida, que había muerto y vuelto a morir. Vi a una mujer que ya no sabía cuántas veces había vivido, ni cuántas veces había muerto, ni cuántas veces él la había encontrado.

Esa noche, en el baño, con el espejo frente a mí, entendí algo que cambió todo. Él no me había perdido nunca. Él me había encontrado. Una y otra vez. Y, cada vez que me encontraba, me destruía un poco más.

Así que decidí devolvérselo.

Todo.

Empecé despacio. Con cosas pequeñas. Con gestos que parecían amor.

Le pregunté por su día. Le preparé la cena. Le dije que lo amaba y, esta vez, no era mentira. Lo amaba. Lo amaba tanto que quería hacerlo pedazos.

Le pedí que tuviéramos un hijo.

Él dijo que no.

Me dijo que ya lo habíamos intentado. Que no funcionaba. Que era mejor no sufrir. Me lo dijo con esa voz suave que usaba para calmarme, para contenerme y tenerme quieta.

Y yo entendí. No quería otro hijo. No quería otra ancla. No quería otro motivo por el que yo pudiera odiarlo.

Así que invertí los papeles.

Primero fue sutil. Le pedí que se quedara en casa. Que no saliera sin mí. Que no hablara con otras personas. Le dije que era por su seguridad. Que el mundo era peligroso. Que yo lo cuidaba.

Él me creyó. Claro que me creyó. Él también me había dicho cosas parecidas, siglos atrás, y yo las había creído.

Luego dejé de pedir. Empecé a exigir.

No debía salir sin mí. No debía hablar con nadie sin que yo estuviera presente. No podía dormir sin que yo lo abrazara y no podía despertar sin que yo estuviera a su lado.

Él empezó a temblar cuando yo entraba a la habitación.

Yo lo abrazaba. Le decía que lo amaba. Le acariciaba el cabello. Le susurraba que nunca lo dejaría. Que todo lo hacía por nosotros. Y él, mientras tanto, se quedaba quieto, como un animal que ha aprendido que huir solo empeora las cosas.

Yo lo amaba. Lo amaba de una manera que ya no distinguía del odio.

Durante años busqué la manera de volverlo humano.

Lo busqué en libros antiguos, en grimorios que ya nadie recordaba, en las profundidades donde él me había llevado cuando yo todavía era mortal.

Y lo encontré.

No era complicado. Solo requería que yo estuviera dispuesta a sostenerlo. A hacerlo sin su permiso. A decidir por él, como él había decidido por mí.

Una noche, mientras dormía, lo hice.

Lo hice despacio. Lo hice con cuidado. Lo hice como él me había hecho a mí, siglos atrás, cuando yo no sabía lo que perdía.

Y, al despertar, él estaba aterrado.

Sentía su sangre fluir. Sentía su corazón latir. Sentía, por primera vez en milenios, el peso de un cuerpo que podía morir. Se llevó las manos al pecho, buscando algo que ya no estaba. Me miró con los ojos muy abiertos.

—¿Qué hiciste? —preguntó.

—Te amé —dije.

Y le sonreí.

Me divertí viéndolo vivir como un frágil humano.

Al principio se resistió. Intentó buscar ayuda. Intentó contactar a otros de su especie. Intentó, incluso, huir.

No se lo permití.

Lo encerré. Una casa bonita, con jardín, con ventanas que daban al mar. Pero una casa que no podía abandonar. Le dije que era por su bien. Que el sol lo lastimaba. Que los humanos lo matarían si lo encontraban. Que yo lo protegía.

Que no tenía nada que temer mientras estuviera conmigo.

Él me creyó. O fingió creerme. Ya no importaba.

Lo cuidé como a una mascota. Lo bañé. Lo alimenté. Lo vestí con ropa que yo elegía. Le leí versos por las noches, los mismos versos que él me había leído a mí en el jardín, bajo las estrellas, cuando yo era sirvienta y él, príncipe.

Le preguntaba si me amaba. Muchas veces. Varias veces al día. Como él hacía conmigo.

Y él, cada vez, decía que sí.

Una noche me acosté con otro.

No lo hice por deseo. Lo hice porque él me había dicho, siglos atrás, que no podíamos tener hijos. Lo hice porque yo quería un hijo y él no me lo daba. Lo hice porque era la única manera de lastimarlo que me quedaba.

Cuando volví a casa, él estaba llorando.

Me gritó. Me dijo que lo había traicionado. Me dijo que lo había usado. Me dijo que era un monstruo.

Yo lo abracé.

Le expliqué que era por nuestro amor. Que, si él no podía darme un hijo, lo obtendría de otro lugar. Que no significaba nada. Que él seguía siendo el único. Que todo lo que hacía, lo hacía por nosotros.

Él me escuchó. Dejó de gritar. Dejó de llorar.

Y, al final, dejó de suplicar.

Los años pasaron. Él envejeció. Yo no. Él se volvió frágil. Yo no.

Lo cuidé hasta el final. Hasta que su cuerpo ya no pudo más. Hasta que sus manos ya no pudieron sostener las mías. Hasta que sus ojos ya no pudieron mirarme.

Una mañana no despertó.

No sé cómo lo hizo. No lo vi. Solo sé que una mañana entré a la habitación y él ya no estaba. Su cuerpo estaba en la cama, con los ojos cerrados, con una calma que no le había visto nunca.

Se había quitado la vida.

Yo me quedé quieta, mirándolo. Lo esperaba. Lo había esperado durante años. Esperaba sentir algo. Dolor. Rabia. Culpa. Algo.

Y solo sentí alivio.

Por fin me había deshecho de él. Por fin me había deshecho del hombre que me persiguió sin descanso. Por fin podía vivir sin que nadie me buscara, sin que nadie me encontrara, sin que nadie me recordara un amor que ya no quería.

Lo enterré yo misma. No le puse lápida. No le puse nombre. No volví nunca a ese lugar.

Y viví.

Viajé por el mundo. Conocí a gente. Aprendí idiomas. Hice cosas que nunca había hecho, cosas que él nunca me había dejado hacer. Fui libre. Fui feliz a mi manera.

Durante siglos, juré que nunca volvería a amar.

Pero la inmortalidad es larga. Y el vacío, inevitable.

Un día conocí a un sacerdote.

Era un hombre bueno. Un fiel devoto de Dios. Querido por el pueblo. Humilde. Sincero. Tenía las manos grandes y la voz tranquila, y me miraba como si yo fuera una persona, no una criatura, no una posesión, no una obsesión.

Me enamoré.

Y él, sin recordar nada, cayó ante mí.

Lo demás fue sencillo.

Lo poseí. Lo sometí. Lo encadené a mí. Lo destruí y reconstruí a mi gusto, como él me había enseñado a amar. Le pregunté si me amaba. Le pregunté muchas veces. Le dije que todo lo que hacía, lo hacía por nosotros. Le expliqué que era por nuestro amor.

Cuando ya no lo soportaba más, se quitaba la vida.

Y yo volvía a empezar.

Una vida.

Otra.

Otra más.

Algunas veces moría él. Otras veces lo mataba yo.

Siempre terminábamos en el mismo lugar.

Hasta que en una recordó todo.

Me enfrentó, bañado en ira. Con la memoria entera, con los siglos enteros, con todo lo que yo le había hecho. Me gritó. Me maldijo. Me dijo que yo era la peor cosa que le había pasado. Me dijo que me había amado, que me había buscado durante milenios, que me había salvado de la muerte y que yo le había pagado con tortura.

Yo lo escuché. No dije nada.

Al final, cuando ya no le quedaban fuerzas, cayó al suelo. Herido. Derrotado. En un charco de sangre, con la vida escapándosele respiro a respiro.

Me miró con miedo.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué me hiciste esto?

Y yo sonreí.

Porque, por fin, él entendía. Por fin, él sabía lo que se sentía. Por fin, él sabía lo que era que alguien te eligiera sin preguntarte, te amara sin escucharte, te cuidara sin dejarte respirar.

Me acerqué a él. Me arrodillé a su lado. Le tomé la mano, igual que él me había tomado la mano en el jardín, bajo las estrellas, cuando yo era una sirvienta y él, el príncipe, y ninguno de los dos sabía lo que estaba jurando.

Y le dije la verdad.

—¿No es obvio? —susurré—. Porque te amo.

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