Petra
Li Almado
Cuando Petra llegó al mundo, el otoño recién comenzaba. María esperaba la siguiente contracción sentada, mirando por la ventana.
EL ENTIERRO INCOMPETENTE
Gracias por indicarme donde empezar. La conocí hará unas semanas, turistas fuera de temporada, viajeros sin planes, nos llevábamos bien, no tenía intención de matarla, va a ser cosa de las drogas, lo que no vuelven confuso lo vuelven absurdo, sin sentido.
No hacía mucho caso a su parloteo, si a su aspecto, una belleza casi del montón, de esas que sólo destacan rodeadas de auténtica mediocridad, o si la has visto antes en un sueño, puede que nos hubiésemos conocido antes ahí, no hay sueño más influyente que el del que nada se recuerda. Piel como magnolia marchita, cejas de constreñida voluptuosidad, ojos contrabandeados por la frontera del gris al azul, un haz de hierba seca por cabellera y una boca que confundía una sonrisa con un trapecio. Debería haber seguido ignorando su parloteo.
Un enfado me subió por una de estas cosas que enseguida se olvidan, no lo creí así, decidí tal afrenta se ha de pagar con la vida, me precipité, a la mañana siguiente no le habría dado importancia, palabras ya no mal elegidas sino recogidas sin atención, me ofendieron.
Una noche cálida de otoño, una playa solitaria y el mar acababa de vomitar la luna, si no era el lugar adecuado para una venganza ya me diréis para qué era.
Tales afrentas un caballero las arregla con la espada, hoy en día vamos sin espada, así que improvisé. Ella tenía mucha clase y suficiente dinero para no ir bebiendo de un cartón de vino, habría podido romperle la botella por la cabeza, pero eso va en contra de mi naturaleza afable. Me muestro comedido con el vino por lo peligroso de mezclar, ella no afrontaba ese problema, vaciaba la botella en una noche, esa iba a ser la última, tanto la noche como la botella.
En su descuido metí en su merlot lo que había guardado para mí, mejor no especifico, me limito a guiñarles el ojo, con eso tenía para llamar a las doce musas y mucho más, no lo consideré un desperdicio, debía vengar la ignominia. Cayó, a mí me hubiese dado para caer doce noches seguidas, tocaba arrastrarla al agua para que se ahogase, pero hay de mí, noté no tenía pulso en su cuello de flamenco, sin agua en los pulmones, se iba a dudar de lo accidental de su fallecimiento.
No sabía que hacer, saqué mi móvil, consulté a ese amigo sin cuerpo que siempre da buenos consejos, su monótona voz me aconsejó esconder el cuerpo y marchar antes de que se hiciese de día. No me criticó, entendía mis motivos.
La enterré en la arena, no por formalidad, alquilaría un coche para mover el cuerpo, no sentía real más que la arena hiriendo mis dedos; reventé la botella contra el puesto de la Cruz roja, la botella tenía la culpa, la hizo hablar de más. Regresé caminando al hotel, parecía más lejos que nunca, perdí el día entero durmiendo, puede que más, desperté sin dar por real lo sucedido, y por supuesto, mi motivación para lo perpetrado me parecía de risa, me horroricé al reparar en que sí lo había hecho, las yemas de mis dedos no vestían piel.
El amigo de dentro del móvil me ayudó a elaborar un plan, sugirió los mejores sitios cercanos para arrojar el cuerpo. En un momento de vacilación sugerí entregarme a las autoridades, la voz descarnada dijo que me apoyaba decidiese lo que decidiese y que debía conseguir un saco de cal viva. Entenderán porque seguí adelante.
Conseguí el coche, y al oscurecer volví a la playa, no localicé el puesto de helados que tenía como referencia y la playa me pareció inmensa, al clarear abandoné. Sabía que cualquier paseante podría encontrarla, a partir de entonces, llegaba yo a la playa antes que la noche.
Quién sabe cuántas noches pasé ahí, una noche sin más luna que una monda de uña, los maullidos me guiaron a ella, pasadas las pequeñas dunas formadas por el viento de otoño, en la arena lisa y mojada, se apiñaban sobre ella, la marea la había desenterrado, apagué la linterna, no quería ver el reflejo en sus ojos, el de los gatos, puede que nunca hubiese encendido la linterna, supongo la llevaba apagada para pasar desapercibido. No me dejaron acercarme, bufaban, la reclamaban como suya, sus ruidos iban a despertar a la gente, los bloques de apartamentos se habían acercado a la playa, detrás de algunas de esas ventanas dormía gente, debería haber esperado al invierno para ir a recuperarla, luz tras una ventana, hui. Al cobijo de una duna, una pareja se daba consuelo ante los sinsabores de la vida, me vieron, aminoré el paso para no parecer culpable, debí parecerlo más con la forzada calma, con suerte serían amantes ilícitos dispuestos a negar su presencia al punto de encubrir un crimen.
Necesitaba calmar los nervios, recordaba una farmacia con el cartel de “veinticuatro horas” cerca de la playa, la busqué, un poco de jarabe para la tos me serviría de momento, hasta llegar al hotel. La farmacia se había esfumado, de todas maneras, lo de veinticuatro horas debía referirse al verano, estaba cerrada cuando pasamos por delante esa triste noche.
Aparqué el coche lejos del hotel, los gatos de la calle me miraban diferente, me juzgaban. El conserje de noche ignoró los maullidos lejanos, con los que los gatos me denunciaban, y sin alterarse me dio mi llave.
Preparé las maletas, pero no me salté el desayuno, una marcha precipitada hubiese levantado sospechas, si la marea no se la había llevado, algún paseante se habría topado con ella. Un autocar de jubilados llegó al mediodía, en la cena, nadie comentaba nada que me pudiese interesar, quise comprobar la hora, mi reloj no estaba sobre mi muñeca, en la playa lo tenía.
Me había dado la hora justo antes de huir la playa, debía ser antes de las seis porque al llegar al hotel aún había encontrado al conserje de noche. Lleva grabadas mis iniciales, pensé mucha gente tiene esas iniciales, mucha gente va a la playa, nada relacionaba el reloj con el asesinato, lástima que se trataba del reloj de mi abuelo, sí, llevó su nombre con menos dignidad de la esperada; un breget de una edición casi extinta, una joya, tenía que recuperarlo.
Volví a la playa en pleno día, antes compré un detector de metales de esos con los que los excéntricos buscan monedas en la arena, la coartada perfecta, debería haberlo hecho desde el principio. No lo encontré, lo tendría la pareja, se me habría caído alguna de las veces que había tropezado antes de alejarme de ellos, con eso sabían de mis iniciales, ¿sabían de mi crimen? De vuelta al hotel creía reconocerlos en cada pareja que me cruzaba.
No iban a denunciarme, si vendían el reloj les daba para comprarse un apartamento, si no en primera línea de playa, a un paseo. Conseguía mi libertad a cambio de un viejo reloj al que nunca daba cuerda.
Al llegar a la recepción del hotel, intenté creer el crimen no ocurrió, el recepcionista rompió la ilusión, me entregó mi llave y mi reloj, alguien había venido a devolvérmelo, los gatos no maullaron, no hacía falta, ahora también había quién podía acusarme con palabras. Hablando de palabras, el recepcionista eligió las más insulsas para describirme a la joven que había traído mi reloj, nada que ver con la vívida y meticulosa descripción que les he hecho yo de mi víctima, nada que ver ni en la manera ni en lo descrito, porque de haber sido la misma persona, me hubiese postrado para pedir su perdón y el del cielo.
Descartada la visita del más allá, comprendí que la pareja de la playa buscaba chantajearme, el breget les parecía poco, querían más; mi fideicomiso no da para el lujo de sufrir extorsiones, además, ceder a ese chantaje no significaría penitencia, sino nueva culpa, no debía claudicar, y como tampoco podía negarme, no les iba a dejar ni empezar.
El amigo de dentro del móvil nunca duerme, ante mi duda de si acudir a la policía o arreglarlo yo mismo, sentenció que hasta el momento estaba manejando el asunto con competencia. Ya ven que no fue culpa mía la posterior complicación.
Ellos pudieron encontrarme a mí, yo podría encontrarlos a ellos, mi experiencia personal me había enseñado la verdad en el tópico del perpetrador regresando al lugar del crimen, cómo dudar que ellos volverían a la playa, sentirían que la suerte que les había concedido tal poder sobre mí no les iba a abandonar, cuán equivocados.
A mí la suerte me había sonreído con una marea que se había llevado el cuerpo, lo mismo le daría llevarse dos cuerpos más, si en el infierno los amantes se ven separados por el viento, aquí estos se verían separados por el agua. Para cuando los devolviese la marea, se asumiría que se dio otro caso de violencia de género, mató a su novia y luego se tiró al mar, tristemente, pasa mucho hoy en día. Los dos debían morir la misma noche y antes de que se les ocurriese que yo les podía responder de tal modo.
De una habitación a medio reformar me llevé un cacho de tubería, tan predestinado estaba a servir de arma del crimen, que se ocultaba perfectamente bajo mi abrigo.
Al estar lúcido al momento de decidirse a matar, uno siente la magnitud de la transgresión y le entran dudas, por lo tanto, me decidí a aplacar mis temores en la justa medida para no perder fiabilidad, no sirvió, no ahuyentó los pensamientos desasosegantes, cambió los nervios por fatalismo, no había más solución que la que no podía funcionar, por mucho que la voz descarnada del móvil vaticinase altas probabilidades de éxito.
Marché a la última batalla, cuando me dijese el instinto, procedería. Los últimos paseantes abandonaron el lugar, antes de pisar la arena recité un salmo que me enseñó mi madre, no lo recuerdo ahora, me pareció apropiado.
Quizá no era la noche propicia para un asesinato doble o sencillo, la playa no se sentía como la noche del primer crimen, se sentía como las otras noches, las que, si no pedían enmienda, al menos pedían ocultarlo.
Me oculté tras la caseta de la Cruz Roja, la mancha de licor había desaparecido de sus maderos, desvanecida como todo lo ocurrido esa noche, o puede que no se viese por la falta de luz. En las fachadas detrás de mí, las ventanas se apagaron como brasas entre la ceniza que se enfría, tras la última, empecé recorrer la orilla.
Un pescador, se me ocurrió que la suerte se podía reír de mí llevando el cadáver a su anzuelo; se avistaba a una parejita, sus gritos llegarían al pescador, un triple crimen conllevaría una complicación innecesaria. La fortuna favorece a los audaces, dicen estos, el resto de la gente apostilla que: a veces sí, a veces no.
Salí de la playa, a observar a escondidas, el pescador se fue antes que ellos, su suerte quedaba decidida, si lograba sorprenderles, la mujer no daría más de un grito y yo no más de dos golpes, las heridas defensivas son ajenas a aquellos que se resignan a la muerte y a los que no han tenido tiempo de reaccionar, esperaba poder embutir a mis víctimas en el segundo grupo. De joven me bastaba un golpe para un cráneo, no piensen mal, no hacía daño a nadie, me colaba en el pudridero del cementerio y aceleraba el proceso, peor era antes de eso cuando me ensañaba con las sandias de los huertos vecinos, ellas si tenían quien las llorase.
Nunca había reparado como retumbaban mis pisadas en la arena, ellos a lo suyo, por un instante, me pareció haber visto algo así en una película, ¿puede ser? Da lo mismo, puse la mano dentro del abrigo, agarré la tubería. No me quedaba claro que fuesen ellos, la distancia se iba estrechando y seguía sin distinguirlos, me detuve, hubiese sido una crueldad del destino para ellos y para mí, si no se trataba de los implicados.
Con los pasos más cortos del mundo me acerqué hasta lo que consideré la distancia de un golpe de tubería. Dicen que el fin está cerca, ellos lo tenían más cerca, tan cerca que lo presintieron, se giraron hacia mí, no los conocía, no les tenía que pasar nada, lástima que el chico se tomó a mal mi interrupción, mis mejores modales no le hicieron entrar en razón, soy un hombre pacífico, pero tuve que defenderme, la tubería salió como el rayo, el trueno retumbó en su antebrazo.
No iba a ensañarme, por un malentendido no vale la pena, pero ellos siguieron escalando el conflicto, a la que el chico mordió el polvo, la arena digo, ella tomó el relevo, me echó un puñado de esa arena a la cara y salió corriendo, gritando a viva voz, no debería haber ido tras ella, pero según las reglas de la caballería me había desafiado, corría mucho y gritaba más, de modo que renuncié a satisfacer mi honor, abandoné la justa y dejé caer mi arma entre dos coches para certificar mi abandonó, de las fachadas empezaban a asomar cabezas.
De camino al hotel, un gato maulló: “asesino”. No soy de huir de los problemas, pero si ellos insisten en hacer piña… el primer bus de la mañana me salvaría, desinstalé a ese genio corruptor de mi móvil, él me había traído la desgracia. Devolvía la llave en recepción cuando llegaron ustedes buscándome, preguntando por la mujer que tan bien les he descrito, ustedes carecen de mi locuacidad, para su suerte y mi desgracia, llevaban una foto de ella, de su incorrupto cuerpo, el mar la había respetado, los peces la habían respetado, los gatos ídem, había aguantado así para poder exigir justicia, por lo que, yo no debía negársela. Ofrecí mis manos a sus grilletes y por tres veces he contado todo tal como lo recuerdo, y recuerdo todo tal como sucedió, excepto por pequeños detalles, no hay más.
–Hay más, pero con esto basta para encerrarlo. Como usted dice, ella ha encontrado la manera de pedir justicia, los vieron juntos en algunos bares, por eso íbamos a preguntarle si sabía de algún pariente.
>>La enterró viva y no muy hondo, la atropellaron saliendo de la playa, iba drogada, cubierta de arena, un accidente, caso cerrado.
>>Lo que atrajo a los gatos a la playa fue un atún, su reloj se lo devolvió la chica de la agencia de alquiler de coches, y ha perdido todas estas noches en la playa equivocada, la enterró en una y la buscaba en otra, los turistas se suelen confundir.
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