F. AppleTree

Terror

Siguiendo Sus Pasos

person F. Appletree

Siguiendo Sus Pasos

star star star star star

Sentí los ojos pesados. Me costaba tanto abrirlos como levantar las malditas pesas nuevas del gimnasio. No, era mucho peor: era como si alguien las hubiera anclado a mis párpados para impedirme abrirlos.

Al cuarto intento, cuando pude separarlos un poco, una luz brutal, brillante, amarillenta e implacable me golpeó de lleno, como el fogonazo de una cámara antigua. El impacto fue tan inesperado que tuve que cerrarlos de nuevo.

¿Dónde coño estoy?, pensé. Ni siquiera me veía capaz de abrir los labios para decirlo en voz alta. Me pesaba todo, me dolía todo. Casi no sentía mi propio cuerpo.

Intenté moverme. Empecé por lo básico: los brazos. Los sentí rígidos, dormidos, cosquilleantes, rozando ambos lados de mi cabeza. Tras el primer leve intento de levantarlos, un relámpago de dolor me atravesó desde las yemas de los dedos hasta el hombro.

Dejé de intentar hacerme el héroe —algo que nunca se me dio bien— y probé a mover solo uno. Reuní toda la fuerza que pude en mi brazo derecho y di un tirón. Apenas conseguí elevarlo unos centímetros de la almohada antes de que algo metálico y frío se clavara en mi muñeca y tirara de él hacia atrás. El tintineo de cadenas entrechocándose me retumbó en la cabeza como clavos ardientes perforando mi cráneo.

—¡Vaya! ¡Por fin se ha despertado, señor escritor!

—¿Quién eres? —pregunté. Mi voz sonó pastosa y espaciada, como la de mi editor al terminar las fiestas de presentación de mis libros.

El renqueo de una silla resonó a lo lejos, por donde debían estar mis pies. Luego escuché unos pasos sutiles, acercándose a mi cara, casi un deslizamiento delicado sobre una alfombra mullida. Seguía con los ojos cerrados.

Intenté abrirlos de nuevo, despacio, para que la luz de la estancia no volviera a golpearme. Pero antes de conseguirlo, la voz grave que me había saludado volvió a hablar. Esta vez estaba junto a mi oído. Tan cerca que pude notar su respiración en mi barbilla.

—Mi nombre es… Ah, es verdad: el protagonista y el antagonista solo se conocen al final de sus novelas. Y nuestra historia acaba de comenzar. Aunque creo que el comienzo y el final no van a distar mucho.

Noté cómo una mano de dedos largos y fornidos me agarraba la barbilla y me giraba bruscamente la cabeza hacia la izquierda. El cuello protestó. Aullé de dolor.

—Lo siento, señor escritor. Ha sido una torpeza por mi parte —su aliento cálido impactó en mi rostro. Sus dedos rudos abandonaron mi barbilla—. Pero no tanto como la suya. Yo no tengo la culpa de que se haya vuelto tan descuidado y torpe. Eso es solo culpa suya. Últimamente parece haber olvidado cómo se escribe. Tiene muchos errores…

—¿Errores…? —susurré, tan bajo que ni siquiera me oyó. Continuó con su incesante monólogo, que hacía que mi dolor de cabeza aumentara con cada palabra.

—Tu primera obra… ¡Oh, Dios! ¿Sabes cómo me sentí al leer el primer crimen que escribiste? Era… era mi obra maestra.

Sus pasos susurraban en la habitación, recorriéndola de un lado a otro, sin sentido, mientras su voz divagaba, ilusionada, atropellada.

—La chica muerta apoyada en la señal de stop… Sí, ya sé que dejé a la víctima que nos unió apoyada contra un árbol, en un bosque, y no en una carretera comarcal. Y que mi chica era castaña y la suya rubia.

Sus pasos se detuvieron cerca de mi cadera. Noté algo frío apoyándose contra la piel de mi vientre. Mientras ascendía hacia mi pecho, comprendí dos cosas aterradoras: estaba desnudo, y lo que recorría mi piel sudada era el filo de una cuchilla.

Él siguió hablando, sin notar cómo mi cuerpo empezaba a temblar incontrolablemente.

—Ya sé que los escritores tenéis que tomar ciertas licencias. Lo reconozco: una rubita angelical en una señal de stop es mucho más creativo. Más visual. Pero estaba claro que habías visto mi gran obra y no pudiste evitar meterla en tu novela.

Suspiró profundamente antes de continuar.

—Pero todo lo demás estaba: el corte bajo el ojo derecho, la blusa abierta, la barbilla caída hacia la izquierda, las manos atadas al tronco… bueno, en su caso a la señal. Noté cómo me respetabas. Y por eso le seguí. Recreé las otras “obras de arte” que escribiste en la novela, para que todos pudieran admirar su historia tanto como yo. Para que advirtieras que lo había leído. Que aceptaba su sincera admiración por mi trabajo y que era recíproca y mutua.

Recordé cómo, en un momento de desesperación creativa, tomé “prestada” la víctima de un asesinato que había oído en la radio como inspiración para mi primera novela publicada. Ni siquiera sabía si habían detenido al autor. Ni siquiera si era su primera víctima. Solo necesitaba una imagen potente que el lector recordara, y la tomé sin más.

—Estás loco… —conseguí decir, y me arrepentí al instante. La punta de la navaja presionó mi piel, justo junto a mi pezón izquierdo. Sentí cómo el frío se abría paso y se calentaba con el calor de mi sangre al brotar.

—¡Loco! —La palabra salió como un chillido agónico. Cuando volvió a hablar, su voz tenía el tono acompasado, firme y lleno de convicción del resto de sus palabras—. No… solo soy un lector. Un fan tan decepcionado que se ha tomado la libertad de darle una segunda oportunidad, señor escritor. De remarcarle lo que hacía bien y parece haber olvidado. Solo hago esto para ayudarlo… para que vuelva a guiarme. Para poder seguir sus pasos de nuevo.

La punta afilada de la cuchilla abandonó mi piel tras sus palabras. Sus pasos se alejaron durante unos segundos. Intenté mover las piernas. Como era de esperar, también estaban atadas, y mejor que las manos. Apenas podía moverlas un par de centímetros; a cada intento, el nudo que atrapaba mis tobillos se apretaba más. Dejé de moverlas.

Dejé de moverlas por ello… y porque los pasos sibilantes sobre la alfombra del loco que me tenía secuestrado volvían hacia mí.

—Veamos…

Un sonido que conocía muy bien llenó la estancia: el rumor insinuante de las páginas de un libro al pasar rápidamente.

—Aquí está… Leeré sus palabras, su descripción, sacadas del libro que me acaba de firmar esta misma mañana. Empecemos, cómo no, por la primera víctima —suspiró airado, frustrado—. Y de nuevo se repite, como en su segunda novela, como en la tercera: una rubia, con los ojos azules y con grandes pechos.

—¿Por qué siempre describe a una de las víctimas como su esposa? ¿Sabe? Es cansado. De verdad. Creo que tiene un grave problema con ella. Siempre matándola, una y otra vez, en cada una de sus novelas. Torturándola de miles de formas distintas. No, no, señor escritor. No está muy bien de la cabeza. El que está loco, el que debería ir al psiquiatra, es usted. No, yo.

Aunque me costara admitirlo, tenía razón. No la había superado. Me había hecho tanto daño que, en mi mente, todas mis víctimas eran ella. Ella era mi fuente de inspiración. La que sacaba mi lado oscuro. Pero nunca creí que fuera tan obvio para mis lectores, y mucho menos que incluso un loco como ese se diera cuenta.

—Bueno, eso no es lo que importa. Eso podemos dejarlo. Molesta, sí, pero la descripción de una víctima resulta superficial. Lo importante no es el lienzo, sino la obra.

—Voy a demostrarle que no se documenta correctamente. En su primer libro era distinto. Todo ocurría como tenía que ocurrir. Todo concordaba. Pero ahora… ¡ahora es un puto desastre!

—Por ejemplo: ¿sabe lo difícil que es medir la dosis de cloroformo sin conocer el peso real? ¡Joder! Me pasé unos gramos con usted y durmió dos horas seguidas. Además, luchó durante varios minutos antes de caer inconsciente. Pero usted… usted siempre hace que el cloroformo sea mágico, que actúe a los cinco segundos de aplicarlo y que la víctima despierte justo cuando la trama lo necesita. Ni antes ni después. Como un puto reloj. No, señor escritor. No. No es tan fácil.

—¡Es ficción, puto loco! ¡Solo ficción! —grité, agitando brazos y piernas. Y por primera vez mi voz no fue un susurro.

Una bofetada brutal me marcó la mejilla en respuesta a mi tenue sublevación. Mi cabeza giró bruscamente hacia la izquierda; mis ojos se abrieron por completo, cegándose de nuevo, mientras el resto de mi cuerpo se quedaba inmóvil. Los dedos rudos del hombre volvieron a agarrar mi barbilla y me obligaron a mirar al techo. Cerré de nuevo los ojos cegados.

—No vuelvas a llamarme loco —su saliva salpicó mi rostro—. Estoy siendo muy amable. Y educativo. Aguante la lección y no me defraude más.

—Sí… sí —creo que lo susurré. No sé si lo dije o si solo quedó en mi mente.

En cualquier caso, el loco clavó mi cabeza en la almohada antes de soltar mi barbilla. Me dolía la mandíbula. Me dolía la muñeca. Me dolían los tobillos. Pero no tanto como mi ego y mi dignidad, que parecían haberse extinguido por completo, igual que mis ganas de volver a increparle nada.

—Ahora leamos textualmente lo que escribió en su novela: “Para demostrar su dominación sobre ella e infundirle un miedo amenazante, le hizo un corte oblicuo en la mejilla derecha. Rápido. Superficial. El corte desprendió un hilo delgado de sangre que fue a parar a la almohada”. ¡Mal! ¡Muy mal! Y se lo demostraré.

Un instante después, noté cómo el colchón cedía y chirriaba. El loco se había subido a la cama. Una fuerte presión aplastó mi pecho. Sabía lo que hacía: estaba adoptando la misma posición que describí en la novela. El asesino —o en mi caso, esperaba que solo fuera un loco— se sentó a horcajadas sobre mí.

Intuía lo que pasaría a continuación. Y lamentablemente no me equivoqué: la delgada hoja que había recorrido mi torso rasgó la piel de mi mejilla. Apreté los puños. Creo que incluso lloré. No estoy seguro. Pero no grité.

—¡Oh! ¿Sabe qué ha pasado, señor escritor? —preguntó con tono de profesor frustrado—. Se lo describiré, ya que no puede verlo. La puta sangre no ha manchado la almohada. Ni una sola gota. Todo ha ido a parar a la pared.

—Y no me replique con que no es el mismo corte. O que ella estaba en otra posición. No, señor escritor. No. Describió la escena muy bien. Todo está como debe estar. Y puede creerme o no, pero no es la primera vez que lo intento.

Mientras hablaba, noté con alivio cómo sus nalgas se apartaban de mi pecho y pude volver a respirar. La mejilla me ardía como si la cuchilla estuviera al rojo vivo, pero sentí que “se había acabado”. O eso quise creer cuando noté cómo el colchón volvía a su estado normal al bajar el loco de la cama.

—¡Todas las jodidas veces han ido a parar a la maldita pared! ¡Ya sea hombre o mujer, da igual! ¡Joder! —sus pasos recorrían la estancia presurosamente—. Podría haberlo verificado personalmente, consigo mismo, ¡joder! Solo es un pequeño corte… o con una puta cabeza de cerdo. Pero no. ¡Miente! ¡Miente! ¡Y vuelve a mentir! ¿Cómo cree que me siento? ¡El tipo que admiro es un puto mentiroso!

—Lo… lo siento.

—Claro que debe sentirlo. Es torpe y defrauda a todos sus lectores. Pero ese es un error pasable, señor escritor. Sí, sí, pasable. Porque es nimio en comparación con todos los demás.

Escuché sus pasos recorriendo la estancia, rápidos, nerviosos, tan precipitados como sus palabras.

—Usted no tiene ni idea de lo frustrante que es intentar imitar sus crímenes ordinarios, sin la clase que los eleva a obras de arte, y no poder hacerlo por su incompetencia. ¿Cómo quiere que le haga publicidad a su novela si no puedo seguir sus pasos para imitar esa mierda de burdos crímenes sin sentido?

—¿Acaso quiere hacer literatura barata? ¿Eso es lo que busca ahora? ¿En sus novelas ya no hay obras de arte que todos admiren, solo burdos crímenes? ¡Joder! Solo tenía que imitarme, como la primera vez… pero no. Se vendió a la vulgaridad.

—Lo… siento —susurré en un gemido lamentable y patético.

En realidad, no sabía qué más decir. Qué más podía hacer. Solo quería que todo acabara. Pero sabía, en lo más profundo de mi corazón, que su fin no estaba cerca.

—Te has vendido tanto. Te has embriagado tanto de gloria, señor escritor, de una gloria que no era del todo suya, que dejaste de indagar. De intentar hacer sus novelas reales. Y solo hacía víctimas patéticas y muertes inverosímiles, como la de la segunda chica, que muere a manos del chabacano intento de “artista” que creó, que no pasa de un infame asesino.

Noté cómo una mano caliente y fuerte agarraba mi pie izquierdo y lo levantaba sin miramientos. Violentamente. Sin detenerse ante el grito que exhalaron mis pulmones al notar cómo el nudo apretaba tanto mis tobillos que sentía la cuerda rozar el hueso. Mientras lo sujetaba en el aire, comenzó a recitar de nuevo un extracto de mi novela.

—“Rose golpeó al atacante con fuerza con la lámpara del dormitorio, mientras este desabotonaba su pantalón. El hombre enmascarado cayó al suelo. Y la chica aprovechó para intentar huir, pero al pasar corriendo junto al cuerpo yaciente de su atacante, notó el beso frío de su navaja lacerando la piel de su pierna derecha. De tobillo a tobillo. Siguió…” Bla, bla, bla… En resumen: ella sigue huyendo. El asesino la persigue en la nieve, siguiendo el rastro de sangre —cliché barato en toda regla— y, cuando la encuentra, la incauta había muerto desangrada.

Inesperadamente, sentí cómo la navaja describía el mismo trazo que acababa de leer en mi pie alzado. La sangre no tardó en brotar. En gotear. Con la misma velocidad a la que cayó mi pie al colchón cuando mi atacante dejó de sujetarlo con desprecio.

—¿Ahora ve el fallo? —preguntó expectante, mientras sus pasos lo acercaban a mi rostro.

—No —gemí sin querer. Lloraba, y ni siquiera me había dado cuenta de cuándo empecé.

—¿Sabe cuánto tarda un ser humano en desangrarse por una herida así?

—No… no —balbuceé, más como un crío que como un hombre hecho y derecho.

—Yo tampoco… —su mano apretó mi rostro contra la almohada un instante y luego lo soltó—. Y no fue porque no lo intentara. Estuve horas vigilando a una chica parecida a la que describió en el libro con la misma herida. Sentado frente a ella. Aguantando sus sollozos y súplicas. Todo por usted. Porque confiaba en usted. Hasta le di la bendición de la duda y le hice la misma herida en ambas piernas, pensando que se había expresado mal y que quiso decir que la laceró en ambas.

La cama se deslizó unos centímetros tras una patada del loco, elevando mi cuerpo y agravando el dolor que me consumía. Luego vino otra. Y otra.

—¡No, no, no! —gritó mientras pateaba la cama. Tras un silencio, su voz volvió a la calma—. Me fui aburrido, señor escritor. ¡Aburrido porque esa zorra no se desangraba!

—¿Y sabe lo más gracioso, señor escritor? Claro que no lo sabe. ¿Cómo va a saberlo si no me hizo caso durante todo este tiempo?

—Varios días después descubrí, leyendo un periódico, que la chica murió finalmente… pero no desangrada. Murió porque logró desatarse y se infectó una de sus heridas mientras vagaba por el bosque intentando llegar a la ciudad.

—¡Joder, señor escritor, no dio ni una! La suya murió desangrada en minutos; cuando una real murió tres días después por una puta infección.

—Es un error imperdonable, señor escritor. ¡Imperdonable!

—Yo… yo… yo —balbuceé sin saber cómo podía excusarme ante aquel loco. Ni siquiera sabía si era buena idea hacerlo, porque sentía, en lo más profundo de mí, que se lo debía. No solo a él. Sino a todos los que había defraudado escribiendo novelas en piloto automático, narrando lo primero que se me pasaba por la mente, sin comprobar siquiera si era mínimamente plausible.

—Yo, yo, yo, yo. ¿Yo qué? No tiene excusa, señor escritor. Ni usted; ni para esa chufla de muerte que parece sacada de la mente de un adolescente neomasoquista con ínfulas de escritor gore. Pero ese error imperdonable no es el único. Ni el peor. Ese mismo adolescente habría desechado la idea de cómo narró su tercera muerte. Es tan absolutamente absurda que ni siquiera quiero volver a leerla. Prefiero que compruebe usted mismo lo ilógico que escribió.

Sin darme tiempo a recordar qué maldita suerte decidí para la tercera chica asesinada en mi novela, noté cómo algo mullido apresaba mi cabeza contra la almohada.

No sé si era un cojín u otra almohada lo que el puto loco usaba para oprimir mi cara y robarme el aire. Ni recordaba qué había usado mi asesino ficticio. Solo me importaba intentar respirar.

—El primer error es que un “artista” siempre lo habría realizado con sus propias manos. Y el segundo es que una chica asfixiándose nunca chillaría. Venga, señor escritor, suplíqueme que pare y lo haré. Solo tengo que oírlo. Grite como si fuera su tercera víctima. ¡Venga! Ella soltó todo un maldito monólogo sentimentalista. Yo solo quiero oírle decir que pare. Solo una palabra.

Agité violentamente todo mi cuerpo. Mis brazos esposados. Mis piernas atadas. Mi torso brincó sobre el colchón. Intenté girar la cabeza a un lado y luego al otro. Pero ni una sola palabra atravesaba aquel mullido trasto. Ni siquiera sé si llegué a pronunciarla. Mi cuerpo actuaba por sí solo, intentando encontrar un hueco, una burbuja de aire con la que seguir alimentando mis pulmones.

Poco a poco, mis impulsos primarios fueron cediendo. Mis piernas cayeron al colchón. Mis brazos volvieron a reposar sobre la almohada. Y cuando creía que volvería a ver a mi abuela, el trasto que me apretaba la cara desapareció.

—¿Ve… escritor? No podía… ni una palabra…

Boqueé una y otra vez con el cuello estirado al máximo, elevando mi cabeza de la almohada. Sin importarme la explicación de aquel loco. Sus palabras me importaban mucho menos que volver a llenar mis pulmones. Además, no las necesitaba; su ejemplo práctico había sido del todo esclarecedor.

Cuando el aire comenzó a recorrer de nuevo el interior de mi cuerpo y a alimentar mi cerebro, con la cabeza rendida, hundida de nuevo en la almohada, un pensamiento me atormentó más que lo que acababa de sufrir.

No recordaba si había descrito cuatro o cinco muertes en mi última novela, pero sí recordaba que la última había muerto de una cuchillada en el corazón.

¿Y si también había descrito mal eso? ¿La hice morir demasiado rápido? ¿O demasiado lento? ¿Me acuchillará él a mí? ¿Voy a morir desnudo, atado a una maldita cama, a manos de un fan jodidamente loco?

Antes de que pudiera responder a alguna de las incesantes preguntas que me hacían temblar como un niño pequeño ante un payaso después de haber leído It, mi loco volvió a hablar.

—¿Lo está pasando mal, señor escritor? —La cuchilla volvió a hacer acto de presencia en mi pecho, descendiendo muy despacio por mi esternón—. Ahora empieza a comprenderme, señor escritor. Yo también lo he pasado mal. Cada vez que usted sacaba una nueva novela e intentaba recrear sus escenas. Cada vez que observaba lo inexactas que eran. Cada vez que le mandaba un email describiendo cada uno de sus errores, y no recibía respuesta.

La punta de la cuchilla ya recorría mi vientre. Mi abdomen temblaba tanto que dejé de respirar, intentando evitar que el acero afilado lacerara mi piel.

—Claro que no recibía respuesta. Y sé por qué. Su atención la captaban las jovencitas con las que salía en cada entrevista, cada vez una nueva, cada vez más joven. Usted ha dejado de pensar con la cabeza. Solo piensa con… otras cosas.

El filo de la navaja se detuvo rozando mi pene. Un instante después, el loco lo agarró con su mano, separándolo de mi abdomen. Apretándolo con fuerza. Noté el frío de la navaja contrastando con el calor de sus dedos. La presión del acero. El calor de mi sangre.

—No, no, no. Por favor… —balbuceé, llorando. Sin moverme. No me atrevía. No quería que mis movimientos propiciaran que aquel acero penetrara aún más en mi piel.

—Yo le admiraba, señor escritor, pero usted me ignoraba. Podría haberme hecho un poco del caso que les hacía a esas jovencitas. Solo tenía que responder uno de mis correos y podríamos haber sido grandes. Leyendas.

Las primeras gotas comenzaron a caer sobre mi abdomen. A deslizarse lentamente hacia mi costado.

—Le habría dejado usar mi imagen. Convertirme en su puzle. Podría haberse convertido en un nuevo Conan Doyle. Haber inventado a su Sherlock particular… y a mí en su Moriarty. El antagonista que nunca atrapan, pero que todos admiran e idolatran.

Las gotas se convirtieron en un débil hilo de líquido caliente.

—Solo tenía que haberme dicho qué tenía planeado para sus víctimas, y yo lo habría hecho. Le habría dado todos los detalles. No habría tenido que mancharse las manos. Solo contestar uno de mis putos correos. ¡Joder!

“TOC… TOC… TOC.”

Tres golpes sordos y lejanos, seguidos de una voz gruesa y tosca, irrumpieron en la estancia, silenciando a mi atacante.

—¿Está bien? He oído gritos.

—¡So… socorro! —aullé con todas mis fuerzas.

Mi pene cayó sobre mi abdomen, caliente, húmedo. Un instante después, escuché cómo sus pasos se deslizaban velozmente sobre la alfombra.

—Voy a derribar la puerta. Apártese.

Mientras violentos golpes se sucedían a lo lejos, a intervalos, en una puerta que no podía ver, comencé a percibir cómo el charco de mi propia sangre caliente crecía en mi abdomen.

“BOOOM”

La voz que en los últimos minutos me había atormentado volvió a hablarme, tan cerca de mi oído que pude oír el chasquido de su lengua contra el paladar.

—No le haré más daño ahí, tranquilo, señor escritor. Si lo hago con prisas y mal, podría morir. Y no quiero que eso pase.

“BOOOM”

Una mano acarició mi rostro con una delicadeza enfermiza, como la de una madre que consuela a su hijo tras una pesadilla.

—Recuerde: solo he hecho todo esto para que recapacite. Para darle una segunda oportunidad. No me vuelva a defraudar.

“BOOOM”

Su mano desapareció. Sus pasos se alejaron apresuradamente, perdiéndose tras los violentos golpes que seguían sacudiendo la puerta.

Un chirrido que conocía tan bien que no necesitaba ver qué lo había producido —la ventana de mi habitación al abrirse— anticipó una brisa fría que trajo el aroma de los pinos y heló el sudor pegajoso que cubría mi cuerpo y mi sangre caliente.

El estruendo de la puerta al ceder bajo las embestidas de mi editor llegó como un golpe seco.

—¡Dios mío! ¿Quién te ha hecho esto? ¡Llama a una ambulancia, rápido!

No tuve que abrir los ojos para saber que habían apartado la luz que me cegaba cada vez que intentaba hacerlo.

Entreabrí los párpados con mis últimas fuerzas. Un par de siluetas negras e informes se alzaban sobre mí. Varias manos, tan temblorosas como mi propio cuerpo, intentaban desatarme.

Mis fuerzas se agotaron antes de que lograran conseguirlo. Mis ojos se cerraron. El dolor llenó cada poro de mi piel. Las voces de mi editor y mi publicista empezaron a diluirse hasta desaparecer por completo, tan rotundamente como mi propia conciencia.

Y justo antes de caer, juraría que escuché algo más. Un susurro que no provenía de ninguno de ellos:

“Recuerde, señor escritor: continuaré siguiendo sus pasos.”

 

¿Te gustó? Compártelo y ayuda al escritor a darse a conocer.
arrow_back Volver a Relatos

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Patrocina a este escritor