Siguiendo Sus Pasos
Sentí los ojos pesados. Me costaba tanto abrirlos como levantar las malditas pesas nuevas ...
arrow_forward LeerYa sé vuestras respuestas: sí, claro que existe. ¿Estás loco? ¿Acaso no existen los asesinos y los violadores? ¡Hitler, ese sí que era malo! ¡Hitler y Darth Vader! Bueno, Darth Vader no: el malo era el emperador Sith. Eso es el mal en persona, todos lo sabemos.
Parece fácil de reconocer… de odiar. Pero os diré algo: a veces nos pasamos de rosca juzgando el mal. A veces, un poco de mal es necesario. Ya sé que, con esta frase, acabo de conseguir que los curillas y las monjitas dejen de leer. No pasa nada. No hablo para ellos. No entenderían mi historia. Mi lucha.
Como os decía: ¿y si uno de los mejores delanteros que ha dado un país fue un miserable en su casa? ¿Ensombrecen las diabluras que hizo en el campo? ¿Y si el hombre que está a punto de curar el cáncer resulta ser, en la intimidad, alguien que maltrata a la persona que duerme a su lado? ¿Serías capaz de meterlo en la cárcel y dejar que mueran millones de personas que esperan esa cura, o lo dejarías libre para que la desarrolle? Y si lo dejas libre, ¿quién es peor: él, por hacerlo, o tú, por no llevarlo ante un juez?
Todas las personas tienen en su interior un demonio que les susurra que hagan lo prohibido, lo que saben que está mal, pero que desean hacer de todos modos. A veces es tan pequeño que apenas se abre paso bajo los propios pensamientos; otras, tan grande que no hay manera de hacerlo callar.
Yo no lo tengo.
Sí, ya sé que acabo de decir que todas las personas lo tienen —pero yo no soy una persona. Soy un demonio. Y no de esos menores que se divierten susurrando y esperan a que tú decidas si obedecer o no. Yo era un demonio más poderoso: uno que había logrado poseer a un ser humano.
Y digo “era” porque el humano murió. Y, sin embargo, no huí; sigo aquí, dentro.
No sé si quedarme dentro cuando estiró la pata fue una genialidad o una estupidez. La línea entre las dos cosas, como la del bien y el mal, es más fina de lo que a nadie le gustaría admitir. Si no, decidme: ¿al que mata a un cazador de asesinos habría que santificarlo o tratarlo como un asesino más?
No sé si esta historia será corta, porque este cadáver se me pudrirá entre las manos, o larga, porque quizá, al estar poseído, la putrefacción se detenga. Nunca un demonio había llegado tan lejos en una posesión. No tengo precedentes ni manual. En cualquier caso, si tenéis algo de curiosidad —y a estas alturas, si seguís aquí, la tenéis—, haced caso a la vocecilla de vuestro demonio interior y acompañadme.
Lo primero que tenía que hacer era salir de la tierra en la que habían enterrado al desafortunado humano al que había ocupado a las bravas. Creía que sería fácil, pero la muy cabrona que me había enterrado lo había hecho con ganas. Arañé la tierra. La pateé. Cada vez con más fuerza, hasta parecer un perro que ha perdido el sentido de orientación y nada cabeza abajo. No cejé un segundo hasta que mi mano sobresalió de la tierra.
Con la mano fuera, la tierra pareció ceder y resultó más sencillo. Fue casi como vuestro nacimiento: lo importante es abrir un agujero lo suficientemente grande; en vuestro caso, para sacar vuestra cabeza de cerilla; en el mío, bastó con una mano.
Una vez fuera, y tras una honda bocanada que en vez de llenarme de un aire que no necesitaba me vació de toda la tierra que había tragado, marqué una gran diferencia con vosotros: los humanos nacéis llorando —como pasaréis gran parte de vuestra vida—; yo, en cambio, maldiciendo a la cabrona que me enterró.
Una vez en pie, me di cuenta de por qué me había costado tanto “nacer” de la tierra: no había pateado como un perro submarinista; era imposible. Mis articulaciones eran tan rígidas como las de un muñeco de Lego.
Miré a la casa que tanto tiempo habíamos ansiado encontrar, cuando el que se creía un poderoso sabelotodo porque creía controlar a Madre y mi humano ocupado vagábamos por la carretera. Estaba vacía. Al menos no albergaba un alma viva… muertas sí, pero no había tiempo para diversiones; acababa de mirar mis manos, y me faltaban dos uñas. Y no creía que fuera por mi precipitada exhumación. Los dedos me temblaban tan enérgicamente que parecía que también terminarían desprendiéndose.
Sin duda, quedarme en el cadáver no había sido una buena idea. En realidad, ni siquiera había sido una idea; al morir el humano, me quedé tan exhausto que “hiberné” un tiempo, tanto que no vi ni mi propio enterramiento ni por dónde había ido la cabrona que me enterró, ni que le había pasado al sabelotodo barbudo. Y lo que más me dolía: no sabía dónde estaba Madre. No la sentía. Pero debía estar viva. Madre no muere… Madre es vida para nosotros… y muerte para vosotros.
Fuera donde fuese que se hubiera ido, ahora no me importaba. Tenía prisa y no me gustaba. El tiempo nunca había sido relevante para mí; la eternidad era inacabable y ahora… parecía que tenía fecha de caducidad. Y encima más corta que las de los humanos.
Di mi primer paso, si a lo que hice se le pudiera llamar paso; más bien arrastré la zapatilla por el suelo terroso. Levanté pequeñas piedras, saqué a la luz algunos de los gusanos que sin duda habían pretendido darse un banquete con el cuerpo que ocupaba, y descubrí algo aterrador: con aquella forma de andar, mi velocidad se acercaba más a la de un perezoso que a la de un humano. Si estaba en lo cierto de que estaba caducando más rápido que un humano en un desierto de Mercurio, tenía un problema, y de los grandes.
No conocía el terreno; solo sabía que cerca había un camping que había sido el parque de atracciones de uno de los míos, y que por ello el sabelotodo y mi amigo ocupado habían querido venir a investigar. No sabía por dónde quedaba, ni si habría otro humano que ocupar. Ni… lo más importante: ¿tenía fuerzas suficientes para “saltar” a otro cuerpo? ¿Podría sobrevivir fuera de un humano, como antes, con el limitado estado de mis fuerzas, después de tanto tiempo ligado a este cuerpo putrefacto?
No lo sabía, y además no quería pensarlo. Iba a alcanzar a un humano. Estaba seguro. No podía fallar. Me intenté convencer de aquellas ideas mientras arrastraba los pies por aquel bosque, ayudándome de los troncos de los árboles para impulsarme, porque sentía algo que nunca había experimentado. Que me avergonzaba. Que me hacía parecer humano. Sentía miedo por primera vez; miedo a fallar, a quedarme sin fuerzas y, lo que más me aterraba: miedo a desaparecer por completo, como un vulgar humano.
Conforme me adentraba en el bosque, me percaté de que mi humano no se distinguía mucho de un trozo de carne comprado en un supermercado: si lo sacas del envase y no lo metes en la nevera, se deteriora solo con mirarlo. Desenterrarlo había acelerado el proceso; ya llegaba claramente a mi nariz un hedor tan nauseabundo que haría vomitar a la mofeta más pintada del bosque.
Intenté acelerar el paso. Intenté escuchar cualquier cosa: una risa, un llanto, un gemido; cualquier indicio de que había un humano cerca… o al menos a lo lejos. Algo que me diera un poco de esperanza. Un demonio pidiendo esperanza… Me he vuelto patético. Con lo poderoso que era. Con lo orgullosa que Madre estaba de mí. Y ahora soy tan deplorable como el cuerpo que ocupo.
Deplorable y estúpido, porque al intentar acelerar mi paso, aferré con más fuerza los dedos tremebundos a los troncos de los árboles para impulsarme más lejos y… me olvidé de su estado. Solo al notar que me costaba agarrarme con mi mano derecha y mirarla, me di cuenta: había perdido tres dedos.
Reí. Nervioso. Tan asustado como los pájaros que volaron huyendo de aquel sonido grotesco y desesperado que salió de la garganta del humano putrefacto. Ahora comprendía más que nunca a los humanos, sus lamentables súplicas cuando percibían su final, sus tontos intentos de trato para seguir un poco más vivos. Lo comprendía tan bien porque, al ver los pájaros volar, pensé… más bien intenté recordar si algún demonio había poseído uno de ellos, si conocía algún relato, aunque fuera tan antiguo que ya se considerase leyenda. En aquel instante, intercambiar el cuerpo que se desmoronaba por momentos por una pequeña ave me había resultado muy tentador.
No lo probé… más que todo porque, entre mi risa grotesca y mi hedor, no creía que ningún ser vivo volvería a acercarse a más de dos kilómetros de mí.
¿Cinco dedos? ¿Tres dedos? ¿Dos? ¿Qué más me daba? No me iba a quedar aquel cuerpo. Ya lo había decidido; no necesitaba más razones para reafirmarme. Continué andando. Arrastrando los pies. Impulsándome con los nudillos para no perder más dedos. Pero sin duda no era mi día: el suelo terrizo del bosque poco a poco se fue convirtiendo en barro; el arrastrar la suela del zapato se convirtió en un suplicio. La tierra convertida en barro parecía reclamar aquel cuerpo que ocupaba, tratando de indicarme que ya era suyo y no mío. El pie se atascaba. Se negaba a avanzar. Era como si todo el universo se hubiera confabulado para que muriera en aquel maldito bosque, dentro de un estúpido humano.
El barro quería quedárselo. Y yo… yo ya no sabía si tenía fuerzas para discutirlo. Pero siempre había sido terco de cojones y no me iba a rendir. No era un cobarde. Bien lo supo Madre cuando peleé junto a ella para acabar con el primario caníbal. Continué “andando”, tirando de mis piernas con las manos para poder seguir dando pasos. Más lentos. Más toscos. Más patéticos. Pero pasos a fin de cuentas; pasos con los que podía seguir albergando la esperanza de encontrar un humano, y no de perecer como el más estúpido de los demonios. Una leyenda que contarían por siempre, de la que se burlarían los nuevos demonios: “El demonio tan tonto que poseyó a un cadáver”.
El sonido de arrastrar los pies por el barro me estaba poniendo los nervios de punta. “Shhhhpack, shhhhpack”. Los pájaros y los insectos habían huido tan lejos de mí que el eco de su cantar se había vuelto tan lejano en mi memoria como el recuerdo de ser un demonio libre. Fuera del cuerpo de un humano. Poderoso y temido tanto por los humanos como por los míos.
Por suerte, otro sonido llegó a mis oídos antes de que, llevado por mi consternación por aquel ruido que parecía marcar los segundos a mi acelerada corrupción, dejara de caminar y me diera por vencido.
Me alerté, quedándome con una pierna exageradamente atrás y otra recta, como un compás casi completamente abierto. Era un sonido suave, algo melodioso, como un susurro. Miré a todos lados. Era una presa fácil para cualquier depredador, por torpe y pequeña que fuera. Era como un humano ante uno de los nuestros: si se nos pone entre ceja y ceja, acaba cayendo un mortal; pronto o tarde acaba cayendo. No hay escapatoria. No somos iguales. Lo lamentable es que yo había dejado de ser el T-Rex y me había convertido en un simple conejo.
Miré a todos lados, intentando encontrar la fuente del sonido. No vi nada, a nadie. Pero el murmullo seguía llegando a mis oídos. Intenté agudizar mi oído para distinguir algo más. Si eran dos humanos que me habían visto, debían estar mofándose de mí, pensando que era un mameluco tan borracho que solo podía andar como un zombi.
Pero no podía ser: si eran humanos, debía haber percibido el aroma dulzón de sus almas: empalagoso si eran puras y difíciles de corromper; sutil pero embriagador cuando eran impuras y manejables. Pero no lo olía. Claro que no lo olía. La pestilencia del cuerpo ocupado lo llenaba todo a mi alrededor. Hacía mucho tiempo que no olía el aroma de las flores, ni la fragancia de las hojas de los árboles, ni la tierra húmeda. Podrían estar escondidos a un par de metros de mí y no daría con ellos.
Me daba igual. Si eran humanos, yo seguiría siendo un T-Rex. Caminaría hacia ellos. Hacia el murmullo. Y si tenía suerte, quizás ahora reían viéndome andar como un patán, pero pronto al menos uno de ellos dejaría de reír. De existir.
Caminé hacia el sonido. Lo más veloz que podía. Con la mirada fija en su dirección. Tan concentrado en detectar cualquier movimiento que ni siquiera percibía el ruido de mis pasos, el que antes tanto me molestaba. Atravesé unos matorrales que me llegaban hasta media pantorrilla. Pasé entre dos árboles tan cercanos que tuve que ladear el cuerpo, y aun así, en una rama baja de uno de ellos quedó anclada mi camisa, rasgándose al tirar de ella para seguir caminando, dejando al descubierto parte del vientre de mi mortal muerto, abultado grotescamente al estar lleno de los gases inmundos que inundaban mi nariz. Y entonces lo vi. Lo que oía era lo mismo que había humedecido la tierra, volviéndola en un obstáculo que me ralentizaba hasta desesperar: un arroyo.
Bueno, un arroyo, o un lago, o una presa. Me daba igual. Nunca había sabido distinguirlos a primera vista. Era agua. Mucha agua. Bastante para quitarme de la cabeza la idea de meterme en ella. Tanta como la desesperación que inundó mi cuerpo de golpe. Las pocas fuerzas que creía tener se esfumaron, como si hubieran encontrado el agujero por donde salía el asqueroso olor de aquel cuerpo, y hubieran decidido abandonarme también.
Continué mi caminata sin rumbo, sin ganas. Con pasos tan cortos que un pez fuera del agua dando pequeños saltitos para volver a ella podría haberme sobrepasado. Aún tenía una pequeña esperanza. O quería tenerla. El agua atrae a los humanos como la miel a los osos. Quizás. Solo quizás, un mortal podría acabar teniendo un peor día que yo.
Caminé mirando el agua. Esperando ver cómo sobresalía una cabeza cerilla mortal, tan aletargado, tan desinteresado de mi caminar que acabé tropezando con una piedra oculta en el barro y rodando por un pequeño terraplén. Rodé dando varias vueltas de campana. Golpeándome por todo mi cuerpo. Provocando, nada más dejar de moverme, que vomitara sobre mi propio cuerpo. Brotó de mis labios un líquido verde, viscoso, tan hediondo que logré apreciar y echar de menos el olor a descomposición del cuerpo que ocupaba.
Si antes era muy difícil que un humano se acercara a mí por motu proprio, ahora era imposible. Además de la tierra que decoraba todo mi pelo y mi ropa, mi andar descoordinado, mi hedor pestilente, ahora se añadía el asqueroso vómito que decoraba mi camisa. Ya no parecía solo un zombi. Era el puto retrato del zombi de Regan.
Me incorporé un poco, sentándome en el suelo embarrado. Creyendo que acababa de perder el último atisbo de dignidad que me quedaba. Pero me equivocaba. Solo tuve que mirar a mi izquierda para ver cuánto me había equivocado. En medio del terraplén, entre dos rocas, estaba mi zapatilla izquierda, y dentro continuaba el pie del cuerpo que ocupaba. Hasta el tobillo.
Lo observé… durante bastante tiempo, desconcertado, anonadado, como si esperara que se moviera por sí solo. Como si aquel pie tuviera la misma habilidad que la Cosa de la familia Addams y de pronto volviera a mí saltando. O como si fuera un neófito de la posesión y creyera que con eso bastaba para que volviera a su sitio volando, como una extremidad de un mecha japonés.
Pero no. La posesión no da poderes. La posesión de un mortal… es una maldita mierda. Todos los demonios la vemos como un hito en una vida, cuando en verdad no es más que lo que hacéis vosotros cogiendo hormigas del parque y metiéndolas en un bote o en un terrario. ¿Qué tiene de glamuroso o de logro hacer que un ser claramente inferior haga lo que tú quieras? Ya os lo digo yo: nada.
Porque aunque os creáis lo más, no lo sois lo más. Para nada. Sois una especie que caduca como mucho en un siglo, y cualquier virus o bacteria poco más potente que un resfriado os puede hacer cambiar vuestra vivienda por un estrecho ataúd. Nosotros vivimos miles de años, ¿qué logro es meterse en un ser inferior? Ahora lo veo claro. Somos tan orgullosos como vosotros, y no queremos verlo. Un verdadero hito sería poseer a uno de los Seres Inmortales, no a una miserable hormiga.
Estaba claro que lo de volver a caminar se había transformado en una utopía para mí. Yo, el gran Yussop, admirado y temido por igual por los míos, iba a acabar a la orilla de un río cualquiera, dentro de un cuerpo humano; un cuerpo muerto, que se descomponía, teniendo que arrastrarse por el suelo para llegar a un árbol.
No tenía que haber ayudado a Madre. Estaba claro que no lo necesitaba. Estaba aún más claro que lo de ayudarla había sido una mentira que me repetí tantas veces que me la había creído. Si os soy sinceros, solo poseí al mortal porque el jodido sabelotodo barbudo estaba a punto de aniquilarme. Poseí a su acompañante porque su alma estaba tan corrupta que era una solución fácil. Era mejor que morir. Además, era tan débil que en poco tiempo aquel cuerpo era mío. Su alma apenas luchó. Y yo me creí lo más. El demonio más poderoso de todos. El orgullo de Madre. Y ahora me voy a convertir en el meme demoníaco: el demonio que murió en un cuerpo mortal.
Reí sin saber por qué. Me daba tanta lástima y asco que estaba a punto de abofetearme cuando vi algo normal, pero para mí, en aquel instante, era ilógico. Un saltamontes había saltado de entre las briznas de hierba que ocultaban las raíces del árbol en el que tenía apoyada la espalda y se había posado en mi muslo derecho.
Un saltamontes. El espectador inesperado para mi patético final. Ahora no seré un meme solo para los demonios, sino también en el reino de los insectos.
Me miraba sin miedo. Con curiosidad. Como si la piltrafa en la que me había convertido fuera algo interesante. Estuve a punto de intentar aplastarlo con la mano buena, la que aún conservaba los cinco dedos. Pero varias preguntas asaltaron mi mente: ¿cómo había podido acercarse con el hedor que desprendía aquel cuerpo putrefacto? ¿Acaso los saltamontes carecían de olfato?
Descarté esas rápidamente cuando otra entró como un rayo iluminando todo mi interior: ¿podría poseer aquel insecto? Sin duda estaba a la distancia que necesitaba para realizar el “salto”. ¿Y si no podía…? ¿No sería un final más memorable —y menos irrisorio— hacer estallar un saltamontes en el intento que dejarme consumir en aquel cuerpo en descomposición?
Por suerte para mí, mi pequeño espectador no fue lo único que atrajo mi risa agónica. Desde mi derecha me llegó una música celestial: una voz gangosa, lenta, pastosa. La voz de un borracho, o drogado, o ambas cosas.
—Joder, macho, ¡qué hostia puta te has pegado!
Su voz era algo lejana. Giré la cabeza y lo vi. Era un joven espigado, maltrecho, descamisado, con unos shorts tan pequeños y ajustados que debían cortarle la circulación en los genitales. Andaba en zigzag, lento, descompasado, con el tronco echado hacia delante.
Iba a hablarle. A decirle cualquier tontería que se me pasara por la cabeza. Cualquier cosa que sonara amigable. Tan solo quería que se acercara tanto como el saltamontes, que había perdido la curiosidad por mí y ahora caminaba por mi ajado pantalón. Pero en el momento en que abrí la boca, antes incluso de pronunciar la primera palabra, la parte derecha de mi mandíbula se descolgó del cráneo.
Quedé como un tipo que acaba de recibir un duro derechazo, con la boca abierta. Si de verdad hubiera tenido algo de suerte, un hilo de saliva cristalina habría brotado de la comisura de mis labios. En vez de eso, lo que emergió fue el mismo líquido viscoso y verdusco de mi vómito.
Aparté la cara rápidamente y saludé tímidamente con mi mano “buena”. Temía que cualquier movimiento brusco la hiciera desprenderse, aterrorizando a aquel tipo. Aquel despojo era mi última oportunidad de salvarme.
—Una cro…teta. Parecías una croqueta. Dando tumbos. ¡Uing! ¡Uing! ¡Uing! No… no… no. Eras el puto Homer Simpson en el barranco.
Sus palabras no me interesaban. Su burla no me hería. Solo me importaba ocultar lentamente para que no apreciara el movimiento de mi mano de dedos desprendidos en mi espalda, el muñón de mi pierna bajo la otra y, claro está, la distancia que nos separaba. Cada palabra que pronunciaba la oía más cercana. Empecé a escuchar sus vacilantes pasos. Y poco después, me golpeó un fuerte olor a alcohol que parecía poder rivalizar con la pestilencia de mi cuerpo.
Si hubiera tenido corazón, me habría salido por la apertura de mi boca. Lo sentía tan cerca que estuve a punto de intentar ponerme en pie y abalanzarme como pudiera sobre él. Pero temía fallar. Temía que huyera. Me sentía tan patético que hasta empecé a dudar de que tuviera las suficientes fuerzas para hacer aquel salto.
¿Y si el cuerpo en descomposición en el que estaba atrapado había afectado a mi capacidad de alguna forma? ¿Y si hacía tan poco tiempo desde el despertar de mi “hibernación” que no estaba preparado para realizar un salto?
Si os digo la verdad, en aquel instante me sentía tan débil y patético que dudaba de poder aplastar al insignificante saltamontes que correteaba distraído, por el único trozo libre de mi camisa de vómito.
—Joder, cómo hiedes. ¿Te has cagado?
Aquellas palabras las escuché tan cerca que dejé de plantearme preguntas. Pocos segundos después pude oler por fin el leve dulzor de su alma. Y tras un instante dolorosamente eterno, sentí algo definitivo: su mano temblorosa y débil se apoyaba en mi hombro.
Ya estaba junto a mí. No podía fallar. Era ahora o nunca.
Apreté los puños y me aferré a la suerte. Esperaba que fuera la contraria a la que me deseaban los curillas y las monjitas que desoyeron mis palabras y siguieron mi historia, y ahora estarían rezando para que la pifie y que un demonio poderoso muera. O la misma por la que están cruzando los dedos los que, ya sea porque están inducidos por esa vocecilla interior que no pueden dejar de obedecer, o porque, por alguna extraña razón, les he caído bien, y no aceptan que mi existencia termine de forma tan deshonrosa.
Me aferré a la suerte que estuviera enlazada a mi destino, fuera la que fuese. Giré velozmente la cabeza hacia aquel desgraciado, mi nuevo hogar mortal; o eso, al menos, esperaba.
¡Y salté!
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