Eras todo para mí; cada día eras una luz en mi oscuridad. Tú bella, pero elegante simpleza te hacía la mujer indicada para poder transportar todas mis inseguridades al vacío, como hacías vibrar cada fibra de mi ser. Y a la vez, deseaba fundir tu cuerpo con el mío, pero como dicen, nada es tan simple en la vida. Debido a un cruel diagnóstico, la muerte era un constante recuerdo de lo efímero que puede ser el destino. Al llegar ese fatídico día, te tomé entre mis brazos y te cargué para poder depositar tu cuerpo sobre la cama, así palpar tu pecho para poder sentir cómo tu corazón se apagaba poco a poco. Me acurruqué a tu lado y besé tus azulados labios, sintiendo cómo el hálito de vida te había abandonado. Lloré y clamé a Dios por tí, pero nadie podía oír mi desesperación. Con el tiempo, me volví retraído y perdí la cordura, decía la gente. Desde que mi amada Elena no está, no he sido el mismo; al decir verdad, era cierto. Comencé a leer libros prohibidos y a realizar estudios para ver la factibilidad de poder recuperar un alma, sin importar cuántas vidas se perdieran en el camino, porque tú valía para mí era incalculable. Cualquiera que fuese el sacrificio, lo haría, aún si el castigo fuera eterno. Llegado el día indicado, decidí llevar tu cuerpo al ático y amarrar cada extremidad. Coloqué sobre tu pecho un cuenco con agua bendecida. Al comenzar, se podía sentir cómo tu corazón lentamente reaccionaba. El ritual estaba en su punto, pero solo debía dar el intercambio, así que decidí apuñalar mi pecho y marcar con mi sangre tu cuerpo, creando el símbolo de la vida y el intercambio. Porque una vida sin tí no tendría sentido; preferiría cruzar aquel camino sin retorno, donde aún solo fuese un instante, podría ver aquellos bellos ojos azules, parecidos a gemas preciosas. Valdría cualquier precio, incluso abrí de par en par las puertas del averno.
Autor:Luna Escarlata
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