Dylan Lopez

Terror

Ivalo, 1939

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Ivalo, 1939

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Mi anfitrión —cuyo nombre desconozco por cuestiones de privacidad— me ofrece un café de achicoria, acompañado de un tradicional kahvileipä como aperitivo durante nuestra conversación, lo cual acepto con mucho gusto. Aquel cordial anciano —que ronda la octava década— transmite una jovialidad inusual como para pertenecer a la población geriátrica de Finlandia. Demografía afectada, por supuesto, por los deplorables años correspondientes a su juventud. 

El veterano de la Guerra de Invierno me invita a su humilde hogar para debatir sobre cierto hecho que me niego a aceptar como realidad. Pero el viejo se muestra muy convencido de lograr hacerme cambiar de opinión, gracias a los archivos que conserva de aquel distante período, y que hoy nos reúne para este relato.

Después de servir las bebidas y tentempiés, el anciano ocupa asiento frente a mí. Carga una pequeña caja rústica entre sus manos. La abre y revela una serie de documentos que identifico como fotografías antiguas. Se muestra contemplativo con una de ellas y, enseguida, toma la palabra.

«Un sendero blanco e inexistente, consumido por la nieve y solo visible gracias al mapa, nos llevó a aquella aislada cabaña adyacente al camino. El marrón esquirlado de sus paredes y el gris humeante de su chimenea contrastaban contra la pálida infinidad arbórea que se extendía alrededor de nosotros y que exhalaba una neblina cegadora. Aquella pequeña estructura, fruto de la mano del hombre, era un diminuto rastro de vida en un infierno glacial.»

El anciano me muestra la fotografía. Refleja a la perfección lo descrito por él. Un camino, una choza, un bosque nevado. A pesar de estar en blanco y negro, logro apreciar con precisión los colores apagados de los que me habla. La imagen podría considerarse una acertada postal de nuestra patria de mediados del siglo XX. 

«El general tocó la puerta. Escuchamos movimiento al otro lado y, después, el chasquido del candado. Al abrirse emergió el apreciado calor, junto a sus naranjas y amarillos tan característicos, una afable cordialidad y un hombre. El sujeto se percató de nuestros uniformes albinos, y nos invitó a pasar. Éramos una patrulla pequeña, por lo que todos alcanzamos sitio. Al hacerlo, fuimos recibidos con una grata hospitalidad por parte de nuestro anfitrión, quien improvisó asientos para cada uno de nosotros y nos ofreció tazas de agua caliente que había estado hirviendo antes de nuestro arribo. El abrasador fuego de la hoguera nos liberó del infiltrado pigmento monocromático que portábamos y nos condecoró con cálidos colores. Tomé asiento y aproveché la oportunidad para realizar el mantenimiento de la cámara que tanto había postergado. Los demás siguieron mi ejemplo y valoraron el descanso. El general se presentó ante el hombre, quien respondió de la misma manera y, sin perder más el tiempo, nuestro general preguntó sobre los rojos. El sujeto no tardó en contestar.»

—Pasaron por aquí hace dos días. Se detuvieron en el pueblo para orientarse. Nos preguntaron, sobre todo, cómo llegar a Petsamo. Les dimos las indicaciones que querían. Avisamos que siguieran por la carretera hacia el norte y que por nada del mundo acamparan en el interior del bosque. —El hombre dio lugar a una pausa y posó su vista sobre la hoguera por unos instantes. Observó las ascuas crepitantes—. Uno de ellos, me imagino quien daba las órdenes, pensó que era un engaño, una trampa. Aconsejó a su gente usar la arboleda como lugar de descanso. El anciano del pueblo les advirtió sobre los peligros de adentrarse en él. Les habló sobre Surma y todos los espíritus malignos que habitan ahí.

«El soldado a mi izquierda, quien había mostrado interés en la conversación, aportó una risa estúpida, para luego mostrar una sonrisa sarcástica y preguntar si los rojos acataron las advertencias. El hombre negó con la cabeza.» 

—Entraron en el bosque al mediodía y ya no hemos vuelto a verlos. Ayer en la madrugada escuché disparos. Y gritos. En lo profundo del bosque. Después de eso, llamé a buscarlos.

«El general preguntó por la dirección de tal suceso y el hombre lo orientó. Terminado eso, el general se levantó de su asiento. Agradeció la información y la hospitalidad recibida, y nos dio la orden. Uno a uno, procedimos a salir de la cabaña. El último fue el general, quien se despidió del sujeto con un apretón de manos. El hombre concluyó con un consejo.»

—Salgan del bosque antes de que anochezca. Ese fue el error de los soviéticos. Näkemiin.

«Atravesamos la inmensa espesura con nuestrosMosin-Nagant M39 en mano, a paso lento debido a la gran acumulación de nieve. Nuestro panorama se veía invadido por un ejército de árboles demacrados, que se alzaban hasta terminar en copas de común blancura y que derramaban con frecuencia su pesada carga. Uno debía estar alerta a todo ángulo. Más de uno recibió un cúmulo de nieve desde las alturas. 

El general conversaba con su mano derecha —su hombre más confiable—, y discutían la posibilidad de una rebelión por parte del enemigo debido a las extremas condiciones a las que se enfrentaban, dando así explicación a tal extraño acontecimiento en el que nos veíamos involucrados. Una teoría muy plausible. Que yo mismo llegué a creer.

La plática casual continuó hasta que divisamos el claro. Una pausa de la extensa vegetación antes que prosiguiera por otros incontables kilómetros. Y allí, en la frontera, contra todo pronóstico, descubrimos la estatua.»

El anciano duda en primera instancia entregarme la nueva imagen. Ante la presión de mi insistencia, me cede la fotografía. El horror capturado de un hombre congelado aparece a mi vista. Erguido, con los brazos extendidos, el derecho alzado por encima de su cabeza, el otro apenas por debajo del hombro y un rostro orientado hacia el cielo. Aunque una fina capa de nieve oculta su cara, es inevitable analizar los detalles que la desfiguran; el terror expresado en carne fría.

«Logré tomar unas cuantas fotografías más de aquella figura preservada en ese estado tan lúgubre. Mientras, el general examinaba sus ropajes y confirmó lo que todos comprendimos en su momento.»

—Es de los rojos.

«Uno de los soldados dio alerta sobre una columna de humo blanco a lo lejos. Una fogata moribunda. Atraídos por ese elemento, y regresando por las huellas marcadas sobre la nieve por aquel nefasto ser, arribamos al campamento de sus compatriotas.»

El viejo narrador da vuelta a una de las fotografías para que pueda mirarla. Un escalofrío repentino recorre mi ser al observar lo acontecido en aquel paraje abandonado por la mano de Dios. Aquello iba más allá de lo que la palabra «masacre» podría llegar a significar nunca.

Tiendas derruidas. Cuerpos rígidos, sepultados, mutilados. Ropa rasgada. Órganos y miembros humanos esparcidos por las inmediaciones. Un paisaje níveo teñido de negruzco carmesí. El anciano prosigue enseñando imágenes que nunca alcanzan mis manos. Se detiene en la penúltima.

«El olor férreo impregnaba el ambiente, junto al característico hedor de la pólvora. Pero sin casquillos en los alrededores. Armas cargadas aún sujetadas por las agarrotadas manos de los difuntos. 

Fotografié toda evidencia del horror vivido por estos desgraciados individuos. La mano derecha del general inspeccionó de cerca una de las escenas y desenterró de la nieve varios objetos peculiares. Latas de conservas, aún cerradas.»

—Ahora sabemos que no se enfrentaron por la comida. ¿Qué pasó en este maldito lugar?

«Entonces recibimos el llamado de mi general. Su voz sonaba desconcertada, aterrada hasta cierto punto. Cuando me aproximé a él, entendí la razón. Recibí la orden de preservar para la posteridad la más horrible imagen que haya capturado nunca.»

El fotógrafo me revela la última imagen.

Colgada de una rama a baja altura. Siendo extendida por un soldado para su mejor reconocimiento, como si fuera una insólita ave recién cazada, un perturbador tesoro invaluable, se hallaba el descolorido pellejo de un soviético, desollado a la perfección. El mejor trabajo de curtiduría jamás realizado.

El anciano toma una larga pausa después de eso, y procede a guardar las fotografías en su refugio. La última con un acatado respeto. Como si temiera a lo proyectado.

«Recuerdo cuando revelé las fotografías tiempo después y se las enseñé a uno de mis superiores. El tipo no podía estar más feliz al respecto. Lo usaron como propaganda contra los soviéticos. Guerra psicológica. 

No encontré alivio con respuestas oficiales en ese momento. Por un largo período, fue un gran misterio.»

La noche está por caer, así que comienzo con la despedida a mi anfitrión. El anciano me acompaña a la puerta. Antes de marcharme, nos estrechamos la mano. El hombre concluye la historia en ese momento.

—Ahora sé lo que sucedió ese día. Los escuadrones «Mottis» fueron los responsables. Si no me crees, investígalo y encontrarás la misma respuesta que yo. Siempre supuse que era obra de un ser humano. Pero abrazaba la esperanza de que no fuera así. Nunca dudes lo que un hombre puede hacerle a otro hombre. Ese fue el error de los soviéticos. Y de nosotros. Näkemiin.

 

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