Terror

Suplencia

person Dilan De Angelis

Suplencia

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​Recorro los alrededores de la casa como todas las noches de esta última semana. Esquivo los charcos de agua producto del temporal. Barrio tranquilo en la periferia de la ciudad; el tránsito es casi inexistente sin importar la hora. La luna de medianoche se alza tímida, cubierta con nubes negras. La lluvia remueve los aromas del pasto y la tierra mojada, un perfume del que nunca me canso, y genera un fuerte sonido relajante, pero que amortigua todos los demás. Un fuerte viento, casi ansioso, me empuja tras cada paso hacia el calido hogar.

Dentro, la gente duerme apaciblemente. Ignorantes de mi presencia, ni oyen cuando entro rápidamente por el ventanal del patio, ni una gota se filtra a excepción de las que traigo encima.

Me saco la ropa totalmente empapada, me desagrada la sensación en la piel de la tela mojada. Aunque de estar seca, también lo hubiera hecho como siempre.

A pesar de que las luces estén apagadas, percibo cada rincón y cada obstáculo como si hubiera vivido aquí durante cien años: sala de estar, comedor, cocina, un gran baño y dos dormitorios, el del matrimonio y el de los niños, todos en una sola planta.

​Mi corazón se acelera de la emoción; siempre me cuesta decidir por dónde comenzar. Antes que nada y sin duda alguna, tengo que empezar por ese bicho asqueroso que tienen de mascota. Un viejo gato negro, detestable ser, enemigo de los que son como yo. Se despierta rápidamente al sentir mi presencia y me observa mientras me acerco. Su espalda se arquea y su pelo se eriza, amenazante. Algunos pueden ser muy problemáticos de tratar, pero este anciano no es muy ágil y a pesar de sus ojos furiosos que brillan en la oscuridad, no alcanza a escapar, noto cómo cada vértebra se separa bajo mi mano. No puedo permitirme repetir el fallo de la última vez, así que me aseguro de que su cuerpo exista en dos lugares diferentes de la sala.

​Necesito comenzar ya. Mis dedos tiemblan de anhelo y la saliva se me acumula expectante. No importan los años que llevo haciéndolo, siempre me pasa. ¿Por dónde empezar entonces? No puedo depender eternamente del amparo de la lluvia. Un trueno resuena en la distancia y alguien me hace el favor de ayudarme a decidir. La puerta de la habitación matrimonial se abre sin aviso. Es la madre, que se dirige al baño casi sonámbula. Qué amable de su parte por ofrecerse primero. La sigo al interior y veo cómo despierta súbitamente al verme. En sus ojos, la confusión y el terror se debaten el foco de atención, mientras estampo mi mano contra su cara impidiendo que grite. Algunas piezas dentales ceden al golpe del agarre y siento cómo se ahoga con ellas cuando trata de gritar. Con la otra mano la sujeto firmemente y me encargo de apagar el brillo de sus ojos para siempre. Sus brazos caen rendidos y la recuesto suavemente en el suelo, asqueado del aroma. No fue el comienzo más limpio, pero he tenido peores. El baño no me parece el lugar más agradable para esto y el fuerte olor a desinfectante me hiere el olfato. ¿Es que esta gente está empeñada en arruinarme la diversión?

​Retomo mi visita al resto de habitaciones. La lluvia cobra más intensidad, mi cómplice ruidosa de esta noche. Parado frente al cuarto matrimonial, huelo lo que hay del otro lado de la puerta entreabierta. El esposo, un hombre demasiado delgado, de aspecto desagradable, descansa boca abajo más vestido que yo. Un río de baba desciende por su boca, apestándolo todo a alcohol. Me subo a la cama desde los pies y él balbucea entre dientes.

—Estate quieta, carajo, que intento dormir... —dice roncamente mientras trepo a su espalda—. Estás helada, báj-

Se retuerce espasmódicamente mientras me doy rienda suelta. Patalea como nadando contra la corriente. Nadie es capaz de gritar si se aprieta lo suficiente. Quedó tendido casi como lo encontré al entrar. Ahora el río que descendía de su boca cambió a un color más oscuro.

​Para finalizar, algo dulce y tierno es lo mejor para limpiar estos malos sabores: la habitación de los niños, en la puerta del final. El cuarto se divide en dos colores, uno para él y otro para ella, al igual que los juguetes y la ropa aquí o allá. Él, el más cercano a la puerta, duerme despatarrado con su pijama colorido de superhéroe. Siempre me gustaron esos trajes. Hay quienes me considerarían un villano, si llegaran a sobrevivir.

Por lo visto, fingía dormir y me da un golpe asustado que me saca una sonrisa, no llega ni a sentirse como una caricia con su falta de fuerza. Junta las extremidades tensando todos los músculos en un rictus mientras moja la cama. Un suave sollozo se escapa con su última exhalación. ¿No es el destino de los héroes morir jóvenes?

Me siento al lado del pequeño valiente inmóvil, con la mirada fija en la otra cama, la última.

Llevaba esperando esto todo el mes, pasé tanta hambre que me sentí cerca de enloquecer frente a todos.

​La más pequeña de la casa duerme frente a mí en el lado opuesto de la habitación. Un súbito trueno en la distancia la despierta y, mientras se sienta en la cama, me dirige una mirada. El cuarto aún en penumbras.

​—¿Es la hora de la escuela, papi? —me dice, medio dormida aún.

​—No, pequeña, vuelve a dormir —digo suavemente mientras camino hacia ella en la oscuridad.

​Me siento a su lado y ella toma mi mano.

—Tienes las manos heladas, papi, ¿dónde está tu ropa? —dice entornando los ojos y ladeando la cabeza.

​—Shhh, duerme, duerme pequeña, que ya casi amanece —le susurro mientras hago que su cuerpo iguale rápidamente la temperatura de mis manos y mis labios se entibien a continuación.

​—¿Pro... fe...? — pocas veces pueden hablar, no me desagrada.

​La dejo acostada, saciado. Me dispongo a retirarme con paso calmo, disfrutando el aroma a petricor al que se le suman estos nuevos, más dulces.

Me visto sonriente, a pesar de que la ropa sigue mojada, no me molesta para nada. Me puedo dar satisfecho por hoy.

Aún me falta preparar la clase de mañana.

​Solo se oye el incesante repiquetear de las gotas al caer del cielo y de ellos también. Amo el otoño y el invierno; la ausencia continua del sol y las largas noches me dan más tiempo para pasear sin prisas después de finalizar mi jornada en el colegio. Disfruto mucho de mis tiernos alumnos, aunque ya va siendo hora de mudarme al siguiente pueblo.

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