Terror

Carne De Los Santos

person Diego Frausto Gete

Carne De Los Santos

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El olor empezó a filtrarse por las rejillas del coro, un hilo tibio que se mezclaba con el aliento húmedo de las paredes. Venía de la cripta, atravesaba la piedra, buscaba nariz. No era incienso ni cera; tenía fragancia de metal y un dulzor que rozaba la lengua.

Aquella noche fregaba el pasillo. Cuando el agua sucia golpeó la base de la puerta de hierro, el aroma subió como vapor y me mareó. Apoyé la frente en la tabla fría. Entre el zumbido del fluorescente y el golpe seco de una tubería que se enfriaba, pensé que la incorrupta por fin respiraba.

La llaman «la que no se pudre», para no invocar títulos. Su nicho de cristal está encajado en la nave lateral, en la cámara que queda más abajo del último escalón. Un foco azulado gotea luz sobre el rostro cubierto. Ninguna ha visto la piel por completo. Solo manos tibias de cera, clavículas que asoman como cortes. El vidrio suda. El olor, dicen, es prueba de santidad.

La madre priora mandó sellar la rejilla del aire, pero el aroma encontró fisuras en los marcos y brotó. Olía a humedad dulce, a moho salado, a cobre diluido.

A hambre.

Esa primera noche, cuando las demás dormían, bajé. Metí la llave que guardo en el delantal de la sacristía. El candado de la cripta estaba tibio; la ironía me hizo reír, sola, en la oscuridad.

Un tubo de refrigeración vibraba en la esquina; el compresor marcaba un ritmo bajo, constante. Había gotas en el vidrio, una película viscosa. Acerqué la boca y besé el cristal. La lengua encontró sal. Algo se cerró dentro de mí: la garganta, el estómago, los dedos contra el vidrio. Algo más antiguo. Animal.

La santa era más pequeña de cerca. El hábito, grisáceo, tensaba la tela sobre el pecho. Una costura cedía en el cuello; a través de esa abertura asomaba una piel con textura de cuero mojado. Colé los dedos. La carne no cedió. En el borde encontré una hebra reseca, imposible de distinguir entre piel y tendón. La arranqué con las uñas. Me la llevé a la boca.

Ardió.

La lengua apenas alcanzó a registrar el sabor. El fuego apareció más abajo, cerrado en la garganta, como si hubiera tragado brasas. Me doblé sobre el suelo; las losas me rasparon las rodillas. Quise escupir, pero la boca se me secó antes de juntar saliva. El calor descendió al pecho, se asentó allí y empezó a pedir.

Me lamí los dedos. Volví a meter la mano en la abertura. Saqué otra hebra y la comí.

Un golpeteo recorrió las tuberías y se repitió, rítmico, casi insistente. Duró hasta que el compresor hizo clic y la vibración murió. En el silencio que quedó, entendí lo que me estaba ocurriendo.

No era dolor. Era gracia.

Me trepó por la faringe, me tensó la nuca y siguió abriéndose dentro de mí, húmeda y caliente, hasta que respirar se volvió otra forma de hambre.

No supe decir cuánto duró. Cuando regresé a mí, estaba de rodillas, con los dedos manchados de un brillo opaco. Lloré sin lágrimas. El sonido que salió de mi garganta no fue una palabra. Me santigüé con la misma mano que acababa de comer a la santa.

—Perdón —dije, y me sorprendió el eco. Me escuché a mí misma como si fuera otra, oculta al pie del nicho.

La priora advirtió el cambio la mañana siguiente. No fue mi mirada —ella evita las miradas—; fue que, al pasar junto a la puerta del refectorio, se detuvo y aspiró, como quien reconoce un perfume escondido en el aire de una cocina. Ordenó abrir ventanas. Pasó un trapo húmedo sobre los marcos. El paño salió manchado de algo ambarino que no era óxido. Lo olió. Le tembló un párpado.

Las jóvenes cuchicheaban. Una, la más nueva, tenía la voz rasposa de rezar a oscuras.

—Sor, ¿a qué huele?

—Es solo agua —dijo la priora—. Y hierro.

Subió al dormitorio de las enfermas. La Hermana Superior dormía con la boca abierta; sobre la almohada, un hilo brillaba demasiado para ser saliva. La priora lo tocó con una gasa. Era viscoso, casi dulce. Se lo acercó a la nariz y reconoció la misma fragancia de metal con almíbar. Bajó la mano despacio. Se limpió en la falda con más fuerza de la necesaria, dos veces, como quien trata de borrar algo que jamás debió tocar.

En los dormitorios, el olor empezó a repetirse. Por la noche sudábamos un líquido que pegaba las sábanas. El primer gesto de la mañana era despegarse la tela como tiras de vendaje. Al quitarme el hábito, descubrí en mis costillas una zona brillante. La toqué. Era un aceite que olía igual que la cripta.

Esa tarde, la Hermana Superior amaneció con vómitos secos, espumas que no eran saliva. La enfermera no encontró fiebre. La priora mandó cerrar la cocina y guardar el azúcar.

Yo no hablé en el capítulo. Comí pan viejo y bebí agua. «No diré nada», pensé. «La gracia se guarda». Pero cuando fuimos a la huerta, el aire de la mañana trajo el aroma de la cisterna, agua estancada y piedra, y se mezcló con lo otro. Mi boca se abrió sola.

—La santa —dije.

Nadie me miró. El zumbido de un bicho rebotó entre los espinos. Me mordí la lengua. La sangre supo a cobre caliente. La dejé un instante en la boca. Como si mi boca fuera un relicario.

—Calla, hija —dijo la priora, sin dureza—. No alimentes el aire.

No hablé. Caminé al lavadero. Abrí el grifo de agua fría. El agua salió turbia, con olor a algas. Lavé mis manos. Las uñas estaban oscuras. Saqué, sin querer, una astilla de piel que había quedado entre el índice y el pulgar. La acerqué a la nariz. Era ella. La volví a chupar. Ardió menos. O ardí yo más.

Ya no venía solo de abajo. Venía de nosotras.

—¿Lo sientes? —susurró la novicia más joven cuando nos cruzamos en el claustro. Tenía los labios agrietados.

—No digas «sientes» —le dije—. Di «recibes».

Los rezos empezaron a desordenarse. Alguna llegaba tarde a vísperas. Su cuerpo ya no reconocía la campana. Reconocía el compresor. Dos clics, tres, y entendía que era hora. Otras se equivocaban de salmo y nadie corregía. El coro seguía sonando. Ya cantaba distinto.

Aun así, esa noche volví a bajar. Me incliné hasta que el hábito de la santa tocó mi cara. La tela estaba húmeda; por el pliegue del cuello salía el olor, más cerca esta vez, más mío.

No me hizo falta buscar hebras. Saqué el cuchillo de cocina. Hice un corte limpio en el borde del hábito. La piel cedió, tensa como una funda demasiado ajustada. Apareció carne pálida, venas apagadas, como si bajo la superficie aún circulase un agua espesa. No brotó sangre. Saqué una tira, la doblé, la llevé a la lengua.

El calor me enderezó. El estómago se contrajo con una urgencia que me dejó sin aire. Me lamí los dedos demasiado rápido y, al hacerlo, me asustó el sonido de mi propia saliva.

Oí pasos.

—¿Qué haces? —preguntó la priora.

El cuchillo brilló bajo el foco. Ella alzó la palma. No gritó. Aspiró apenas, y la mirada le cayó sobre mi boca.

—Pruebe —le dije.

Sacó su pañuelo y lo pasó por el borde de la urna. El algodón se pegó al cristal. Cuando lo retiró, una mancha irregular, casi floral, había quedado en la tela. Se la acercó a la nariz. Cerró los ojos y tragó dos veces, con dificultad.

—Sube. Ahora. Y que nadie más entre aquí. Nadie. ¿Me oíste? Es una orden.

Dos días aguantó. Las paredes empezaron a sudar gotas ambarinas que no se secaban del todo; alguien las limpiaba y volvían a aparecer. Nadie hablaba del olor. El refectorio hedía como una cocina después de guisar carne con azúcar. Los salterios, al abrirse, liberaban una nota dulzona que no venía del papel.

Nadie barrió el claustro esa semana. La cera de las velas se acumuló en placas amarillas sobre la piedra, pisoteada, extendida en huellas. En la cocina se apilaron platos sin fregar; una capa de grasa fría los volvía resbaladizos. Empezaron a aparecer moscas, gordas y lentas, posándose en el borde de las tazas.

A la Hermana Superior, inmóvil en su cama, le encontraron piojos detrás de las orejas. Nadie se ocupó de lavarle la cabeza. Tenía las uñas largas, con medias lunas oscuras de mugre bajo cada una.

La priora las encontró en la capilla al amanecer.

Seis hermanas ocupaban el mismo banco, de rodillas, balanceándose al mismo ritmo. La lana de los hábitos rozaba la madera con un murmullo regular. Una mosca caminaba por la mejilla de la hermana Jacinta, subió hasta el párpado y siguió allí. Ella ni siquiera pestañeó.

Las seis respiraban con la boca entreabierta hacia la rejilla del aire.

La priora se detuvo en la entrada.

—Jacinta.

El balanceo siguió.

—Inés.

Nada.

—Marta.

El movimiento se cortó en seco. No una después de otra. A la vez.

Giraron la cabeza hacia la priora con el mismo gesto.

Nos reunió. Cerró la puerta con pestillo. Las ventanas entreabiertas dejaban entrar aire frío de lluvia y óxido.

—Escúchenme —dijo—. No está permitido abrir. Pero tampoco vamos a fingir que el olor no existe. Si es señal, se nos pedirá sensatez. Si es prueba, fortaleza.

En el silencio, el estómago de alguien rugió, largo y húmedo. Nadie rio. Yo tampoco.

—¿Y si es alimento? —pregunté.

La priora me miró. No como madre. Con una frialdad que me hizo sentir más pequeña bajo sus ojos.

—No se come carne de ninguna de nosotras —dijo, despacio.

—No hablé de nosotras.

Se mordió el labio. Alguien tosió. La lámpara de emergencia parpadeó. Desde el pasillo llegó el golpe de la tubería: tac… tac… tac.

—No lo vamos a hacer —dijo—. No sin luz.

Ellas ya lo sabían. No supe cómo. Tal vez me habían visto bajar demasiadas veces con la llave; quizá bastaba el olor más fresco que el de la cripta que yo arrastraba. Empezaron a rondarme en silencio, obstinadas, con hambre.

La más joven se me acercó en la escalera. Tenía los dedos llagados de fregar; se chupaba la piel sin darse cuenta.

—Quiero… —dijo.

Abrí. Saqué una tira mínima, como piel de leche levantada con el cuchillo. La puse en su lengua.

Tragó. Se dobló y dejó escapar un sonido entre risa y llanto que la avergonzó. Me pidió otra.

—No se desperdicia —dije, con la voz que usaba para el pan.

A la mañana siguiente, otra pidió. Y otra. La priora dejó de preguntar. Bajaba conmigo. Partíamos hebras milimétricas, como quien divide hostias para enfermos. Usábamos cuchillo afilado, hoja angosta, trapo limpio. No dejábamos marcas que delataran desorden. La carne, al cortarla, soltaba una humedad mínima, olor salado, pulso de metal. Nunca brotó sangre.

Un día el cuchillo resbaló y me abrí la palma. La novicia se llevó mi mano a la boca antes de que yo pudiera reaccionar.

Me mordió.

No fue profunda. Su lengua rozó la herida. Chupó una vez. Se apartó como si hubiera recibido una descarga. Se santiguó por costumbre y corrió. Me quedé mirando la marca semicircular, los dientes pequeños, sintiendo que el ardor bajaba desde ahí. No desde la santa. Desde mí.

Dejé de peinarme. El pelo se me apelmazó en la nuca, grasoso, con un olor a metal viejo. Tenía los labios partidos en la comisura; al hablar se me abrían y goteaban un hilo fino de sangre que me lamía sin pensarlo. Bajo las uñas se me acumulaba un residuo oscuro que ya no salía ni tallando con jabón de sosa.

Esa tarde, en la cocina, la hermana cocinera vio la mordida mientras yo lavaba verduras. No preguntó. Me tomó la muñeca y acercó la herida a la nariz, apenas, como si el gesto se le hubiera escapado. La vi tragar.

—Hueles a lo de abajo —dijo.

No hablamos más.

Esa noche, la hermana fue la primera en buscar mi cama a oscuras. Se sentó en el borde, sin oprimir. Puso los dedos en mi boca. Los lamí. Sabían a sal, a jabón usado. Sin palabras, llevó mi mano a su lengua. Su saliva ya tenía ese brillo ambarino que empezábamos a reconocer. Nos quedamos quietas hasta que un golpe en la tubería nos recordó que las paredes escuchan.

La priora se resistió a nombrarlo. Prohibió los rituales y cualquier contacto. No sirvió. Una, dos, tres hermanas seguían saliendo del dormitorio con brillo en la boca, el hábito pegado al pecho, un temblor bajo el ombligo. Era una necesidad que se creía palabra sagrada.

—No es deseo —me dijo la priora al verme adelgazada y con los ojos febriles—. Es fiebre.

—Es la misma cosa —respondí.

Bajamos juntas a la cripta por última vez. La tapa no se movía. Los anclajes estaban cubiertos por aquella exudación que cada día dejaba costras en el metal.

La priora tomó el cuchillo.

Esta vez no le tembló la mano.

Cortó una tira de la carne incorrupta y se la puso en la lengua. La sostuvo allí unos segundos, inmóvil, con la mandíbula tensa y los ojos fijos en el cristal. Tragó al fin.

Los dedos se le crisparon sobre el borde de la urna. Inspiró dos veces por la nariz. La saliva le brilló entre los labios.

La saliva le brilló entre los labios. Se la limpió con el dorso de la mano antes de que cayera.

—Madre…

Alzó un dedo para hacerme callar.

El calor debía de estar subiéndole ya. El cuello se le tensó y apretó las manos contra la piedra.

—Escúchame —dije—. Somos vasijas.

Negó. Cuando volvió a mirarme, la reprimenda había desaparecido. Tenía hambre.

—Somos cuerpos —dijo, mirando el cuchillo—. Los cuerpos se abren.

Una noche el compresor falló. El tubo dejó de vibrar. El olor perdió parte del metal y se volvió más dulce, como fruta demasiado madura.

Seguí a la novicia más joven hasta el lavadero. Las baldosas estaban húmedas y las dos resbalamos casi al mismo tiempo. Mi rodilla golpeó el suelo.

Ella se quedó abajo.

Me agarró del cuello de la túnica y me hundió el rostro contra su clavícula.

—Prueba.

Su piel estaba fría. El sudor sabía a cobre.

Me tomó de la muñeca y llevó mi mano hasta su costado, debajo de las costillas.

—Aquí.

Solo al tocarla noté el relieve bajo su piel.

Un abultamiento levantaba el costado desde dentro. Puse la palma encima y algo empujó contra mi mano. Me aparté por reflejo. El bulto volvió a buscarme, obstinado, siempre contra el mismo punto.

La novicia me miraba sin pestañear.

Apoyé otra vez los dedos y hundí el pulgar.

La piel cedió alrededor de él sin una gota de sangre. Estaba fría por fuera; adentro encontré tejido caliente que se contrajo al tocarme y se cerró sobre mi dedo con una presión breve, casi deliberada.

La novicia exhaló.

—Come.

Metí los dedos un poco más, arranqué lo que pude y me lo llevé a la boca.

Comí.

La priora nos descubrió por la mañana al entrar al dormitorio. El olor había llenado el cuarto y las sábanas brillaban con manchas que no eran sangre. Las bocas, alineadas sobre las almohadas, parecían haber pasado la noche lamiendo sal.

Me llevó al almacén. Extendió sobre la mesa un paño y puso encima el cuchillo de sierra. Al lado dejó hilo de sutura, gasas, alcohol, pinzas de disección.

—Basta de bajar —dijo—. Lo que hay que abrir ya no está abajo.

Sus manos, al tomar el cuchillo, temblaron. La primera vez que me cortó, lo hizo en el muslo, por dentro, donde la tela roza. La incisión fue limpia y corta. La carne se abrió húmeda, obediente. Puso la boca sin apartar los ojos de los míos. Chupó. Tragó. Solté el aire que llevaba rato conteniendo.

Nadie mencionó el aliento. Se nos agrió a todas por igual, dulzón y metálico, un olor que salía aunque tuviéramos la boca cerrada. Se quedaba en las almohadas, en la ropa. Hasta las manos nos olían así después de toser.

Afuera, en cuartos separados, ocurría lo mismo. La hermana cocinera se abría el antebrazo en tiras finas como cáscara de cítrico. Dos novicias se mordían en el lavadero sin esperar turno. La vieja Hermana Superior tenía la boca abierta mientras la enfermera le pintaba la lengua con una gasa mojada en exudado. La sacristana, sola en el coro, repetía un mismo verso del salmo hasta vaciarlo de oración y convertirlo en cuenta.

Todas nos convertíamos en fuentes. La cripta, abajo, quedaba ya solo como símbolo.

Empezamos a movernos igual sin proponérnoslo. En el refectorio, tres manos subieron a la misma altura de las costillas en el mismo segundo, buscando el bulto, sin mirarse. Nadie lo comentó.

A la más joven se le aflojó un diente de tanto rechinar mientras dormía. Lo escupió una mañana, junto con sangre y saliva, en la palangana donde nos lavábamos la cara. Se lo guardó en el bolsillo del hábito.

La priora ordenó quemar el hábito de la incorrupta.

—Toda tela absorbe —dijo—. Toda tela entrega.

Bajamos con un brasero. El foco azul parpadeó tres veces. Al descubrir el pecho de la santa, la tela pegada hizo un ruido de despegue. El olor golpeó. La priora acercó el paño a la llama. No ardió. Se contrajo.

Metió los dedos en la incisión, agarró carne y tiró. La superficie se aferró a su piel como baba. Se sacudió y, sin la vacilación de antes, me puso el paño en la boca.

—Traga.

La orden salió firme, serena.

Obedecí.

La máquina falló del todo. El compresor se detuvo sin clic. El silencio se volvió densidad.

Desde arriba llegaron golpes de madera contra piedra. Las hermanas arrastraban bancos para trabar las puertas. No había nadie afuera. Hacíamos barricada contra algo que ya estaba dentro.

La priora me empujó hacia la mesa.

—Tú puedes ser recipiente. Y ofrenda.

Me acosté sobre la piedra. El borde frío presionó mis vértebras. Entregué el brazo. La priora no usó el cuchillo. Usó los dientes con una exactitud que daba más miedo que la brutalidad. No desgarró. Tomó. Succionó. Entraron otras. Dos, tres, cinco. Me miraron como se mira un ícono. Empezaron.

—No hay que abusar —dijo una, casi con ternura.

—No hay abuso —respondió la priora, con la boca brillante.

Sentí algo avanzar lentamente dentro de mi vientre, una oleada que subió hasta cerrarme los ojos. Mientras las bocas seguían sobre mí, no pensé en morir. Pensé en por fin ser usada.

Cuando terminaron, me limpiaron con gasas. Me vendaron. Una me lamió la frente. Otra me ajustó la cinta del hábito.

El compresor intentó arrancar, tartamudeó, se rindió. La priora bajó una última vez, cerró la tapa de la cripta y puso la mano sobre el cristal, como quien toma un juramento. Subimos. El convento respiraba por las grietas.

Los días siguientes, la piel se nos fue volviendo translúcida en las zonas que la luz encontraba. Bajo los ojos, las venas trazaron rutas nuevas. Empezamos a oír un chasquido leve en las articulaciones, como si algo, adentro, se ajustara para nacer. Dejamos de tocar la campana sin hablarlo. El compresor acabó marcando maitines, laudes y vísperas mejor que el bronce.

A varias se les cortó el sangrado del mes, de golpe, como si el cuerpo hubiera decidido guardar cada gota para otra cosa. A la sacristana, en cambio, no se le cortó nunca. Manchaba el hábito cada semana y ya no se molestaba en lavarlo aparte.

Un mediodía, la hermana de los fogones dejó caer de nuevo una olla. No se rompió. Fue señal.

La priora nos reunió en el refectorio al día siguiente. Puso el cuchillo en la mesa, el hilo, las gasas. Una a una fuimos poniendo los brazos, los muslos sobre la piedra.

No fue ordenado.

La primera en cortarse soltó un sonido gutural y húmedo que disparó a las demás antes de que el filo acabara de moverse. Hubo manos que no esperaron —bocas bajando antes de que les tocara, lenguas recogiendo lo que resbalaba por el brazo de otra. Alguien mordió directamente, sin cuchillo. Nadie dijo nada.

Nadie se santiguó. Ya no quedaba mano limpia para hacerlo.

El olor cubría el pudor. Hábitos abiertos, pieles expuestas. Alguien rio por lo bajo. Otra lloró sin parar de masticar.

Masticamos. El sabor era claro. Cobre y sal, la misma nota que abajo, pero viva. Sentí el tirón del bocado ausente en el muslo y al mismo tiempo el llenarse cálido en la garganta. Imposible y real. En las que ya habían comido, se movía algo bajo la piel —ese bulto de antes, empujando hacia fuera, buscando salida, como si lo que despertaba abajo hubiera encontrado dónde anidar.

La puerta del convento sonó por primera vez en semanas. Un golpe seco de madera contra madera.

Esperamos.

El golpe no volvió. Nadie se levantó; las bocas siguieron masticando.

Poco a poco, nuestras respiraciones encontraron el mismo ritmo. Entre las costillas sentí el despertar completo, algo empujando desde dentro y buscando espacio. Abrí la boca. Mi lengua sabía a nuestra propia carne, a cobre y sal.

Las tuberías vibraron. Llegaron varios golpes irregulares de agua, uno más fuerte que los demás. Y solo quedó el aire.

El fluorescente murió en un chispazo. Quedó el sonido puro del aire entrando y saliendo de muchas bocas llenas, el chasquido de los dientes soltando fibra, el tragar compartido.

El silencio fue absoluto, como si la piedra hubiera masticado la luz.

Ese silencio es mi última imagen. La lámpara inmóvil sobre la mesa. La tubería, sin golpes. El compresor ahogado.

Y nosotras, quietas, con el hábito pegado donde faltaba carne, con la boca llena de nosotras mismas, sabiendo que ya no necesitábamos nada de abajo.

Una a una, habíamos empezado a comernos enteras.

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