Calibre 22
Me siento muy contenta viviendo con mis hermanas. Estamos todas juntas, bien ordenadas y expuesta...
arrow_forward LeerEs bonito volver, es bonito volver… Me repito a mí misma, tratando de convencerme.
La casa está como la recordaba. Miro a mi alrededor y, al avanzar un paso, me tropiezo con un objeto que se encuentra bajo mis pies. Pierdo el equilibrio por un momento. Cuando volteo, veo con lo que me he tropezado. Un felpudo, con unas abejas con un estilo de dibujo animado antiguo, sonrientes, sujetando un cartel en el aire que dice «Bienvenido» y unos arcoíris en el fondo. En otras palabras, no había visto una cosa más fea para dar la bienvenida a alguien.
Supongo que pertenecerá a los antiguos dueños de la vivienda, de quienes estuvieron durante mi ausencia, ya que la dejé en alquiler durante un tiempo a familias distintas durante unos meses cada una. Gané algo de dinero. Al menos, mientras mi vida se desmoronaba, le daba hogar a alguien y debo decir que fui bastante generosa con el precio. Eran familias humildes con las que hablé por correspondencia, así que no iba a ser avariciosa.
A fin de cuentas, sigo sin saber por qué no se habrán llevado el felpudo. ¿Era un acto de amabilidad? ¿Pensarían en dejarlo como adquisición de la casa para que los pies de otras personas bailaran en él? ¿O lo dejaron porque sabían lo cutre que es, horrible, feo y con pinta de viejo? Porque tiene pinta de viejo, pero, al mismo tiempo, no está descolorido.
Sonreí un poco. Era divertido cómo trataba de buscarle significado a todas las cosas cuando, en realidad, muchas de ellas son accidentales y sin importancia. No hay un misterio oculto que resolver ni nada parecido, solo son hechos. ¿Qué rayos importa por qué se han dejado el felpudo?
Cuatro años. Cuatro largos años sintiéndome avergonzada por haber tenido que volver a casa de mis padres. Me sentía acomplejada cada vez que paseaba con ellos y saludaba a algún vecino o amigo común, quienes, al verme con ellos, no dudaban en decir: «Vaya, cuánto tiempo, qué mayor que estás». «¿Estás de visita?». Y cuando llegaba la parte en la que decían… «Ah… con tus padres…», era lo peor. Lo decían con un tono de lástima, como si tuvieran que compadecerse de mí por volver a vivir con mis padres.
Pero eso no era lo más frustrante. Cada vez que quería hacerme a la idea de volver, tenía una sensación de temor, una sensación horrible en el pecho. Me sentía, en cierta manera, protegida y segura con ellos, como un techo en el cual puedo resguardarme de la lluvia.
Al fin y al cabo, esperaba volver a verlos pronto. No me había dado cuenta de la cantidad de tiempo que hacía que no los visitaba hasta que, una vez allí, me llamó la atención un nuevo sofá del salón y lo comenté. Ellos se miraron el uno al otro y mi madre abrió la boca después de unos segundos de silencio para decir: «Este sofá lo compramos hace años, ¿en serio no te acuerdas?».
Yo asentí con la cabeza y afirmé que ya me acordaba, pero, en realidad, no. La ausencia de ese recuerdo creó un momento incómodo que indicaba el tiempo que no los había visitado. Maldita sea.
Mientras deambulaba por los pasillos familiares, un escalofrío recorrió mi columna y una sensación de inquietud se apoderó de mí con fuerza. Me pregunté por qué mi corazón se aceleraba de una forma tan irracional y me tomé un chicle. Había algo en el chicle que me ayudaba a relajarme. No sabía si era el movimiento constante de mi mandíbula o si es verdad eso que dicen de que el cerebro no detecta peligro mientras uno come. Sea lo que sea, algo hace, y sin darle importancia a esa momentánea sensación empecé a desempaquetar.
Fue una laboriosa tarea. Repasé con la mirada todos los espacios de la casa que esperaban ser ocupados.
Llegó la noche. La casa ya aparentaba diferente. Me senté en la cama y estiré los brazos, cansada del esfuerzo físico de agacharme durante prácticamente todo el día.
Noté el crujido de la cama y coloqué las manos sobre los lados. Moví mis caderas arriba y abajo para comprobar el sonido familiar que emitía. Suspiré. Con el pijama ya puesto, me acosté en la cama. La cama era grande, de matrimonio. Me sobraba espacio. Di vueltas tratando de encontrar el lado perfecto para dormir. Me acosté en el lado derecho, era mi lado habitual, pero mi subconsciente me decía: «¿Te vas a acostar en el mismo lado que la última vez?». «¿Y si vuelves a pasar esas noches de no dormir?». «¿Quieres pasar la misma experiencia que la última vez que estuviste aquí?».
Mis ojos se abrieron como platos y me giré al otro lado, pero mi cabeza no dejaba de dar vueltas y encendí la luz. Me quedé de pie en una esquina de la habitación observando ese inquietante objeto, dueño de tantas experiencias.
Recordé las noches de insomnio, las duras palabras y la sensación de estar atrapada. Verlo me llenó de una mezcla de ira y tristeza, un recordatorio del dolor que con tanto esfuerzo había intentado dejar atrás.
Sabía lo que tenía que hacer, y eso era deshacerme de esa cama. Tal vez, si adquiría una cama más pequeña, no tendría tanto miedo de que eso me volviera a pasar, así que por esta noche decidí dormir en el sofá.
Al día siguiente fui al trabajo como habitualmente. Cuando vivía con mis padres tenía que trasladarme en tren todos los días para llegar. Llegué al trabajo antes de lo habitual, aún tenía que calcular la hora exacta para despertarme.
Cuando llegué, caminé por los familiares pasillos, con mi bolso molestándome el hombro y ajustándomelo con la mano libre que no contenía mi vieja carpeta amarilla, repleta de archivos enfundados y clasificados.
Saludé a un compañero de trabajo con la cabeza y seguí caminando. El zumbido de las computadoras, el timbre de los teléfonos, el movimiento de los papeles, esos sonidos familiares, llenaban el lugar y, mientras los observaba, se me ocurrió que tal vez aquí, en este microcosmos de existencia corporativa, podría encontrar consuelo en medio del caos. Y así seguí caminando, avanzando, existiendo dentro de los confines de este mundo inmutable, ante las miradas indiferentes de la gente a mi alrededor, un recordatorio de que aquí mis luchas personales son invisibles.
Cuando terminó la jornada de trabajo, un compañero me saludó, el mismo que el de esta mañana. Como si se le hubiera olvidado algo, retrocedió sobre sus pasos y me habló. Me contó que mañana es el cumpleaños de Laura, la de Recursos Humanos, y que después del trabajo pensaban salir algunos y que si yo me apuntaba.
Yo dudé. Miré hacia mi derecha, como en busca de un escape. Lo miré de nuevo y le dije que ya vería, que tenía cosas que hacer. Él hizo un gesto con las manos que decía «tómate el tiempo que quieras» y me dejó ir.
Por la tarde, cuando regresé a casa, decidí limpiar la mesa del salón, fregar el suelo… Hoy sin música porque intentaba pensar si reunirme con los compañeros de trabajo al día siguiente. Laura no me caía ni bien ni mal, a lo mejor no apreciaba que estuviera con ellos. No sabía cuántos irían, pero pensé que, si no era bienvenida, podría poner una excusa y largarme.
Sonreí para mis adentros, tomando la decisión.
Cuando miro las tazas que acababa de lavar, eran dos. Siempre eran dos. Una azul, desportillada por el borde, que él usaba cada mañana aunque juraba odiar el café. Y la otra, blanca con flores apagadas, mía… o eso creía yo. Porque ya no sabía qué era mío.
Las levanté aún mojadas y las observé con detenimiento. ¿Cómo podían unas simples tazas contener tanto veneno? Las estampé contra el suelo sin pensarlo dos veces. El sonido me estremeció, pero fue placentero. Como un grito contenido que por fin se libera.
Al día siguiente fui a la fiesta de cumpleaños de Laura. Me recibió mejor de lo que pensaba. Llevé un vestido ceñido puesto. No lo utilizo desde… desde hace mucho tiempo, prefiero no pensarlo.
Agarro el borde de mi vestido, bajándolo sutilmente. No quería vestir muy atrevida, pero quería verme guapa. Hace mucho que no me veo así. Tampoco veo motivos para pintarme. Cuando no lo hago, la gente no me nota, y cuando lo hago, tampoco.
Miré a Daniel, el chico que me invitó a ir a la fiesta. Quise hablar con él y agradecerle que me contara de la fiesta o no me habría enterado. Bueno, omitiría la última parte, no querría que pensara que no lo sabía.
Mis ojos se encontraron con los de él y se acercó. Me dijo que le parecía raro no verme con la ropa formal de trabajo, que me veía diferente.
Sabía que iba demasiado atrevida.
Mientras hablaba, él se inclinó ligeramente, un gesto casi imperceptible para otros, pero no para mí. Me gusta mantener mi espacio. Le sonreí, pero era automática, sin sentirla realmente.
El ruido de la música me envolvía, pero no lograba tapar la otra música, la de mi cabeza. «Te miran. Todos saben que intentas ser otra persona. El vestido, las manos nerviosas, la sonrisa forzada. No engañas a nadie. Ni siquiera a ti misma».
Daniel seguía hablando, no recuerdo qué. Yo asentía, con la copa en la mano. La apreté con fuerza. Por un instante temí que se me resbalara y cayera al suelo. Me imaginé los vidrios esparcidos, brillando como las tazas rotas en mi casa. Un alivio. Un estallido liberador.
—¿Estás bien? —preguntó Daniel.
—Sí, claro. Solo… un poco de calor.
Mentí, pero lo dije con una sonrisa tan perfecta que me dio miedo lo fácil que era fingir.
Intenté sonreír, y mi mente no paraba: «Demasiado brillante. Muy tímida. ¿Estás sudando? Seguro que sí. Seguro que notan que te tiemblan las manos».
Daniel se acercó de nuevo, esta vez con un vaso de bebida, y aunque podía notar la atención en su mirada, mi mente la interpretó como juicio. Intenté fingir naturalidad, pero, al tomar el vaso, me resbaló entre los dedos y se derramó sobre la mesa, empapando el mantel y cayendo cerca de otras manos.
—¡Cuidado! —grité, aunque no era solo por el vaso, era por todo, por mí, por la sensación de que estaba fuera de lugar, de que no podía controlar nada.
El sonido del líquido al tocar la mesa me retumbó en los oídos como un golpe, y de repente todos los pensamientos que intenté ignorar esa semana se precipitaron: las tazas rotas en casa, la cama, el felpudo, las noches sin dormir. Todo.
Mis palabras se atropellaban:
—Lo… lo siento, es que… no… —No podía ni terminar la frase.
Alguien me dio una palmada en el hombro, pero lo interpreté como un reproche. Los invitados murmuraban entre sí. Sentí que mi rostro ardía y mi pecho se oprimía. Intenté reírme, pero fue un sonido áspero, sin alegría.
—Quizá debería… irme —dije más alto de lo que pretendía, y eso hizo que Daniel me mirara con preocupación.
Salí a la terraza, buscando un momento de calma después del caos de la fiesta. Saqué un cigarrillo del paquete con manos temblorosas y lo sostuve entre los dedos como si fuera una cuerda de salvación.
Encendí el mechero… y nada. Una chispa, un chispazo, y luego un silencio húmedo y frío que lo apagó al instante.
Volví a intentarlo. Nada.
Intenté una vez más, con más fuerza. La llama titiló y se apagó. Otra vez. Mi respiración se volvió corta y la noche parecía cerrarse sobre mí.
—Maldita sea… —susurré, tirando el mechero sobre la mesa con un ruido seco que me estremeció.
Regresé a casa. Lloré. No tendría que haber salido con los del trabajo, con gente que veo todos los días. Ahora mi lugar reconfortante se convertiría en mi fin.
Me quité el vestido y las medias también, junto a la ropa interior, hasta quedarme desnuda. Me contemplé en el espejo, sin vergüenza. La única que podía tocarme era yo, la única que me conoce y me da seguridad. Solo yo podía recorrer cada línea, cada curva, a mi antojo.
El lunes siguiente caminé al trabajo con la cabeza gacha. Ni siquiera miré a Daniel, aunque solía saludarlo todos los días. Después tuvimos una reunión. La reunión que tenemos todos los viernes a final de cada mes, y allí estaba. Me daba vergüenza estar en el mismo lugar que él. Laura también estaba allí, hablando, moviendo sus manos, luciendo su anillo de casada con naturalidad. Cuando me tocó hablar a mí, fue un consuelo para desconectar de todo aquello que me perturbaba. En el espacio de trabajo solo existía profesionalidad, nada de nervios.
Cada noche antes de la reunión mensual recito los datos en voz alta para sabérmelos casi de memoria y asegurar su fluidez. Ayer no fue una excepción.
Unos días después, Daniel se acercó a mi escritorio con un par de hojas en la mano, frunciendo el ceño.
—Creo que estos números están mal —dijo, señalando algunas cifras—. ¿Estás segura de que son correctos?
Levanté la mirada y lo encaré, sintiendo cómo subía mi adrenalina.
—Sí, están bien. Revisa otra vez, no hay errores.
Se tensó un momento y comenzamos a discutir, repasando cada línea y cada cifra. La conversación subió de tono, pero con precisión profesional. Finalmente, Daniel soltó un suspiro y levantó las manos.
—¿Lo ves? Te lo dije.
—Vale… tienes razón. Lo siento, no debería haber dudado.
Lo miré unos segundos, viendo cómo relajaba los hombros. Entonces, con un hilo de preocupación en la voz, añadió:
—Oye… ¿estás bien? En la fiesta de Laura parecías… rara.
Rara. Ahora estoy rara. Justo lo que no quería que pasara. Ser la que destaca por ser rara.
—Estoy bien, solo bebí un poco de más.
—Ya… Salí a buscarte y ya no estabas, creí que te había pasado algo.
—Oh… lo siento.
—Nada, cuídate —dijo con una expresión sombría de lo que esperaba para tratarse de él, y se fue.
Cuando regresé a casa, me senté en el sofá sin poder evitar llevarme las uñas a la boca. No he dormido en mi cama ni un solo día, solo en el sofá. Me parece menos escalofriante. Me da menos malos recuerdos. Hago el esfuerzo todas las noches de dormir en la cama. No para superar mi miedo, sino porque los dolores de espalda en el sofá son insoportables. Pero nunca lo consigo.
Con la televisión puesta de fondo y la cena en la mesita de café, decidí hacer cuentas para ver cuánto me costaría una cama nueva. Terminé de cenar y me acosté. Sin querer, mi mente comenzó a dar vueltas.
Empiezo a recordar cuando él y yo éramos pareja. Recuerdo lo asustada que estuve ese día. Todo empezó porque decidí planificar una quedada con mis padres a espaldas de mi novio. Nunca quiso conocerlos, así que quise que se encontraran de «casualidad».
Era fin de semana, así que inevitablemente él quería tener encuentros sexuales conmigo. Yo me negué, porque sabía que mis padres podían venir en cualquier momento. Ese día me dolió más que los anteriores. Me aferré a las sábanas con lágrimas en los ojos. Aguantando.
Cuando terminamos, se oye el timbre. Yo suelto que son mis padres, que se me olvidó avisarle, pensando que después de una pequeña bronca los dejaría pasar. Lo último que recuerdo fue cómo me encerró en el baño. Nadie contestó a la puerta. Cuando mis padres me escribieron para preguntarme dónde estaba, les dije que se me olvidó que fueran a venir y que salí de casa.
Ahora, tumbada en el sofá, repasando mentalmente todo lo ocurrido ese día, siento un escalofrío recorrerme la espalda. No era solo la cama lo que me daba miedo; este sofá también lo hacía. Porque recuerdo perfectamente lo que pasó después de que me encerrara. Intenté plantarle cara, preguntarle con voz temblorosa por qué no quería conocer a mis padres, por qué siempre evitaba cualquier compromiso conmigo.
Me acerqué a él con la misma sensación de opresión en el pecho que sentía ahora. Le hablé, intenté explicarle mis razones, exigir respeto, pero él solo se rio, me miró con desprecio y me empujó hacia el sofá. Caí de lado, sintiendo cómo mi cuerpo se aplastaba contra los cojines mientras él seguía con su berrinche. Me quedé ahí, inmóvil, con el corazón latiendo desbocado, paralizada por el miedo, incapaz de moverme, incapaz de protestar.
No hay ningún lugar seguro para mí. La cama. El sofá. Todo me recuerda a él. Esta casa me recuerda a él.
Me levanto del sofá como si me hubieran clavado un alfiler. Camino por la casa buscando un refugio seguro, abrazándome a mí misma. Cada habitación parece más estrecha, cada sombra más amenazante. Creí que estaba lista para volver. De veras lo hice. Pero ahora… no estoy segura de nada.
Recordé las tazas que rompí el otro día y tuve la tentación de romper más cosas. Si iba a deshacerme de la cama de todas formas, ¿por qué no romperla? No sé en qué momento cogí el puñal; cuando lo tuve entre las manos ya estaba atravesando el tejido de algodón, una y otra vez, hasta que los muelles comenzaron a asomar. No me detuve. El cenicero que estaba en la mesa, las velas que nunca encendí con él, la lámpara de la esquina… Todo lo que me recordaba y no me recordaba a su presencia o su control se convirtió en un blanco de mi furia contenida.
Al día siguiente fui a trabajar sin haber dormido nada. Mis manos temblaban ligeramente al colocar la carpeta sobre mi escritorio, y sentí un calor extraño en el pecho, como si mi corazón quisiera salirse del cuerpo.
Daniel pasó por mi lado y me lanzó una mirada inquisitiva.
—¿Dormiste bien anoche? —preguntó, con un tono casual que yo no podía interpretar.
Mi mente se disparó. ¿Lo decía en serio? ¿O notó que no dormí y me está juzgando?
—Sí… sí, perfectamente —balbuceé, demasiado rápido, con una sonrisa forzada.
Él frunció levemente el ceño, pero no insistió. Yo respiré hondo, intentando calmar el temblor en mis manos, pero el simple gesto de colocar los bolígrafos en su sitio me hizo sentir que todo el escritorio se inclinaba hacia mí.
En la reunión de la mañana tuve que exponer un informe. Mis palabras se atropellaban, mis dedos temblaban sobre las hojas. Notaba cada mirada dirigida hacia mí, aunque en realidad eran solo compañeros concentrados en sus propias tareas. Mi respiración se aceleraba y sentí un mareo que me hizo cerrar los ojos por un instante, apoyando la cabeza sobre el escritorio.
—¿Estás bien? —preguntó Daniel de nuevo, esta vez más cerca.
Lo miré y, por un segundo, todo se mezcló: Él, la opresión en el baño, el empujón contra el sofá… y Daniel allí, preocupado. No sabía si abrazarlo o huir. Mi garganta se cerró.
—Sí… solo un poco de cansancio —dije, con la voz entrecortada, mientras trataba de enderezarme.
Él asintió, pero algo en su expresión me hizo sentir que sabía que no era cierto. La ansiedad me apretó el pecho hasta casi doler, y la luz de la oficina me pareció más fría, más intensa. Comencé a sentir escalofríos y un sudor frío recorrió mi espalda. Todo parecía moverse, incluso los papeles frente a mí.
Sin poder controlarlo, mis manos temblorosas golpearon ligeramente el escritorio, haciendo caer un bolígrafo al suelo. El sonido resonó en mi cabeza como un grito. Sentí que las paredes se acercaban y tuve que sujetarme a la silla para no caer.
Respiré hondo, tratando de aferrarme a algo estable, pero mi cuerpo no respondía. El mareo se intensificó, mi visión se nubló y, por un momento, pensé que iba a colapsar allí mismo, en medio de la oficina, con todos observando. Solo Daniel estaba lo suficientemente cerca como para notar que algo estaba mal.
—Vamos… vamos afuera un momento —dijo, tomando suavemente mi brazo.
Me dejé guiar, débil y temblorosa, sintiendo cómo el mundo seguía girando a mi alrededor. Afuera, el aire frío me dio un instante de claridad, aunque la sensación de amenaza no desapareció del todo.
—Respira —dijo Daniel suavemente, pero cada palabra parecía un recordatorio de que estaba fuera de control.
Intenté inhalar, pero el pecho me dolía, como si los pulmones no quisieran expandirse. Mis manos seguían temblando y no podía evitar mirar alrededor, esperando que alguien o algo surgiera de la nada.
—¿Quieres sentarte un momento? —preguntó Daniel, señalando un banco cercano.
Asentí sin hablar y nos sentamos. Mi cabeza giraba, los recuerdos se mezclaban con el presente. De repente, recordé el sofá, la cama, las tazas rotas… y cómo mi ex me había empujado y reído de mí. Todo eso explotó en mi mente en un instante, y tuve que abrazarme a mí misma, como si pudiera contenerme en mi propio cuerpo.
—No… no puedo… —susurré, temblando—. Todo… todo me persigue… es demasiado.
Daniel se inclinó, intentando tocarme el brazo otra vez, pero yo me aparté.
—Está bien —dijo él con calma—. No pasa nada. Solo respira.
Lo miré y, por un segundo, todo parecía más manejable, aunque solo por un instante. Podía ver que él no me juzgaba, que no esperaba nada de mí, y eso me desconcertaba.
—¿Qué crees que me sucede, Daniel? —dije sin más.
Daniel me miró con atención, su expresión era seria pero tranquila, como si estuviera evaluando la gravedad de lo que decía.
—No lo sé… —respondió con cuidado—. Pero no estás sola. Podemos… intentar que te calmes, poco a poco.
Sentí que algo en mi interior se revolvía con violencia. Cada recuerdo, cada sombra, cada sonido acumulado en mi mente desde la fiesta de Laura hasta ese momento. Sin poder contenerlo, vomité.
Sentí el calor de su mano en mi espalda, lo cual no sabía si me hacía sentir mejor o peor. Después de la última arcada me limpié la boca y lo miré como quien mira a un fantasma. No llegaba a entender por qué se tomaba tanto interés en ayudarme. Los siguientes minutos están borrosos en mi mente, tal vez porque me quedé mirando a un punto fijo demasiado tiempo, concentrándome en las pequeñas manchas que se formaban alrededor de la casita que miraba.
Daniel me dijo que ha hablado con el jefe de la planta y que me permitía volver a casa. Él se ofreció voluntario para acompañarme. Decía que yo no podía decir que no porque solo le han dejado una excedencia de 15 minutos, así que tendríamos que darnos prisa. En el coche yo jugué con un chicle. Lo tenía en el bolso, a medio masticar, arrugado en un pañuelo. Lo alargué y lo hice pequeñito. Jugué con él como jugaron conmigo.
Sentí un frenazo y vi mi casa. Daniel se ofreció a acompañarme adentro, pero me acordé de la cama rota, el cenicero… los restos que todavía no había recogido.
—No hace falta, de veras. Ya has hecho mucho —dije, caminando hacia la casa.
Él me cogió de los hombros. No sabía que él iba a hacer eso o me habría apartado.
—No… suéltame… no, tú… no… tú no eres así —empecé a llorar desconsoladamente.
—¿Qué… qué pasa? —dijo él, frunciendo el ceño, confundido.
—Yo… yo no puedo… no quiero… que te acerques —dije con la voz temblorosa—. Siempre… siempre que alguien se acerca… termina… —Trago saliva, intentando controlar el llanto—. Vete de aquí.
Me apresuré hacia la puerta de mi casa, entré y me quedé un rato quieta, con la espalda apoyada en la puerta, escuchando el eco de los pasos de Daniel alejándose por el pasillo. Quería creer que ya se había ido, que había desaparecido de mi vida como todos los demás. Pero en el silencio de la casa lo seguía escuchando, como un latido, como un murmullo pegado a mi nuca.
Me dejé caer de rodillas. Frente a mí estaba el felpudo. Ese ridículo «Bienvenido» con las abejas sonriendo, como si se burlaran de mí. Las malditas abejas. Ellas no saben por lo que he pasado. No estaban aquí cuando… cuando él estaba. Cuando él me pegaba.
Lo agarré con ambas manos y lo sacudí, con rabia, esperando que de alguna forma escupiera todo el veneno que me había tragado en esta casa. Pero nada cambió. La rabia me desbordó y comencé a rasgarlo con las uñas, arrancando las fibras ásperas, convencida de que escondía algo debajo, que alguien había dejado allí un mensaje, una advertencia, una trampa.
Cuando lo levanté, juraría que vi una mancha oscura pegada al suelo, una sombra que se extendía como sangre vieja. Cerré los ojos con fuerza, volví a mirar… y ya no estaba.
Un golpe en la puerta me hizo saltar.
—No quiero hacerte daño —la voz de Daniel temblaba—. No quiero repetir lo que le pasó a mi hermana. Ella se fue porque nadie la escuchó, solo tenía 18 años. Yo… no quiero que a ti te pase lo mismo.
Ahora lo entendía todo. Lo ha visto antes. Se cree que soy como ella.
Lo escuchaba, y lo odiaba por ello. Odiaba que creyera conocerme, odiaba que pensara que podía salvarme, odiaba que pronunciara esas palabras con tanta ternura que casi sonaban a amenaza.
Miré de nuevo el felpudo destrozado entre mis manos. Las abejas sonrientes ya no tenían cabeza. Y pensé que tal vez, si seguía escarbando, llegaría al fondo de todo esto. A la verdad. O a nada.
Apreté el felpudo contra mi pecho, respirando entrecortada. Afuera, Daniel seguía llamándome. Adentro, yo ya no sabía si lo que me esperaba era salvación o hundirme con el felpudo en los brazos, como una ofrenda absurda.
Y entonces me descubrí abriendo la puerta, dejando entrever la pila de objetos destrozados detrás de mí. Su expresión era intensa y sus ojos reflejaban miedo, culpa… y que sabía, aunque no quisiera admitirlo, que ya estaba demasiado involucrado.
Daniel aterrado y yo sonriendo.
Igual que las abejas decapitadas.
Patrocina a este escritor