Ruido Blanco
Mi rutina es la misma todos los días: la alarma me despierta a las siete; me levanto para ...
arrow_forward LeerNadie supo exactamente cuándo comenzó.
Algunos decían que fue aquella noche en la que una vela se consumió sola frente a un espejo. Otros aseguraban que todo había empezado mucho antes, cuando ciertas personas, movidas por la envidia, el resentimiento y el miedo a las verdades que aquel joven pronunciaba sin disfrazarlas, comenzaron a desear que su vida se desviara.
Era un muchacho alegre y bondadoso. Tenía una manera peculiar de hablar: no sabía envolver las verdades en demasiados adornos. Decía lo que pensaba y señalaba aquello que otros preferían ocultar. Sin proponérselo, hacía que algunas personas se sintieran incómodas al verse reflejadas en sus palabras.
Y algunos no perdonaron aquella sinceridad.
Primero llegaron las traiciones.
Después, los rumores.
Luego comenzaron las cosas que nadie podía explicar.
El joven empezó a sentir que algo extraño lo seguía. Había noches en las que despertaba sobresaltado, convencido de haber escuchado su nombre susurrado desde algún rincón de la habitación. Objetos cambiaban misteriosamente de lugar. Los espejos parecían devolverle una mirada que no correspondía con sus propios movimientos. A veces encontraba símbolos dibujados donde juraba que antes no había nada.
Él comenzó a sospechar que algunas personas de su entorno habían recurrido a prácticas de brujería, hechizos y magia negra para quebrarlo psicológicamente y, según su interpretación, apartarlo del destino que le correspondía.
Pero el verdadero hechizo no estaba solamente en aquello que pudiera haber ocurrido fuera de él.
Estaba dentro de su mente.
Las palabras de quienes lo rodeaban comenzaron a penetrar como pequeñas agujas. Le hicieron dudar de sus recuerdos, de sus capacidades y hasta de su propia percepción. Cada traición arrancaba un pedazo de su confianza. Cada manipulación añadía otra grieta.
Aquello fue un asesinato lento.
No de su cuerpo.
De su carácter.
Hasta que llegó la noche más oscura.
Su noche del alma.
El joven se sintió crucificado por circunstancias que no comprendía. Era como si una cruz invisible hubiera sido colocada sobre sus hombros y cada clavo representara una traición, una mentira, un abandono o una palabra destinada a destruirlo.
Pero en medio de aquella oscuridad ocurrió algo inesperado.
Dejó de luchar contra el mundo y comenzó a observarse a sí mismo.
Descendió hasta sus propias heridas.
Encontró miedo, rabia, tristeza y recuerdos que había enterrado durante años. Y cuanto más profundo descendía, más comprendía que ninguna persona podía robarle completamente su destino mientras él conservara la capacidad de elegir quién quería ser.
Entonces comenzó su transformación.
Mientras él sanaba, algo extraño comenzó a sucederles a quienes habían participado en aquella historia.
Los hechizos que, dentro del relato, habían sido enviados contra él parecieron encontrar el camino de regreso.
Una de las personas comenzó a escuchar golpes en las paredes durante la madrugada. Siempre tres golpes. Nunca cuatro. Nunca dos.
Otra empezó a encontrar frente a su puerta objetos que reconocía perfectamente, aunque estaba segura de haberlos destruido años atrás.
Una tercera aseguró haber visto una figura negra parada al pie de su cama. La figura no hablaba. Simplemente permanecía allí, observándola.
Después comenzaron las pesadillas.
Todos soñaban con el mismo lugar: una habitación oscura, un espejo cubierto de grietas y, al otro lado del cristal, el rostro del joven al que habían intentado destruir.
Pero él nunca aparecía enojado.
Sonreía.
Y eso era precisamente lo aterrador.
Porque mientras ellos comenzaban a ser perseguidos por aquello que habían cultivado, él finalmente había dejado de tenerles miedo.
En la simbología de aquella historia, las entidades oscuras no fueron enviadas por el joven.
Simplemente parecían regresar al lugar donde habían nacido.
El karma no llegó como un castigo espectacular. Llegó de formas más silenciosas: relaciones destruidas por la desconfianza, noches sin descanso, culpas que nadie podía confesar, amistades que se desmoronaban y una sensación permanente de estar siendo observados.
Cada uno terminó enfrentándose con aquello que había llevado dentro.
Y el joven comprendió algo todavía más profundo:
el karma no siempre parece una venganza; a veces es simplemente el momento en que una persona queda sola frente al espejo de sus propias acciones.
Cuando finalmente volvió a mirar aquella cruz, comprendió que ya no estaba crucificado.
Había descendido de ella.
Su antigua identidad había muerto, pero no su esencia.
Habían intentado destruir su alegría, robarle la confianza y convertirlo en alguien que ya no reconociera. Sin embargo, en aquella noche interminable había encontrado algo que nadie podía hechizar, manipular ni destruir:
su conciencia.
Y cuando volvió a caminar bajo la luz del amanecer, dejó atrás las sombras.
Nunca volvió a buscar venganza.
Porque había aprendido que algunas personas terminan siendo perseguidas por sus propios fantasmas sin que nadie tenga que perseguirlas.
Desde entonces, cada vez que alguien pronunciaba su nombre con odio, él simplemente guardaba silencio.
Había comprendido la última enseñanza de su crucifixión:
No se puede crucificar dos veces a un alma que aprendió a resucitar desde su propia oscuridad.
Patrocina a este escritor