El Faro
EL FARO Daniel recibió impasible su nueva destinación: encargado d...
arrow_forward Leer"Abrid la tumba. En el fondo de esta tumba, se ve el mar”.
Epitafio en la lápida de Vicente Huidobro.
—Acá traje las flores, mi niña —dijo la criatura, sin poder creer sus propias palabras.
Las umbrellas extendidas, como me pediste.
Una campanita colgaba de su cintura, a modo de cascabel.
—¿Dónde lo estás velando? —preguntó, sin necesidad, cuando advirtió que la luz de las velas lo guiaba hacia un cementerio improvisado.
Ella le señaló el libro incompleto, en donde las palabras muertas yacían borradas y las pocas que quedaban estaban de duelo. Dispuestas sobre un atril de pino firme, descansarían eternamente sus páginas inmerecidas para cualquier lector.
—Allí, Espectro —indicó, llorando.
Ella sabía que no podía llorar, ya que cada lágrima se transformaría en una ardiente gota de fuego: eso era lo que había firmado en el contrato.
—Esto no tiene sentido —susurró, escéptica, la criatura, una vez que hubo distribuido las flores espumosas.
Ella no le respondió, solo se puso de pie para apagar las velas que iluminaban al cadáver: sentía que no merecía ninguna luz. Una vez que quedaron a oscuras, se escuchó la voz del Espectro, en tono de burla:
—Permíteme una observación: ¿no te parece un tanto exagerado? —reclamó, acomodándose el largo cabello desarreglado—. Digo, ir al entierro de un libro, con una historia que termina en palabras vagas y tachadas; la última página en blanco, con una ilegible firma. Yo… no creo que sea de necesa…
Ella, ajena a cualquier tipo de demanda y consejo, se dirigió al improvisado velatorio y abrazó el libro con las manos que le temblaban. Lo apoyó contra su pecho y se dirigió al patio, donde atravesó las puertas-ventanas abiertas de par en par. El Espectro suspiró, humillado por los patéticos sentimientos humanos y, ofendido en lo más profundo, se decidió a acompañar la procesión asiéndose de un paraguas para protegerse del llanto, que se atrevió a juzgar de ridículo. Atrás le seguían las dos Sombras, tomadas de la mano. La de ella lloraba desconsolada.
—No puedo creer que haya comprado un alma tan triste —se lamentó.
El Espectro, su tulpa, aquel personaje de ficción que se había vuelto tan vívido en las páginas inconclusas, había tomado la apariencia de un demonio menor, al que la escritora le había vendido el alma.
Tuvo su primera aparición en el capítulo cinco de la primera parte de la novela que nunca terminó, aquella que tituló El corazón que renuncia, de estilo gótico y de realismo mágico oscuro. El sentimiento que le había impreso al personaje se volvió tan puro y tan humano que, un día, se lo encontró en su casa, hecho carne y hueso. Una pequeña mancha en la pared; luego, unos ojos que la miraban, después la cabeza entera con el cabello largo y despeinado. Fue solo una cabeza durante muchos días, hasta que el cuerpo comenzó a emerger, con la monstruosidad de todos los sentimientos negativos que le había otorgado. Su triste figura contrahecha anunciaba su destino: el Espectro tenía todas y cada una de las formas del dolor.
—¿Dónde está mi campana? —fue su primera pregunta, cuando los sonidos grotescos se volvieron palabras.
Él vivía en la Catedral abandonada de Viboretá, un lugar ficticio que ella había inventado; y era verdad, pasaba la mayor parte del día en el campanario.
Las primeras veces se arrastraba como si fuera una serpiente y necesitó de mucho trabajo para comenzar a adoptar rasgos humanos, fuera del mundo de la ficción. El primer regalo que ella le dio fue la campanita que llevaba colgada a la cintura: le recordaba a su antiguo hogar.
—¿Qué ciudad es esta? No se parece en nada a Viboretá —se quejó.
Después de dos meses ya caminaba sobre dos piernas robustas, un poco encorvado. Los brazos y las manos surgieron al año, así como los primeros ataques de pánico, las crisis existenciales, el insomnio y los intentos de suicidio.
—¡Espectro, no vuelvas a hacer esto, por favor! —le pidió su escritora, la décima vez que lo tuvo que descolgar de uno de los marcos de las ventanas.
Aquella criatura la acompañaba día y noche, como si fuera una promesa, así como también el espíritu familiar que le había concedido: un caballo, al que bautizaron con el nombre de Sinsombra. Con su llegada, el Espectro, lejos de sentirse intranquilo, adoptó un nuevo espíritu de pertenencia. Luego aprendió a tocar la guitarra y eso le devolvió un poco el humor, aunque su ánimo cambió cuando la muchacha volvió a escribir sobre él en la novela que había dejado irresuelta.
A pesar de sus ilusiones, sabía que todo tenía un final.
Afuera, a la noche le atravesaban la garganta con la más brillante de las estrellas. La oscuridad era eterna cuando la última nota del silencio hacía eco, a modo de campanas que nunca serían las de la Catedral de Viboretá. Sin embargo, el Espectro no se animó a sonreír, solo dejó el paraguas a un costado y optó por ponerse su capucha desgastada y rota, consecuencia del último robo a mano armada. A pesar de que era uno de los personajes principales, tenía la apariencia del más miserable mendigo: era un pobre demonio al que habían asaltado ya unas tres veces.
Las dos Sombras, que ahora estaban abrazadas, se sentaron sobre las sombras de los bancos que daban a una fosa recién hecha en el patio. El perfume de los jazmines acompañó el absurdo dolor mientras los cuatro se dispusieron alrededor de la tumba, avergonzada e igualmente conmovida, que habría su boca para engullir el débil y agonizante libro. Ella se arrodilló y, resignada, lo entregó a la tierra en un acto sencillo, allí, bajo las ramas del almendro, que había florecido antes de que llegara la primavera. Se quedó contemplándolo, sabiendo que con ello se iba también la única mitad de su alma.
A continuación, las Sombras tomaron las palas para enterrarlo, pero el llanto de la escritora suspendió el rito. Aferrándose, a modo de súplica, a las piernas del Espectro, rogó algo que, en su silencio, solo se dirigía a él:
—No, niña, yo no… no insistas —quiso evadirla.
Ella no hablaría, necesitaba que él ofreciera las últimas palabras que el libro no pudo decir.
Su interlocutor se resistió, indignado y asqueado hasta la médula por el incómodo pedido. Sin embargo, algo en sus ojos lo hizo dudar hasta llegar a convencerlo. ¡Sería la última vez que se doblegaba ante un humano! No quiso jurar en vano y se decidió a hablar. Esto fue lo que dijo con la voz áspera y susurrante:
—No… no acostumbro a hablar en los entierros. Tampoco acostumbro a asistir a ellos, porque no soy bienvenido. Lamentablemente —lo dijo con resentimiento— la mayoría me hace culpable de la muerte. Yo les aseguro —afirmó, convencido— que solo me hago cargo del cruel vacío que deja. Y esta muerte —suspiró— me deja un gran vacío. Por otro lado, no imaginé nunca asistir al entierro de un libro y, mucho menos, hacer propio el duelo de las ridículas palabras de una pobre enamorada.
La voz del Espectro se fue tornando cada vez más angustiosa y entrecortada, sobre todo cuando vio el título del libro muerto: era su novela, la novela en la que era el protagonista.
—No puede ser, niña, ¿por qué? —miró con los ojos vacíos a la muchacha, que se resignaba a escribir una palabra más.
—Porque ya no lo amo.
Los ojos del Espectro comprendieron, en un ademán de querer cerrarse para siempre: él había nacido, naturalmente, como consecuencia del dolor poético. Era solo un síntoma y ese libro muerto había sido el redentor de un amor no correspondido. Él sabía, más que nadie, el destino de los salvadores.
Sus pupilas estáticas permanecieron contemplando el arrullo de la tierra hacia las páginas que también eran suyas. Continuó:
—Yo… yo me sentía tan abandonado en el espacio en blanco entre palabra y palabra. Nunca te lo dije, pero agradecí el haber venido aquí. Todavía resuenan en mi cabeza, incesantes, los extensos diálogos, las descripciones de escenarios y los cuarenta y ocho poemas “creacionistas” —se interrumpió, costándole continuar— que exigieron de mi inexperta lectura. ¿Recuerdas, niña, que yo me ofrecí a escribir el prólogo?
La muchacha, con el pañuelo sobre la nariz, descubrió una tímida sonrisa lastimada: las lágrimas le habían quemado las mejillas y parte de la boca. Ahora el llanto agresivo se abría paso, devastador, hacia el cuello.
—Aunque —retomó el Espectro, volviéndose hacia la fosa— lo que más lamento es no haberte podido leer una última vez.
Su Sombra le hizo una disimulada seña para que se fuera apurando en terminar, que abreviara aquel acto que ambos consideraban innecesario. El Espectro era especialista en mutilar palabras, en asfixiarlas y en dejarlas a la deriva, así que la Sombra no entendía el porqué de tanta ceremonia. Lo que más le preocupó fue que aquella letanía y lamento insospechado se escucharon sinceros y eso mismo hizo aumentar el llanto. La angustiada muchacha se estaba prendiendo fuego y se acercó a abrazarlo. Él, sin devolverle el gesto, continuó, arrepentido:
—Lamento tanto que hayan sido las mismas palabras inocentes que, en un principio, crearon un mundo, aquellas que, a modo de castigo, lo destruyeron y…
Se interrumpió, ya al borde de uno de sus ataques de pánico, y se soltó de la niña con violencia, abrazándose a sí mismo como si se estuviera rompiendo. A lo lejos, se escuchó el relincho del Sinsombra.
—¡No puedes morirte y menos ahora! —exclamó, obligado por un dolor poético que nunca antes había sentido—. ¡Ni siquiera sé a dónde van los libros cuando mueren para ir a buscarte! ¡Maldición! —lloró.
Su Sombra dejó reposar la pala sobre la sombra del almendro florecido y miró el cielo que se había nublado: ya no se veía ninguna estrella. El viento frío soplaba levemente y acariciaba la copa de los árboles del jardín oscuro, iluminado, en su humedad, por la única luz de la luna. Su amo, el Espectro, estaba llorando, dejándose llevar por el sentimiento humano de la angustia, al que, en un principio, culpó de falso.
—Mi Señor —intentó, en un susurro de sombra.
El Espectro no lo escuchó, ni tampoco se dignó a continuar con el sencillo funeral. En su lugar, se abalanzó sobre la tumba, como profanando la memoria literaria, y tomó el libro ante las miradas desgarradas de todos los presentes. Sus dedos, al sostenerlo, se mojaron como si hubiera agua en el fondo. Parecía que el mismo mar lo hubiera recibido; es más, la tapa del libro tenía espuma blanca.
Su Sombra quiso detenerlo, aunque él fue más rápido y, con aquella misma rapidez, se fugó entre el aire frío que los congregaba.
Corrió por el pasillo lleno de jazmines, escoltado por el sonido de la campanita colgada a su cintura. El tintineo fue decreciendo a medida que el Espectro se alejaba, esperanzado.
Con la respiración acelerada, saltó la reja, dolido y desesperado por leer y releer, una y otra y otra vez, aquel libro que reconoció como su propio padre.
Pensó, quizás, que era lo único necesario para volverlo a la vida.
María Sofía Abarca
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