Thriller

La Habitacion De Las Voces

person Alexandra Rubi Falla Robles

La Habitacion De Las Voces

star star star star star

La primera cinta tenía escrito su nombre.

INÉS.

Nada más.

No había fecha, ni número de archivo, ni firma.

La encontró dentro de una caja que llevaba seis años cerrada.

Inés supo que algo estaba mal antes de escucharla.

Tal vez fue porque reconoció la letra.

O porque, debajo de su nombre, alguien había escrito una sola palabra:

PERDÓNAME.

La caja estaba al fondo del archivo, detrás de tres estantes de expedientes que nadie consultaba desde hacía años. El polvo cubría la tapa y, cuando Inés la abrió, una pequeña nube gris quedó suspendida bajo la luz blanca del techo.

Eran casi las nueve de la noche.

Trabajaba allí desde hacía cuatro años, clasificando y digitalizando grabaciones antiguas. La institución cerraría a finales de mes y estaban vaciando los depósitos.

La caja no figuraba en ningún inventario.

Eso fue lo primero que la inquietó.

Lo segundo fue la letra.

Inés habría reconocido aquella caligrafía aunque hubieran pasado cien años.

Era de Marina.

Su hermana.

Muerta seis años atrás.

Dentro había una grabadora, cinco casetes y una fotografía.

La fotografía mostraba a tres niñas frente a una casa amarilla.

Marina.

Inés.

Y Elena.

Su hermana mayor.

Inés apenas recordaba aquella época. Elena había desaparecido cuando tenía ocho años. Oficialmente había muerto tras caer por las escaleras.

Inés tenía siete.

Marina, nueve.

Durante años le dijeron que había sido un accidente.

Inés nunca preguntó demasiado.

Al menos eso creía.

Volteó la fotografía.

En el reverso había una fecha.

17 de agosto.

La misma fecha en que Marina había desaparecido.

Inés dejó caer la fotografía.

Tomó la primera cinta.

La introdujo en la grabadora.

Presionó PLAY.

Al principio solo se escuchó estática.

Después, una respiración.

La voz de Marina apareció.

—¿Estás segura de que nadie nos escucha?

Inés dejó de respirar.

Otra voz respondió.

La suya.

—Sí.

Marina habló nuevamente:

—Entonces dime la verdad.

Silencio.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque si te la digo, vas a hacer lo mismo que hiciste aquella noche.

La cinta terminó.

Inés permaneció inmóvil.

Aquella conversación no podía existir.

Marina llevaba seis años muerta.

Y ella no recordaba haberla grabado.

Entonces vio una hoja dentro de la caja.

Solo decía:

NO ESCUCHES LA SEGUNDA.

Naturalmente, escuchó la segunda.

La voz de Marina apareció inmediatamente.

—Inés...

Una pausa.

—Si estás escuchando esto, significa que todavía no recuerdas quién me hizo desaparecer.

La cinta terminó con un golpe seco.

Inés miró la puerta del archivo.

Por primera vez en cuatro años, tuvo la sensación de que alguien podía estar observándola desde el otro lado.

* * *

A la mañana siguiente buscó a Sofía.

Habían sido amigas desde la adolescencia. También había sido la última persona que vio a Marina antes de que desapareciera.

Sofía la recibió en una cafetería casi vacía.

Cuando Inés mencionó las cintas, no pareció sorprendida.

Solo cerró los ojos.

—Entonces ya empezó.

—¿Qué empezó?

—La parte que Marina quería que recordaras.

—¿Tú sabías de las cintas?

Sofía tardó unos segundos en responder.

—Sí.

—¿Cuántas?

—Cinco.

Inés sintió un escalofrío.

—Yo encontré dos.

Sofía sostuvo su mirada.

—Las otras están en la casa amarilla.

Inés no había vuelto allí desde el funeral de su madre.

—¿Por qué?

—Porque ahí comenzó todo.

Sofía sacó una llave de su bolso y la dejó sobre la mesa.

—Marina me pidió que te la diera si algún día encontrabas la caja.

—¿Por qué no me la diste antes?

Sofía bajó la mirada.

—Porque me pidió que esperara hasta que tú quisieras saber la verdad. No hasta que yo creyera que estabas preparada.

Inés tomó la llave.

—¿Y ahora sí?

—Ahora ya estás escuchando.

* * *

La casa llevaba años vacía.

La pintura amarilla estaba descascarada y las ventanas tenían una capa de polvo que convertía la luz de la tarde en una niebla dorada.

Inés abrió.

El olor de la humedad la golpeó primero.

Después llegaron los recuerdos.

El viejo sofá.

La lámpara.

El reloj detenido.

Y las escaleras.

Se quedó mirándolas.

Una imagen apareció en su memoria.

Elena llorando.

Su madre gritándole a alguien.

Marina sosteniéndola del brazo.

Un golpe.

Una puerta cerrándose.

Inés parpadeó.

La imagen desapareció.

Subió lentamente.

En el segundo piso había tres habitaciones.

La de Marina.

La de Inés.

Y una tercera que llevaba años cerrada.

Sobre la puerta había una pequeña placa de metal.

17.

Inés recordó que aquella habitación siempre había estado prohibida.

Metió la llave.

Giró.

La puerta se abrió.

Dentro no había muebles.

Solo una silla, una grabadora y una caja de madera.

Inés se acercó.

En la grabadora había una cinta.

La tercera.

Presionó PLAY.

La voz de su madre llenó la habitación.

—Si algún día escuchas esto, significa que ya no pude seguir protegiéndolas.

Inés retrocedió.

La grabación continuó.

—Elena sobrevivió.

El corazón de Inés pareció detenerse.

—Pero todos creen que murió.

La voz de su madre tembló.

—Y esa mentira fue culpa mía.

Inés apagó la grabadora.

No podía respirar.

Elena había muerto.

Eso era lo que siempre había sabido.

Lo que todos habían dicho.

Lo que figuraba en los documentos.

Volvió a presionar PLAY.

—Inés, tú viste lo que ocurrió aquella noche.

Una pausa.

—Y yo hice todo lo posible para que lo olvidaras.

La memoria regresó de golpe.

No completa.

Fragmentos.

Elena en la escalera.

Su madre discutiendo con ella.

Marina llorando.

Un golpe.

Elena en el suelo.

Pero estaba viva.

Inés lo recordaba ahora.

Estaba viva.

Su madre se arrodilló frente a las tres niñas.

—Nadie puede saberlo.

Marina lloraba.

—Mamá, tenemos que llevarla al hospital.

—No.

—¡Está viva!

—Precisamente.

Su madre miró hacia la ventana.

—Si Gabriel descubre que sobrevivió, volverá por ella.

Gabriel.

El padre de Elena.

Un hombre del que en casa nunca hablaban.

Inés no entendía entonces qué significaba aquella frase. Solo recordaba el miedo en la cara de su madre.

—¿Qué le hizo? —preguntó Marina.

Su madre la miró.

—Lo suficiente para que no pueda encontrarla.

Inés apretó los ojos.

Otro recuerdo.

Una maleta.

Una puerta trasera.

Elena envuelta en una manta.

Su madre diciendo que nadie debía verla.

Y luego una frase que se había quedado enterrada durante diecisiete años:

—Inés, si quieres que Elena viva, tendrás que fingir que nunca existió.

La cinta terminó.

Detrás de Inés sonó una respiración.

Se giró.

Marina estaba en la puerta.

Viva.

* * *

Inés no gritó.

No pudo.

Solo la miró.

Había imaginado muchas veces cómo sería volver a verla. En sus sueños, Marina siempre aparecía igual que a los veintitrés años, con el cabello suelto y la misma cicatriz pequeña junto a la ceja.

Ahora era una mujer distinta.

Más cansada.

Más adulta.

Pero era ella.

—¿Cómo...? —logró decir Inés.

Marina no respondió.

Solo se acercó y la abrazó.

Inés permaneció rígida unos segundos.

Después se quebró.

—Pensé que estabas muerta.

—Lo sé.

—Te enterramos.

Marina cerró los ojos.

—No había un cuerpo.

Inés se apartó.

—¿Entonces?

—Mamá necesitaba que todos creyeran que yo había muerto. Y yo necesitaba desaparecer.

—¿De quién?

Marina miró hacia la grabadora.

—De Gabriel. Y de todo lo que mamá había construido para esconder a Elena.

La historia salió en fragmentos.

Después del accidente, su madre había escondido a Elena porque temía que Gabriel la encontrara. No era un miedo inventado. Años antes, él había intentado llevársela por la fuerza y había amenazado con hacer daño a cualquiera que interviniera.

La madre de las niñas había denunciado lo ocurrido, pero retiró la denuncia después de recibir amenazas. Desde entonces vivió esperando que Gabriel regresara.

Cuando Elena sobrevivió al accidente, decidió que la única forma de mantenerla a salvo era hacerla desaparecer.

La trasladó a una pequeña propiedad fuera de la ciudad y prohibió que las niñas hablaran de ella.

Marina obedeció durante años.

Hasta que dejó de hacerlo.

A los diecinueve descubrió que Elena seguía viva.

Intentó sacarla de allí.

Su madre la descubrió.

—Me dijo que si hablaba, Gabriel encontraría a Elena —dijo Marina—. Y que esta vez nadie sobreviviría.

—Entonces huiste.

—Sí.

—¿Y la muerte?

Marina respiró hondo.

—Fue una mentira.

No había habido un cadáver de Marina.

Hubo documentos falsificados, una noticia preparada y suficientes silencios para que la desaparición pareciera una muerte. Marina se marchó con otro nombre y dejó que el mundo cerrara la historia por ella.

—¿Por qué me dejaste creerlo?

Marina bajó la mirada.

—Porque tú eras la única persona que podía recordarlo todo.

—¿Y por qué no me dijiste la verdad?

—Porque mamá te había convencido de que recordar era peligroso. Y yo... yo también tuve miedo.

Inés sintió que la rabia comenzaba a crecerle en el pecho.

—Me traicionaron las dos.

Marina no intentó defenderse.

—Sí.

Aquella respuesta la desarmó más que cualquier explicación.

—Pero tú también me traicionaste —continuó Inés—. Te fuiste.

—Sí.

—Y dejaste que creyera que te había perdido.

—Sí.

Marina se acercó.

—No voy a pedirte que me perdones.

Inés miró la fotografía de las tres niñas.

—Entonces dime dónde está Elena.

Marina no respondió.

Solo señaló la grabadora.

—La quinta cinta te lo dirá.

* * *

La cuarta cinta estaba escondida dentro de la caja de madera.

Era la voz de Marina, grabada años atrás.

—Si estás escuchando esto, ya sabes que Elena sobrevivió. Lo que todavía no sabes es por qué mamá tuvo tanto miedo.

La grabación hizo una pausa.

—No quiero que la odies. Tampoco quiero que la perdones. Solo quiero que entiendas algo: las personas pueden convertir el miedo en una casa y vivir dentro de ella durante años.

Inés cerró los ojos.

Marina continuó:

—Yo también viví allí.

La cinta terminó.

Dentro de la caja había una dirección.

No era una dirección desconocida.

Era la de una pequeña casa en las afueras.

La casa a la que su madre enviaba paquetes una vez al mes.

Inés recordó algo.

Durante años, su madre había preparado cajas con comida y ropa que nadie debía tocar.

Siempre decía que eran para una organización de ayuda.

Nunca lo había sido.

* * *

Llegaron al anochecer.

La casa tenía las luces encendidas.

Marina se quedó en la puerta.

—Yo no puedo entrar.

Inés la miró.

—¿Por qué?

—Porque esta parte tienes que vivirla tú.

Inés abrió.

Una mujer estaba de pie junto a la ventana.

Era mayor de lo que Inés recordaba.

Tenía el cabello oscuro, algunas canas y una cicatriz fina que cruzaba su ceja izquierda.

Durante un segundo, Inés volvió a tener siete años.

Elena.

La mujer sonrió.

—Hola, Inés.

La voz era diferente.

Pero algo en ella era exactamente igual.

Inés no pudo hablar.

Elena dio un paso.

—Siempre quise conocerte otra vez.

Inés comenzó a llorar.

—Pensé que estabas muerta.

—Yo también pensé que tú me habías olvidado.

—Me hicieron olvidarte.

Elena negó suavemente.

—No del todo.

Entonces Inés recordó.

Una niña escondida detrás de una puerta.

Un mechón de cabello.

Una mano pequeña agarrando la suya.

Y una promesa.

—No te voy a dejar.

Inés se llevó una mano a la boca.

Había cumplido la promesa.

Tarde.

Pero la había cumplido.

Marina entró.

Las tres hermanas quedaron frente a frente.

Durante unos segundos ninguna supo qué hacer.

Después Elena abrazó a Marina.

Luego a Inés.

Y las tres lloraron como si diecisiete años pudieran deshacerse en un solo abrazo.

* * *

La quinta cinta estaba dentro de la fotografía.

Inés la encontró esa noche.

La puso en la grabadora.

Escuchó primero su propia voz.

Pero era la voz de una niña.

—Mamá dice que Elena no existe.

Un sollozo.

—Pero yo sé que está viva.

Silencio.

—La escondí en la habitación.

Inés se llevó una mano a la boca.

La voz continuó:

—Mamá me dijo que si quería salvarla, tenía que fingir que no sabía dónde estaba.

La cinta crujió.

—Tengo miedo.

Después se escuchó la voz de Marina.

Más joven.

—No tengas miedo, Inés.

Pausa.

—Algún día vamos a sacarla de aquí.

La grabación terminó.

Inés lloraba.

Elena tomó su mano.

—Lo hicimos.

Inés miró a sus dos hermanas.

—No fue suficiente.

Marina negó.

—No. Pero sobrevivimos.

Y por primera vez, Inés entendió que sobrevivir no siempre significaba ganar.

A veces significaba llegar hasta el día en que una verdad dejaba de ser un secreto.

* * *

Meses después, la casa amarilla fue demolida.

Inés conservó una sola cosa.

La primera cinta.

La que tenía escrito su nombre.

Nunca volvió a escucharla.

La guardó junto a la fotografía de las tres hermanas.

A veces pensaba que algún día la destruiría.

Nunca lo hizo.

Una tarde, mientras ordenaba la caja, encontró una pequeña nota detrás de la fotografía.

Reconoció la letra de Marina.

Solo decía:

AHORA SÍ PUEDES ABRIR LA PUERTA.

Inés sonrió.

Y lo hizo.

No había ninguna habitación detrás.

Ninguna voz.

Ningún secreto.

Solo el pasillo de su casa y la luz de la tarde entrando por la ventana.

Por primera vez en muchos años, no tuvo miedo de lo que pudiera encontrar al otro lado.

Porque finalmente había entendido que la habitación nunca había sido el lugar donde guardaban los secretos.

La habitación era ella.

Y durante diecisiete años había mantenido la puerta cerrada.

FIN

¿Te gustó? Compártelo y ayuda al escritor a darse a conocer.
arrow_back Volver a Relatos

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Patrocina a este escritor