Edgar Ricalde

Cuento

El Mensaje Que Vino De Lejos

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El Mensaje Que Vino De Lejos

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EL MENSAJE QUE VINO DE LEJOS
Terror Psicológico
Psic. Edgar Enrique Ricalde Márquez Una noche del año 2009, regresaba de un viaje que había hecho a la
costa;
recuerdo que fueron alrededor de cuatro días de sol, mar y silencio. El
camino
de regreso se sentía interminable: el asfalto brillaba bajo la luz de los
faros,
y conforme avanzaba, el cansancio acumulado empezaba a pesarme
en los párpados.
Cuando por fin llegué a casa, me recosté en mi estudio, agradecido por
el silencio,
listo para dejar atrás el ruido del camino y descansar. Pero justo en ese
momento,
el teléfono sonó. Era una de esas llamadas que uno siente, antes de
contestar,
que cambiará algo para siempre.
Al otro lado de la línea, la voz del velador del condominio donde tenía
mi
consultorio en aquel entonces sonaba inquieta:
—Doctor, desde el viernes por la tarde hay una muchacha sentada
afuera, en la acera,
bajo la lluvia y el sol. Dice que no se va a ir de aquí hasta que usted la
atienda.
Lleva ahí horas, doctor. No come, no se mueve casi… solo espera.
Le pregunté si se veía alterada, si parecía haber bebido o consumido
algo, y me
respondió con firmeza que no: estaba tranquila, pero con una
determinación que le
daba escalofríos. Se me hizo sumamente extraño, y al mismo tiempo,
una punzada
de inquietud me recorrió el pecho. Algo en su voz me dijo que no podía
dejarla
esperando más. Me subí al auto y conduje hasta allá, con el
presentimiento de
que lo que encontraría no sería una consulta común. Al llegar, en cuanto me vio llegar, se puso de pie de inmediato. Se acercó
y entró
junto con el coche; el velador, que intentó interponerse, se quedó inmóvil,
como
si una fuerza silenciosa lo hubiera detenido. La pasé al interior del
consultorio.
Se sentó frente a mí, erguida, con las manos entrelazadas en su regazo, y
la mirada
fija en mis ojos. Sus ojos eran oscuros, profundos, y parecían ver algo
más allá
de mi figura.
—¿En qué te puedo ayudar? Me han dicho que llevas días esperándome.
Ella solo asintió lentamente con la cabeza, pero no pronunció una sola
palabra.
Me miraba fijamente, pero sus ojos se movían como un péndulo, de un
lado a otro,
siguiendo algo que yo no podía percibir en esa habitación vacía. Intenté
abordarla
de distintas formas: le ofrecí agua, le pedí que respirara despacio, que me
dijera
su nombre. Pero nada. Y poco a poco empecé a sentir una inquietud que
no era mía:
¿qué urgencia tan grande la había mantenido ahí tantos días, bajo el sol y
la lluvia,
esperándome, si al llegar no tenía nada que decirme?
Entonces, entre nerviosa y con un tono cortante, como si algo dentro de
ella la
empujara, sacó de su bolso dos dibujos que ella misma había hecho con
trazos rápidos
y oscuros. El primero mostraba a una enfermera decapitada, con mucha
sangre alrededor;
el segundo era la figura de un hombre rodeado de sombras tan densas
que parecían
devorar sus bordes. Los tomé con cuidado, los observé con atención y le
pedí con voz suave: —Por favor, explícame uno por uno qué significan. Estoy aquí contigo.
Nadie te va a hacer daño.
Con una voz muy bajita, casi un susurro que apenas llenaba el silencio de
la habitación,
me respondió:
—Ella es una enfermera que murió hace muchos años. La mataron
cuando iba de regreso
a casa, sola, por una calle oscura. Nadie supo quién fue. Pero yo la veo
todo el tiempo,
caminando detrás de la gente, solo observando. De hecho… está aquí
sentada junto a mí ahora mismo.
Un escalofrío me recorrió la espalda, pero me mantuve en silencio,
escuchando. Y al pasar
al segundo dibujo, su respiración se aceleró, su nerviosismo creció de
golpe:
—Él… él quiere decir algo. Lleva mucho tiempo intentando hablar, pero
nadie lo escucha.
Él también está aquí.
No pudo decir nada más; sus ojos vibraban y se movían cada vez más
rápido, su rostro
pálido reflejaba un terror tan genuino que yo también empecé a sentirlo en
la piel,
como si todo su cuerpo estuviera conectado a una presencia que yo aún
no alcanzaba a percibir.
Hasta que al final, con un esfuerzo visible, me pidió:
—¿Me puedes dejar cinco minutos sola? Cierra la puerta por fuera. Y
después regresas.
No te vayas lejos.
Hice exactamente lo que me pidió. Salí un momento a hablar con el
velador, que seguía
ahí afuera alerta, bajo la luz tenue de la calle. Y al cabo de unos minutos,
que se
sintieron como horas, volví a entrar. Me senté todavía incrédulo, tratando
de asimilar
sus palabras, preguntándome si sería un sueño o si estaba perdiendo el
juicio. Y de repente, se fue la luz por completo. El silencio que siguió fue
absoluto. Mi corazón
empezó a latir con fuerza contra mis costillas; la oscuridad se sentía
pesada, densa,
como si la habitación se hubiera llenado de agua. Encendí de inmediato
la linterna de mi celular,
y justo en ese instante, como si esperara ese preciso momento, volvió la
iluminación.
Ella me clavó la mirada a los ojos y me dijo con una serenidad que me
heló la sangre:
—Sé que no me crees lo que te cuento. Sé que piensas que estoy
enferma o que imagino cosas.
Pero te voy a demostrar que no miento.
Yo, por dentro, seguía dudando. Hasta que añadió, sin saber
absolutamente nada de mi
historia personal, con una voz que no era suya, pero que salía de ella
con claridad:
—A tu lado está parado tu hermano… el que se fue hace poco. Te
abraza por la espalda
cuando crees que estás solo. Y te dice que no llores más, que él está
bien.
¿Cómo podía saberlo? Ni siquiera yo se lo había contado a nadie en ese
lugar. Y para
terminar de dejarme sin aliento, empezó a describirlo con todo detalle:
cómo vestía,
cómo sonreía, aquella cicatriz en su muñeca que solo nosotros
conocíamos… tal cual era
él en vida. Al ver mi cara de asombro, esbozó una media sonrisa y me
dijo muy suave:
—No tengas miedo… él siempre está junto a ti, cuidándote. Solo que
ahora lo ves diferente.
Sentí como si me hubieran echado un balde de agua helada de golpe;
todo mi cuerpo se estremeció.
Me miró a los ojos y preguntó:
—¿Ahora sí me crees? Yo solo pude contestar, con la voz quebrada:
—Sí… te creo.
Y ella respondió de inmediato, con esa misma seriedad:
—Pero no estoy aquí por eso. Eso era solo para que escucharas.
Me explicó entonces que un amigo en común —que se dedicaba a
terapias alternativas,
más cercanas a lo chamánico— había sido quien la envió conmigo,
porque ya no sabía
qué más hacer con ella. Nadie le creía. Y me contó algo que me heló la
sangre por completo:
ese mismo fin de semana, mi amigo se había ido también a la playa y se
había llevado
a su asistente, que se llamaba igual que yo: Edgar.
—¿Quién es Edgar? —preguntó de repente, como si alguien más le
susurrara al oído.
—Soy yo —le respondí, confundido.
—No —dijo ella con firmeza—, ese otro Edgar… trabaja con un amigo
muy cercano a ti.
Está de viaje con él.
—Ah, sí —le dije—, sé de quién hablas. Trabaja con mi amigo.
—Pues él también está aquí con nosotros —me dijo, señalando el
espacio vacío a mi lado.
—No puede ser —le respondí—, está de viaje con mi amigo. Lo vi antes
de irme a la costa.
—Estaba de viaje, sí —me corrigió ella con voz muy suave pero segura
—, pero murió hoy al mediodía.
Se ahogó en el mar. Estaba tranquilo, no sufrió. Y solo quiere que le
digas a tu amigo
que no se sienta culpable: fue un accidente, porque se metió al agua sin
saber nadar.
Nadie pudo evitarlo. Apenas terminó de decirme eso, se levantó de golpe, bajó las escaleras
a toda velocidad,
salió a la calle y echó a correr bajo la luz de las farolas hasta perderse en
la oscuridad
de la noche. Me quedé ahí, solo, confundido y estremecido. Cerré el
consultorio con el velador
y regresé a casa, porque al día siguiente tenía que viajar a la Ciudad de
México. No dormí esa noche.
Cada sombra, cada silencio, me recordaba sus palabras.
Y fue precisamente en ese trayecto, cuando cruzaba por los primeros
pueblos de la autopista,
cuando recibí la llamada de mi amigo. Su voz se quebraba al otro lado
de la línea, como si
estuviera sosteniendo un llanto desde hacía horas:
—Amigo, ¿me puedes atender? Estoy destrozado. No sé cómo decirte
esto.
Le dije que sí, que respirara despacio, que estaba aquí. Y ahí, con el
corazón roto,
me confesó entre sollozos:
—Ayer en la playa ocurrió un accidente… Falleció Edgar, mi asistente…
se ahogó.
Se metió al agua solo y no sabía nadar. Es mi culpa, debí cuidarlo mejor.
Me orillé en el coche de inmediato, me detuve en el arcén, y en ese
instante todo cobró
un sentido terrible y asombroso: cada palabra, cada detalle, cada
nombre, cada hora que
aquella muchacha había esperado afuera… todo lo que me había dicho
la noche anterior…
era la verdad. Palabra por palabra. Hasta el día de hoy no tengo una explicación lógica para lo que sucedió
esa noche.
No puedo explicar cómo lo supo, ni por qué me eligió a mí como
mensajero. Solo sé que
ella percibía cosas que el resto de las personas no alcanzamos a ver; y
suele pasar que,
al no tener cabida en lo que solemos llamar "real"
, lo diferente se tacha
de locura sin
detenerse a comprender, sin preguntar, sin escuchar.
Tiempo después pregunté por ella, pues nunca volvió a la consulta. Lo
único que pude saber
es que la encontraron escondida bajo una banca en una iglesia del
centro de Cuernavaca, Morelos,
abrazada a sus dibujos, sin comer ni hablar. Y que posteriormente fue
trasladada e internada
en un hospital psiquiátrico de la Ciudad de México.
A veces, las personas que acuden a nosotros traen consigo vivencias
que no entendemos de entrada.
Pero quizá no nos corresponde explicarlas todas. Quizá solo nos
corresponde escucharlas.
Porque a veces, lo que parece locura para unos, es la única forma que
tiene el mundo invisible
de hablar con nosotros.
"Esta historia está basada en hechos reales.
"

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