Donde La Nieve No Guarda Nombres
No recuerdo mi nombre. No recuerdo mi edad. Ni siquiera recuerdo cómo llegué hast...
arrow_forward LeerQuiere una sopa de marisco. En casa nadie sabemos cómo hacerla así que, mientras mis hermanas y Madre miraban por la casa en los antiguos libros de recetas de la abuela, yo he ido a casa de la Guadalupe, que su marido es de Lugo, y que me ha dicho que sabe hacer una “que levanta a un muerto”. ¿A quién se le ocurre pedir una sopa caliente en mitad de agosto, que hace un calor que está Belcebú abanicándose? Ahí hemos salido de casa a to cisco a buscar los ingredientes. En el bar, Bernarda ha conseguido almejas que tenía Lucio congeladas, Madre ha conseguido merluza y cola de mero en la plaza, María se ha traído dos hojas bien grandes de estramonio de la verja de la finca y yo he convencido a la Fausta de que nos dejase unas cuantas gambas de la paella que va a hacerle a su nuera, que se le antojan cosas raras con el embarazo, como una paella en Extremadura. Cuando salgo por la puerta me para en seco y me lleva a un apartado. Me mira, me agarra el brazo con fuerza sin mediar palabra y me da un collar con una medalla de San Benito. No me deja irme hasta que ve que me la pongo.
Desde que tengo uso de razón, Padre ha sido muy claro con cómo debe ser la hora de la comida en casa. Siempre le han molestado los ruidos en la mesa. Al principio pedía pequeñas cosas, que no hablásemos con la boca llena, que no golpeásemos los cubiertos en el plato o no sorbiéramos agua del vaso. Pero cada vez iba de mal en peor, con que una de nosotras diera un mordisco con demasiadas ganas del corrusco del pan o tragase demasiado fuerte, se le levantaban unos dolores de cabeza que solo se le pasaban encerrándose a oscuras en el cuarto con las persianas echadas. Y con lo listo que es Padre, que es el contable que más trabaja de toda la comarca, no se puede permitir perder el día. Al principio probamos con los médicos, que le dieron unos tapones de cera que a Padre le picaban y no aguantaba con ellos puestos ni dos minutos, decían que no habían visto un caso igual. Así que probamos con el cura, que tampoco supo más que decirle que fuera a misa a diario, que le rezase a San Acacio o que le llevásemos a Lourdes. Cuando eso tampoco funcionó, Padre nos sentó a la mesa, sin comida de por medio, y nos confesó que tenía un demonio dentro. No pude evitar reírme y me cruzó la cara con tal fuerza que se me cortó la risa al instante y dejé de oír bien por tres días. Esa fue la primera vez.
Padre dijo que el demonio siempre ha estado ahí, que es muy pequeñito y se pone a saltar cada vez que alguien hace un ruido que no le gusta. Poco a poco se ha ido haciendo más fuerte y aunque a Padre le dañaba, también le agradecía a él su inteligencia. “Que no es de sangre, sino de que seríais vosotras tan burras”. Comenzó a comer primero él solo en la mesa con la puerta cerrada y luego nos hacía sentarnos las cuatro a la mesa a comer mientras iba andando alrededor nuestra y vigilaba nuestras bocas mientras comíamos. “Coméis como los guarrones del Manolo” decía y se acercaba lentamente hasta que podías olerle el aliento que le olía a melocotones podridos y fango desde que dejó de lavarse los dientes porque decía que sentía que el cepillo le araba el cráneo por dentro. Acercaba el oído a nuestros labios mientras en las manos sujetaba la escoba o el atizador de la estufa y escuchaba atentamente para ver si conseguíamos no hacer esos ruidos que tanto le enfurecían. Siempre fallábamos y él se iba encabronando, sus nudillos se emblanquecían mientras sujetaban aquella pala, o el mango de la sartén, como si se agarrasen a la vida misma. Y ahí perdía los papeles y nos molía a palos. El demonio digo, que se volvía loco.
Escondidas en la cocina, Madre lloraba en silencio mientras veía cómo nos verdeaban los moratones antiguos bajo los nuevos y empezamos a darle vueltas a la idea de cómo podíamos acabar con el problema de una vez. Padre, o su demonio, cada día estaba más fuera de sí. “¿Cómo hacéis esos ruidos tan horribles con esos agujeros asquerosos?” decía Padre, que ya por entonces hasta había dejado de ducharse, “la esponja me hace mal” y se paseaba lentamente por la casa, se escondía en las esquinas, esperando que una de nosotras respirase demasiado fuerte, tosiese o gritase al entrillarse el dedo en una puerta. Saltaba como un resorte, escoba alzada. Es curioso que los ruidos de las palizas que nos metía nunca parecieron molestarle. Ni los ronquidos que metía ahora que dormía en el despacho todo el día salvo cuando despertábamos al demonio con nuestros ruidos. Un día, me atreví a echarle agua del abrevadero en el oído, usando sus ronquidos para cubrir mis pasos, y aunque le dio una infección y la oreja morada e hinchada como un higo maduro le dolía a rabiar, la otra le funcionaba perfectamente. Le dio una fiebre terrible y fue peor en este caso la enfermedad que el remedio porque ya ni dormía y vigilaba los ruidos que hacíamos al dormir.
El mes pasado, Bernarda, que suspiró demasiado fuerte cuando se clavó la aguja de coser en el dedo, vio cómo corría hacia ella con la hoz y se tiró a un lado mientras el otro se estrellaba con la pared y se partía la nariz. En ese momento de confusión, con la aguja aún clavada en la yema del dedo, se la arrancó y la hundió bien hondo en su oído bueno. “Eso tuvo que perforarle el tímpano” dijo María mientras aprovechábamos para comer a toda velocidad con él inconsciente en el suelo. Según se despertó, se hurgó con los dedos y se sacó la aguja, que salió roja de sangre y cubierta de cera, y nos sonrió con las encías enrojecidas y llenas de llagas. Al momento se nos cortó a todas el apetito. Se levantó del suelo con la hoz en la mano y se fue al despacho sin dejar de mirarnos hasta cerrar la puerta tras de sí. Nosotras hicimos lo mismo encerrándonos en la cocina. Al rato entró por lo bajo de la puerta un papel grasiento en el que ponía lo que quería comer ese día. Cerdo estofado. Como si no hubiese pasado nada.
Así han pasado los días, con nosotras encerradas en la cocina y las notas entrando por debajo de la puerta. Ni la radio podemos poner para entretenernos. Nos sentamos a la mesa y nos miramos afirmando con la cabeza o suspirando en silencio hasta que se hace de noche y encendemos las velas. Hace ya tres semanas que no tenemos luz. La mayor parte de los días no oímos más que sus pasos por la casa o cuando no podemos contener un llanto y viene a golpear la puerta con la hoz. Llevamos sin verle desde entonces, abrimos la puerta y dejamos la comida en una bandeja en el suelo y al rato oímos cómo la trae de vuelta.
Solo salimos de la casa por la ventana de la cocina para conseguir los ingredientes y contarles a las vecinas cuando estamos bien lejos y no nos puede oír. Hace dos días, el alcalde y el cura convencieron a la guardia civil de que tirase la puerta abajo y se lo llevasen al hospital de Cáceres, pero en cuanto entraron le oímos perseguirles hasta la puerta y tapiarla por dentro con unos maderos cruzados. Por la ventana vimos al alcalde pálido como un muerto y al cura echarse el agua bendita en las manos sin dejar de santiguarse. No volvieron a intentarlo.
Esta mañana nos ha pedido sopa de marisco. Pero también nos ha pedido que saliésemos a comer con él. Hoy es su cumpleaños.
Abro la puerta con el cuchillo en la mano, Madre detrás mío lleva la sopa en un puchero alto de barro y detrás de ella María agarra la barra de pan con las dos manos y Bernarda lleva una botella de vino en una mano y en la otra un abridor. No está en la mesa. Ponemos el mantel y las copas buenas. La cubertería de plata del ajuar de su boda. Y nos sentamos a esperar las cuatro sentadas en el mismo lado de la mesa. Le olemos antes de verlo. Entra por la puerta detrás nuestro y sus pies se arrastran por la alfombra. Cuando se pone delante nuestro intentamos no mirarle. Por suerte los tablones de armario que ha clavado en las ventanas no dejan pasar mucha luz. Nos hemos dejado las velas en la cocina aposta. Lo primero que veo de él son sus manos costrosas arrastrarse al centro de la mesa y coger la barra de pan. La parte por la mitad y la desgarra tirando lentamente como desea hacernos a cada una de nosotras. Es mi turno. Para algo soy la hija mayor. Con el cuchillo escondido en la mano izquierda me acerco hasta la mitad de la mesa y con la mano derecha quito la tapa del puchero y meto el cazo hasta el fondo. ¿Acaba de relamerse? Gimi, aguanta, por Dios. La sopa rebosa del cazo y cae sobre la mesa. Me preparo para su ataque, pero no pasa nada. Le sirvo. “Ponme más marisco” dice una voz flemosa y profunda. La mano me tiembla. María me la agarra y en ese momento giro la cabeza y nos miramos. Cojo aire sin hacer ningún ruido y le echo otro cazo lleno a rebosar de almejas brillantes, merluza, gambas, rape y estramonio. El plato rebosa. Me quedo en el sitio. “¿Qué es esto verde?”. Silencio. “Tu padre te ha hecho una pregunta”. “Espinaca, cariño. Que es temporada” Dice mi madre sonriendo. “¿Desde cuándo lleva espinaca la sopa de marisco?” regurgita la voz podrida y mi madre, a la que todas miramos paralizadas, le mira, sonríe y estira su mano por la mesa hasta cogerle la mano “Bernarda dice que en Lugo se hace con berza, pero no hemos encontrado”. La cuchara se hunde en el plato. El metal roza la porcelana. La boca sorbe. Esa boca chupa la cabeza de la gamba. La aspira como quien coge aire. Esa boca rumia la carne de los animales. La tritura. La mano pustulosa suelta la de mi madre para agarrar el pan y hundirlo en el caldo rojizo. Ella no deja de mirarle para que el resto no tengamos que hacerlo “¿Está bueno, mi vida?” Oigo cómo el plato se levanta de la mesa y me preparo para el impacto de la porcelana contra la pared, pero lo que oigo es cómo bebe directamente del plato. “quiero más” dice mientras agarra el puchero por las asas y se lo lleva directamente a la boca. No puedo evitar mirar y sonreírme. El ojo que se le ve, el otro está cerrado con unas legañas espesas como la manteca, tiene la pupila negra y gigantesca. El estramonio ya hace efecto. Qué rápido. El caldo le cae por el pecho junto a las almejas y el pescado que se esparcen por todo el mantel. De repente se dobla de dolor sobre la mesa y vomita mientras nos levantamos de la mesa. Sorpresa, Padre. El ojo nos mira a todas acusatorio. Intenta hablar, pero vomita de nuevo. El charco se expande por el suelo alrededor suyo. Rebosa de él. Nosotras nos miramos y sonreímos. Empiezo yo, tosiendo. El ojo me mira. Las manos intentan agarrar mi cuello, pero ese cuerpo ya no puede levantarse de la silla. Continúa Bernarda, que saca un pañuelo y se suena los mocos. Padre se retuerce, no sé si de la tortura a la que le estamos sometiendo, si del demonio que le baila o si son convulsiones. María saca del bolsillo del mandil una manzana y comienza a morderla y sorberla. El ojo la sigue mientras María se regodea haciendo todos los ruidos que puede mientras el resto reímos, bailamos, cantamos. Por último, Madre hace un rebujo de los buenos en la garganta, lo construye con todo el odio y todo el daño y le suelta un gargajo bien flemoso y espeso que vuela hasta su cara. Ya no se mueve. Parece que no respira. Como yo tengo el cuchillo, soy la que me acerco y soy la última mujer en esta familia que va a tocar a este malnacido. No tiene pulso.
No le vamos a enterrar. Le vamos a envolver en el mantel, le arrastraremos a mitad de la finca y ahí le prenderemos fuego. Ni los pobres buitres se merecen una carne tan llena de mal. Lo que quede, nos pidió el cura que lo metiéramos en una caja de madera que se pueda cerrar, que selláramos todas las juntas con cera y le atáramos crucifijos con alambre. Luego que lo dejáramos ahí sin tocarlo y nos laváramos con agua bendita. Tenemos que esperar al menos una semana a que vengan del Vaticano a por él.
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