Sonia Cotes

Microrrelato

La María Farina

person Sonia Cotes

La María Farina

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La María Farina

El bullicio comenzó temprano ese día, como era costumbre cada año durante las fiestas patronales de la Virgen. Lorenzo se despertó con la primera luz del alba, ansioso por prepararse para la ocasión. Se vistió con la guayabera blanca que había adquirido en la boutique del árabe. Era la segunda vez que la usaba para recibir la vela que el padre Facundo entregaba a los devotos durante la primera misa de la festividad.

—¡Por todos los santos, Lorenzo! ¿No crees que es muy temprano para bañarte en María Farina? —exclamó Julieta, la esposa de Lorenzo, mientras tosía repetidamente—. No solo vas a despertar a los niños o a los pocos vecinos que duermen plácidamente, sino que, con tal derroche de perfume, podrías despertar hasta a la mismísima Virgen. Tú, que siempre me hablas de discreción, ¿dónde has dejado la tuya ahora?

Lorenzo apretó los labios, visiblemente incómodo. Separó el frasco de perfume de su cuello con un movimiento ligero, como quien tira una piedra y esconde la mano. Luego, con cuidado, envolvió el frasco en un paño tejido con fibras de maguey blanco y lo guardó en uno de los cajones del escaparate.

Aunque Lorenzo no entendía del todo el enojo de Julieta, quien por lo general estaba alegre y la mayoría del tiempo se paseaba por la plaza del pueblo con una sonrisa serena en sus labios pintados de rojo escarlata, recordó que la primera vez que la vio, su expresión irradiaba una tranquilidad casi celestial.

Se preguntaba qué podría haberla molestado tanto, especialmente en un día sagrado. ¿Dónde había quedado la musa que le daba sentido a su despertar, el sol que iluminaba sus mañanas? Le resultaba extraño que repudiara el aroma que, en el pasado, había sido motivo de halagos y admiración.

Recordó una carta que Julieta le había escrito cuando aún eran novios, en la que destacaba el encanto de su fragancia. Además, ¿a quién no le gusta el aroma de María Farina?, pensó Lorenzo. Evocaba las mañanas de primavera en Italia, los narcisos silvestres y las hojas de naranjo recién mojadas por la lluvia.

Antes de salir de la habitación, le dio un beso en la frente, abrazó sus caderas y le susurró al oído:

—Nos vemos más tarde, mi caderona. Te traeré agua bendita para el malhumor.

—No necesito más agua que la que caerá del cielo a cántaros en este día. Vuelve, por favor, antes de que empiece el aguacero —dijo ella con un tono impetuoso.

—Por favor, mujer, tantos años viviendo en la Ciudad de las Perlas, ¿y cuándo has visto llover en el día de la Virgen?

—Las cabañuelas nunca se equivocan —le respondió Julieta mientras se acomodaba la bata.

—No creo en esas predicciones, amada mía —dijo Lorenzo, acercándose nuevamente a su esposa.

Julieta practicaba un antiguo método de predicción del tiempo, uno que se había transmitido de generación en generación. Observaba meticulosamente el comportamiento del clima durante los primeros días de enero. Si el primero de enero amanecía soleado, el calor de enero estaba asegurado. Si el segundo día se tornaba lluvioso, presagiaba que febrero traería en sus regazos días de lluvias.

Así, al llegar el segundo día de febrero, cuando el primer canto del gallo anunciaba la mañana, Julieta se apresuró a asomarse por la ventana. Allí, en el cielo, las nubes se posaban, estampando formas color ceniza. La brisa, que nunca estaba sola sino acompañada de una refinada arena, se había marchado al amanecer de ese día. Inmersa en sus dones ancestrales y en la creencia de que los presagios no podían fallar, Julieta ya daba por sentadas las lluvias.

Lorenzo se acercó para darle un último beso en la mejilla y concluyó:

—Te veré más tarde. Alista a los muchachos para ir a la procesión cuando regrese.

Al salir de su casa, Lorenzo se encontró a Rogelio, quien estaba vestido con un traje entero de color gris claro. Lorenzo quedó impresionado al ver el abundante sudor que brotaba de la cara de Rogelio, quien parecía asarse dentro de su atuendo. Rogelio le explicó, mientras caminaban, que el traje era una herencia de su padre, lo que hizo que Lorenzo se sorprendiera aún más al notar la corta longitud de las mangas en comparación con sus largos brazos.

—¡Hoy será un día muy caluroso! —exclamó Rogelio, secándose la frente con un pañuelo empapado en María Farina.

Lorenzo recordó de inmediato a Julieta y su inexplicable enojo. Se preguntó por qué le había molestado tanto el olor de su perfume más preciado. ¿Qué había hecho para amargarla tanto?, especialmente sabiendo que en esta región hombre que se respete debe oler a María Farina.

Al llegar a la plaza, Lorenzo se encontró con la mayoría de los habitantes masculinos del pueblo. Allí estaba Don Octavio, el comerciante que vendía mercancías importadas. Lorenzo le tenía aprecio, ya que su actividad había llevado a que Julieta se viera sin la necesidad de viajar una hora hasta la ciudad donde comerciaban los árabes, quienes hasta entonces eran los únicos que ofrecían artículos sofisticados.

También estaba Don Chepe, el dueño de la pescadería, cuyo establecimiento permanecía cerrado. Le explicó a Lorenzo que en el día de la Virgen se respeta el mar, y los pescadores aprovechan la ocasión para asistir a las festividades y emborracharse. Como resultado, no se vería ni una sola alma en el mar ese día.

—El día de la patrona, el mar se convierte en un santuario —añadió Don Chepe—. Las damas distinguidas suelen acudir antes del ocaso para lanzar flores blancas al mar.

Pocos le prestaban atención a las historias de Don Chepe, que, como si los presentes desconocieran lo ocurrido, continuó:

—Esta es una tradición muy antigua. Comenzó durante la colonia española. En un día aciago, un maremoto azotó sin clemencia las calles del pueblo. Entonces, los devotos desesperados sacaron la imagen de la Virgen en andas y la pasearon por toda la orilla sumergida, donde su corona se cayó. Tras ese accidente se consumó el milagro: tan pronto como la corona tocó el mar, la tormenta cesó y las aguas retrocedieron. Y termino diciendo: bendita sea la Vieja Mello, como le decían de cariño a la Virgen de los Remedios.

En esta pequeña ciudad costera, era costumbre que los habitantes, como muestra de proximidad y cariño, tuvieran un apodo. Así, Vicente Torres se convirtió en Don Chepe, y la Virgen de los Remedios pasó a ser conocida como la Vieja Mello.

Lorenzo observó cómo todos los hombres con los que había hablado esa mañana estaban embebidos en sudor; literalmente, sudaban María Farina bajo los 35 grados que marcaba el termómetro a tempranas horas de la mañana. Su mente volvió a Julieta y pensó que, en el instante en que el padre Facundo le entregara la vela y le diera la bendición, cerraría los ojos y le pediría a la Virgen el milagro de calmar el desdén de su esposa y su repentino desprecio hacia la María Farina.

Estando todavía dentro de la iglesia, un relámpago que estremeció las paredes desató un bullicio entre los feligreses.

—Parece que va a llover, hijos míos. ¡Dios quiere lavarnos nuestros pecados! —exclamó el padre Facundo, tratando de calmar a la congregación.

No obstante, las vocerías y el olor a María Farina de los presentes inundaban los recintos de la catedral.

—¡Silencio! —gritó el padre—. Hagamos un minuto de silencio para que estas festividades se celebren en paz y la Virgen nos haga el milagro de apartar la lluvia.

Lorenzo se arrodilló frente a la Virgen, y a su lado estaba Don Horacio, que parecía estar en una especie de trance, suplicando con murmullos incomprensibles. Lorenzo se quedó mirando fijamente la cara de la Virgen y, de repente, recordó el rostro angelical de Julieta. Aclamó a la Virgen para que cumpliera los deseos del corazón de su esposa y, asimismo, le concediera una pizca divina de su gracia, para que ella encontrara felicidad.

Y fue entonces cuando otro trueno estalló, causando un estruendo semejante al de una explosión que sacudió cada rincón de la iglesia. Aun con los ojos cerrados y los dedos enterrados en sus oídos, pudo escuchar la prisa de la gente desesperada por salir al mismo tiempo por la puerta.

Cuando abrió los ojos, vio la corona de la Virgen caída a sus pies. Se levantó de un tirón y, en un acto de inercia, se agachó para recogerla. Sin embargo, la agilidad del padre Facundo le tomó la delantera.

—Pobre Virgen —murmuró el padre con voz melancólica—. Se ha quedado sin corona y nosotros, sin milagro.

La lluvia no se hizo esperar, y las pesadas gotas resonaban en el alto techo de la catedral, opacando las voces y provocando un aparente silencio. Lorenzo esperó unos minutos sentado junto al diván, hasta que Don Horacio le hizo una seña para salir por la puerta de atrás.

Salieron caminando rumbo a la calle ancha. Poco antes de llegar a su casa, Lorenzo se detuvo en el único comercio abierto. Allí encontró, entre otras cosas, las galletas de vainilla que tanto le gustaban a Julieta.

Tenía la esperanza de que escampara antes de llegar a su casa, pero la lluvia no daba tregua. Mientras avanzaba, sentía cómo el agua se escurría por su cuerpo, y el aroma a María Farina se desvanecía bajo la tela de lino de su elegante camisa, adornada con cuatro bolsillos bordados a mano. Era evidente que el padre Facundo tenía razón al decir que Dios quería lavar sus pecados; sin embargo, lo que realmente estaba decantando era el olor a María Farina que lo envolvía.

Cuando abrió la puerta de su casa, Lorenzo se sintió aliviado. La lluvia había complacido los deseos de Julieta, y ahora no emanaba de sus poros olor alguno que su amada pudiera despreciar.

Julieta estaba sentada con un rosario en las manos, en un cómodo mecedor de mimbre, cuando Lorenzo llegó, empapado de pies a cabeza y apresurado. Estiró los brazos para entregarle las galletas que tanto disfrutaba. En su prisa, no se percató de la presencia de sus dos hijos, que lo esperaban vestidos para la procesión.

Julieta aún no había recibido el paquete cuando salió corriendo, cubriéndose la boca con las manos y gritando:

—¡Aleja ese olor a vainilla de mí!

Haciendo mímicas de repulsión, no logró llegar al baño a tiempo y terminó depositando en una vasija al lado de la cocina lo poco que había comido en el desayuno.

Con una voz chillona, aunque moderada, uno de sus hijos comentó con gracia:

—Parece que a nuestra madre se le ha cumplido su deseo; y ahora seremos tres.

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