Reato publicado en Antología Winged 2021

 

Una familia regresaba de la ciudad a su pueblo con las provisiones de la semana. Viajaban en una vieja carreta tirada por un caballo flaco, recorriendo el peligroso y solitario camino de regreso a casa. Se les había hecho tarde y, para empeorar su suerte, una lluvia repentina e intensa los sorprendió a mitad del trayecto.

Empapados, soportando el frío y consumidos por el miedo, los padres y sus tres hijos observaban cómo la carretera se volvía cada vez más oscura y fangosa. Los relámpagos iluminaban por instantes los árboles del camino, mientras los estruendos del cielo hacían temblar a los pequeños.

Entonces, justo frente al cementerio abandonado que se encontraba a la entrada del pueblo, una de las ruedas de la carreta quedó atrapada en el fango.

La esposa, que acurrucaba entre sus brazos a su hijo de un año, descendió maldiciendo a gritos. Su esposo trató de tranquilizarla mientras los dos niños mayores permanecían sobre la carreta, tiritando y observando con terror la oscuridad que los rodeaba. Los grandes algarrobos y la maleza que invadía el estrecho camino proyectaban sombras deformes y escalofriantes.

—¡Mierda! ¡Maldita bestia del demonio, camina! —gritó la mujer, tirando de la soga con una sola mano.

—¡Basta, mujer! —la detuvo el hombre—. No deberías maldecir de esa manera. No es culpa del animal. La rueda está atascada y ha sido un viaje muy largo para él. Ha pasado demasiadas horas bajo el sol y...

Las palabras murieron en su garganta.

Detrás de sus hijos, sentada sobre la carreta, había una mujer vestida completamente de negro.

—¡Tú y esta bestia deberían casarse! —continuó gritando su esposa, sin advertir el terror dibujado en el rostro de su marido—. Son tal para cual: ¡dos haraganes de mierda!

El hombre tragó saliva, se acercó a sus hijos y les pidió que descendieran con cuidado.

—Solo caminaremos unos minutos, mis niños —les dijo, procurando que no miraran hacia atrás.

—¿Caminar? —exclamó su esposa, cada vez más enfurecida—. ¿Te has dado cuenta de que todavía faltan más de veinte minutos para llegar? ¡Estás loco! Atravesemos este asqueroso cementerio y llegaremos mucho más rápido.

Señaló el sendero que cruzaba entre las tumbas.

Los niños ya habían descubierto a la extraña mujer sentada en la carreta. Se sobresaltaron y se aferraron con fuerza a su padre para no gritar.

—Caminemos por el sendero principal, por favor —insistió el hombre con aparente calma, aunque el miedo le oprimía el pecho.

Pero su esposa volvió a señalar el cementerio.

—¡Maldito cobarde! No me digas que todavía crees en los cuentos estúpidos que contaban tus padres. ¡Demuestra que tienes huevos y camina!

Sus gritos asustaron al bebé, que comenzó a llorar desconsoladamente. La mujer, fuera de sí, lo sacudió entre sus brazos con impaciencia.

—¡Mira lo que provocas! —le reclamó a su marido—. Ahora tengo que soportar los chillidos de este mocoso malcriado.

En un parpadeo, la mujer de negro apareció detrás de ella.

—No eres una buena madre —susurró.

Colocó sus manos huesudas sobre los hombros de la mujer. Sus uñas, largas y negras, parecían cuchillas.

El hombre la reconoció.

Sus padres le habían advertido sobre aquella criatura: un demonio que se alimentaba de la agresividad de las esposas y del desamor de las madres.

—Mi señora —dijo, sin soltar a sus hijos—, solo queremos regresar a casa.

Su esposa permaneció inmóvil. Sintió cómo las uñas atravesaban su ropa y se hundían lentamente en su carne. El dolor era insoportable, pero no podía gritar. Solo percibía aquellas puntas afiladas acercándose a sus huesos.

—¿Por qué tienes miedo? —preguntó la mujer de negro con una voz que parecía provenir de una tumba.

—Es por el frío, mi señora. Como puede ver, la lluvia nos ha empapado y el viento está congelando a mis hijos. Sufrirán las consecuencias si no regresamos pronto al sendero.

—¿Qué te detiene?

—Mi e-esposa... y mi pequeño —respondió, arrodillándose.

—Llévate al niño. Ella se queda.

Nunca debía contradecirla. Eso también se lo habían advertido sus padres. Aunque no quería abandonar a su esposa, debía pensar en los tres niños, que lloraban aterrorizados junto a él.

Con el corazón destrozado, les pidió que mantuvieran la mirada en el suelo y no se separaran de su lado. Después se acercó a su mujer, que lo contemplaba con una súplica desesperada, y arrancó al bebé de sus brazos.

Agradeció al espectro y se dispuso a volver al sendero, pero la mujer de negro señaló el cementerio.

—Por ahí llegarán más rápido.

El hombre dejó correr sus lágrimas. Abrazó al bebé contra su pecho y, con sus otros dos hijos aferrados a sus costados, avanzó hacia aquellas tierras prohibidas donde, según las historias, todo el que entraba encontraba la muerte.

—Pase lo que pase, no abran los ojos. Confíen en su padre —suplicó con voz quebrada.

Cruzaron la entrada del cementerio mientras detrás de ellos se escuchaban los lamentos de su esposa, que todavía permanecía inmóvil y le rogaba que no la abandonara.

Escucharla le partía el alma, pero no podía detenerse. Ni siquiera el grito aterrador que salió de la garganta de la mujer, maldiciéndolo con su último aliento, consiguió hacerlo volver la mirada.

La lluvia continuaba cayendo. Cada vez que un relámpago iluminaba el cielo, el padre aceleraba el paso por aquel sendero menos fangoso. Sin embargo, también alcanzaba a contemplar cosas que jamás podría borrar de su memoria.

Sombras que caminaban entre las tumbas.

Manos que emergían de la tierra.

Rostros pálidos que observaban desde detrás de las cruces.

En aquellas tierras malditas, las almas atormentadas no perdonaban a quien las perturbaba.

¿Quién podría auxiliarlos?

¿Quién imaginaría que los gritos que se mezclaban con los aullidos de los animales del campo pertenecían a una familia que intentaba escapar de la muerte?


A la mañana siguiente, el velador del cementerio llegó con su esposa y sus hijos para revisar los daños ocasionados por la tormenta. Estaban acostumbrados a encontrar ramas caídas y tumbas abiertas durante la temporada de lluvia, pero aquella mañana se llevarían el susto de sus vidas.

Junto a la entrada, sobre un charco de sangre, encontraron el cuerpo de una mujer atravesado por una enorme estaca desde la cabeza hasta la entrepierna. Su rostro conservaba una expresión de terror y, en el centro del pecho, había un hueco abierto.

Le habían arrancado el corazón.

—¡Dios bendito! —gritó la esposa del guardián.

Sus hijos tuvieron que sostenerla para evitar que cayera. Ellos también temblaban ante aquella escena y deseaban marcharse, pero el velador insistió en recorrer el interior antes de informar de lo sucedido.

A simple vista, el cementerio parecía un terreno abandonado, silencioso y cubierto por la maleza. Entre las cruces dispersas aún podían verse pequeñas lápidas conmemorativas que sus antepasados habían colocado para calmar la ira de las almas atormentadas.

Avanzaron con cautela.

En medio del fango y las hojas secas descubrieron una pequeña mano.

El guardián, tratando de aparentar valentía, se agachó y la tocó con una vara.

La mano se movió.

—¡Sigue vivo! —gritó—. ¡Rápido, caven!

Todos comenzaron a retirar el barro con las manos hasta descubrir el cuerpo frío y azulado de uno de los hijos del desafortunado hombre.

Retrocedieron horrorizados.

Estaban a punto de correr hacia la salida cuando un grito espeluznante los paralizó. Miraron en todas direcciones y descubrieron unas huellas marcadas en el lodo. Las siguieron mientras observaban, al otro lado del terreno, el sendero que conducía hacia el pueblo.

Unos metros más adelante, junto a una lápida carcomida, escucharon el grito de una niña.

Se acercaron.

Solo encontraron su cabeza.

Ya no quisieron ver nada más.

Corrieron hacia la salida pidiendo ayuda, pero el llanto desgarrador de un bebé volvió a detenerlos.

—Está cerca —dijo la madre, sujetando a su esposo.

—Ya debe estar muerto, como los demás —respondió él con firmeza—. No te dejes engañar por las ilusiones de este lugar.

—¡Por favor! —suplicó ella—. Podría seguir con vida.

Un nuevo llanto surgió detrás de un tronco grueso y partido por la mitad. Aunque el miedo les ordenaba huir, se acercaron.

Allí encontraron a un niño de un año llorando entre los brazos de su padre muerto. El hombre no tenía piernas y en su rostro se extendían profundas heridas semejantes a cortes de cuchillas.

Sin dejar de temblar, la esposa del velador tomó al bebé entre sus brazos. Aparentemente estaba sano.

¿Podía tratarse de un milagro?

Se miraron en silencio.

Entonces descubrieron a una mujer vestida de negro, arrodillada junto al cadáver del padre.

Lloraba.

—Llévate al niño si quieres —dijo con una voz espeluznante—. Pero tus hombres se quedarán conmigo.

La madre bajó la mirada hacia el pequeño.

Ya no sostenía a un bebé vivo.

Entre sus brazos había un cadáver carbonizado.

Horrorizada, lo dejó caer y corrió junto a su esposo y sus hijos hacia la salida del cementerio.

Tiempo después, un sacerdote extranjero llegó al pueblo para bendecir el lugar y colocar cruces sagradas alrededor de sus límites. Con el paso de los años, la maleza cubrió por completo el cementerio y lo convirtió en un sitio todavía más peligroso.

Sin embargo, cuando los últimos pobladores murieron y el pueblo quedó abandonado, nadie volvió a temerle.

Nadie, excepto aquellos que, durante las noches de tormenta, todavía escuchaban llorar a un niño entre las tumbas... y la voz de una mujer que susurraba desde la oscuridad:

—Llévate al niño si quieres. Pero tus hombres se quedarán conmigo.