Sonia Cotes

Drama

El Manto

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El Manto

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No es verdad lo que dijo mi abuela, porque lo que en verdad me entristeció fueron las risas y burlas retorcidas de mis compañeras de clase el día que llegué vestida de negro al recinto del salón. La hermana Carmencita, de ojos saltones y piernas cortas, trató de imponer silencio, rogándoles compostura, pero su voz, tan pequeña como su figura, fue un murmullo ahogado entre la tempestad de carcajadas. Las niñas, salvajes y crudas, como alimañas sin compasión, rompían el aire y no callaban su risa. Con la jerga mordaz entre sus dientes, me invitaban a ser parte del desorden.

Me puse a llorar mientras la hermana Carmencita insistía. Fue entonces cuando reparé que se me afligió el corazón; se me puso tan chiquito que apenas lo sentía. Lloré. Y las lágrimas me quemaban las mejillas y reposaban en mi boca. La hermana Carmencita me enterraba su mirada, esos ojos de ternero huérfano, grandes y oscuros, cargados de una lástima que era peor que el desparpajo.

Y entonces sucedió: se me desvaneció el corazón, y mi pecho, desde entonces, quedó vacío. Mi cara adoptó el color ceniciento de los muertos y el aire se volvió una piedra en mi garganta. La hermana Carmencita me sacó del salón a empujones, con prisa torpe, y me sentó en una poltrona en la oficina de la madre superiora. Ella, con sus manos arrugadas y temblorosas, intentaba limpiar las lágrimas que se amontonaban en la comisura de mis labios. También me dio una colombina, para calmar el llanto acumulado que brotaba en pila de mi pecho vacío y me hacía desahogar un sollozo, uno que, aunque alto, parecía mudo, como si no supiera cómo pronunciar palabras.

«Toma este caramelo, cariño, y verás cómo se te irá el coraje», me dijo con una voz dulce que era la primera vez que escuchaba. Siempre había creído que la madre superiora era una especie de villana disfrazada de santa. A ratos llegué a odiarla más que al sentimiento que ahora me invadía, especialmente cuando nos formaba bajo el sol inclemente del mediodía, aquel que derretía la gomina que mi madre me untaba para fijar los rizos. Esa misma gomina que, cada domingo, embarraba la peinilla de palito que usaba mi madre para poner los rulos a mi abuela.

Me quedé toda la tarde postrada en la poltrona de cuero, que olía a incienso y a mujer vieja, hasta que vinieron a buscarme. Cuando llegué a la casa, todo seguía en silencio. Se habían ido las risas inocentes de mis primos en el patio, el estrépito de los trastes que solía adueñarse del aire cuando mi abuela cocinaba y el tono animado de las voces. Casi nadie hablaba, y cuando lo hacían, era en susurros, como si estuviera prohibido bosticar las palabras.

Mi abuela estaba sentada en su mecedor, en la sala de visitas que daba al patio. Cuando me acerqué para entregarle la carta que la madre superiora había escrito para ella, comenzó a llorar. Lloraba alto, con lamentos que se alargaban, como si al salir de su boca las palabras se deshilacharan en el aire. No llevaba puestos sus espejuelos, así que le pasó la carta a mi tía Cista para que le leyera las noticias.

«¿Cómo te parece lo de las monjas? Que no se puede cambiar el uniforme de la institución y que no es aceptable enviar a una niña vestida con un mantón negro. Que mañana debe ir portando su uniforme o no podrá ingresar».

Mi abuela las maldijo, las llamó indolentes y escupió la carta. «Esa gente no es de Dios», repetía entre sollozos, mientras continuaba llorando.

No volví a la escuela después de ese día. Escondieron mis vestidos de flores y los chalecos de colores que me bordaba mi madre. También escondieron el único televisor donde veía caricaturas mientras mojaba el pan en el café cada mañana. No volví a jugar a la pelota con los niños del barrio. Solo salía al cementerio, cubierta por un manto negro, una vez cada martes.

Aquella tarde de domingo, mi abuela, con los rulos todavía húmedos y el tabaco consumiéndose entre sus dedos, se balanceaba en su mecedor viejo, frente a la puerta que daba al patio. Yo jugaba debajo del frondoso árbol de mango al ula ula con mis primos, rodeada de risas y polvo caliente. Entonces llegaron los gritos, al principio ordinarios, histéricos, y después el llanto, un aullido que erizó mi piel. Más tarde, los golpes secos: mi tía Cista estampando su cabeza contra la pared.

«No puede ser», gritó mi abuela y salió corriendo hasta el árbol de mango, recién parido por la época de mayo. Me abrazó tan fuerte que mis costillas se enterraron en su pellejo flojo. Sus lágrimas, todavía calientes, caían sobre mi espalda, y el roce áspero de sus manos encallecidas me empañaba la piel descubierta. Con voz entrecortada y urgente, me dijo que mi madre había muerto en un accidente.

No pude moverme. El mundo parecía estancado, viscoso, irreal. Intenté llorar, pero no encontré las lágrimas. Cerré los ojos y los apreté con fuerza, tratando de exprimir alguna gota de emoción, pero solo había un vacío seco. Quise hacer una mueca, torcer mi cara, pero ni eso salió. Me quedé rígida, mirando el patio y el polvo que flotaba en la luz de la tarde.

«Mira, Cista, quedó triste la niña», dijo mi abuela. Pero no le creí, no era tristeza. Era otra cosa, algo oscuro y callado que me envolvía, un vacío espeluznante que se pegaba a mi carne como una segunda piel.

Cuando por fin me soltó, sentí la falta de su olor, una mezcla de tabaco y requiebro. Extrañé el sonido rasposo de su lamento, el zumbido de su queja, el sabor de la pena insignificante y sin gusto. Me quedé lela, ajena a mis propios movimientos, viendo pasar ante mis ojos la tragedia que se volvía insoportable.

Mi tía seguía golpeándose la cabeza contra la pared, mientras un vecino intentaba detenerla, abrazándola por la espalda como si estuviera exorcizándola de algún mal.

Yo estaba ahí, sin presencia, aturdida entre una multitud que arropaba la iluminada sala. Comencé a sentirme acalorada, pero no triste, como había dicho mi abuela.

Al cumplirse las nueve noches después del accidente, mi abuela me cerró en un luto intenso. Me cosió un manto negro, similar al que usaba la madre superiora, y dispuso que sería mi único atuendo. No podía bailar, ni cantar, ni jugar con mis primos, me advirtió con una solemnidad irrevocable. Era como si mi infancia hubiera quedado enterrada en el cementerio, junto al ataúd de mi madre. Lo único que me alentaba era la idea de volver al colegio, de escapar del silencio pesado de la casa, del llanto constante, del desaliento que flotaba como un humo denso y de los chichones que mi tía Cista se hacía contra las paredes, sumida en un dolor que dentro de mí se volvía cínico.

Esa tarde, al regresar de la escuela, mi abuela me miró a los ojos. En su mirada acuosa y lánguida había algo que nunca antes había visto, una resignación húmeda que pesaba más que el luto. Me sentó en sus piernas, como lo hacía mi madre para peinarme cuando era más niña, y lo dijo otra vez, pero esta vez su voz era diferente: apagada, fúnebre, carente de fervor.

«No estés triste, mijita. Esas monjas no saben lo que es perder a un ser querido. Desde hoy, pasarás el luto en casa, te sentirás mejor», dijo mi abuela.

Pero no era verdad. No era tristeza.

No podía estar triste alguien vacío, alguien a quien le habían arrancado las entrañas para dejar, en su lugar, un hueco oscuro y frío donde antes latía algo vivo.

No era tristeza; era algo más. Un sentimiento visceral, denso y devastador, que, como un fuego insaciable, se arraigaba en lo profundo del pecho. Me desprecié mientras me protegía tras el escudo, indiferente al cinismo que crecía en el vacío frío que ocupaba lo que alguna vez fue mi corazón. Y me abismé bajo mi propia condición porque, en eso, me parecía a las monjas: incapaz de reconocer mi propio dolor.

 

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