Locura Traición Y Muerte 3 Consecuencias Por Avaricia
Locura, traición y muerte La leyenda del tesoro oculto en las entrañas de la Pe&n...
arrow_forward LeerGeneral
La avaricia te lleva a la pérdida total del sentido común y el amor al prójimo
La leyenda del tesoro oculto en las entrañas de la Peña de Bernal llevaba años circulando por el pueblo, pero las restricciones eran claras: los guardias vigilaban los accesos y estaba estrictamente prohibido subir de noche por los riscos. Sin embargo, para Juan, Marcos y Sebastián, la advertencia solo era un estorbo frente a la promesa de riqueza.
Aprovechando la medianoche y la oscuridad cerrada que cubría el monolito, se adentraron a escondidas por veredas poco transitadas, esquivando la caseta de vigilancia con el corazón latiendo a prisa. La subida fue pesada, empinada y traicionera, arañándose las manos contra la piedra fría y la maleza.
Contra todo pronóstico, mientras bordeaban una zona de sombras profundas que la luz de la luna apenas rozaba, Sebastián detuvo a los demás. Frente a ellos, oculta tras unos matorrales espesos, se abría la boca negruzca de una cueva. El aire que salía de su interior era extrañamente denso, con un olor a tierra vieja y mineral frío.
Sin pensarlo dos veces, perdiendo el sentido común ante la fiebre del oro, los tres encendieron sus lámparas y decidieron meterse a las entrañas de la Peña.
El haz de luz de las lámparas temblaba contra las paredes húmedas mientras avanzaban por el túnel angosto. Al fondo, un resplandor intermitente, dorado y pulsante, iluminaba la oscuridad. Los tres sentían el corazón en la garganta, convencidos de que por fin habían dado con el mítico tesoro.
Pero al llegar al fondo de la cavidad, el brillo no venía de montones de monedas de oro ni de joyas antiguas.
Allí, prisionero bajo una estructura de piedra y energía extraña, había un ser de otro mundo, un extraterrestre con una piel translúcida que destellaba luz propia. No era un tesoro material; era un viajero cósmico atrapado junto a su nave. Al verle, los tres amigos reaccionaron de forma distinta: Sebastián quiso destruirlo, Marcos vio la oportunidad de obtener fama y dinero, y Juan sintió compasión.
El primero en sufrir la tragedia fue Sebastián. Tomando una pesada barra de hierro que encontró en la entrada, se abalanzó furioso para golpear a la criatura. Pero al acercarse con el metal, ignoraba que la tecnología de la nave funcionaba con un campo magnético descomunal. En un parpadeo, un tirón invisible lo absorbió con violencia; el magnetismo lo jaló de golpe y lo dejó prensado y sin vida entre la pesada barra y el fuselaje de la nave, encontrando una muerte instantánea.
Al ver morir a su amigo de esa forma tan horrorosa, Marcos sintió que el pánico lo dominaba, pero la traición pudo más que el miedo. En lugar de reflexionar, su mente oscura maquinó un plan para salvarse y culpar a los demás. Corrió despavorido pendiente abajo por la Peña de Bernal hasta llegar con las autoridades.
Llevó a la policía de vuelta a la cueva, pero mintió descaradamente, echándole toda la culpa a Juan: aseguró que habían discutido por ambición y que Juan había asesinado brutalmente a Sebastián a golpes con una barra de hierro.
Sin embargo, cuando los policías entraron a la cueva guiados por Marcos, la sorpresa fue aterradora: la nave y el extraterrestre habían desaparecido por completo sin dejar rastro. Lo único que encontraron en el suelo frío fue el cuerpo sin vida de Sebastián, con las marcas imposibles de aquel impacto magnético. No había rastro de Juan ni de pelea humana alguna.
Al verse descubierto en su mentira y acorralado por las sospechas de los oficiales que lo miraban con desconfianza, el terror se apoderó de Marcos. Sintiendo que la culpa, el miedo y las consecuencias de su propia traición lo ahogaban, dio media vuelta y huyó despavorido en plena oscuridad, perdiendo totalmente la razón. En su loca carrera por escapar del terror que él mismo había sembrado, Marcos dio un mal paso al borde del voladero y cayó al abismo de la Peña, encontrando una muerte solitaria y merecida.
Mientras tanto, Juan, quien había permanecido fiel a su compasión y a su sentido común, ayudó pacientemente a liberar al ser sin usar armas de metal. Al verse libre, la criatura emitió un brillo cálido y pacífico, y antes de ascender silenciosamente hacia el cielo estrellado, tocó suavemente la frente de Juan.
Juan bajó de la montaña transformado, con una sabiduría inmensa en el alma, sabiendo que la verdadera riqueza y la salvación están en la empatía, mientras que la avaricia, el miedo y la traición de sus amigos los condujeron, sin remedio, a la destrucción total.
Patrocina a este escritor