Un Extraño En El Camino
Había regresado a mi país, después de muchos años de estar fuera, y n...
arrow_forward LeerFrancisco cumplió dieciocho años mientras su padre aprendía a morirse. La celebración se diluyó en un pastel de supermercado que nadie abrió, seis llamadas sin respuesta al médico del hospital de zona —supuesto amigo de la familia— y una carpeta color beige donde se acumulaban, con la obscena pulcritud de la burocracia, estudios de sangre, tomografías, recetas, pases de especialidad, hojas de contrarreferencia y dictámenes firmados por especialistas de apellidos cada vez más rimbombantes, cuyos diagnósticos jamás coincidían entre sí. Uno hablaba de un proceso autoinmunitario. Otro sospechaba una degeneración neuromuscular. El tercero recomendó resignación bajo el nombre de paciencia, como si la paciencia pudiera administrarse por vía intravenosa para disminuir la velocidad con que el cuerpo de don Julián iba retirándose de sí mismo.
La catástrofe se materializó en sus añejas manos. Los dedos dejaron de obedecerle con esa precisión natural y diminuta que durante treinta años le había permitido reparar motores. Los temblores irrumpieron en su rutina y, sin embargo, él se empeñaba en atribuirlos a la edad. A ratos sentía millones de hormigas labrando caminos en su espalda. La vida se había convertido en un completo caos. Al principio, comer se volvió un desafío; después aparecieron las punzadas detrás de los ojos y una fatiga calamitosa hizo que la respiración se volviera un acto burocrático para su cuerpo.
Las visitas al hospital del Seguro Social se convirtieron en un sorteo de lotería en el que siempre perdíamos. Cada cierto tiempo, sin que hubiese un patrón establecido —dependía de la seguridad social— se asignaba una cita y un médico, encargado de su respectiva especialidad, revisaba el expediente del paciente. La última vez lo habían remitido a medicina general y, de ahí, a neurología; luego, a medicina interna, para finalmente recalar en una lista de espera donde los meses adquirían el aroma putrefacto de una condena permanente. Tras varios meses de consultas tiradas a la basura y de dictámenes que servían como oficios para desacreditar a los demás, Francisco saboreó el lado amargo de la vida: una enfermedad desconocida puede resultar más tortuosa que una enfermedad convencional.
Su madre había muerto cinco años antes y, desde entonces, él y don Julián coexistían en una casa pequeña con un vacío gigantesco; allí apenas tenían dos ventiladores añosos, un refrigerador que se apagaba durante las tormentas y la fe en que, mientras permanecieran unidos en la adversidad, cualquier desgracia terminaría sucumbiendo a sus ganas de salir adelante.
De la desesperación nació un empeño irracional que llevó a Francisco a buscar posibles salidas al padecimiento de su padre. Don Julián, en cambio, ya no tenía ánimo para enterarse de esas cuestiones. Las búsquedas condujeron al muchacho a páginas médicas, foros de pacientes, videos de especialistas y grupos de mensajería donde desconocidos recomendaban infusiones, inmunoterapias extranjeras, ayunos, venenos de escorpión y medicamentos que costaban más que la casa. Francisco copiaba términos que apenas comprendía y los introducía en nuevas búsquedas hasta que el idioma de la enfermedad comenzó a parecerle otra enfermedad. Se hicieron las tres de la madrugada cuando dio con una página que le retuvo la mirada: CLÍNICA AETERNUM, unidad especializada en enfermedades crónicas y degenerativas, así como en casos de difícil resolución.
El sitio era minimalista e intuitivo. Fondo blanco, tipografía cursiva y letras doradas. En el portal se mostraban fotografías de médicos con sonrisas a medias y miradas adustas. Del lado derecho estaba la sección de testimonios familiares que daban fe de procedimientos exitosos. Más abajo, un recuadro azul cielo enmarcaba la sección titulada «Altruismo»: una mujer sostenía un pequeño tanque de oxígeno junto a una anciana de rostro amable. En otra parte aparecía un botón con la pregunta «¿Desesperado?» junto a la fotografía de un niño al que empujaban en una silla de ruedas. Encima de su cabeza se leía: «Si la medicina convencional falla, nuestra misión es cambiar tu historia. Hoy es tiempo de ayudarte».
Francisco recorrió el sitio durante casi una hora. La esperanza le llenó la mirada al leer la vasta lista de alternativas saludables, las intervenciones que empleaban métodos no invasivos y los procedimientos quirúrgicos más innovadores para pacientes rechazados por otras instituciones. Cada especialista ofrecía una descripción detallada de su trayectoria. Luego, en una sección más avanzada, reparó en el apartado dedicado a los expedientes clínicos que, por indolencia sistemática, eran omitidos: enfermos sin diagnóstico concluyente, personas débiles de carácter a las que les mentían en la cara o aquellas que eran abandonadas por el entramado burocrático que entorpecía todo el proceso.
Un cosquilleo le recorrió las manos. Llenó el formulario y, cuando terminó, apareció un aviso en la pantalla: «Estamos analizando sus respuestas. Por favor, espere una resolución de su petición». La respuesta llegó seis minutos después. Una mujer que se identificó como la licenciada Vera Salvatierra escribió que lamentaba profundamente el sufrimiento de su familia.
Para completar la solicitud, Francisco escaneó toda la papelería almacenada en las carpetas color mantequilla que apestaban a frustración. En menos de veinticuatro horas le solicitaron una videollamada. La mujer apareció en pantalla con el cabello recogido, una blusa marfil y una voz tan apacible que parecía haber sido educada para no herir ni siquiera el silencio.
—Su padre todavía tiene posibilidades reales —dijo con una breve sonrisa.
Francisco dejó de respirar por un instante. Los ojos se le llenaron de esperanza.
Vera avanzó en su explicación mediante términos incomprensibles para cualquiera que careciera de formación médica: hizo alusión al comportamiento molecular del sistema, al problema microatómico de los tejidos vulnerados y a una hipótesis quirúrgica que nadie había valorado con suficiente atención, pero la cual sugería combinarse con una nueva técnica oriental. Tras una breve pausa —necesaria para ambos—, intentó sonreír con mayor naturalidad y expuso, de la misma manera, la consideración sobre los riesgos naturales del procedimiento quirúrgico que ella había sugerido. Reconoció varias incertidumbres favorables, y aun así jamás prometió una cura. Aquello fue precisamente lo que terminó de convencerlo. Los estafadores, según Francisco, apelarían a los milagros; la licenciada Salvatierra, en cambio, solo le ofrecía un pequeño atisbo de fe con aroma a mertiolate.
Todo parecía marchar a la perfección hasta que Vera dijo:
—Debo ser honesta. Este procedimiento es costoso.
Francisco bajó la mirada. Habían vendido el automóvil. Debían tres meses de medicamentos. La cuenta bancaria de su padre contenía poco más de cuatro mil pesos y él acababa de abandonar la preparatoria para trabajar cargando cajas en una bodega.
—¿Cuánto se necesita? Puedo juntar dinero —dijo con la voz quebrada.
Francisco sintió vergüenza.
—Lo que necesite mi viejo —añadió sin pensarlo.
En su cabeza se agolparon varias ideas. Pensó en la motocicleta de su tío. En pedir prestado. En vender las herramientas de su padre sin decirle. Pensó incluso en ciertas personas que conocía del almacén y en trabajos de los que nadie regresaba con las manos limpias.
—Necesito tiempo —añadió—. Se lo ruego; yo veré cómo.
Vera apeló a un silencio que calaba como una espina clavada en la piel. Sus ojos no dejaban de verlo. Después, dejó de sonreír y dibujó un visaje de piedad contemplativa.
—Francisco, tranquilízate —replicó con seriedad—. Debes saber que ofrecemos un compromiso que va más allá del dinero. Nuestro objetivo es ayudar a personas como ustedes a encontrar una solución. Para mí y para cualquiera dentro de Aeternum, no existe mayor satisfacción que saber que pueden llevar una vida normal sin tanto sufrimiento.
Él alzó la vista con la pantalla fragmentándose del sentimiento.
—¿Cómo dice? —preguntó desconcertado.
—Existe un fondo de intervención asistida y subvencionada, diseñado para este tipo de casos especiales. Recibimos aportaciones privadas, tenemos convenios internacionales y cada año realizamos campañas para recaudar donaciones. Los benefactores saben que nuestra misión es ayudar.
La última palabra permaneció suspendida entre ambos. Francisco lloró. Lo hizo en silencio, tapándose la boca para que su padre no despertara en la habitación contigua.
Tres días después recibieron el aviso: los habían aceptado. La cita se fijó para el viernes seis de septiembre a las seis de la tarde, en un punto situado en las afueras de la ciudad. Francisco no le dio importancia. La clínica explicó, mediante un oficio debidamente firmado, que su unidad quirúrgica se encontraba alejada del núcleo urbano por razones estrictamente operativas: bioseguridad y confidencialidad. Además, el documento enumeraba un par de indicaciones para los pacientes: solo se permitiría un acompañante y los teléfonos debían permanecer apagados durante la estancia dentro de las instalaciones para evitar posibles interferencias y fallos en los quirófanos automatizados de última generación.
Don Julián desconfió de cuanto le contó su hijo.
—Nadie ayuda de gratis —dijo entre accesos de tos.
Francisco le enseñó los correos, las firmas digitales, los nombres de los médicos, las fotografías de familias de otros pacientes y varios testimonios escritos.
—Ya no tenemos nada que perder —sentenció con valentía falsa. La mentira se asomaba entre cada vocal pronunciada.
Su padre lo desafió con la mirada. Por un buen rato no se dijeron nada. Al final, aceptó. Antes de la hora pactada, un vehículo costeado por la clínica los recogió fuera de su domicilio. Viajaron casi una hora. La ciudad desapareció gradualmente detrás de almacenes, fábricas, terrenos baldíos y cerros mordidos por el cáncer de los nuevos desarrollos inmobiliarios. Cuando llegaron, ya había oscurecido. La Clínica Aeternum ocupaba un edificio bajo, cercado por árboles y muros de concreto. No tenía grandes letreros. Solo una placa metálica junto a la entrada y un símbolo semejante a dos serpientes entrelazadas alrededor de una espiga. Todo olía a desinfectante. Vera Salvatierra los recibió personalmente. Era idéntica a la mujer de la pantalla. Abrazó a Francisco. Tomó las manos de don Julián.
—Llegaron a tiempo.
El cielo lucía gris y deprimente. A lo lejos, se podían ver relámpagos estallando. De un momento a otro, una lluvia torrencial descargó su fuerza sin decoro. El viento comenzó a silbar entre los árboles.
A don Julián le extrajeron muestras sanguíneas antes de intervenirlo. Cerca de la medianoche, un cirujano informó que sería de los primeros pacientes en ser operado —antes de las seis de la mañana—. Otro médico afirmó haber detectado una alteración compatible con la hipótesis inicial. Francisco sintió que el mundo volvía a levantarse de las ruinas.
A las cinco con cuarenta y dos minutos vio desaparecer a su padre detrás de las puertas del quirófano. Esperó una hora; luego, dos. Después, las horas comenzaron a apilarse unas encima de otras. Francisco se repetía entre dientes que todo estaría bien.
A las once en punto, unos pasos se filtraron a través de la puerta de la habitación. Vera apareció con un expediente en la mano derecha. Su semblante endurecido alarmó a Francisco. Se dirigió a él con serenidad.
—Terminamos.
Francisco se puso de pie con tal rapidez que la silla cayó detrás de él.
—¿Cómo salió? ¿Está bien?
—La intervención fue compleja.
—Pero ¿cómo está?
Vera caminó hacia él, dejó el expediente sobre la camilla y le tomó las manos.
—Esta es, quizá, la parte más difícil porque no sabemos cómo va a reaccionar, pero debes ser fuerte, de la misma manera en que él enfrentó el quirófano.
Una enfermera entró con una bandeja de aluminio y saludó. Francisco le devolvió el saludo sin apartar la mirada de Vera.
—Disculpen la interrupción —dijo con voz suave y pausada.
La enfermera se mantuvo de pie mirando a ambos en silencio. Luego se dirigió hacia Vera.
—Traje té.
—No, gracias.
La enfermera no respondió nada, pero sí volteó la cara hacia él, hallando a un hombre de semblante demacrado que podía desfallecer en cualquier momento.
—Disculpe, está usted muy pálido —expresó con urgencia—. Tome uno, por favor.
—Gracias —contestó Francisco mientras sujetaba la taza de porcelana de la charola.
El aroma de la manzanilla llenó rápidamente los pulmones. Sopló dos veces y probó la infusión. Tenía una dulzura extraña, pero Francisco la atribuyó al cansancio y continuó bebiendo sin pensarlo. Quiso preguntar cuándo podría ver a su padre. La lengua se volvió torpe antes de formular la frase. El pasillo se inclinó. Vera alcanzó a sujetarlo.
—Tranquilo.
Francisco intentó apartarse. Sus piernas se volvieron lentas y torpes. Lo último que vio fue el rostro de la mujer aproximándose al suyo. La dulzura quedó en el borde de la taza.
—Dieciocho recién cumplidos —dijo una voz—. Excelente.
Después vino la oscuridad. Francisco despertó porque el frío le lamía la espalda. No supo cuánto tiempo había transcurrido. Estaba tendido sobre el suelo, con la visión allanada que confería a ese lugar proporciones gigantescas. Las manos apenas respondían. Un sabor metalizado y áspero secaba la saliva de su boca, concentrándose en su paladar y bajo la lengua. El amargor de una espuma, desconocida en ese momento, se había secado en las comisuras. Sus ojos recorrieron el lugar sin reconocerlo. Intentó levantarse, pero no lo consiguió. Entonces percibió el olor a algo que parecía pudrirse. Su intensidad sugería que la descomposición era reciente y debía pertenecer a sangre, desinfectante, excremento, humedad y a ese perfume dulzón que desprende la carne cuando deja de ser extensión de una persona.
La habitación era un abismo silencioso. Dos hileras de luces rojas delimitaban un pequeño camino en el suelo. Francisco avanzó a cuatro patas. Tocó algo: una mano. Retrocedió. Estaba separada del cuerpo. Más adelante encontró el primer cadáver: un hombre abierto desde el esternón hasta el pubis. La cavidad torácica había quedado completamente vacía con una minuciosidad obscena. Al lado reposaban bolsas de plástico rojo con etiquetas amarillas fluorescentes. Encima de una mesa metálica había tubos con líquidos de distintas tonalidades y recipientes con trozos de tejido que flotaban en soluciones traslúcidas.
Francisco intentó gritar, pero la voz se le había ido. Decenas de cuerpos que compartían el mismo desenlace lo acompañaban en su desesperación. Algunos cadáveres conservaban suturas recientes en el pecho y en la espalda. Otros mostraban cavidades en el rostro, como si fueran maniquíes humanos. El cadáver de una mujer rubia tenía el abdomen cubierto por una proliferación oscura y húmeda, semejante a una fina capa de terciopelo negro. De otro cuerpo emergían tubos conectados a matraces, en los que una sustancia turbia burbujeaba lentamente. En ciertas secciones de las paredes había rótulos: ADAPTACIÓN DE CEPAS, SUSTRATOS HUMANOS, SERIES DE RESISTENCIA y LOTES DE EXPOSICIÓN.
Los rótulos bastaron para que entendiera lo esencial. Los órganos eran bien valorados como mercancía en el mercado negro. Por su parte, los cadáveres que ya no servían para venderse en partes conservaban otra utilidad. Es decir, se convertían en objetos para hospedar distintos tipos de microorganismos. Además, los avances adicionales en el desarrollo de mutaciones patógenas y la selección de cepas capaces de sobrevivir en condiciones cada vez más hostiles, eran parte de sus investigaciones clasificadas. La clínica no curaba enfermedades; las producía.
Entonces escuchó un goteo. Volvió la cabeza. Había una mesa quirúrgica al fondo. Sobre ella yacía su padre. Francisco lo reconoció por los pies. Durante años había visto aquellas uñas deformadas asomarse de las sandalias cuando don Julián reparaba motores en el patio. Avanzó. Cada movimiento le arrancaba un sollozo mudo. El pecho de su padre estaba abierto. Las costillas habían sido separadas. El interior era una cavidad roja y brillante en la que faltaban demasiadas cosas. Los ojos tampoco estaban en su lugar. Por primera vez veía a su padre con dos concavidades húmedas, ennegrecidas por la sangre coagulada. Sin embargo, fue la boca la que destruyó a Francisco. Permanecía abierta, con los labios retraídos y los dientes expuestos: una mueca tan espantosa que parecía conservar la memoria exacta del dolor. Su padre quizá había despertado durante la operación o mientras lo vaciaban. Francisco apoyó la frente contra uno de sus pies. Entonces vio la etiqueta: JULIÁN R. ÓRGANOS VIABLES: 4. REMANENTE: CULTIVO. Debajo había otra tarjeta. Francisco tardó algunos segundos en advertir que llevaba su nombre: FRANCISCO R. 18 AÑOS. DONANTE INTEGRAL.PRIORIDAD ALTA.
El lugar emitió un susurro hondo empleando el peculiar lenguaje del acero. Las luces carmín se agitaron durante unos segundos. En algún lugar de la clínica, una serie de generadores intentaba restablecer el suministro eléctrico, pero el fallo se prolongó. Afuera, la tormenta golpeaba la región. La avería eléctrica lo había mantenido con vida. El procedimiento se había interrumpido después de sedarlo, mientras terminaban de desmontar a su padre. El té y la enfermera adquirieron de golpe su verdadero significado. Quiso ponerse de pie. Una alarma comenzó a sonar. De los altavoces surgió una voz robotizada:
—El suministro se restablecerá en treinta segundos. Iniciando cuenta regresiva en…
Un breve destello amarillo le permitió distinguir la salida. Francisco miró la puerta; después, a su padre.
La voz continuó recitando la cuenta regresiva.
Veintinueve. Intentó correr. Las piernas cedieron.
Veinticinco. Se arrastró.
Veintiuno. Detrás de la puerta comenzaron a escucharse pasos.
Diecisiete. Francisco clavó las uñas en el suelo.
Doce. Una luz blanca se encendió, luego otra y otra.
Al fondo del corredor apareció Vera Salvatierra. Vestía una bata quirúrgica. Una amplia sonrisa le cruzaba el rostro.
Cinco. Cuatro. Francisco alcanzó a abrazar el tobillo frío de su padre.
Tres. Ella levantó una jeringa.
Dos. Los ventiladores, que giraban poco a poco, trituraban cualquier atisbo de esperanza y ese mismo pulso metálico caía al suelo por las rendijas del techo.
Uno. Vera se arrodilló a un lado de él y le acarició el cabello con una ternura impecable, casi maternal.
—Tranquilo —susurró—. Te lo dije: nosotros existimos para ayudar a las personas a que no sufran.
Y detrás de ella, en la oscuridad recién doblegada, comenzaron a encenderse los demás quirófanos.
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