Distopía

El Apartamento De La Muerte

person Oscar Briz

El Apartamento De La Muerte

star star star star star

EL ULTIMO PASO.

 El apartamento de la muerte del edificio maldito, estaba en la planta 48, puerta 24.
No pensaba tener que volver allí de nuevo y, menos todavía, encontrar a Rafael en el mismo sitio donde nos conocimos.
Me situé a su espalda y pregunté, aún jadeando por la subida:
—¿Desde cuándo no funciona el ascensor? ¿Qué haces ahí tú solo?
Reconoció mi voz y, sin volverse, contestó:
—¿Recuerdas lo que me dijiste? El dolor que te suponía vivir, que ya no podías
aguantar más.
—Sí, lo recuerdo. Pero aún recuerdo más tus palabras. Hiciste que diera un paso atrás y
volviera a nacer aquel día. ¿Por qué no te separas de la cornisa, amigo?
—Sí... ¿Y ahora eres feliz? Entonces, ¿a qué has vuelto?
Rafael continuó de espaldas.
—Esta mañana, nada más abrir los ojos, tuve una visión; una llamada hacia este maldito
lugar —respondí.
—¿Una llamada, dices? Eso mismo decías la noche en que te conocí, justo en mi sitio.
Rafael se giró hacia mí, aunque permaneció peligrosamente cerca del precipicio de
cuarenta y ocho pisos.
En la calle, no hacía mucho que habían abierto un bar-terraza llamado «El Último
Paso». A algunos el nombre les parecía hasta gracioso; otros escupían al pasar, aunque
eran los menos.
Me apoyé en la barandilla y, como tantas otras veces, empezaron a agolparse los
curiosos para contemplar el espectáculo de la muerte. Los camareros se abrían paso
entre la multitud con las bandejas cargadas de cervezas y aceitunas, estirando el cuello
para mirar hacia el balcón por encima de los clientes más morbosos.
En el suelo, a unos metros, alguien había pintado una enorme X de color rojo vivo,
como si fuera una diana.
Todavía no habían llegado los bomberos. Una plaza de aparcamiento, justo debajo,
estaba señalizada con un cartel que decía: «Reservado. Urgencias».
Los vecinos ya no se alteraban. Todos sabían que no era buena idea aparcar bajo el
apartamento 24 de la planta 48. La aseguradora del edificio llevaba un año incluyendo
una cláusula según la cual los daños ocasionados por los suicidas corrían por cuenta de
estos. El problema era que muchos eran indigentes. Así que lo mejor era no dejar allí el
coche y, sobre todo, no quedarse cerca de la gran X, especialmente los lunes por la
mañana.
—Me llamas amigo, pero ¿dónde has estado todo este tiempo? Tú fuiste quien empezó
esta locura. ¿A qué has venido? ¿Me acompañarás en el salto o piensas soltarme uno de
esos discursos que les doy yo a los pobres desgraciados cuando ya están al límite?
Rafael estaba muy nervioso. Bastaría un pequeño descuido para que cayera.
En la calle empezaban las apuestas.
Intenté bromear.
—¡Oye! Me he apostado una pasta antes de subir a que hoy no habría salto. Me vendría
muy bien ese dinero para los gastos extra de este mes.
Esbocé una sonrisa. Después, poniéndome serio, le sujeté suavemente por el jersey.
—Antes me dijiste que recordabas lo que te conté aquella noche. Es posible que
recuerdes todas las conversaciones ocurridas en este maldito lugar. ¿Por qué no nos
vamos juntos? Pero no en esa dirección. Bajaremos andando y tendrás tiempo de
contarme qué te ha pasado.
Rafael era trabajador social y bombero, además de estar formado en Psicología. Su
misión era negociar con personas al borde del suicidio. Ya había recibido varios
reconocimientos, entre ellos por convencer a un pirómano dispuesto a inmolarse.
Un día recibieron un aviso: un hombre parecía decidido a lanzarse desde el edificio más
alto de la ciudad.
Ese hombre era yo.
Me salvó, y mi vida cambió por completo. La gente empezó a tenerme en cuenta; dejé
de sentirme invisible.
El bombero se hizo muy famoso, casi tanto como aquel piso 48, al que acudían
constantemente personas de todos los credos y clases sociales: unos con la intención de
saltar; otros, con el deseo de convertirse en salvadores.
Para Rafael, la vida también cambió. Desde aquel día, donde hubiera un suicida, allí
estaba él. Primero llegaba con el camión de la brigada; más tarde, el alcalde le asignó un
voluminoso todoterreno.
En todo el país se hablaba de los milagros de Rafael.
En alguna ocasión incluso lo hicieron viajar en avión para salvar una vida. Cuando
ocurría, la noticia abría todos los informativos.
Pero no siempre conseguía el milagro.
Hacía apenas dos meses, en el edificio maldito, dos adolescentes se habían lanzado al
vacío cogidos de la mano delante de él. La semana anterior había sido una madre con su
bebé.
Esos casos nunca aparecieron en televisión.
Todas las palabras que había pronunciado intentando convencerlos se repetían una y
otra vez en su cabeza. Poco a poco se transformaban en argumentos a favor del suicidio,
más convincentes que los suyos propios.
Sin soltar al bombero, aunque sin forzarlo, me acerqué un poco más. Sentí un cosquilleo
recorrerme el cuerpo y una profunda congoja al recordar mi propia noche sobre aquella
cornisa.
Yo gritaba entonces:
—¡No se acerque! ¡Pienso saltar!
Todavía recuerdo el vértigo que sentí al mirar hacia el vacío.
—Señor, deme solo un momento. Hablemos. Seguro que tiene algo que contar. ¿Por qué
no se sienta conmigo y charlamos? ¿Cómo se llama? ¿Puedo tutearle? Yo me llamo
Rafael.
—Puedes tutearme. Soy Pablo.
Recuerdo que su voz ya me transmitía calma, aunque yo no dejaba de mirar hacia la
acera, donde personas diminutas nos gritaban desde abajo.
—¡Salta, cabrón! ¡Salta!
—¿Eres un cabrón, Pablo? —preguntó el bombero muy despacio.
—¿Yo? ¿Por qué? Soy un buen tío. No hago mal a nadie. Si quiero tirarme, es asunto
mío. Sé que nadie me echará de menos.
—Eso te parece a ti. Crees que estás solo, pero no es así. Cada día te cruzas con mucha
gente. ¿De verdad piensas que nadie notaría tu ausencia? El panadero, la cajera del
supermercado, tus compañeros... ¿A qué te dedicas? ¿No tienes familia?
—En mi otro país sí. Aquí no. Soy conductor de autobús.
—Entonces conocerás a muchos pasajeros. Seguro que más de uno te echaría en falta.
—Está prohibido hablar con el conductor. No conozco a nadie.
—Pablo, las normas están para saltárselas... salvo una: la de asomarse y tirarse por un
balcón...
—...de asomarse y tirarse por el balcón. Por esa sí que podría multarte.
Pablo y Rafael se echaron a reír.
Aún entre bromas, pregunté:
—¿Y de cuánto es la multa?
—¿Sabes, Pablo? Nunca he multado a nadie. Al contrario, casi siempre termino
pagando unas cervezas cuando bajamos. Hoy prefiero que me invites tú. Eso de que los
bomberos estamos forrados es un mito.
A Rafael no le costó demasiado convencerme aquella noche. Supo rebatir todos mis
argumentos. Hoy no sé si yo estaría a la altura.
Entonces se escucharon las sirenas del camión de bomberos. Estaban llegando.
—¿Sabes, Rafael? Tú hiciste que pidiera ayuda en aquel grupo de personas solitarias.
No te lo creerás, pero allí conocí a Mercedes y vamos a casarnos. Fue gracias a ti.
Recuerdo una frase que me dijiste aquel día.
—Gracias, Pablo, pero estoy destrozado. Al final han conseguido convencerme. Este
mundo es una mierda. Vivir consiste solo en sufrir y ver cómo sufren los demás.
—Tú me dijiste que siempre existe un motivo para vivir. ¿Lo recuerdas?
—Esa frase se la digo a todos, pero ya ni yo mismo me la creo.
—No hace falta que te la creas. Solo piensa en un motivo... o en varios. ¿Recuerdas? Tú
me diste tres.
—Escuchar el canto de un pájaro, ver sonreír a un niño o contemplar un atardecer. Son
solo tópicos, Pablo.
—No. Yo voy a recordarte los que me dijiste de verdad.
Pude coger a Rafael de la mano y alejarlo un metro de la cornisa. Él me miró en
silencio, esperando.
—Me dijiste que lo mejor de la vida era enfrentarse a ella. Conseguir que un niño riera,
abrir la jaula de un pájaro y sentir cada amanecer como si fuera una vida nueva. Me
dijiste que nunca me quedara mirando desde fuera, que fuera parte de la acción.
Durante años, Rafael había soportado todos los reproches con los que los suicidas
justificaban su decisión. Muchos ni siquiera querían profundizar; cuando se veían cerca
de saltar, cambiaban el discurso y él sabía reconocer cuándo aquellas palabras
significaban una retirada.
Pero otras veces se encontraba con auténticos casos de desesperación.
¿Cómo convencer a un hombre que había perdido a toda su familia en un accidente de
tráfico del que solo él había sobrevivido tras quedarse dormido al volante?
Incluso en situaciones como aquella, Rafael había obrado su milagro.
Los pocos casos en los que había fracasado, hasta hacía apenas dos meses,
correspondían, casi siempre, a personas afectadas por las drogas o por graves trastornos
mentales.
En una ocasión, un hombre subió al balcón de un hotel con la única intención de
llevarse consigo al «bombero de los milagros».
Aquel día Rafael se encontraba en un plató de televisión de la capital, participando en
una gala benéfica para recaudar fondos para las viudas de los bomberos.
Nadie imaginó que la esposa del compañero enviado en su lugar acabaría formando
parte de esas viudas.
Desde entonces, Rafael no volvió a salir de la ciudad.
Algunos expertos en parapsicología defendían que aquella ciudad registraba el mayor
índice de intentos de suicidio porque estaba construida sobre el antiguo campo de una
gran batalla.
La realidad era mucho más sencilla.
Alguien había inflado las estadísticas.
El turismo de los buscadores de tragedias se había convertido en el negocio más
rentable de la ciudad. Existían incluso visitas guiadas que recorrían los escenarios de las
desgracias más conocidas.
Aquel día daba la impresión de que un autobús entero acababa de descargar turistas
armados con cámaras de gran alcance.
A un lado gritaban:
—¡No! ¡Por favor, no!
Al otro respondían:
—¡Que salte! ¡Que salte!
Me asomé y vi cómo un grupo de bomberos entraba en el edificio.
—Tenemos que irnos, Rafael. Están subiendo tus compañeros. Si te encuentran aquí, te
suspenderán. Incluso podrían expulsarte del cuerpo. ¿No lo pensaste?
—Joder, Pablo... Me iba a tirar. ¿Qué más me da que me echen del trabajo?
—Entonces sí pensabas hacerlo, cacho cabrón. Lo de esta mañana... aquella señal... era
de verdad. ¿Y ahora qué hacemos?
—Tardarán en subir. El ascensor está averiado.
—¿Lo está de verdad?
—Lo desconecté yo.
—Entonces ibas totalmente en serio...
Guardó silencio.
—Mercedes y yo queríamos pedirte que fueras nuestro padrino de boda.
—Enhorabuena, Pablo. Pero encontraréis a otra persona.
—También podrías esperar un par de meses. Hazlo por mí.
Rafael sonrió por primera vez.
—Vale. Solo porque quiero ver esa boda por todo lo alto. Seguro que me dejan llevaros
hasta el altar en el camión, con las sirenas sonando por toda la ciudad.
—¿Y qué hacemos si hoy te descubren?
Se miraron.
A los dos se les ocurrió exactamente la misma idea.
Agarraron una enorme maceta y la lanzaron por el balcón mientras gritaban al unísono:
—¡¡Jodeos, pandilla de cabrones!! ¡¡Turistas de mierda!!

Óscar Briz Mené   2023.
otro relato para:  #elbauldelosrelatos.

 

¿Te gustó? Compártelo y ayuda al escritor a darse a conocer.
arrow_back Volver a Relatos

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Patrocina a este escritor