La Historia De Simón El Carmelita
Les voy a contar una historia que me relató mi suegra de un suceso que le ocurrió a...
arrow_forward LeerDiana salta temerosa cuando la puerta se abre. Observa al hombre que entra en la habitación. El haz de luz de la tarde penetra tímidamente por el umbral mientras la silueta avanza hacia ella. Mira al hombre que sonríe mientras sostiene un plato de comida. Diana piensa que el sonido de sus tripas se escucha por toda la habitación. Siente la sed que aumenta por el calor.
De aquel día que la trajeron, recuerda vagamente el olor del polvo del camino, el sonido de un portón de fierro cerrándose al paso del vehículo. Cuando la sacaron del automóvil; amordazada y con la capucha en la cabeza, llegó a ella la fragancia de unas flores. Aroma de pasto y el olor inconfundible del fruto de damasco. Como recibimiento, sintió el golpe de la culata del arma en la espalda, que provocó que cayera de bruces y azotara su cara contra el suelo empedrado, causando que el capuchón se corriera y vislumbrara los rostros congestionados de los hombres que la maldecían. Luego, un fuerte golpe en el estómago le había hecho perder el aliento, al mismo tiempo que la levantaban, jalando su pelo castaño y volvían a ponerle el saco que le devolvió la penumbra.
Ahora, mientras el hombre come del plato, Diana se arrastra hacia un rincón del recinto, como huyendo del miedo. Este es otro día que pasa, sin probar bocado; confinada en ese cuarto.
El captor termina de comer y empieza a recorrer el perímetro, recogiendo objetos del suelo; hablando fuerte, para no reparar en su mirada. Maldice el mal olor del cuerpo de Diana, mientras le vuelve la espalda, quieto y silencioso.
Diana no puede decir que no. Temerosa, espera que no ocurra otra vez. En un vértice de la pieza el miedo la paraliza. No tiene fuerzas para defenderse y angustiada, piensa en el presente. El hombre sacude la cabeza; camina y da un puñetazo contra la pared, maldiciendo, mientras Diana se reduce aún más en su sitio, con un miedo grande, que le provoca temblores involuntarios. Mira hacia la puerta y la ve distante, como un horizonte. Se arrastra a un lugar más oscuro.
Afuera pasa el verano. Su mirada resbala por el tronco y los frutos suspendidos del damasco.
El hombre cierra rápido la puerta no sin antes de salir, acomodar una escoba al lado de un balde vacío. Piensa que debe llevarle agua. Se acerca al damasco y saca un fruto que le llena la boca. Se va hacia el sector de la piscina.
Diana adentro respira hondo y cierra los ojos.
Soñó que se internaba en un bosque. La noche estaba clara, gracias a la luz de la luna llena y a la cantidad de estrellas que descubrían los senderos entre la espesura. Avanzaba, y junto a ella, otras tantas mujeres, dirigiéndose en la misma dirección. Veía en ellas miradas amistosas, que la animaban a apartar las ramas y perder el temor a los demonios.
Los árboles parecían trascender su propia naturaleza; semejaban habitantes del bosque que extendían sus ramas para saludarla.
Una rama crujió estrepitosamente a su lado.
Tuvo la certeza de que algo se había roto. El ruido seco la despertó y pensó cuánto tiempo había pasado, ahora que la silueta del hombre entraba por la puerta, que enmarcaba la noche. Su captor recorría el espacio que los separaba. Diana se ovillaba en una silla, pensando la posibilidad de que las sombras se volvieran un laberinto, pero la luz de la ampolleta la descubrió en su refugio. Sus ojos que se encontraban por un segundo.
Sabiendo lo que vendría, Diana sintió pavor cuando escuchaba los pasos que se acercaban en ese laberinto destruido. Las manos del hombre tocando su cuerpo; moviéndola fácilmente, inmovilizando y separando sus piernas. Sólo segundos dentro de ella y un quejido ¡Cuánta diferencia entre el placer y el dolor! Así es el dolor. Este olor que permanece; incluso cuando el hombre ya ha cerrado la puerta, tras dejarla como otras veces, sintiéndose sucia por dentro.
Luego que el captor saliera del recinto, Diana cerró los ojos y quiso separarse del dolor; extinguir para siempre el fuego de la vejación, con la ampolleta apagada, que le devolvió la oscuridad.
Sintió la tibieza de una mano que tomaba la suya. Giró la cabeza y encontró el rostro sonriente de aquella mujer desconocida que le sonreía; lo cual calmó las palpitaciones descontroladas de su corazón. Respiró profundo y se dejó conducir avanzando y apartando las ramas. Iba acercándose a la luz, que a cada paso se hacía menos difusa, mientras escuchaba los cantos cada vez más cercanos. Atrás iba quedando el temor al pantano, posando con seguridad la planta de los pies en el suelo.
Al llegar a un claro del bosque, el origen de la luz se le reveló. Grupos de mujeres llegaban a congregarse alrededor de una fogata. La vieron llegar, mientras a lo lejos se escuchaba un enérgico repicar de campanas. El sonido de las palmas a su alrededor la animó y sentía que esas miradas no la juzgaban. Sintió un irreprimible deseo de bailar y, entonces ya estaba moviéndose rítmicamente, próxima a la hoguera. Deseaba que el fuego se propagara hacia la villa, como el sonido de esos cantos de esperanza le provocaba olvidar a su hombre y a sus hijos.
Tomó la mano de dos mujeres cercanas, mientras la danza crecía en una coreografía libre dentro de ese bosque; lejos del dominio de la aldea. Mientras una mujer mayor proclamaba sentencias y les contaba para qué servían las diferentes yerbas y raíces.
Diana pensó que los cantos se elevaban para olvidar el sonido de las carracas de la procesión de leprosos. Al acercarse a la hoguera sentía que echaba a un lado el fuego maligno de los dragones. Porque sentía que este otro fuego la protegía; limpiaba su mente y su cuerpo femenino de la costumbre del sufrimiento y el sometimiento. En la séptima vuelta alrededor de la fogata sintió detenerse el tiempo. Esa noche era el comienzo de otro tiempo para ella. Esa noche era para rescatar el dominio de su propia vida. Recibir la alegría en un ruego colectivo, para arrojar el dolor en las llamas y olvidar por esa noche su vida de servidumbre.
El solsticio alargaba la noche. El antiguo ritual de adorar a la naturaleza renacía en los movimientos de Diana. Era Diana cazando libre en su propio bosque. Era Diana sintiendo la fuerza de la tierra; contrariando a la diosa del hogar. No alimentaba el fuego de su casa, si no el del bosque y el de su propio cuerpo.
En el advenimiento de la embriaguez liberadora cerró los ojos. Sintió la fuerza de una mano que la tomó por el cabello, arrojándola hacia atrás.
El hombre la levantó del pelo mientras ella comenzaba a trepar por el tronco del damasco.
Diana había sorprendido la puerta del cuarto abierta; olvidada por su plagiario, que la había custodiado celosamente todo ese tiempo de cautiverio. Quien la había violentado tantas veces, mientras la interrogaba de crímenes que ella no había cometido, Preguntando direcciones y nombres que Diana borraba intencionalmente de su mente.
Nunca decía una seña; ni siquiera con los vejámenes que provocaban en su cuerpo cuando, atada al catre metálico, trataban de quebrantarla con descargas de electricidad, haciendo de su cuerpo un campo de guerra. De guerra sucia con los métodos de tortura que ensayaban para conocer el nombre de sus compañeros de célula; mostrándole fotografías, invocando nombres y alias, inquiriendo direcciones y encuentros clandestinos en diversos puntos de la ciudad. Como el último punto de encuentro, en esa plaza de la iglesia de Recoleta, donde esperó a Alejandra, su contacto, que, al llegar a su lado, también había sido detenida, y de la cual no supo más.
Así, la habían conducido a ese lugar donde, encerrada en una sombría habitación de madera, era conducida diariamente a otras instalaciones, atada y con los ojos vendados. Ese sitio donde otros, como ella, eran sometidos a las mismas vejaciones, mientras susurraban nombres y señales, maniatados, esperando su turno.
Diana intentaba no pensar en el dolor. Trataba de distraer sus pensamientos y olvidar la sensación de indefensión y el miedo que sentía en manos de sus captores. Deseaba no escuchar los gritos de los demás prisioneros. Olvidar también el encierro junto al deseo perverso de su guardián; que le susurraba obscenidades en el oído, repitiéndole una y otra vez que nadie la encontraría allí. Ni la mano amigable de su familia ni el ojo de la vecindad precaria, que ni siquiera la presentía.
Quiso hablar, pero sólo se escuchó en un grito agudo, mientras en un parlante sonaba la música fuerte y su captor la tomaba por el cuello. Y se imaginó cruzando el jardín; entrando en el bosque, mientras un grupo de hombres la atrapaba y la arrastraban a otra habitación, donde escuchaba la algarabía de las voces de los vigilantes, que resonaban dentro de la pieza animando a los verdugos. La sentencia era clara. Diana sintió el frío acero separando sus labios. Luego escuchó cómo el hombre sacaba el seguro y pasaba la bala, para acabar disparándole en la boca el proyectil, que sonó con estruendo; quemándola al penetrar por el paladar y salir por el cráneo.
El grito de asombro de la pareja de turistas que la encontraron en la arena de la playa, ese amanecer de aquel día de verano, donde fuera arrastrada por la marea desde su último refugio del mar, no lo escuchó nadie más. No podían dar crédito a lo que contemplaban. Luego, la llegada de la prensa y la luz del flash de las cámaras parecían quemar sus rasgos, inmortalizando su rostro desfigurado.
Y otra vez el grito y el fuego.
Patrocina a este escritor