El Silencio Del Deseo
El silencio del deseo Salí a caminar. No recuerdo exactamente el momento en que te so&nt...
arrow_forward LeerTrabajo en un convento escondido a las afueras del pueblo. Imparto clases a niñas cuya "actitud" no es apta para la sociedad.
Mis clases son en el salón menos iluminado del convento. Nadie más que mis alumnas y yo entramos y salimos del salón, porque las monjas jamás salen de la capilla, ni siquiera para revisar el avance de las clases. Es como si no les importara o como si ocultaran algo que nadie debía saber.
Las primeras semanas no hubo nada fuera de lo común, hasta que mis alumnas empezaron a parecer muy tensas y con sueño. Sus ojos estaban rodeados de profundas ojeras y apenas podían mantenerse despiertas. A veces les preguntaba qué pasaba, pero jamás me decían la verdad.
Ellas solían dormir en una habitación un tanto cerca de la capilla, pero entre ambos lugares había una gran pared cubierta de retratos de las antiguas generaciones de monjas. Cada uno más antiguo que el anterior, pero con algo en común: una hermana siempre aparecía borrosa, sentada casi en el rincón.
La encargada del lugar era la hermana Nancy, una mujer cuya sabiduría y experiencia obtuvo con el paso del tiempo.
A veces solía ser amable, pero tenía una regla muy estricta que nadie debía ignorar:
—Meter los juguetes al almacén antes del toque de queda.
Las niñas no reprochaban cuando la hermana Nancy anunciaba en la cena que los juguetes ya deberían ser guardados. Era como si ya supieran el porqué, sin querer que yo lo supiera.
El toque de queda era a las seis y la cena a las cinco, así que en ese tiempo podía ver cómo mis alumnas comían nerviosas y lo más rápido que pudieran para obedecer la orden. Mientras, la hermana Nancy las vigilaba desde un rincón, tomando el tiempo de la comida.
La hermana Hanna, Elisa y yo las ayudábamos a guardarlos, mientras la hermana Nancy se quedaba junto a la puerta vigilando cada juguete que entregaban al almacén.
Una vez que todos estaban dentro, teníamos que orar por tres minutos. La hermana Elisa decía que era para evitar que una entidad oscura utilizara a los juguetes como objeto de anclaje.
Cuando terminábamos de rezar, acompañaba a las niñas a la habitación donde dormían, porque una vez que oscurecía, el convento se convertía en un lugar muy lúgubre y los pasillos parecían susurrar tu nombre.
Olvidé mencionar que no soy la única que imparte clases, al menos no siempre. La hermana Hanna suele estudiar con las niñas cuando yo me siento indispuesta, pero imparte los temas en el jardín. Suele decir que la manera más bonita de aprender es cuando tienes algo que contemplar.
Esta vez me enfermé y tuve que suspender las clases durante tres días. Me pareció muy extraño porque antes de entrar al convento yo no solía enfermar. El doctor dice que es por el polvo y el cambio de clima. Yo creo que el aire de este lugar esconde cosas que nadie es capaz de explicar, pero que el cuerpo es capaz de detectar.
La hermana Nancy me recomendó permanecer en cama para que mi recuperación fuera más rápida y yo hubiera obedecido, si no fuera porque esa noche la hermana Hanna olvidó revisar que los juguetes estuvieran completos y una muñeca se quedó en el jardín.
Lo supe porque una de mis alumnas fue a buscarme a mi habitación, asustada y con lágrimas en los ojos.
—Maestra, olvidé una muñeca en el jardín, en las bancas de piedra.
Pude ver su cara pálida, como si supiera que había hecho algo malo y debía ser castigada. Intenté calmarla, pero fue imposible. Sabía que si una de las monjas salía y veía la muñeca, las consecuencias serían graves.
—Vuelve a la cama, yo voy por ella.
Sus ojos se abrieron cuando se lo dije. Entró en pánico y sujetó mi mano, rogando que lo pensara. Al tocarla, sentí sus pequeñas manos frías, pero no le di importancia.
—No puede, maestra. Si rompe el toque de queda, la castigarán.
—No te preocupes, soy muy sigilosa y nadie lo sabrá.
Logré que la pequeña confiara en mí, pero se resistió a irse y me insistió en acompañarme. Quería ayudarme a buscar.
Caminábamos por los pasillos apenas iluminados con velas cuando vimos una monja frente a la entrada. Sujeté a la niña y nos escondimos detrás de una pared, esperando a que se fuera, pero la monja no se fue. Se quedó ahí, parada de espaldas a nosotras, sin moverse.
Tuvimos que salir por el cuarto de provisiones, un lugar cuyo único uso era para que los vendedores metieran la comida sin hacer contacto con las niñas o las monjas, pero a pesar de usarse con frecuencia, estaba lleno de polvo, como si nunca hubiera sido usado.
En ese momento no le presté atención a la puerta entreabierta escondida detrás de las escobas. Estaba más preocupada por la muñeca y por la pequeña, que temblaba junto a mí.
Cuando logramos salir, el aire del jardín era frío y denso, como si hubiera neblina, pero no era visible ante nuestros ojos. Había un silencio ensordecedor. No había grillos ni viento. No había nada que hiciera que el jardín tuviera la misma vida que en las mañanas.
La pequeña se movía suavemente por el césped, intentando no hacer ruido. Buscaba entre las bancas la muñeca olvidada, pero, preocupada, sujetó mi mano.
—No está, maestra. La muñeca no está donde la dejé.
Intenté ayudarla a buscar, pero me quedé junto a las sillas de piedra y ella fue a ver el viejo roble que se encontraba a la mitad del jardín.
Busqué entre las sillas, pero apenas se podía distinguir el suelo que pisaba. Estaba tan oscuro para ser una noche despejada.
Fue cuando escuché un ruido. Levanté la mirada y vi a la niña jugando con la muñeca en el columpio. Estaba a punto de hablarle cuando la hermana Elisa me jaló del brazo y me metió de nuevo al convento.
—¿Acaso estás loca? Se supone que nadie debe salir después del toque de queda.
—Ya sé que no debí salir, pero la niña olvidó una muñeca y quería ayudarla a buscarla...
Fue entonces cuando caí en cuenta de que la niña se había quedado afuera.
—¡Hermana Elisa! Olvidamos a la niña. ¡Hay que volver por ella!
—¿De qué niña estás hablando? Solo te vi a ti.
—¡No era la única! La niña olvidó una muñeca en el jardín y me pidió ayuda porque estaba asustada...
—¿La encontró?
Preguntó la hermana Elisa.
—Sí.
Pude ver cómo se ponía pálida. Sus ojos se abrieron y se puso de rodillas inmediatamente, rezando. Pero más que rezar, parecía que suplicaba por su vida.
Sentí cómo un escalofrío me recorrió la columna. Todo tenía sentido.
Por qué la niña tenía heladas las manos al tocarme, por qué fue a mí para pedirme ayuda y por qué jugaba con ella en un columpio que siempre estuvo roto.
Dejé de pensar cuando una suave voz susurró a mi oído.
—Gracias por ayudarme a encontrar mi muñeca.
El aire sopló, las velas se apagaron y yo olvidé cuál era su nombre.
La hermana Elisa inmediatamente me sujetó de la mano y me arrodilló a su lado.
—Ponte a rezar, ahora.
Me dijo con un tono frío y preocupante. Inmediatamente junté las manos y recé el único Padre Nuestro que sabía. Las velas a nuestro alrededor bailaban como si hubiera una gran tormenta dentro del convento y pequeños pasos se escuchaban por los corredores.
El frío entraba por mi piel y el sonido retumbante de una risa infantil se escuchaba detrás de mí. Por primera vez deseé que Dios existiera de verdad y me salvara.
No sabía cuánto tiempo pasó, quizás segundos, minutos u horas, hasta que todo se calmó. La hermana Elisa me hizo volver a mi habitación y me pidió no hablar de eso con nadie.
Yo obedecí y caminé lo más rápido que pude. Sentía que alguien me miraba, pero no había nadie.
Cuando entré a la habitación, el viento se sentía diferente, como si nada hubiera pasado, pero en la esquina estaba la muñeca perdida.
Me quedé petrificada. No sabía qué hacer, así que la tomé con cuidado y la encerré en un baúl con un crucifijo dentro. Esperaba que fuera suficiente para contener esa cosa.
No me quedé en la habitación y me fui al cuarto de las niñas. Al entrar me percaté de que algunas niñas estaban despiertas; parecía que tenían frío porque temblaban. Así que decidí pasar la noche junto a Sofi, una alumna un tanto tímida.
Durante la noche apenas pude dormir, porque aún escuchaba el sonido de pisadas en el pasillo, como si estuvieran jugando a las escondidas. Sofi, entre murmullos, habló:
—¿Usted también la escucha, maestra? No es la primera vez que juego afuera de la habitación.
No supe qué responder, pero ahora sabía por qué mis alumnas estaban cansadas.
La noche pasó lentamente y, cuando el amanecer llegó, no trajo alivio como se esperaba. La hermana Elisa intentó actuar con naturalidad y yo la arrastré hasta un rincón, lejos de la hermana Hanna.
Cuando estuvimos solas, le dije que la muñeca estaba en un baúl. Ella inmediatamente se puso rígida y sugirió quemar la muñeca. Al parecer, el espíritu ya se había anclado a ella y la única manera de detenerlo era rompiendo el enlace.
Yo me ofrecí para ayudar. Unas horas antes del toque de queda salimos al jardín para quemar la muñeca con todo y el baúl.
Pasé junto a la pared llena de retratos y algo llamó mi atención.
En la foto aparecía una niña sujetando la muñeca. Apenas se veía, pero algo en ella me resultaba familiar. Era ella... La misma niña de anoche, lo sé porque la niña que me buscó tenía una pulsera de hilos azules que yo toqué al sujetarla. Pero lo que llamó mi atención fue la niña a su lado. La pequeña tenía una pulsera de cuentas rojas. Parecían ser amigas o algo.
Seguí mirando la fotografía durante un largo rato. Sin darme cuenta, me rasqué la muñeca, justo donde la niña llevaba aquella pulsera. En la foto anterior estaba la monja sentada en la silla con la muñeca y la pulsera de hilos azules. Si ella estaba ahí, entonces, ¿dónde estaba la otra niña?
Sentí una extraña molestia, como si aquel pequeño gesto hubiera despertado un recuerdo que mi mente se negaba a reconocer.
En todas las fotos eran así: niñas con juguetes y monjas sujetando esos juguetes.
Supuse que eran las mismas niñas de adultas, convertidas en monjas.
Entonces, ¿por qué sus caras estaban borrosas?
Algo no estaba bien, así que fui al almacén de los juguetes.
Todos esos juguetes tenían nombres en la etiqueta.
Sharon. Olivia. Jazmín. Jesica.
Nombres que no existían en los registros. Nombres borrados de cada recuerdo en el convento.
Esa noche le dije a la hermana Elisa que no quemáramos la muñeca aún. Puse de excusa que haría mucho humo y se darían cuenta. Ella accedió por el momento.
Antes del toque de queda busqué, indagué e intenté preguntarle a las demás hermanas acerca de las monjas, pero todas respondían lo mismo:
—El Señor perdona... pero nuestro deber es asegurar que sientan el dolor de su pecado antes de conocer Su misericordia.
No entendía qué querían decir, pero esa frase asustaba incluso a las niñas.
Me había olvidado por completo de ellas.
Fui a verlas al jardín. La hermana Hanna debió sacarlas otra vez en mi ausencia, pero vi que la pequeña Sofi estaba alejada de las demás.
Según me contó la hermana, la niña había dicho que ya no quería estar en el convento y fue castigada por blasfemar, porque querer irse era un pecado.
Ahora todo tenía sentido.
El pecado de las hermanas anteriores fue querer irse del convento.
Pero ¿por qué eran castigadas por algo tan insignificante?
No tenía sentido. Todas tenían derecho de unirse al convento o irse. Entonces, ¿por qué nadie me decía nada?
Levanté la mirada y el único lugar donde las hermanas eran muy estrictas con el acceso era la capilla, así que ahí debían haber respuestas.
En la noche, entré lentamente sin hacer ruido. Tuve que entrar por la puerta trasera porque la entrada estaba cerrada con candado.
Pasé por el confesionario hasta detrás de la mesa donde el padre hacía la oración, pero no había nada.
Salí de la capilla sin entender por qué todo estaba tan ordenado. Las monjas casi nunca hacían limpieza, siempre estaban orando.
Me dispuse a regresar a mi habitación cuando vi la puerta del cuarto de provisiones abierta.
Entré lentamente y un fuerte olor se apropió de la habitación.
Olía a sangre y muerte, como si un animal hubiera muerto ahí.
Caminé hacia donde estaba el hedor y lo que vi me heló la sangre.
Había una puerta abierta y, detrás de ella, restos humanos colgados como si fuera una carnicería.
Estaba a punto de gritar cuando alguien me golpeó la cabeza.
Caí inconsciente y lo último que vi fue a la hermana Nancy con una piedra en la mano.
Cuando desperté estaba atada a una silla. Tenía un traje de monja y una muñeca con mi nombre en la etiqueta...
"Emily".
Intenté hablar, pero estaba amordazada.
La hermana Nancy habló suavemente en mi oído, poniéndome algo en la muñeca.
—La curiosidad es un pecado que debe ser castigado, pero primero un recuerdo. Dulce Emily.
Ahí entendí todo. El verdadero pecado no fue irse. Fue volver.
Volver a buscar respuestas.
Volver a recordar.
Volver a descubrir aquello que las hermanas habían intentado borrar.
Las hermanas se pusieron en posición y tomaron una foto.
Cuando vi la imagen, no solo era yo la que estaba borrosa. Ahora, en mi muñeca, algo llamó mi atención.
Bajé la mirada y ahí estaban las cuentas rojas.
Las mismas que había visto en aquella fotografía. Entonces recordé.
Yo no había llegado a ese convento como una maestra...
Yo había crecido allí.
Y me di cuenta demasiado tarde de que ahora sería yo quien sintiera el dolor de mi pecado antes de conocer Su misericordia.
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