Suspenso

Donde La Nieve No Guarda Nombres

person Nínive Carranza

Donde La Nieve No Guarda Nombres

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No recuerdo mi nombre.

No recuerdo mi edad.

Ni siquiera recuerdo cómo llegué hasta aquí.

Solo sé que, cuando era pequeña, mi madre decía que tenía una imaginación inmensa. Ahora me pregunto si todo lo que pasó fue algo que inventé… o si realmente sucedió.

Tengo recuerdos breves de mi vida, pero así como llegan, se deshacen entre mis manos como la nieve en primavera.

Lo único claro es esto: estoy de pie en una carretera, mirando el asfalto, donde yace mi cuerpo inmóvil.

Al parecer, acabo de morir.

Y ni siquiera soy capaz de recordar cuál fue mi último pensamiento.

Puedo ver mi antiguo cuerpo. Atravesó el parabrisas. Quizá las llantas resbalaron sobre la nieve y perdí el control… pero no lo recuerdo.

Lo único que sé es que el cabello cubierto de nieve roja era lo más hermoso que había visto.

Camino alrededor de mi cuerpo, observando cada detalle: los ojos sin brillo, el cabello esparcido, los labios morados, el rostro cortado. Pequeñas gotas transparentes caen suavemente por mi rostro y, por muy extraño que parezca, no hay nadie aquí aparte de mí que presencie esta escena.

Es un poco deprimente saber que nadie estuvo aquí para ayudarme o siquiera ver cómo agonizaba.

Quiero creer que fue una muerte rápida y no una dolorosa, como mis lágrimas parecen insinuar.

Camino por la carretera mientras la nieve cae a mi alrededor; en el fondo no soporto la idea de que mi vida haya acabado así y prefiero apartar la mirada que seguir intentando recordar algo que ya no está.

Siento que camino durante horas, pero los pies no me duelen y la nieve en mis hombros no me da frío. Es extraño, pero familiar. Como si ya hubiera pasado por esto. Los árboles a mi alrededor no hacen ruido, mis pisadas no dejan huellas y el crujir de la nieve no existe. Creo que ni siquiera estoy respirando. La noche es oscura y sé que hay estrellas en el cielo, pero justo ahora siento que no hay más que una extrema oscuridad a mi alrededor. Puedo sentir que estoy cerca, ¿pero cerca de qué? ¿A dónde iba? ¿Por qué iba? ¿Y qué fue lo que pasó?

Con cada pregunta, un pequeño fragmento inunda mi cabeza, pero es tan borroso que no puedo distinguir si realmente pasa algo o si solo es mi imaginación la que está al mando.

Después de lo que pareció una eternidad, llego a un acantilado. No sé por qué terminé aquí; se supone que debí llegar a algún lado, pero estoy aquí.

Bajo la mirada y veo algo o a alguien; se mueve entre los árboles, pero no distingo bien su apariencia. Parece que está corriendo, como si huyera. Entonces lo oigo: un disparo… No puedo verlo, pero escucho cómo algo cae a la nieve. Quiero bajar para ver si está bien, pero no puedo. Algo me detiene. Al parecer, solo soy una espectadora.

Me pregunto si alguien más fue un espectador cuando morí o, mejor aún, si alguien más está atrapado como yo. Sin recuerdos, sin nombre y sin un punto de inicio más que el vacío.

Levanto la mirada y me sorprendo al ver que no hay nada en el cielo; está oscuro. 

No hay estrellas, no hay luna. Entonces, ¿de dónde venía la luz? ¿Qué es lo que realmente está pasando? ¿Por qué no puedo recordar? ¿Por qué yo?

Mi mente da vueltas. Quiero llorar, quiero correr, quiero pedir ayuda, pero no hay más que silencio a mi alrededor; no hay nadie que me mire. No hay nadie aquí…

Entonces lo escucho: un suspiro, suave y pequeño, como si acabara de descubrir algo.

Volteo la mirada hacia los árboles y corro hacia ellos para intentar ver quién estaba ahí, pero no había nadie. O eso creí.

Entre los árboles vislumbré una figura, pequeña, diminuta y casi invisible.

No podía ver bien su silueta, pero sabía que me observaba. Sabía que analizaba cada uno de mis movimientos.

Retrocedí por miedo y esa figura se fue acercando. No sé en qué momento el suelo desapareció bajo mis pies, pero antes de estrellarme contra el suelo pude vislumbrar a la figura y estaba… sonriendo.

Sentí que caía en un pozo sin fondo, parecía un bucle sin fin, pero antes de formular mis pensamientos, me estrellé contra el techo del auto. Un golpe así hubiera matado a cualquiera. Mi columna vertebral se habría roto, mis costillas habrían perforado mis pulmones y escupiría sangre como una fuente, pero estaba intacta.

No tenía rasguños, no había huesos rotos y el techo del vehículo estaba intacto.

Me levanté con mucho cuidado, como si esperara sentir algún dolor o recuperar el aliento, pero no era así. Al contrario, había regresado al inicio, pero esta vez todo era diferente. Porque mi cuerpo ya no estaba tirado en la carretera; ahora estaba de pie frente a mí.

Y la nieve a mi alrededor ahora mostraba huellas que no eran mías.

Mi primera reacción debió haber sido el pánico; debí correr o gritar, pero no pude.

¿Por qué?

Porque ahora ella era la protagonista.

Me miraba fijamente como si fuera una intrusa o al menos eso quería creer… porque ni siquiera tenía rostro. Y después de lo que parecieron horas, un suspiro escapó de mis labios… y ella lo notó.

Se acercó un paso y luego otro, mi mirada vaciló y mi voz tembló. Por primera vez después de todo este tiempo… sentí miedo.

Quise huir, correr y alejarme de esa cosa, pero estaba petrificada.

Ella lo sabía, sabía que no era rival para ella y lo demostraba, con cada paso, con cada huella, insinuaba que este era su territorio. Yo solo era una marioneta, una pieza en su juego, un alma perdida y un cuerpo que ocupar. Ella tomaría mi lugar.

Quise cerrar los ojos, pero el miedo me obligó a mirar y entonces… lo sentí. No fue un recuerdo completo, tampoco una imagen clara. Solo fue… una voz. Suave. 

Lejana. Cálida.

—No olvides quién eres…

Mi respiración se quebró, o al menos eso creí recordar cómo se sentía. Algo dentro de mí tembló. La figura se detuvo.

Por primera vez… dudó.

—Tú puedes…

La nieve dejó de caer por un instante. El silencio se volvió más pesado.

Y entonces lo entendí. No necesitaba recordar todo. No necesitaba reconstruir cada momento de mi vida. Solo necesitaba recordar… eso. Abrí los labios, temblorosa.

—Yo…

La figura dio un paso más rápido. Desesperada.

—Yo soy…

Mi cabeza dolía. Las imágenes se rompían, se mezclaban, se deshacían.

Pero esa voz… seguía ahí.

—Dilo…

Y entonces… lo dije. No importa cuál era, tampoco importa cómo sonaba. Pero era mío. Y en el instante en que mi nombre cruzó mis labios…

La figura se detuvo. Su cuerpo se agrietó, como vidrio bajo presión.

Su sonrisa… desapareció. El mundo respondió después de tanto tiempo.

El viento volvió, la nieve cayó. El cielo… se abrió.

Una luz tenue descendió desde arriba, bañándolo todo en un resplandor pálido.

La figura retrocedió. No por miedo, sino porque ya no podía tocarme. Porque ahora… yo era alguien.

Cerré los ojos y cuando los abrí. Ya no estaba en el acantilado.

El frío era real. El dolor… también. El sonido de voces. Luces. Movimiento. Mi pecho ardía al respirar. Estaba… viva. O eso creí.

Porque antes de que pudiera moverme…

Vi algo. A través del reflejo roto del vidrio. Alguien estaba de pie… detrás de mí.

Inmóvil. Observando, no tenía rostro.

Y esta vez… dejaba huellas. Mi corazón se detuvo por un segundo. No por el dolor. Sino por la certeza. Esto no había terminado.

Nunca lo hacía. Porque ahora lo entendía… ese lugar no era un final. Era una frontera.

Y alguien… siempre tenía que quedarse atrás. Tragué saliva, sintiendo el peso de algo que no recordaba haber aceptado.

Y sin voltear, susurré, apenas audible:

—No dejaré que tomes mi lugar. El reflejo… sonrió. Fue entonces cuando supe la verdad. No era una amenaza.

Era una promesa. Porque ahora, yo también podía verla.

Y algún día… alguien más me vería a mí.

Porque ahora lo sé. Recuperar mi nombre no me liberó. Solo me enseñó la verdad. La verdad de que alguien ahí afuera olvidará quién es. Y cuando eso pase… me verá. Como yo la vi a ella.

Esperando. Sonriendo. Entre la nieve…

Donde los nombres se pierden para siempre.

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