Maximiliano Cesar

Terror

La Sombra Del Campanario

person Maximiliano Cesar

La Sombra Del Campanario

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La primera vez que escuché hablar de la Sombra del Campanario yo tendría unos nueve años. Fue mi abuela quien me contó la historia, aunque sería más correcto decir que se le escapó. En San Aurelio nadie hablaba de aquello con los niños y, cuando algún forastero preguntaba por las ruinas de la iglesia que se levantaban en la parte alta del pueblo, la respuesta era siempre la misma: se había incendiado hacía muchos años y nunca encontraron dinero para reconstruirla.

Nada más.

Lo extraño era que nadie subía hasta allí.

San Aurelio era un pueblo pequeño, encerrado entre cerros cubiertos de bosques tan espesos que, durante el invierno, parecían tragarse la poca luz que quedaba después de las cinco de la tarde. Todos se conocían. Todos sabían quién había nacido, quién había muerto, quién engañaba a su mujer y quién debía dinero en el almacén. Pero había ciertas cosas de las que nadie hablaba.

El campanario era una de ellas.

La iglesia se había incendiado en el invierno de 1893. El fuego comenzó pasada la medianoche y, según contaban, ardió hasta el amanecer. Las vigas del techo cedieron, las imágenes religiosas quedaron reducidas a carbón y hasta las campanas se desprendieron de sus soportes. Una de ellas jamás apareció entre los escombros.

Solo sobrevivió la torre.

Quedó negra, agrietada y torcida hacia un costado, como si el incendio hubiera intentado derribarla y algo se hubiera negado a dejarla caer.

También desapareció el sacerdote.

Se llamaba Matías Luarte.

Nunca encontraron su cuerpo.

Lo único que hallaron fue su habitación cerrada por dentro y unas marcas profundas en la madera de la puerta. Durante años se dijo que eran arañazos. Mi abuela aseguraba que no.

—Estaban por fuera —me dijo una noche.

Recuerdo que mi madre, que estaba sentada al otro lado de la mesa, dejó de comer.

—Mamá.

Mi abuela la miró.

No hicieron falta más palabras.

Aquella fue la primera y última vez que hablaron del padre Luarte delante de mí.

Con los años fui reuniendo el resto de la historia a pedazos. Una frase escuchada en el almacén, alguna conversación interrumpida cuando aparecía un niño, historias que los mayores contaban después de beber demasiado. Las versiones cambiaban, pero todas coincidían en algo.

Después del incendio comenzaron las desapariciones.

La primera fue la de un niño.

Se llamaba Julián Arce y tenía once años. Él y otros tres muchachos habían subido a las ruinas una tarde para demostrar que no tenían miedo. Los otros regresaron antes de oscurecer. Julián no.

Cuando les preguntaron qué había sucedido, dijeron que habían visto a alguien entre las piedras.

Una figura muy alta.

Demasiado delgada.

Al principio pensaron que era un hombre, pero ninguno pudo explicar por qué sus brazos parecían llegar casi hasta las rodillas ni por qué, cuando se movía, no se escuchaban pasos.

Uno de los niños aseguró que la figura no caminaba.

Se deslizaba.

Julián se acercó.

Entonces algo pronunció su nombre desde el interior del campanario.

No gritó.

No pidió ayuda.

Simplemente dijo:

—Julián.

El muchacho entró.

Nunca volvió a salir.

Buscaron durante tres días. Revisaron el bosque, los pozos, el río y cada rincón de las ruinas. No encontraron nada.

Doce años después desaparecieron otras dos personas.

Doce años más tarde, una familia completa.

Así nació la historia del ciclo.

Cada doce años, durante las noches sin luna, algo regresaba al campanario.

Los viejos decían que era posible saber cuándo comenzaba porque los animales lo percibían primero. Los perros se escondían debajo de las casas. Los caballos se negaban a mirar hacia el cerro. Los pájaros desaparecían de los árboles.

Y después venía el silencio.

No el silencio normal de un pueblo dormido.

Era otra cosa.

Mi abuela decía que era como si el bosque estuviera escuchando.

Durante esas noches nadie debía salir después de que oscureciera. Las puertas se cerraban. Las cortinas permanecían corridas. Y, sobre todo, nadie debía responder si escuchaba que lo llamaban desde afuera.

Porque la Sombra conocía los nombres.

Pero no las voces.

Podía llamarte con la voz de tu madre, de tu marido, de un hijo muerto hacía veinte años. Siempre había algo ligeramente equivocado en ella. Una pausa donde no correspondía. Una respiración demasiado profunda. Una palabra pronunciada como si quien hablaba hubiera aprendido a hacerlo escuchando detrás de una pared.

Había otra regla.

Nunca mirar por la ventana.

Esa era la que más repetía mi abuela.

—Si escuchas tu nombre, no mires.

Yo me reía.

Ella nunca.

En 2009 regresé a San Aurelio para enterrarla.

Hacía casi quince años que vivía lejos y el pueblo me pareció más pequeño de lo que recordaba. Algunas casas estaban abandonadas, el almacén tenía otro dueño y la escuela donde había estudiado estaba cerrada. Pero el campanario seguía allí, recortándose sobre los árboles.

Durante el funeral noté algo extraño.

Antes de marcharse, varias personas me preguntaron cuánto tiempo pensaba quedarme.

—Hasta el domingo.

Nadie respondió.

Fue don Ernesto, un antiguo amigo de mi abuelo, quien finalmente me lo dijo.

—No deberías.

—¿Por qué?

Miró hacia el cerro.

—Esta noche empieza.

Tardé unos segundos en comprender.

Después me reí.

Él no.

Esa noche dormí en la casa de mi abuela.

Cerca de las dos de la madrugada me despertó un ruido en el patio.

Tres golpes.

Lentos.

Separados.

Pensé que sería alguna rama contra la pared y volví a cerrar los ojos.

Entonces escuché mi nombre.

La voz venía desde afuera.

Era mi abuela.

Sentí un frío recorrerme desde el cuello hasta las piernas.

Había muerto cuatro días antes. Yo mismo había ayudado a bajar su ataúd.

Volvió a llamarme.

Esta vez desde más cerca.

Me incorporé en la cama.

Durante unos segundos permanecí inmóvil, escuchando.

Otra vez mi nombre.

La voz provenía ahora de la ventana.

Y entonces recordé algo que no había pensado en casi treinta años.

Si escuchas tu nombre, no mires.

No sé cuánto tiempo permanecí sentado en la oscuridad.

Quizás fueron cinco minutos.

Quizás una hora.

Lo que sí recuerdo es el sonido.

Algo rozó lentamente el vidrio.

De arriba hacia abajo.

Después otra vez.

Como una uña.

O muchas.

No miré.

A la mañana siguiente encontré cuatro líneas marcadas en el cristal.

Me marché de San Aurelio ese mismo día.

Dos noches después desapareció una mujer llamada Teresa Molina. Vivía a tres casas de la de mi abuela. La policía encontró la puerta abierta, la cama sin deshacer y una taza de café sobre la mesa.

Nunca apareció.

Al amanecer encontraron algo más.

En una de las piedras del campanario alguien había escrito:

FALTA UNO.

La noticia apareció incluso en un periódico de la región. La policía dijo que probablemente se trataba de una broma relacionada con las supersticiones del pueblo.

Durante mucho tiempo pensé lo mismo.

Necesitaba pensarlo.

Hasta que, años después, mientras ordenaba las cosas que había traído de la casa de mi abuela, encontré una caja con fotografías antiguas. Había imágenes de cumpleaños, matrimonios, personas cuyos nombres ya no recordaba.

Entre ellas encontré una fotografía del campanario.

En el reverso alguien había escrito:

Julio de 1893.

La iglesia aparecía intacta.

Me quedé observándola durante un buen rato antes de darme cuenta de que algo no encajaba.

La historia decía que el incendio había ocurrido ese invierno.

Pero no era eso.

Amplié la fotografía.

En una de las ventanas superiores de la torre había una figura.

Alta.

Delgada.

Casi pegada al cristal.

Estaba allí antes del incendio.

Pensé que podía ser el sacerdote. Una mancha en la fotografía. Una sombra producida por el revelado. Cualquier cosa.

Entonces vi lo que había escrito mi abuela debajo de la fecha.

Una frase pequeña, casi borrada:

Matías dice que lleva tres noches escuchándolo caminar dentro de la torre.

Guardé la fotografía y nunca volví a San Aurelio.

Han pasado diecisiete años desde aquella noche.

Con el tiempo dejé de pensar en el campanario. Dejé de despertarme recordando la voz de mi abuela al otro lado de la ventana. Incluso llegué a convencerme de que las marcas del vidrio siempre habían estado allí.

Hasta hace tres noches.

A las dos y diecisiete de la madrugada me despertaron tres golpes en la ventana de mi dormitorio.

Vivo en un sexto piso.

No me levanté.

Anoche volvieron.

Tres golpes.

Después escuché mi nombre.

No era la voz de mi abuela esta vez.

Era la mía.

Y esta mañana, cuando por fin me atreví a correr la cortina, no había nada afuera.

Solo cuatro marcas largas sobre el vidrio.

Podría llamar a alguien. Podría buscar una explicación. Tal vez un pájaro, alguna grieta, una casualidad que mi memoria está convirtiendo en otra cosa.

Eso quiero creer.

Porque hace unos minutos recordé algo que don Ernesto me dijo durante el funeral y que entonces no entendí.

La Sombra regresaba cada doce años.

Pero nunca se iba hasta encontrar al último.

Mientras escribo esto son las dos y dieciséis de la madrugada.

Y alguien acaba de golpear la ventana.

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