Carlos Enrique Aburto

Misterio

Encuentro Al Amanecer. Jauría

person Carlos Enrique Aburto

Encuentro Al Amanecer. Jauría

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La juerga había terminado, pero la noche aún se resistía a ceder al paso del día. Caminaba solo por las calles desiertas de la población, con el eco de la música todavía zumbando en mis oídos y el frío del amanecer calándome los huesos. De no ser por la buena dosis de alcohol que traía injerido en el cuerpo me hubiese dado una hipotermia al caminar. El cansancio nublaba mis sentidos, transformando las farolas parpadeantes en sombras extrañas. El silencio era hostil. Un viento seco silbaba entre los cables eléctricos. A lo lejos, el crujido metálico de una lata rodando por el pavimento. La madrugada de las tres y media tenía un color sucio. En el cielo, una luna en cuarto menguante brillaba como una hoja de afeitar oxidada, tiñendo los techos de zinc del precario caserío con un destello pálido y mortecino. La atmósfera apestaba a humo de leña fría, alcohol destilado y sudor rancio. Venía de una juerga, con la boca pastosa y las luces de la fiesta aun parpadeando detrás de mis párpados. Estaba borracho y el mundo me daba vueltas, mientras el frío de la noche me golpeaba el rostro como una bofetada. De repente el silencio y la paz de la madrugada se rompió. Al doblar una esquina los vi. No era uno, ni dos. Era una jauría compacta de al menos diez perros grandes que patrullaban la calle como si fueran los dueños absolutos del asfalto de la población. Al notar mi presencia, se detuvieron en seco. El ambiente se congeló.

   De pronto, el suelo pareció vibrar. La neblina del alcohol injerido pareció evaporarse instantáneamente en mi cabeza y fue reemplazada por una descarga helada de adrenalina. Frente a mis ojos se encontraba bloqueándome el paso, que era obligado, esta jauría que emergía desde las sombras de aquel pasaje, como una pandilla de forajidos a punto de asaltarme. No eran mascotas; eran sombras esqueléticas, sarnosas, con ojos que reflejaban la luz de la luna en un tono de amarillo enfermizo. Eran más de diez. No ladraban. El silencio que guardaban era más aterrador: solo se escuchaba un murmullo sordo de gruñidos y el chasquido de sus garras contra el cemento. Me habían cercado. El peligro era inminente y la sensación de que mi carne sería desgarrada. Pensaba en mi interior: “si corro, estoy muerto. Si grito me muerden la garganta. Piensa, maldita sea, piensa, me decía a mí mismo, con desesperación.  ¿Qué no ataca un depredador?... Y la respuesta fue: Algo que ya está muerto”. En un acto de lucidez macabra dictado por la supervivencia, decidí convertirme en un monstruo. Entonces mis zapatos gastados comenzaron a arrastrarse con una lentitud mecánica, levantando una pequeña estela de polvo. Dejé caer mis hombros; mis brazos colgar inertes a mis costados, balanceándose como péndulos sin vida. Incliné mi cabeza hacia un lado, permitiendo que mis mandíbulas se aflojen por completo. Mis ojos nublados por el alcohol y la fijeza del espanto, se clavaron en la nada. Ya no era un hombre caminando a casa; era un cascarón vacío. Un zombi cruzando el purgatorio. Avancé en línea recta, directo hacia el centro de aquella siniestra masa peluda. La jauría se tensó. Uno de ellos, un perro alfa, con una cicatriz en el hocico, dio un paso al frente para atacarme. Pero a medida que me cercaban con una parsimonia fantasmal, algo en el aire iba cambiando. El lenguaje corporal de los depredadores comenzó a quebrarse. Los perros le temen a la rabia, a los palos, a las piedras… pero no saben cómo procesar la muerte en movimiento. Mi andar sobrenatural y mi mirada vidriosa desafiaban las leyes de la naturaleza que ellos conocían. Entonces el terror cambió de bando. Al pasar a milímetros de ellos, ocurrió lo inusitado. El perro alfa bajó las orejas y metió la cola entre las piernas, dando paso a unos gemidos lastimeros y quejumbrosos. La jauría entera comenzó a romper filas en un pánico silencioso. Comenzaron a retroceder, arrastrando los vientres contra el cemento resquebrajado, aterrorizados por un ser espectral que caminaba entre ellos. Se replegaban frenéticamente, buscando la negrura y el refugio debajo de las casas de madera, sepultándose bajo los cimientos para huir de mi presencia.

   Detrás de las cortinas raídas de una de las casas, Don Segundo, un vecino viejo de la población, observaba la escena conteniendo la respiración. Se había levantado al escuchar el sordo jadeo de los perros, esperando ver una carnicería. En su lugar, el horror absoluto le heló la sangre. A través del vidrio empañado, vio a una silueta humana avanzar con una rigidez inhumana, quebrando la voluntad de la jauría más brava de la barriada. Don Segundo se persignó con dedos temblorosos. No vio a un vecino ebrio en la penumbra de la madrugada. Él juró estar presenciando al mismísimo príncipe de las tinieblas, o a un muerto viviente reclamando la calle. Se apartó de la ventana, arrastrándose hacia el rincón más oscuro de su cama, tapándose los oídos. Y entonces, el silencio de la madrugada se desgarró por completo. Desde el subsuelo de las precarias viviendas, ocultos en las entrañas de la tierra, los perros rompieron a aullar al unísono. No era un llanto de un perro herido; era un lamento fúnebre, colectivo, con una frecuencia sobrehumana; un lamento cósmico que hacía vibrar las ventanas de la población. Era el coro de los caídos, de los Cancerberos arrancados de las profundidades del infierno. Le aullaban a la muerte que acababa de perdonarles la vida.

   Mi silueta solitaria seguía arrastrando los pies mecánicamente, perdiéndome en la penumbra del pasaje, mientras los aullidos agónicos de los animales atrapados bajo las casas, musicalizaban mi retirada. Me alejaba invicto, dejando atrás una población que, desde esa noche, le temería más a mi sombra que a la oscuridad.

   Al amanecer del otro día se oía el cantar lejano y distorsionado de un gallo. El sonido de una tetera hirviendo y el crujido del pan tostándose sobre la cocina a leña. Esa mañana llegó con una neblina pesada que flotaba a ras de suelo, como si la noche se negara a abandonar a la población. El Sol era apenas un reflejo pálido. En la calle de cemento resquebrajado, donde horas antes se desató el pánico de los animales, el ambiente estaba cargado de una tensión extraña. Los vecinos caminaban mirando el piso, buscando huellas que explicaran el espanto de la madrugada. En el almacén de la esquina, el punto neurálgico de los rumores, se concentraba el misterio.

_ Le digo que no eran ladrones, doña Carmen _ decía una vecina, apretando una bolsa de pan contra el pecho.

_ Los ladrones hacen ruido, tiran piedras. Esto fue otra cosa. Mis perros pasaron toda la noche tiritando debajo de la casa. No quisieron salir ni a comer.

   Don Segundo, que hace fila para comprar el diario con los ojos inyectados en sangre por el insomnio, interrumpe con su voz ronca, mirando de reojo hacia la calle.

_ Yo lo vi _ susurró, haciendo que el almacén quede en completo silencio. _Miré por la ventana. No era una persona. Era una sombra alta, rígida…caminaba como si no tuviera huesos, arrastrando los pies con una lentitud que daba escalofríos. Los perros de la cuadra se le tiraron encima y, cuando esa cosa no se inmutó y siguió caminando con la mirada perdida en algún punto del horizonte de la población y ni los miró, los animales se arrastraron de guata al suelo y se metieron bajo las vigas de las casas, dando gemidos lastimeros. No eran aullidos normales; le estaban llorando a un muerto.

   El almacenero detuvo su balanza, intrigado.

_ ¿Y no vio quién era, vecino? ¿Algún borracho del boliche de abajo?

_ ¿Borracho? _ respondió Don Segundo, negando con la cabeza firmemente. Ningún cristiano borracho camina en línea recta frente a doce perros bravos y los hace suplicar por su vida. Esa cosa no tenía rostro, no era humano. La luz de la luna le daba de lado y se le veía la mirada perdida, vacía… como un cuerpo del cementerio que salió a dar una vuelta. Se los digo yo: anoche la Muerte pasó caminado por este pasaje.

   Un rato después pasé por fuera del almacén con las manos en los bolsillos y el peso de la resaca en mi cabeza. Escuché los murmullos a través de la ventana abierta. Nadie me apuntó. Nadie sospecha de mí, que camino tranquilo hacia mi casa. Para ellos, sigo siendo un vecino más. Pero para toda la población, la madrugada de las tres y media, ahora le pertenece a un mito viviente, a una criatura sin nombre que domó a toda la jauría de la población, con solo arrastrar los pies.

   En el atardecer del día siguiente, mientras avanzaba por la misma calle de los hechos, escuché el roce metálico de una escoba de ramas barriendo las hojas secas de la vereda. Era Don Segundo, testigo de los hechos de la noche anterior. El viento frío de la tarde golpeaba las latas sueltas de un cobertizo. La luz dorada y moribunda del Sol poniente estiraba las sombras de los postes eléctricos. Había decidido salir por unos cigarrillos y a tomar el aire fresco de la tarde, para terminar de espantar la resaca. Al cruzar frente a la casa de Don Segundo, lo encuentro ahí, barriendo su entrada de la calle con movimientos lentos, pero con la mirada inquieta, saltando constantemente hacia los rincones oscuros de la sombra de su vivienda. Al verme pasar, el viejo detiene la escoba. Se apoya en el palo de madera y me clava sus ojos cansados.

_ Buenas tardes, vecino_ me dice con un hilo de voz, barriendo el aire con la mano para que me acerque. _ Tenga cuidado si anda tarde por estos días. Las cosas andan raras por la población.

Me detengo, adoptando mi mejor postura de ignorancia, y le pregunto con calma qué es lo que pasa.

_ Anoche_ susurra Don Segundo, inclinándose hacia mí, dejando salir un aliento que huele a café amargo. _ A eso de las tres y media, yo lo vi por mi ventana. Algo bajó por esta misma calle. No sé si era un alma en pena, el mismísimo Diablo o un muerto que se escapó de su nicho del cementerio. Era una figura alta, tiesa…caminaba arrastrando los pies, con una lentitud que me heló la sangre. _ El viejo miró hacia el suelo de su casa, donde sus propios perros duermen inusualmente callados, acurrucados en el fondo.

_ La jauría completa se le fue encima _ continuó, gesticulando con las manos temblorosas _ y esa criatura no se inmutó. Los rompió al medio. Los perros al verle los ojos vidriosos y ese andar de ultratumba, se metieron chillando bajo las casas. Le aullaron a la Muerte, vecino. Yo me persigné tres veces y me escondí. Así que ya sabe…si la juerga se le alarga, mejor quédese donde un amigo. Hay cosas allá afuera que no le temen a nada de este mundo.

   Yo asentí con gravedad, le di las gracias por el consejo y seguí mi camino. Don Segundo se quedó barriendo, convencido de que me había salvado la vida con su advertencia, sin sospechar jamás que el monstruo que lo desveló anoche estaba fumando a tres metros frente a él.

   Ya en mi casa, sentado en la orilla de mi cama, en la penumbra de mi habitación, llega hasta mí la luz tenue de la calle, dibujando líneas de sombra en mi rostro. Me quito los zapatos gastados. Los miro fijamente. Las suelas aún tienen impregnado el polvo de la calle principal que levanté anoche, mientras fingía no tener vida. Me dejé caer hacia atrás en el colchón, clavando la vista en el techo agrietado y pensé: “Es extraño cómo funciona la mente cuando la sangre es más alcohol que cordura. Anoche yo solo quería llegar a mi cama. Tenía frío, la cabeza me daba vueltas y el cuerpo me pesaba tanto que mover cada pierna era como arrastrar bloques de cemento. Cuando vi a esos perros, el miedo me dio una orden clara: “Hazte el muerto”. Y lo hice. Me desarmé por completo. Me arrastré mecánicamente, con la mirada perdida en la nada, imitando el horror que tantas veces vi en las pantallas. Don Segundo cree que vio un demonio. El barrio entero murmura sobre un mito sin nombre que domó a la jauría más brava de la población. Le temen a una sombra fantasmal que nació de mi propia debilidad, de mi borrachera, de mi pura desesperación por sobrevivir. Mañana volveré a ser el mismo vecino común y corriente. El tipo que saluda al almacenero y camina apurado a su trabajo. Pero sé que cuando la luna vuelva a quedar en cuarto menguante y las tres y media de la mañana congelen el aire…la jauría recordará el sonido de mis pies arrastrándose. Ellos saben la verdad. En esa calle, por unos minutos el monstruo fui yo”.

   El viento de la noche volvió a golpear mi ventana con fuerza. A lo lejos, muy al fondo, casi al borde del horizonte acústico, volví a escuchar el aullido solitario de un perro. Dibujé una sonrisa misteriosa, mientras el sueño perdido de la noche anterior me envolvía con pesantez, transportándome a los brazos del benevolente y etéreo Morfeo.

 

 

 

                                                                                        FIN

  

 

 

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