Gustavo Vignera

Cuento

Carnofobia

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Carnofobia

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Desde aquella pesadilla nunca dejé de pensar. Pensar que había dejado de ser el mismo. Cada noche me orinaba encima porque no quería levantarme y caminar esos doce pasos que me separaban desde mi cama al baño. La habitación de mis papis estaba más lejos, casi cinco pasos más. Sabía que ellos me escucharían si yo gritaba, pero sentía tanto miedo, tanto miedo que mi garganta se cerraba y no permitía que mi pedido de ayuda saliera por ella.

Todo empezó, creo… ya que no estoy muy seguro cuando fue el inicio de este trauma, solo recuerdo que unos días antes habíamos ido a lo de mi abuelo, él tiene una estancia en San Antonio de Areco. Él nació en ese campo, él es un hombre de campo como le gusta que le digan, como si hubiese nacido de un repollo o como si la cigüeña lo hubiese dejado abandonado en ese lugar. El campo tiene un gallinero, unos cuantos conejos y vacas, muchas vacas y también tiene un toro que según dicen fue campeón porque lo habían premiado hace unos años en la Rural. A mi abuelo lo quiero mucho a pesar de que ese día me llevó con unos peones al establo y me mostró cómo mataban a un ternero. Mientras los dos morochos lo tenían de las patas él sacó una cuchilla enorme con mango de madera y le cortó el pescuezo. El pobre animal me miraba como pidiéndome clemencia, que hiciera algo por él, pero solo me quedé mirándolo, viendo como la arteria de su yugular latía y dejaba de forcejear. La sangre salía a borbotones hasta que no soporté más. Salí corriendo. Me dio mucho miedo. Quería que volviéramos a nuestra casa de inmediato. Papá no me hizo caso, obviamente era el cumpleaños del viejo e iban a venir un montón de invitados por la tarde.

Justo en el momento que el sol se ocultaba en el horizonte llegaron tres autos. En uno iba mi tío Osvaldo y mi tía Lidia con mis primos, en los otros dos unos matrimonios con chicos más grandes que yo, que jamás había visto. Mi tía Lidia bajó de su auto sosteniendo su enorme panza y el tío tuvo que ayudarla a pararse. Mi abuelo fue a abrazarla y bromeaba a los gritos diciéndole a todos que ella iba a parir dos terneritos.

Esa noche hicieron un asado que no probé ni un bocado. Habían crucificado en medio de un círculo hecho con ladrillos al animalito desnudo, ya no tenía el lindo pelaje negro con manchas blancas y le habían arrancado la cabeza. Pusieron unos leños y los peones lo prepararon con unos jugos que le tiraban de a ratos con unas ramitas mojadas. Yo miraba el fuego y no me cabía en la cabeza que ese tierno animalito que pastaba libre atrás de su mamá ahora estaba quemándose en el fuego.

Mis papis, mis tíos y los amigos de mi abuelo se chuparon los dedos, pero yo en ese mismo momento me di cuenta de que la carne que compraba mamá en el supermercado también era de animales que seguramente los mataban como lo hacía mi abuelo en su campo. Esa noche nos quedamos a dormir en una de las cabañas para huéspedes que están detrás de la casa de mi abuelo muy cerca del gallinero. Yo casi no pude dormir, el lamento de los animales en el silencio de la noche y la imagen del ternero desangrándose me atormentaba. El canto del gallo despertó a mis papis y ellos se enojaron conmigo, al principio no entendí el porqué, pero al rato caí en la cuenta de que estaba todo meado.

Después del desayuno mis primos y sus amigos desconocidos quisieron jugar a las escondidas, como yo era el más chico del grupo me mandaron a contar y todos se escondieron. Estuve dando vueltas y vueltas y no encontré a nadie. Fui por el gallinero, por dentro de la casa del abuelo y también por las cabañas que aún tenían sus puertas abiertas porque la esposa de unos de los peones iba a pasar a hacer las camas. Pasé rápido por el granero y por último tomé coraje y fui al establo donde la mañana anterior habían asesinado a la vaquita. Aterrado me encontré con el charco de sangre coagulada. Cerré los ojos y entré. A los pocos metros me tropecé con un rastrillo que habían dejado tirado. No retrocedí, sabía que los pibes deberían estar ahí adentro. No se veía nada. Seguí a ciegas recorriéndolo. Continué gateando, me sentía más seguro avanzar a esa altura del piso, me permitía ver por debajo si alguno de los chicos estaba detrás de unos cajones de madera que tenían fardos de pasto encima. Estaba oscuro, mis rodillas me estaban empezando a doler por los raspones que me producía la tierra seca, extendía mis dos brazos y avanzaba, casi en el fondo del establo no se veía más nada, estaba oscuro, muy oscuro. Toco algo duro, algo que estaba apoyado sobre la tierra. Me dio impresión. Era rugoso. Me paré y levanté ese objeto desconocido, era liviano. Parecía que tenía una manija que le sobresalía. Lo cargué para defenderme en caso de que alguno de los grandulones me sorprendiera tratando de asustarme. La puerta del establo se cerró de golpe y la oscuridad fue total. A tientas, tocando las paredes, pude recorrer el camino que había hecho. Llegué a la entrada con esa cosa desconocida que llevaba de la manija dispuesto a revoleársela por la cabeza al que se hizo el gracioso encerrándome. La puerta del establo estaba cerrada de afuera. Empecé a los gritos y a las patadas contra la puerta hasta que se abrió de golpe.

Cuando la luz del sol me cegó, pude darme cuenta de que el objeto que llevaba conmigo era un cráneo de una vaca y que la supuesta manija por donde lo tenía agarrado era uno de sus cuernos. Mi abuelo apareció por la esquina del granero y los chicos salieron de los escondites matándose de risa y cantando “Piedra Libre para todos mis compañeros”. Él se enojó mucho y reprendió a mis primos por haberme encerrado sabiendo que yo era más chiquito y que sin duda me iba a asustar.

Volvimos a la pérgola donde estaban mis papis tomando mate con torta frita. También estaba mi tío Osvaldo y mi tía Lidia con su panza. Mi abuelo agarró la cabeza de la vaca desde sus cuernos y se la puso delante de su cara, como si fuese una careta. Empezó a hacer cornadas y mugidos corriendo a los chicos y también a los grandes.

En el almuerzo sirvieron carne de nuevo y yo preferí solo comer la ensalada. Por suerte esa misma tarde nos volvimos a casa, pero aunque parezca una anécdota infantil sin importancia, ese fue el acontecimiento donde todo comenzó.

Ese año iniciaba mi primer grado en el colegio, conocí un monto de chicos con los que me costó mucho hacerme amigo, parecía que ellos veían algo en mí que les producía rechazo. Parecía que de mi cuerpito saliese un olor apestoso que ellos no podía soportar. En el primer recreo, al salir al patio, todos los chicos jugaban a las escondidas y ninguno me invitaba a participar. La maestra se me acercó y me preguntó porque no jugaba con los otros chicos y no se me ocurrió que responderle. Al volver a la clase, me dirigí directo a mi pupitre, abrí mi cuaderno y en la hoja donde había escrito mis primeras letras veo que alguien estuvo dibujado un cráneo con cuernos igual al que encontré en el establo de mi abuelo. Me acerqué al escritorio de la maestra y le mostré el dibujo, ella se quedó mirándome y me indicó que debía repetir la frase que ella había escrito en el pizarrón hasta llegar al final de la hoja. En ese momento me di cuenta de que el dibujo que había visto en mi cuaderno mágicamente había desaparecido y solo yo lo había visto. La imagen de mi abuelo con los dos peones masacrando al ternero me acompañó toda la clase y no pude escribir ni un solo renglón de lo que la señorita nos había pedido que hiciéramos.

Mamá me vino a buscar a la escuela y le dije que no quería ir más, que me cambiara de colegio. Ella me preguntó si algún chico me había hecho algo, si me había peleado con alguien y le dije que no, que solo no me gustaba, que los chicos eran malos y que la maestra era una boba.

Esa tarde quise completar la tarea y cuando abrí el cuaderno me encontré de nuevo con el dibujo del cráneo de vaca con cuernos pero esa vez con mayor nivel de detalle, como si alguien lo hubiese retocado mientras veníamos en el auto. De inmediato, llamé a mamá que estaba preparando la merienda para mostrarle el dibujo. Ella miró el cuaderno y me dijo que no perdiera tiempo y siguiera con la tarea. Luego ella prendió la tele para ver su novela de la tarde. Ella tampoco pudo ver lo que yo veía.

Antes de la cena, mamá me mandó a bañar. Yo había quedado mal después de la segunda aparición de la cabeza en mi cuaderno. Me negué, no quería quedarme solo, entonces papá me agarró del brazo y me metió en el baño de prepo. Lloré, pataleé y prendí la ducha. El baño se llenó de vapor. Me quedé mirando el espejo como se empañaba. De pronto apareció el cráneo con cuernos de la vaca al lado de mi rostro borroneado. Me doy vuelta y solo una toalla colgada había en su lugar.

Me puse el pijama y volví a la cocina sin siquiera mojarme el pelo. En la mesa ya estaba servido una porción de asado al horno con papas. Se me revolvió el estómago y le dije a mamá que no me sentía bien, que no quería cenar.

Muerto de hambre me fui a dormir, di vuelta en la cama hasta que el cansancio me venció por completo. Esa fue la primera noche que tuve esa pesadilla. Un hombre con cuerpo desnudo, pero cubierto con un pelaje negro con manchas blancas y cabeza de vaca con enormes cuernos entraba a mi cuarto y se paraba frente a mi cama. Me miraba con sus ojos negros como bolas brillantes y mugía, me tomaba de los talones y mugía, me sacudía como un trapo y mugía. Quería gritar, pedir ayuda, pero solo podía ver como llevaba mis piernas a su enorme boca y empezaba a devorarme.

Esa fue la segunda vez que me oriné en la cama, no recuerdo otra vez con anterioridad que me hubiese pasado. A partir de esa noche, no hubo noche que no hubiese soñado con el monstruo con cuernos que parecía a minotauro igual al que había visto en una revista.

A pesar de mi reclamo, mamá me siguió mandando a la misma escuela, como era de esperar. La visión de la calavera con cuernos era cada vez más frecuente y mi reacción ante esa imagen era cada vez más impresionante. Por lo que me contaron, las órbitas de mis ojos se ponían en blanco y comenzaba a convulsionar, los que estaban cerca mío se asustaban, hasta que un día, la directora del colegio llamó a mis padres.

Ella junto a mi maestra le pidieron a mamá que me mandaran a un doctor, que antes de que vuelva a la escuela necesitaban un certificado médico que garantizara que yo estaba en condiciones de asistir a clase sin inconvenientes.

Así fue como estuve meses yendo y viniendo a distintos consultorios de médicos, pediatras, psicólogos, nutricionistas, hasta que llegamos a un viejo doctor de anteojos pequeños que era psiquiatra o, como me lo quiso vender mi papá, era un especialista en resolver trastornos mentales. El doctor me hizo muchos test. Me hacía preguntas y también me mandaba hacer dibujitos. Recuerdo una tarde en la que me mostró unos mamarrachos hechos con lápiz negro y yo debía contarle que veía en esas extrañas imágenes. Una de las láminas me recordó al dibujo de la calavera con cuernos que solo yo veía dibujada en mi cuaderno. A partir de esa revelación, el psiquiatra le dijo a papá cuál era el origen de mi trauma, que lo mío, en los libros de medicina, se denominaba “Carnofobia” y que era una repulsión a la ingesta de carne en todas sus formas, que por eso podría tener ansiedad extrema, náusea y hasta convulsiones al ver alimentos con carne cerca de mí. Le explicó que sin duda había comenzado con esos síntomas a partir del cumpleaños de mi abuelo y mi traumática experiencia en el establo. Seguí con varias sesiones con el mismo doctor y me recetó unas pastillas que al parecer eran ansiolíticos.

Y llegó el día que el doctor me dio de alta, volví a la escuela y pude volver a jugar con mis amigos a la escondida sin que nadie me hiciera a un lado. Estaba feliz, había encontrado mi lugar, la maestra estaba muy contenta con mi regreso y nuestra familia había vuelto a la normalidad.

Varios meses después mi abuelo nos vuelve a invitar a su cumpleaños en su estancia de San Antonio de Areco. A papá siempre le gustaba llegar temprano, no le gustaba manejar de noche por la ruta. Al llegar, el abuelo me dijo que lo acompañara al establo. Mamá le dijo que no era necesario, que mejor me quedara con ellos, que cualquier cosa podría provocarme una recaída. Desde muy chico, siempre me gustaron los desafíos, y le dije a mamá que quería acompañarlos, que no tuviera miedo, que yo ya lo había superado. Ya en el establo, nos estaban esperando los dos peones que tenían amarrado con una soga a un ternerito. Cuando nos vieron llegar lo sujetaron de las patas, uno de las delanteras y el otro de las traseras. Lo tumbaron y el abuelo sacó su enorme cuchilla con mango de madera. Quise demostrarles a todos que yo me había curado y que era valiente. Le dije al abuelo que me prestara la cuchilla, que yo podía hacerlo. Él se quedó mirándome, dudando. Él tomó la cuchilla de la hoja y me la extendió para que yo la tomara del mango. Sin dudarlo me acerqué al ternero y le corté el pescuezo. Al igual que aquella traumática mañana la sangre empezó a brotar a borbotones, pero esta vez dejé que mis manos se mojaran y sentí placer a su contacto, a su espesor, a su calor. Me fui al baño a lavarme. Frente al espejo, con la sangre del ternero me hice unas marcas, como tienen los indios de las películas del lejano oeste, en mis mofletes.

Otra vez, justo en el momento que el sol se ocultaba en el horizonte llegaron tres autos. En el primero bajó mi tío Osvaldo, mi tía Lidia con un carrito donde llevaban a los mellizos y mis primos que estaban mucho más altos que la última vez que los había visto. En los otros dos bajaron los amigos desconocidos de siempre de mi abuelo.

Esa noche, como era de esperar, hicieron un asado con el ternero que yo había matado y estaba orgulloso de haberlo hecho. Ayudé a los morochos a crucificarlo en medio del círculo hecho con ladrillos. Puse los leños y le pedí el encendedor al abuelo para encender el fuego. Yo miraba el fuego y sentía que lo había logrado, que ya no era un chiquitín, que tenía coraje y podía hacer todo lo que se me antojara.

Mis papis, mis tíos y los amigos de mi abuelo se chuparon los dedos, estaba riquísimo, uno de los peones que hacía de mozo no paraba de servirme trozos de carne y yo le pedía la que estaba más roja, la que estaba más jugosa, la que estaba más cruda. Esa noche nos quedamos a dormir en la cabaña de siempre, la primera que está detrás del gallinero. Yo dormí como un bebé hasta que el canto del gallo nos despertó a los tres y fuimos a la pérgola a desayunar mate cocido con torta frita.

Después del desayuno mis primos y sus amigos desconocidos quisieron volver a jugar a las escondidas y como yo seguía siendo el más chico del grupo me mandaron a contar. Todos corrieron para esconderse. Estuve dando vueltas y vueltas y no encontré a nadie. Fui por el gallinero, luego por la casa del abuelo y también por las cabañas que aún tenían sus puertas abiertas porque la esposa de unos de los peones iba a pasar como de costumbre a hacer las camas. Entré a la cabaña de mi tío Osvaldo y mis nuevos primitos estaban durmiendo como angelitos en las cunas de madera que el abuelo les había armado. Me acerqué y pude verlos de cerca, eran hermosos. El perfume a bebé me embriagaba. Me acerqué aún más para oler sus piecitos desnudos. No pude resistirme, agarré una de sus piernitas y la mordí con fuerza. Ante los gritos del chiquito, llegaron corriendo mi tío Osvaldo y mi tía Lidia, mis papis y los amigos desconocidos. Me encontraron con mi cara y mi remera chorreando sangre. Ni por un segundo dejé de masticar ferozmente. Ellos gritaban como locos, pero no los escuchaba. Me pegaban pero yo seguía en trance con los pedazos de deditos y huesitos aún dentro de mi boca. Era indudable que la carne ya no me causaba repulsión, me había curado por completo. Había descubierto también que la carne humana era mucho más sabrosa que la de ternera.

 

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