Microrrelato

Orígenes

person Luis Fernandez Caula

Orígenes

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ORÍGENES, anís del mono.

El mono miraba la botella que sostenía en su mano izquierda, miraba la etiqueta de la botella donde se miraba a si mismo sosteniendo y mirando la botella…Vivía así, dentro de su círculo infinito perfecto, y no necesitaba nada más. Todo estaba en aquella botella de “Anís del Mono” para beber y para rascarla rítmicamente, celebrando el rostro del científico disfrazado de mono, como si Darwin, con su evolución, retrocediera y regresara a sus orígenes para convertirse en mono.

Él era un progre (progresista), o quería serlo. Aunque no se supiera muy bien de qué, así se identificaba y se quedaba tranquilo y satisfecho. Estaba sentado en el sofá de su sala de estar progre; eso significaba estar rodeado de estanterías con libros, cuadros más o menos atrevidos y lámparas de luz indirecta. El ambiente recomendado para la concentración mental, la escenografía ideal para un intelectual. Leía el periódico mientras mantenía encendido el televisor.

 

Parece interesado en la prensa hasta que descubre una noticia en la que lee un manifiesto contra la «telebasura». Una vez leído, y después de comprobar quiénes lo firman, analiza las imágenes del televisor y fuerza la mirada para ajustarla al contenido del escrito. En ese momento ve en el televisor las imágenes del anuncio de “Anís del Mono”, con la botella del mono-hombre-científico pasando de él y reflexionando eternamente sobre el destino del mono. Quizá descubriendo en la botella su origen y su evolución más allá de las noticias de las nueve de la noche de un sábado cualquiera.

Comenta con su mujer el contenido del manifiesto y habla de la necesidad de liberarse del televisor. Hace suya aquella intención que procede de todas las firmas que respaldaban el manifiesto, de los más grandes intelectuales, sus venerados referentes. La mujer, como auténtica esposa de progre, al escuchar aquellos nombres sagrados, comprende perfectamente la proclama.

Como vecinos solidarios, deciden regalar el televisor al vecino, un joven extraño que vive solo y del que no saben ni qué hace ni de qué vive. El joven, ataviado con un chándal de sábado, los mira extrañado y acepta el inesperado regalo de aquellos vecinos desconocidos. Le entregan el televisor sin necesidad de dar más explicaciones, demostrando así que no necesitan aquel aparato. El joven se queda con el televisor y cierra la puerta sin decir nada.

Regresan a casa, solos. El mueble que antes ocupaba el televisor esta ahora vacío. Echan de menos aquella especie de prolongación vital, pero ambos disimulan, cada uno ante sí mismo y también ante el otro. Por tanto, callan y evitan enfrentarse a aquella dimensión desierta. Hasta que el hombre, más decidido y más progre aún, se arma de valor y decora el vacío con una docena de libros.

Se sienten bien y liberados. Deciden celebrarlo. Dudan sobre cómo hacerlo y finalmente optan por una copita de “Anís del Mono”; no por nada en particular, sino porque tienen la botella a mano. Brindan satisfechos. Después, sin decirse nada, cada uno toma algo para leer: un libro, un periódico.

No pueden reconocerlo, pero les cuesta concentrarse. Se levantan una y otra vez y se mueven por el piso como si buscaran algo. Lo solucionan con otra copita de “Anís del Mono”, esta vez sin brindar.

Cogen unos libros, los abren y, en el silencio de la lectura, o en su intento de leer, empiezan a oír el televisor del vecino, su televisor. Con el libro en la mano, sin saber qué hacer con él, el hombre desconecta y se levanta. Enseguida, la mujer le pregunta:

—¿Adónde vas?

—A prepararme una infusión.

—Ah, muy bien. ¿Y ni siquiera me preguntas si yo también quiero?

—Pero si tú nunca tomas infusiones.

—¡Cómo que no! Claro, tú y solamente tú, ¡siempre tú! ¡El eminente intelectual, el único!

—Pero ¿qué dices? Si tú...

Y así empiezan a irritarse por una infusión sin saber siquiera de cuál. Mientras tanto, el televisor del vecino, su televisor, atraviesa insistentemente la pared, como si quisiera definirse y comunicarse con ellos. Parece hacerlo con toda su potencia desplegada, omnipresente por toda la casa, aplastándolos.

La mujer se levanta, camina por la casa sin saber qué hace y se encierra en la habitación. El hombre aprovecha a escondidas para buscar en el periódico las páginas de la programación televisiva. La mujer reaparece arreglada, maquillada, muy provocativa, preparada para una fiesta en toda regla. De fondo, como si fuera la banda sonora, se oyen las risas, las exclamaciones de admiración y los aplausos del programa emitido por el televisor del vecino, su televisor.

El hombre le pregunta adónde va y ella, como burlándose de él, le responde que le falta sal para la cena. El hombre le sigue el juego con la misma mala intención y responde con ironía:

--Claro, es muy normal.

La mujer sale. El hombre oye cómo llama a la puerta del vecino.

—¿De verdad irá a pedirle sal? --

Evidentemente, el eminente intelectual no se lo cree y también sale de casa sin saber muy bien adónde ir.

La mujer llama a la puerta del vecino y le pide el televisor. El vecino, del que no sabemos a qué se dedica ni de qué vive, le dice que lo siente mucho, pero que el televisor ya es suyo. La mujer usa sus armas seductivas, le sonríe y se le acerca insistiendo melosamente con lo del televisor. Ante la evidente urgencia de la mujer, el vecino le descubre el “mono”: su dependencia al televisor y le propone un trato, ella acepta.                                                                                                                                     Se la jode a cuatro patas mientras ella mira el programa punta del sábado noche. Ella va siguiendo y participando del programa. Una vez el vecino satisfecho, y antes de la resolución del programa, pasa de la insistencia de ella, la despacha y cierra la puerta.

 

 

Mientras tanto, el hombre entra desesperado en un bar, pide un anís y exige al camarero que encienda el televisor. Este se enfada porque falta poco para cerrar y refunfuñando conecta el televisor para después buscar la botella. El hombre le recalca:

—Ah, y que sea del mono ese.

Queda hipnotizado ante el televisor, pendiente del desenlace del programa. Sin embargo, en el momento más interesante, el camarero apaga el aparato y le dice que ya basta, que tiene que cerrar el bar. El hombre insiste, se exalta y empieza a ponerse violento. El camarero, que ya conoce otros casos no iguales, pero sí parecidos, saca un garrote y se enfrenta a él. Al ver el arma, el hombre se transforma, da un salto y se abalanza sobre el camarero. Este lo esquiva y le asesta un garrotazo. Cansado de tipos pesados, lo empuja como si fuera una pelota, lo echa del local y lo arroja a la calle.

El hombre avanza por las calles y contempla escaparates cerrados con televisores apagados. Se apodera de él una extraña sensación, hecha de las tinieblas que habitan el vacío de la selva.

Finalmente, regresa y se encuentran los dos en casa, destrozados y malhumorados. Intentan disimular ante el otro; incluso intentan comprenderse. Identificados en aquella derrota muda, vuelven a sentirse más unidos y deciden jugar juntos a algo. Cogen el Scrabble y, jugando y jugando, acaban componiendo la palabra zapping. Se desesperan.

Despojados de los códigos más humanos, se muerden las uñas, sufren convulsiones y dejan aflorar su parte salvaje. Oyen a todo volumen el televisor del vecino, lo olfatean a través de la pared, lo rastrean. El hombre se transforma, tira los libros del mueble y salta sobre ellos. Después los patea y los estrella contra la pared del vecino que ya suena a reventar.

No pueden más y deciden ir a suplicar que les devuelva el televisor. Los dos con las caras desencajadas y hechos polvo, le ruegan y le imploran. Este les dice que no. Se cabrean, se erizan y le enseñan los colmillos, exigen lo que es suyo. El vecino de detrás de la puerta saca una escopeta de dos cañones recortados y apuntándolos les recuerda

"Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita".

Los sigue apuntando. Viendo que se arrugan, pero se quedan como esperando alguna clemencia mira a la mujer

"Si quieres un trato, ya lo sabes"

La mujer accede. Pero ahora el vecino se percata del hombre, parece que le pone su facha de falso intelectual hecho polvo y se remueve los genitales mirándolo. La mujer insiste al hombre que acepte este trato subterráneo como otro más de sus disfraces. Y mientras ven el programa preferido del sábado noche donde se descifrará quién pone los cuernos a quién, el hombre se la chupa al vecino. Descubrir quién pone los cuernos a quién, se hace largo, eterno, con largos ratos publicitarios de por medio, aparece varias veces el mono con su porte concentrado en sí mismo de un egoísmo que les duele. Tiempo de televisión para que el vecino complete su bacanal a domicilio en todas sus variantes. Hasta que se harta y con la recortada en las manos los echa fuera.

Huyen con el rabo entre las piernas. Deambulan por las calles con el instinto de buscar al límite. Escuchan televisores detrás de cada puerta. Llaman, pero las puertas se cierran rotundamente ante ellos. Solo ven antenas y escuchan el programa: todo el mundo espera el desenlace final del mayor cotilleo nacional.

Se abrazan y comprenden que están solos, que viven lo mismo y que se necesitan. La mujer lo toma de la mano y, encorvados y con las piernas arqueadas, se dirigen hacia casa.

Regresan a su inhóspito refugio. Nada más abrir la puerta, vuelve a atravesarlos el vaho de aquel silencio insoportable. Ella, como superándolo, parece perseguir una idea fija. Coge la botella de “Anís del Mono” y la vacía en la boca de su marido para que beba a chorro. Se la van pasando hasta delirar. Terminan la botella.

Ahora los dos lo comprenden: deben intentar reproducir el anuncio televisivo del mono; de ese modo, después del anuncio seguirá el programa. ¡Por fin el programa! ¡En vivo y en directo, y en casa!

La mujer va disfrazando al hombre de mono y lo prepara para invocar el anuncio. Lo intuye al instante: deben superar el instinto animal y realizar un acto de fe.                  Una vez que han compuesto el cuadro con la escena del mono, la mujer busca el mando a distancia del televisor, apunta con él y pulsa el play. Pero nada, no sucede nada. Insiste y tampoco ocurre nada: el hombre-mono continúa allí, como una imagen congelada.                                                                                                                              El hombre se desespera, lanza gruñidos, golpea el suelo con el dorso de las manos, salta, profiere chillidos y emite una sucesión creciente de sonidos guturales y salvajes. Corre curvado de lado, balanceando los brazos y trazando círculos alrededor del mueble vacío del televisor, luego se alza sobre las patas traseras y se golpea el pecho con las manos abiertas.

Ella, también salvaje, aunque con una chispa lúcida, le dice algo ininteligible. El hombre-mono comprende lo que sucede, trepa hasta el espacio vacío que ocupaba el televisor y se instala allí. Ambos lo entienden. La mujer le coge la mano, toma dos de sus dedos y los enchufa a la corriente. El hombre-mono experimenta una sacudida, lanza el rugido de gorila herido y se le electrizan el pelo y la larga cola.                          La descarga eléctrica alcanza a la mujer y la hace rebotar hasta caer en los brazos del mono. Al instante, ella experimenta la misma transformación. Quedan abrazados y electrocutados.                                                                                                                         El rostro de intelectual camuflado de mono, se transforma: se le cae el cabello y se queda calvo, mientras le crece una espesa barba blanca, acompañada de unas gruesas patillas que se unen al pelo lateral, al mismo tiempo, sus cejas se pueblan de un espeso vello canoso, completando así la imagen del perfecto científico decimonónico con el resto del cuerpo conservando su origen de simio.

Por fin los dos descubren toda la intriga del programa y mueren satisfechos, saciando el “mono” del mono dentro de su círculo perfecto.

 

 

 

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