La Caracola
Luciano tomó la caracola y la llevó a su oído. —¡Mi abuela te h...
arrow_forward LeerLa tormenta llevaba ya más de un día y no daba señales de parar. «Con esta lluvia tendré agua suficiente para todo el año», pensó Facundo esa noche escuchando los truenos que ya parecían alejarse.
La mañana siguiente trajo el típico aroma a tierra mojada y el sonido de los pájaros que celebraban el retorno del sol. Facundo esperaba encontrar la parcela anegada como siempre que llovía demasiado. Pero en lugar de eso vio una serie de pequeños canales que mostraban el curso del agua hacia el sector más bajo del terreno, algunos aún llevaban un pequeño arroyo cristalino. Fue al lugar donde convergían las corrientes. Había un agujero de aproximadamente cincuenta centímetros de diámetro en su parte más ancha. El agua se precipitaba abajo en hilos delgados pero no se escuchaba caer al fondo. Facundo se acercó con cautela al borde posiblemente inestable del pozo y trató de observar hacia lo profundo. No vio nada.
Antes que preocuparse, Facundo vio una oportunidad de oro en esta nueva situación: haría un pozo aprovechando lo que la naturaleza había comenzado, así tendría una nueva fuente de agua de riego para pasar el largo e intenso verano. Fue a buscar una cuerda para medir la profundidad de su nuevo hallazgo. La primera estimación: más de veinte metros, los que medía la cuerda.
Tuvo la precaución de poner una tapa de madera improvisada sobre el agujero para que Tyson, su perro, no fuera a caer en él. Luego se encargó de las tareas diarias en el gallinero y pasó el resto del día haciendo preparativos para el proyecto: una lista de compras y una de tareas donde la primera era cotizar una bomba y cañerías para extraer el agua que seguramente estaba en el fondo.
Antes de ir a dormir hizo entrar al perro. La noche iba a ser fría y consideró que lo mejor era que el viejo Tyson durmiera junto al fuego de la estufa.
—¡No te acostumbres, es una excepción! —dijo acariciándolo. Tyson movió la cola feliz.
Lo despertaron los ladridos. Facundo se levantó y fue a observar con su linterna pero no encontró nada fuera de lugar. El perro se acercó al borde del pozo, ladró un par de veces a la tapa de madera y volvió corriendo a donde estaba Facundo con la cola entre las piernas.
Fue hasta la mañana siguiente que Facundo supo que algo andaba mal. Al salir afuera notó que la puerta del gallinero había sido forzada, faltaban dos gallinas y un rastro de plumas conducía directamente al borde del pozo. La tapa no estaba como la había dejado. Había un hueco suficientemente grande como para que entrara un animal mediano.
Facundo lanzó una maldición con la mano empuñada. Pero se alegró al deducir que seguramente el zorro había caído al pozo con su botín. Lamentó la pérdida de dos gallinas pero, si era el costo a pagar por deshacerse limpiamente de ese astuto ladrón, valía la pena. Y viendo que, evidentemente, la tapa improvisada no había cumplido su función, la reemplazó por una pesada placa de metal. Al día siguiente llegaría Aurora y era mejor tener ese hoyo bien tapado.
Aurora amaba visitar a su padre en el campo. A sus cuatro años no entendía por qué sus padres vivían separados y a menudo sugería «ir a vivir todos a la casa del papá».
—Está un poco resfriada, cuídala mucho por favor, que no se moje —dijo Adriana al despedirse.
—Tranquila —respondió Facundo al tiempo que cruzaba una mirada cómplice con Aurora.
En cuanto su madre se retiró, Aurora se fue al gallinero recoger huevos y jugar con los bebés. Después Facundo le puso botas de agua para que chapoteara en los charcos que aún persistían. De pronto la niña se quedó quieta sobre un charco mirando su propio reflejo, y al ver que sus pequeños pies estaban sumergidos gritó:
—¡Mira papá, es muy profundo!
Facundo abrió la boca fingiendo asombro y luego sonrió. Pronto Aurora cambió el charco por una búsqueda de caracoles y hongos. Mientras tanto aprovechó de avanzar con el proyecto.
Estaba absorto en los cálculos. Lo primero era saber la profundidad exacta del agujero, dato esencial para establecer la potencia de la bomba a usar. Necesitaría una cuerda más larga. Cuando miró por la ventana vio a Aurora al borde del pozo. Sintió que su corazón se detuvo por un instante, corrió y en pocos segundos estuvo con la niña que miraba hacia las profundidades. La tapa metálica había sido corrida.
—Hay un niño —dijo Aurora señalando la oscura boca del pozo—. Me estaba llamando.
Facundo no supo qué decir, tomó a la niña y la llevó adentro.
Volvió a tapar el pozo con la pesada placa. Cerró la puerta y se ocupó en encender el fuego. Pronto se pondría el sol y habría otra noche fría bajo el prístino cielo cargado de estrellas. «Alimentar a la criatura, luego a Tyson, cerrar el gallinero, luego seguir con el proyecto cuando Aurora se duerma». Facundo hacía una lista mental de tareas mientras acomodaba leños y abría la compuerta para darle más oxígeno al fuego. Antes de cerrar las cortinas se detuvo a mirar hacia el pozo a través del vidrio. El cielo rojo iluminando su cara rígida lo hacía parecer un antiguo ídolo de piedra.
Cuando terminó con los cálculos estaba exhausto. Puso más leños para la noche y cerró el respirador de la estufa al mínimo. Mañana el pozo dejaría de convertirse en un problema para empezar a ser una solución.
Los aterrados aullidos de Tyson lo despertaron demasiado tarde. Medio aturdido por el sueño y entumido encendió las luces. Aurora no estaba a su lado. La realidad de pronto se hizo densa; el tiempo se detuvo. «Es una pesadilla» deseó con todas sus fuerzas. Miró desesperadamente alrededor de la habitación. La ventana había sido forzada. ¡El pozo!
Tomó el arma del velador y corrió semidesnudo hacia el frío de la noche, escuchaba a lo lejos sus propios gritos velados por una especie de ruido de estática en su cabeza. Al llegar se arrodilló en el borde. La tapa había sido corrida. Trató de ver hacia adentro. La luna llena estaba alta en el cielo. Pudo ver reflejos que se movían al fondo. ¿El brillo del agua? Tyson ladraba furioso.
—¡Aurora! —Los gritos de Facundo se perdían en las profundidades envueltos en una nube de vapor.
Bajo la noche estrellada, todo era gris. Como en un sueño. Desde abajo se escuchó el eco de su propio grito mezclado con una voz infantil.
—¡Niño!
Facundo corrió a la bodega, no sentía sus piernas, no sentía el barro en sus pies descalzos. Regresó con una linterna y la cuerda con la que había intentado medir el pozo, la ató a un árbol cercano y descendió sin pensarlo. No había tiempo que perder. Sintió un sabor salado en su boca mientras descendía. Tyson aullaba y escarbaba el borde del pozo con desesperación.
Siguió gritando y descendiendo, su propia voz mezclada con gritos infantiles que respondían desde lejos.
—¡Aurora! ¡Niño!
Durante todo el descenso, hasta llegar al final de la cuerda, vio túneles horizontales que interceptaban el pozo cada tanto. El agujero se hacía más ancho a medida que descendía. Dentro de uno de esos túneles vio un par de ojos que le devolvían el brillo de su linterna. Al girar y adentrarse en la galería solo se pudo distinguir parte de su pálido cuerpo en la penumbra. Facundo contuvo la respiración. Comprendió todo de golpe. Apretó con fuerza sus piernas contra la cuerda e intentó subir. Fue imposible. Ahora colgaba como un péndulo de carne sobre el abismo oscuro. Abrazado a la soga, con la cabeza inclinada llamó por última vez, pero esta vez no fue un grito. Su voz ronca sonó como una despedida.
—¡Hija!
Sus ojos nublados por las lágrimas mezclaban brillos y oscuridad, su cuerpo aterido perdía fuerzas, la soga mojada… Y el eco metálico del revólver al caer al fondo.
Cinco días después, cuando Adriana regresó por la niña, encontró a Tyson agonizando de hambre y frío al borde del pozo. La cuerda colgaba ligera y se perdía en lo profundo. Vecinos y autoridades llegaron para investigar las desapariciones. Al asomarse para escrutar el misterio escucharon una voz que alternaba sonidos de gallinas, ladridos de perro, una voz infantil y una de adulto que gritaba ¡Aurora!
Adriana intentó lanzarse al abismo para reunirse con su hija. Los vecinos la arrastraron fuera del borde mientras arañaba la tierra hasta sangrar. Luego fue internada. Terminó sus días ovillada en el fondo de una habitación blanca.
El pozo fue dinamitado con premura, como cada nuevo abismo que se abre cuando hay tormenta. La gente actúa rápido; no quiere escuchar los sonidos que invariablemente surgen de las profundidades.
FIN
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