Un Extraño En El Camino
Había regresado a mi país, después de muchos años de estar fuera, y n...
arrow_forward Leer“Los espejos nunca olvidan el primer rostro que les pertenece. Tampoco olvidan el segundo.”
Cuando Ileana nació, el reino celebró durante tres días. Las campanas repicaron, los nobles llevaron regalos, los sacerdotes hablaron de un milagro. Decían que jamás habían visto una criatura tan hermosa.
Nadie habló del segundo llanto, porque hubo otro, más débil, más breve y desapareció antes del amanecer.
Pero los sirvientes juraron que vieron algo aquella noche. Una sombra diminuta arrastrándose por el suelo de piedra. Dedos como sombras aferrados al borde de la cuna. Y unos ojos que miraron desde la oscuridad mientras la partera envolvía a Ileana en seda blanca.
Desde aquel día, los espejos de la casa fueron cubiertos con gruesas telas negras durante nueve noches.
Los sirvientes nunca preguntaron por qué. En aquella familia, las preguntas tenían un precio demasiado alto y los que preguntaban desaparecían.
Los años pasaron. Ileana creció convertida en la joven más admirada del reino. Los hombres bajaban la mirada cuando ella sonreía, las mujeres envidiaban su belleza y sus padres la observaban con un orgullo casi enfermizo.
Jamás permitieron que abandonara el castillo sola, jamás dejaron que cruzara el ala norte, jamás pronunciaron una palabra que comenzara con "dos".
Ileana nunca comprendió aquellas reglas, hasta la noche en que el espejo dejó de obedecerla.
No ocurrió de golpe, primero fue un parpadeo, después una sonrisa que apareció un instante antes que la suya. Luego un susurro tan bajo que parecía venir del interior de su cabeza.
¿Todavía no me recuerdas?
Ileana retrocedió. El dormitorio quedó en silencio. La voz volvió, esta vez más cerca.
Ellos también dijeron que yo no existía.
Ellos también me cubrieron con un paño y me olvidaron.
Pero los espejos... los espejos nunca olvidan.
Corrió hasta la puerta, no abrió. No porque estuviera cerrada, sino porque había desaparecido.
Solo quedaban paredes de piedra y el espejo.
Entonces ocurrió. La superficie comenzó a ondular, no como agua; como piel.
El cristal respiró lento y profundo.
Un sonido húmedo brotó desde su interior, semejante al de un animal lamiendo una herida abierta.
Las primeras grietas aparecieron bajo la superficie. Pero no eran grietas, sino venas.
Negras al principio, luego rojizas. Pulsaban como si un corazón gigantesco latiera atrapado detrás del espejo.
Una gota espesa descendió lentamente desde el borde superior. Roja, oscura. Demasiado espesa para ser agua. Resbaló por el cristal dejando una estela brillante, después cayó otra y otra. Hasta que el espejo entero comenzó a sangrar.
La sangre no alcanzaba el suelo. Cada gota regresaba lentamente al cristal. El espejo la absorbía con avidez, como una boca sedienta.
Entonces apareció una mano. Los dedos eran tan delgados que la piel apenas conseguía ocultar los huesos. En algunos nudillos la carne había desaparecido por completo. El hueso blanco asomaba cubierto por restos oscuros de sangre reseca.
Las uñas no estaban quebradas, habían sido arrancadas una por una. Las puntas de los dedos terminaban en pequeñas heridas abiertas que nunca habían cicatrizado.
La palma se apoyó contra el cristal.
Crac.
El dedo índice se dobló demasiado hacia atrás, hasta partirse. Ella no emitió un solo sonido. Observó el hueso sobresaliendo bajo la piel con una serenidad insoportable, después sujetó el dedo con la otra mano y lo acomodó lentamente.
Tac.
El hueso volvió a su lugar como si el dolor hubiera dejado de existir hacía siglos.
Una segunda mano emergió del espejo, luego una tercera, después una cuarta.
No pertenecían al mismo cuerpo, eran manos diferentes, más pequeñas, más viejas, más consumidas. Todas golpeaban el cristal desesperadamente, arañaban, empujaban, suplicaban salir.
Las uñas dejaban largos surcos de sangre que desaparecían apenas un segundo después, como si el espejo bebiera incluso su desesperación.
La habitación se impregnó de un olor insoportable, a hierro, tierra mojada, cera derretida y algo más antiguo. Como el olor de los huesos cuando una tumba se abre demasiado pronto.
Fue entonces cuando la figura terminó de incorporarse. Su cuello colgaba en un ángulo imposible. Las vértebras sobresalían bajo la piel gris como cuentas de un rosario roto.
Levantó lentamente el mentón, el cuello comenzó a girar.
Tac.
Una vértebra.
Tac.
Otra.
Tac.
Otra.
Hasta quedar completamente recto.
Solo entonces sonrió. Y aquella sonrisa fue peor que toda la sangre, porque era exactamente la sonrisa de Ileana. Pero había algo que ni los dedos mutilados, ni las vértebras rotas, ni la sangre devorada por el espejo conseguían ocultar.
En el pecho, el vestido de jirones se abría apenas lo suficiente para revelar un agujero. No era una herida, sino un vacío. Un círculo perfecto que atravesaba su cuerpo de lado a lado. A través de él, Ileana debería haber visto la pared del dormitorio, pero no había pared. Solo oscuridad. Una oscuridad viva. Algo respiraba en su interior al mismo ritmo que el espejo.
El espectro levantó la mano huesuda y rozó el borde del hueco. Sus dedos se hundieron en la negrura y desaparecieron. Cuando los retiró, sostenían un cordón umbilical seco, gris y retorcido como una serpiente muerta. Lo alzó hasta sus labios, lo besó y susurró:
—Este fue el lazo que nos unió. El que me robaste. El que me arrebataron cuando decidieron que solo una de nosotras podía respirar.
Lo soltó. El cordón no cayó. Flotó lentamente hacia el techo, como si unas manos invisibles lo recogieran desde el otro lado. Entonces el espectro dio un paso y el cristal se recompuso detrás de ella.
—Esta vez... el cordón me pertenece.
Un dolor agudo atravesó el vientre de Ileana. Instintivamente se llevó las manos al ombligo. No había ninguna herida, pero sentía que algo era arrancado desde un lugar mucho más profundo.
El espectro levantó ambas manos. Entre sus palmas comenzó a formarse una diminuta sombra. Era el rostro de Ileana recién nacida, con los ojos cerrados.
—¿Sabes qué hizo mamá después de que nací? —preguntó, acariciando aquella pequeña figura—. Me sostuvo. Me miró. Y dijo: «Solo hay lugar para una».
Hizo una pausa.
—Después me pusieron frente al espejo. Para que viera a mi hermana. Para que supiera quién viviría... y quién quedaría atrapada.
La diminuta sombra abrió los ojos. Eran dos puntos negros, sin brillo. Comenzó a llorar en silencio, porque los muertos no tienen voz y los olvidados tampoco tienen llanto.
El espectro apoyó una mano sobre el hombro de Ileana.
El mundo se partió.
No hubo luz.
No hubo ruido.
Solo un vacío insoportable.
El espejo dejó de estar frente a ella.
Ahora respiraba a su alrededor.
Ileana cayó de rodillas. Intentó incorporarse, pero el cristal la rechazó. Golpeó, arañó y gritó con todas sus fuerzas.
Del otro lado, la otra Ileana permanecía inmóvil, observándola con una serenidad que helaba la sangre. Se acercó despacio, apoyó la palma exactamente donde la verdadera Ileana golpeaba desesperadamente y, separadas solo por el cristal, habló con una voz tan tranquila como definitiva.
—Tu vida ahora es mía.
Guardó silencio. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Disfruta la eterna oscuridad... hermanita.
Retiró lentamente la mano, se acomodó la cinta blanca en el cabello y contempló durante unos segundos su nuevo reflejo, ignorando por completo la desesperación de Ileana. Después le dio la espalda y salió de la habitación sin volver a mirarla.
—¡No...!
Ileana golpeó el cristal con todas sus fuerzas mientras veía a su hermana alejarse. Ningún sonido logró atravesarlo. Solo un silbido seco y hueco llenó la oscuridad que comenzaba a rodearla.
La sombra la envolvió lentamente. Sintió cómo invadía su cuerpo, transformándola poco a poco en aquello que durante años había visto al otro lado del espejo. Su piel perdió el color y la carne comenzó a desprenderse de sus dedos como papel mojado, dejando al descubierto unos huesos blancos y helados. Lo más aterrador no fue el cambio, sino descubrir que el dolor desaparecía, como si incluso el sufrimiento la hubiera olvidado.
Entonces comprendió la verdad.
No se estaba convirtiendo en un monstruo.
Se estaba convirtiendo en la prisionera del espejo.
Las sombras ascendieron por sus pies. No eran sombras, sino cientos de manos negras, delgadas y consumidas que trepaban por sus piernas, aferrándose a su piel con desesperación, como si llevaran siglos esperando a otra olvidada.
Y el espejo...
Por fin había recuperado a la hermana equivocada.
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