Desvelo Por Vanessa Montañés
La primera vez que Clara encontró una nota escrita con su propia letra y no recordó...
arrow_forward Leer
Miguel levantó la voz aun más para hacerse entender bajo el diabólico sonido de los bafles de la discoteca. Ella rió la ocurrencia. Parecía encontrar graciosos sus comentarios. Fue entonces cuando la vio pasar ante ellos. ¡Y sus ojos se fueron con ella!
-¡Ey, pasma’o! ¡Espabila!
Su mirada volvió a la rubia, que ahora se la devolvía entre intrigada e irritada. No por celos, ciertamente. Conocía a la chica desde los tiempos del colegio y, aunque tía buena ella y buen mozo él, nunca había mediado entre ellos interés más allá del meramente amistoso. Bueno, éste y el que toda maciza despierta en el ánimo masculino. Pero vamos, ése se daba por descontado.
-¡Que te la vas a comer con los ojos!
No podía levantarlos de la femenina, soberbia humanidad de la muchacha. ¿Cómo podía existir semejante perfección de hembra? Por más que uno la mirara, no resultaba posible cansarse de admirar semejante delirio de curvas por el cual se deslizaba suave, deliciosamente la vista. ¡Vaya cuerpo! ¡Cómo lucía el negro y ceñido vestido de algodón! Resultaba un verdadero tormento ser testigo del modo en que su brevísima falda se semiintroducía en la raja de sus glúteos de piedra. ¿Tanga? ¡Se decía que ni eso! Sus bien torneadas piernas marcaban el compás que sus generosos pechos, regalo de papá para su decimosexto cumpleaños, replicaban desafiando la ley de la gravedad para goce y tortura de la varonil concurrencia.
-¿Sabes lo que se dice de ella?
-Sí.
-¿Y aun así te la querrías follar?
-¡Sin dudarlo un momento!
Verónica lo miró alucinada.
-¡No me lo puedo creer! ¡Los tíos tenéis una polla en la cabeza! Me voy por un cubata.
Como si hubiera dicho de irse a Marte. Para la atención que le prestaba ya...
Y es que Déborah era mucha Déborah. Los largos y lacios cabellos negros, en suprema sociedad con aquellas aguamarinas que ella llamaba ojos, prestaban su esplendor a un sueño de fotogenia, un rostro cuya belleza no podía ser de este mundo. Sus labios, rojos y voluptuosos, hablaban sin palabras de promesas de placeres malditos e inenarrables, perdida la cordura entre aquella anatomía que la mismísima diosa Venus envidiaría. Sí, sabía lo que contaban. Era de dominio público que, de varios de los varones que con ella flirtearon, no se volvió a saber más. La policía la había interrogado varias veces sin éxito, y ello no hacía sino aumentar su negra leyenda de mantis humana, matadora de su pareja tras servirse de ella para el rito sexual. Pero, ¿a quién le importaba? Como había asegurado a Verónica, con todo, no vacilaría en caminar tras ella si se lo pidiera, donde quiera que le llevase. Mendigo de sus besos, esclavo de sus favores.
Pero no era en él en quien hoy tenía su interés fijado la hermosa. Para bien o para mal, sus atenciones andaban captadas por un rubio galán. Soberbio ejemplar de macho de la especie, de amplios hombros y musculadísima complexión que, desde sus casi dos metros de altura, contemplaba la realidad que ante él se desarrollaba cual monarca sus dominios.
-Hi, baby! –saludó seguro de sí mismo a la diosa.
-Hi, darling! –respondió ella en perfecto inglés.
Los ojos del marine se iluminaron, triunfante ante la flor y nata de la USNavy con él embarcada. Tan sólo ha sido un saludo. Fugaz, furtivo... Ella está con otro chico. Es discreta en su trasgresión, cuidadosa de que no trascienda, pero él sabe bien cuando una fémina ha caído rendida a sus pies.
Una caricia se desliza por la masculina cintura al paso de la hembra, y un pequeño papel doblado se introduce subrepticio en el bolsillo de su pantalón.
“I’m waiting for you in the street behind the club, darling.”
Sin más, la bella desaparece entre la muchedumbre. Supuestamente camino de los servicios. En realidad, de la puerta de emergencia que da a la calle de atrás.
Minutos después, el poderoso varón se reúne con los azules ojos que en la noche le esperan, destellando en su seno con el fuego del Infierno. Sonríe. Sus dientes son perlas que replican el esplendor de la diosa Selene que en ellos se refleja, y el hombre sabe que va a morir. En los dos días que lleva su barco de escala en la ciudad, ha escuchado cosas acerca de ella. Simples rumores, había que suponer, pero ahora sabe que hay algo más.
-Do you wish my pump? –susurra tras besar ligeramente sus labios-. Follow it!
Sin dejar de sonreír, gira sobre sí misma y comienza a caminar calle allá. Embelesado, el americano contempla la hipnótica cadencia de las divinas caderas que le atraen hacia la muerte. Cual negra araña de fatal hechizo, su dueña tira de sutiles hilos que le arrastran sin remisión.
A partir de ese momento, todo se torna borroso. Como a través de espesa niebla en su pensamiento, cree recordar haberla seguido a cierta distancia a través de calles desiertas y también, quizá, haber golpeado a alguien para robarle el coche. ¡Pero ocurrió hace tanto! Fue en otro tiempo, en otra vida...
Ahora se encuentra en el interior de un mausoleo en algún cementerio, embistiendo con fuerza a la más extraordinaria hembra que haya conocido en su vida. La estancia iluminada por la anaranjada, mortecina luz de los cirios, tomada la gloriosa cintura de avispa en sus manos, taladrando la ansiada entrada sin compasión. Ella, apoyada sobre el dintel de una de las tumbas, grita su placer ante las fotos de los que fueron y ya no son, en presencia misma de la muerte, y cuando él pasa sus brazos adelante para agarrar sus pechos y retorcer lospiercings en sus pezones, ya se cree morir.
-In my mouth, darling! –suplica cuando él comienza a bufar anunciando la inminencia de su orgasmo-… I need you in my mouth!
Sí, lo necesita. Se alimenta de los fluidos vitales de sus amantes, que para ella son divino maná que la sustenta. Cual impulsada por algún resorte interno, libera su intimidad del venerado invasor para, arrodillándose devota ante él, besarlo y adorarlo, introduciéndolo en su boca para recoger su sustancia. Traga golosa, con avaricia diríase, ante la extasiada mirada de su amante y, a medio vaciarse éste, muerde de repente y con fuerza su pletórica virilidad. Un desgarrador alarido rasga la noche a la vez que el militarsalta hacia atrás.
No ha sido un mordisco cercenante en su circunferencia, sino incisivo en su longitud. Sangrando abundantemente, vencido por el dolor, el macho se derrumba, cayendo de rodillas ante ella que ahora, en pie, lo contempla vencedora desde arriba. Con ternura, amor... lleva su mano hasta la rubia cabeza. Ligera caricia que, dulcemente, se desliza hacia a lo largo de su cuello abriendo la carne a su paso. Entre los femeninos dedos, una afilada, pequeña cuchilla que penetra en ella cual arado en las entrañas de la tierra.
De la herida surge el ansiado elixir vital cual agua de excelsa fuente esencial, y ella se agacha para recibirlo. Ligeramente, siempre con la más exquisita ausencia de violencia, coloca sus manos sobre los hombros del hombre para empujarlo con suavidad hacia atrás, apoyando sus anchas espaldas en el muro de piedra. Lo mira a los ojos y sonríe con dulzura. Después aplica sus voluptuosos labios a la herida para beber del manantial de la vida mientras frota compulsivamente su pubis contra el potente y grueso muslo masculino, alcanzando el propio y anhelado orgasmo.
El hombre siente escapar la vida por la brecha abierta en su piel sin siquiera intentar un último acto de venganza contra su verdugo. En su mente revive el placer de los últimos momentos y, con complaciente ironía, se dice que es la puta que mas cara le ha salido jamás. Si, la más cara… ¡pero cuán ha valido la pena! De poder volver atrás, no cambiaría nada de lo hecho, ni dudaría en seguirla de nuevo. Después de todo, ¿qué puede desear más un soldado que caer en la más gloriosa de las batallas?
Su víctima ya inerte, la mantis humana, consumado el sacrificio del macho apareador, se separa finalmente de su cuerpo sin vida para, sentada en el suelo, recostarse contra la pared. Su gloriosa desnudez cubierta de sangre, toma un cigarrillo del paquete de Marlboroamericano y lo enciende. Llevándolo hasta sus labios, da una profunda calada y expira a continuación larga, pausadamente. A través de la densa sube de humo, contempla su obra ensimismada, su mente divagando más allá.
“Ya no es lo mismo”, piensa. El orgasmo ha sido fantástico, pero no es ya igual que las primeras veces. Ellos saben que van a morir y lo aceptan gustosos. Ella, en cambio, necesita ver el terror en sus ojos. Sin siquiera apercibirse, comienza a recordar cómo todo empezó.
Patrocina a este escritor