La Última Persona Que La Vio
LA ÚLTIMA PERSONA QUE LA VIO Lía del Alba Capítulo 1 — La llamada A...
arrow_forward LeerDesde el peregrinaje al monte, las criaturas de la oscuridad mordisquean mi piel. Desconozco exactamente qué son, pues simplemente son criaturas; desconozco de donde vienen, pues simplemente están en la oscuridad; solo soy consciente de su existencia por sus terribles, insidiosos mordiscos.
En el camino coincidí con una compañera de peregrinaje que no recuerdo del santuario, era una mujer bastante mayor de lo normal; la mayoría de elegidas para el peregrinaje son chicas jóvenes, como yo, por lo que una mujer de mayor edad era algo muy extraño. En una parada me detuve a rezar, y ella se arrodilló a mi lado. Cuando terminé entablamos conversación, me dijo que había sido elegida por su gran devoción, en su juventud había pecado y no era apta para el viaje, pero se redimió y se le otorgó una segunda oportunidad. Me ofreció contarme una historia que la ayudó a perseverar a pesar de todo.
La historia era sobre una peregrina en un profundo pozo, la joven trataba de salir, pero cada vez que comenzaba a escalar las paredes del pozo, caía; intentó e intentó, sin resultado. Lentamente, ratas comenzaron a visitarla en el pozo; las ratas le daban consejos para salir y ella probaba lo que le recomendaban, encontrando progreso en cada consejo. Con la ayuda de las ratas estaba cerca de salir, cuando le dieron un último consejo; había una piedra suelta en una de las paredes cerca del borde del pozo, le dijeron que evite agarrarla para no caer y que, en su lugar, se agarre de la que estaba a la derecha de esa. La chica hizo como fue indicado, pero las ratas lo engañaron; la piedra que tomó estaba suelta y terminó cayendo de gran altura hasta el fondo del pozo. El golpe la dejó inconsciente, y cuando despertó las ratas estaban devorando su cuerpo. El cuento era horroroso e impropio de nuestro santuario, le pregunté dónde lo había aprendido y dijo que lo leyó en un antiguo tomo. Luego del intercambio, la mujer continuó con su camino y, al poco tiempo, comencé a sentir los incesantes mordiscos.
Recé al altísimo para que me asistiera, pero parece ser incapaz de deshacerse de ellas; pues las criaturas no son del altísimo, sino de la oscuridad. Recurrí a altos magos para ser desprovista de mi manto de invisibles y atosigantes torturadoras, pero ni sus grandes hechizos ni sus hermosas magias de cristal me ayudaron; pues las criaturas no temen a las poderosas magias de los hechiceros. Pedí auxilio a cuanto médico conozco, pero cualquier tratamiento es fútil; pues las criaturas no pertenecen a la naturaleza de nuestro mundo. Hablé con chamanes explicando mi dolencia, pero ninguno se atrevió a tratar con mis tormentosos compañeros, pues la oscuridad de la que son vástagos es apabullante, imponente y atroz. Desolada, intenté hablar con ellas, pero mordieron mi lengua y mis labios; intenté tender mi mano para ellas, pero la mordisquearon hasta el cansancio.
Conocí a una practicante de las artes oscuras, no me atrevo a llamarla maga ni hechicera, enfatizó mucho su desprecio hacia estos títulos; ella me habló de estas criaturas como simples plagas, explicó que no eran más que sanguijuelas de un lugar muy distinto al nuestro, aunque muy cercano, mucho más cercano de con lo que viviríamos tranquilos. Me ofreció librarme de ellas a cambio de contarle cierto cuento del santuario; nuestros cuentos no son simples historias, en sus narraciones se ocultan poderosos milagros; el problema residía en la historia que me pidió. Preguntó por un cuento de Dohrys, una mujer demente que fue seducida por la oscuridad; le dije que ese cuento sería muy difícil de encontrar, y me dijo que se conformaría con cualquier cuento prohibido de protección. Los cuentos en cuestión no eran fácilmente accesibles, debían estar entre los tomos oscuros que no tenemos permitido leer. No tuve más opción que acceder, no podía soportar más las terribles mordidas.
Dohrys ya no era parte del santuario, había sido proscrita cuando los diáconos recibieron noticia de sus conversaciones con la oscuridad, por lo que encontrarla sería una tarea sumamente difícil. Hablé con todas las compañeras que pude buscando información de la misteriosa mujer, aunque no pude consultar con muchas, no podía arriesgarme a que se corra la voz de mi oscura búsqueda; si bien era con un fin noble, los diáconos no permiten difundir cuentos prohibidos. Lo único que conseguí sobre Dohrys fueron rumores; se dice que robo un tomo privado de los diáconos, tomo que entre sus páginas contiene un milagro para alargar la vida de uno. También se rumorea que el infame milagro de Dohrys no está en ningún tomo porque ella lo creó y solo ella lo sabe. Ni siquiera estoy segura de que Dohrys haya existido, quizás solo sea un mito creado para alejarnos de la oscuridad.
Al no tener resultado en la búsqueda de la misteriosa historia, decidí conformarme con un milagro de protección oculto, como había pedido la bruja. Mientras hurgaba entre los tomos prohibidos fui sorprendida por un diácono que deambulaba por la biblioteca; me inquirió furioso y le expliqué mi desesperación. Pareció empatizar con mi dolencia, se calmó y me pidió que explique todo y eso hice, excepto por la aparición de la mujer en la peregrinación; tenemos prohibido compartir cualquier suceso del viaje incluso con ellos. El diácono me dijo que el cuento de Dohrys era de una naturaleza terrible y abominable, los milagros de nuestras historias son poderosos pero jamás oscuros, son herramientas antiguas y sagradas; pero el milagro de Dohrys era sombrío, pues no buscaba hacer el bien. El diácono desconocía el cuento en detalle, solo sabía que quien lo narraba podía hacer de la persona que quisiera protagonista de la historia, protagonista que atravesaba una horrible situación que luego se trasladaba a la persona a través de algún desconocido y oscuro emisor; Dohrys apuntaba el maldito milagro a su antojo y causaba un malestar terrible que no podía ser curado de ninguna manera. El diácono fue escéptico sobre la promesa de la bruja, pero terminó dándome permiso para compartir el oculto milagro con ella, pues no era un milagro peligroso, sino una protección, y ella aseguraba que curaría mi mal.
Volví al encuentro con la bruja y le compartí mi descubrimiento, le narré la protección, le expliqué la entonación correcta y la aprendió a la perfección. Luego le pedí que se deshaga de mis malditas compañeras, pero solo rió y dijo que no tenía idea de como hacerlo. Engañada, volví al santuario con una tristeza enorme, y un dolor más grande aún; las criaturas aun estaban conmigo. Estaba desamparada, por lo que luego de unos días volví a ver a la bruja; desconfió de mí hasta que le dije que había aprendido el milagro de Dohrys y que lo compartiría con ella porque estaba convencida de que sí sabía curarme pero quería el milagro a cambio. La bruja, sorprendida por mi ingenuidad, accedió. Le dije que, como la última vez, primero le narraría la historia y luego le enseñaría la entonación para que pudiera replicarlo. Me senté frente a ella y le conté la historia de una bruja en un profundo pozo. La bruja trataba de salir, pero cada vez que comenzaba a escalar las paredes del pozo, caía; intentó e intentó, sin resultado. Lentamente, ratas comenzaron a visitarla en el pozo; las ratas le daban consejos para salir y ella probaba lo que le recomendaban, encontrando progreso en cada consejo…
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