Carnofobia
Desde aquella pesadilla nunca dejé de pensar. Pensar que había dejado de ser el mis...
arrow_forward LeerCuando uno tiene trece años cree que se las sabe todas y que puede tocar el cielo con las manos sin estirar mucho los brazos.
Yo transitaba el primer cuatrimestre del primer año en el colegio de los curas, inmerso en la poesía fantástica del flaco Spinetta y de Charly García. Creía que todo lo que me enseñaban en la escuela era un simple pasatiempo para ser formal y cortés y, sobre todo, para peregrinar de alguna forma controlada los cinco años que me faltaban para llegar a la facultad.
Dicho claustro académico, de acuerdo a lo que me habían inculcado mis viejos, iba a ser lo que realmente construiría en mí una verdadera personalidad y una profesión de provecho. Todo lo demás era darle para adelante y traerles la menor cantidad de problemas posibles. Esa era la zanahoria que me habían puesto delante para que siguiera el camino sin demasiados altibajos.
La Warna era la profesora de literatura. Nunca supe si ese era su apellido o simplemente un apodo que le había quedado a través de las distintas promociones. Era una tipa exigente, yo diría muy exigente, pero a la vez comprensiva, ya que tenía que lidiar con una manga de vagos a los que lo único que nos interesaba era salir temprano para ir a jugar al metegol en el bar de la esquina o juntarse en la casa del compañero más cercano para poder tocar la viola con la bandita de turno.
Yo, como a todos los profesores —sin excepción—, le daba poca bola. Era la segunda semana, donde se suponía que ya estábamos ambientados y empezando a dejar atrás las mieles de la primaria, cuando la Warna se paró frente a todos nosotros a modo de boxeador que espera en guardia a su oponente y nos dijo sin rodeos:
—Saquen una hoja. Composición, tema: “El sillón de mi abuela”.
Me quedé mirándola desde la segunda fila con mis ojos inquietos fuera de las órbitas. Recuerdo las veces que mi vieja me advertía para que me sentara adelante, ya que ahí se sentaban los más inteligentes y estudiosos, y no en el fondo, dado que ese era el lugar de los burros y revoltosos. Y como yo no era ni una cosa ni la otra, al menos por proximidad geográfica me podrían confundir con los del primer grupo.
Saqué la hoja de la carpeta, temblando. Era el primer examen al que me sometían en mi corto paso por la secundaria. Mis manos estaban frías y húmedas.
El hecho de sacar una hoja me sugería la tremenda imagen de estar en la puerta de un avión dispuesto para saltar en paracaídas. Vértigo, ¡sí! Vértigo sumado a miedo, terror, angustia, desasosiego y otros cientos de ingredientes poco ideales para escribir algo inteligente y creativo acerca de El sillón de mi abuela.Mi cabeza en esos tiempos estaba obnubilada con la psicodelia, los Beatles y las maravillosas letras del rock nacional, “Todas las hojas son del viento”, “Muchacha ojos de papel”, “Pequeñas delicias de la vida conyugal”, entre otras. Estaba convencido de ser parte de ese ejército loco, de ese movimiento creativo, escribiendo mis primeros poemas que hoy prefiero olvidar.
Pero “El sillón de mi abuela” era algo que me superaba. No había yerba ni ácido que pudieran inspirarme a escribir algo distinto de la descripción absurda de un supuesto sillón que nunca vi.
Miré para mi derecha y estaba Bolín, el pibe diez. Escribía con tanta rapidez que parecían haberle dado cuerda. Pensé que, a menos que su abuela fuese dueña de una mueblería donde vendían sillones a rolete, no había razón para que escribiera tanto y con semejante entusiasmo. Giré la vista hacia mi izquierda y lo vi al Gallego, otra eminencia, que también escribía con tesón, con la diferencia de que por momentos llevaba el capuchón del bolígrafo a su boca a modo de pausa para lograr que torrentes de inspiración bañaran nuevamente su cerebro y las palabras volviesen a surgir a borbotones.
Miré mi hoja rayada y solo un par de renglones estaban escritos. Nada ingenioso, nada emocionante, nada que tuviese sentido para mí y, seguramente, mucho menos para la Warna.
Escuché el ruido de hojas dándose vuelta sobre los pupitres. Era obvio que varios de mis compañeros ya habían escrito más de una carilla. Hasta pude escuchar que algunos de los del fondo —los burros y revoltosos— habían sido tocados con la varita mágica de la imaginación y se estaban defendiendo con dignidad.
Pero a mí las musas me habían abandonado en el momento crucial de mi incipiente historia como artista. Las guachas me habían olvidado y andaban de parranda con el resto de mis compañeros de división.
La Warna estaba corrigiendo exámenes de otros turnos. Pude notar que en un momento levantó la mirada y me vio en Babia, tratando de cazar alguna idea como si fueran mariposas de verano en el jardín.
De pronto una corriente de aire hizo que se volara una de las hojas que tenía sobre el escritorio, obligándola a interrumpir la corrección y levantarse para ir a buscarla.
A la media hora aproximadamente, la Warna acomodó la pila de hojas sobre el escritorio y empezó a marchar entre las filas de asientos como un oficial nazi. Los nervios me estaban matando. Ese examen era una mala carta de presentación y era obvio que me etiquetaría como un tonto por el resto del año lectivo y años subsiguientes. Estaba a las vísperas de mi primer fracaso como estudiante y, lo que era peor, como futuro escritor. La vergüenza me invadía, asíque empecé a escribir y a escribir todo lo que se me ocurría a máxima velocidad, mezclando cosas que imaginaba, recuerdos de canciones, delirios que venían a mi mente y volcando todo en el papel como quien vuelca su arte en un lienzo en blanco.
La Warna volvió al frente y nos pidió los exámenes. Las hojas empezaron a avanzar de atrás hacia adelante y en un momento me encontré con la pila de hojas que, junto a la mía, debía pasar al compañero de adelante. Me encontré ante la disyuntiva de hacerme el sota y pasar la pila sin mi examen. Quizá podría justificarme diciendo que el examen se había extraviado y me daría tiempo para repetirlo otro día con algún tema más acorde a mi intelecto y mucho más inspirado. Ella me clavó sus ojos saltones y no me quedó otra alternativa que entregar mi composición.
Durante esos días tuve una serie de sensaciones encontradas: por momentos creía que me iba a sacar una muy buena nota, debido a que mi creación estaba plagada de ideas interesantes, divertidas y diferentes, algo que cualquier profesora de Literatura no podría dejar de valorar. Otras veces me ganaba el sabor amargo del merecido bochazo que recibiría.
Llegó la mañana en la que volveríamos a tener clase con la Warna. Sin duda iba a tener los exámenes corregidos. En el aula no se escuchaba ni el zumbido de una mosca. Mis manos se empezaron a humedecer y a poner frías de la misma forma que al momento de realizar aquel examen.
Empezó a llamarnos por los apellidos en orden alfabético. Muchos de mis compañeros recibían su nota con preocupación. Otros, como el Gallego y Bolín, volvían con una sonrisa de oreja a oreja. Al escuchar mi nombre me sobresalté, y fui directo hasta el escritorio a recibir mi obra con su respectiva calificación. La
Warna me miró seria, yo miré la nota dentro de un círculo en el borde superior derecho y me empecé a reír a carcajadas.
—¿Qué le pasa, alumno? —me preguntó frunciendo el ceño y poniendo más cara de enojada que de costumbre. Yo doblé la hoja y le contesté:
—Profe… lo que pasa… lo que pasa… es que… mi abuelita no tenía sillón.
Ella me quitó la hoja de las manos y con dulzura le dibujó una colita hacia arriba al cero que ya me había clavado.
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