Gustavo Vignera

Cuento

Doble Seis

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Doble Seis

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El doble seis era la única ficha de marfil faltante para completar la jugada de dominó que se extendía sobre la mesa. Omar observaba con atención toda la cadena de piezas, mientras que Mara estaba atenta a las indicaciones que le impartía la anciana. La señora le mostraba dónde estaba la caja de la luz, la ropa de cama y cómo debía prender el calefón. No era temporada, pero necesitaban descansar después de aquel terrible hecho que los había marcado para siempre.

—Este es el único mueble que les dejaré cerrado —dijo antes de darles las llaves de la casa.

La brisa hacía volar la cortina permitiendo ver el brillo de las olas en esa mañana espléndida. Parecía que Poseidón había alistado a las nereidas para que esas improvisadas vacaciones fueran las más hermosas de su vida.

Mara y Omar habían convivido por varios años, y hacía tres que se habían casado. Nunca habían comprendido lo que pasó aquella trágica noche. Habían bañado al bebé como de costumbre y luego de la mamadera lo habían acostado boca arriba como había indicado el pediatra.

Estas vacaciones parecían ser el bálsamo para armonizar la relación y poder seguir adelante. Meses y meses de reproches cruzados habían desgastado la pareja hasta su mínima expresión. Ellos, ante los ojos del mundo, se pregonaban amor, pero ante los ojos de Dios solo se pregonaban tristeza.

La anciana tenía un ojo más claro que el otro, casi transparente. Su imagen era tétrica, arrastraba la pierna derecha y de su espalda sobresalía una pronunciada joroba. Juntó con torpeza el juego incompleto de dominó, lo guardó en una bolsa de tela y lo metió en el mueble, el que cerró, por último, poniéndole un candado.

El médico había dicho que podría ser un tema congénito, una válvula del corazón que no se había terminado de formar, un accidente de la naturaleza, pero ningún argumento terminaba de calmar la culpa que padecían ambos.

 

 

Omar se preguntó con quién habría estado jugando la vieja antes de que llegasen él y su esposa. Tal vez solo se tratara de una suerte de solitario de dominó.

—Que se diviertan —fueron sus palabras mientras se esfumaba como un fantasma entre la brisa marina.

Mara abrió las maletas y acomodó la ropa en el otro mueble, que no tenía candado. Omar recorrió la casa una y otra vez como un preso que espera el veredicto del juez para ser liberado de la cárcel. Después se pusieron algo cómodo y se fueron a caminar por la playa.

El cuerpito tieso y frío fue el principio del fin. Los gritos desesperados de Mara en busca de una infructuosa ayuda aún retumbaban en la cabeza de Omar.

Ya era casi mediodía y el sol quemaba la piel a pesar del frío. Apenas intercambiaban palabra. Cada uno estaba en su mundo. Omar no se animaba a preguntarle a su joven esposa por qué la señora habría cerrado ese mueble con el candado, pero ese insignificante hecho lo perturbaba.

El cielo estaba impecable, parecía estar pintado de celeste con una brocha. Por la tarde volvieron a la casa a almorzar y a descansar un rato. Mara se echó sobre la colcha a tomar una siesta mientras Omar solo pensaba en el juego de dominó y en el candado que lo tenía resguardado. Estaba obsesionado. Por un instante el recuerdo del bebé que habían perdido se había esfumado. Ese juego incompleto generaba una fuerza de atracción hacia Omar. Era como una voz que lo llamaba hacia él, una especie de magnetismo que lo obligaba a acercarse más y más sin importarle nada.

Buscó un cuchillo con la idea de abrir el candado. No debía dejar marcas para no tener problemas con la vieja. Tomó todos los recaudos, pero los tornillos que fijaban el pestillo al que se sujetaba el candado estaban muy al ras y era imposible hacerlos girar con el utensilio. Tironeó, empujó, golpeó, usó un palo de escoba a manera de palanca, pero el candado no se abría. Custodiaba como un tesoro el incompleto dominó. Todas estas maniobras las había hecho con sumo cuidado para no despertar a Mara, que dormía como un pajarito.

Abatido por la inútil lucha se recostó a la derecha de su esposa y trató de dormirse. Los pensamientos lo aturdían y las ganas desenfrenadas de destrozar el mueble a hachazos lo alteraban.

Aquella noche, ahora lejana, el entierro de su hijo había sido un trámite. No quisieron que viniesen familiares ni amigos, estaban enojados con ellos mismos y con la vida.

Pensaba y calculaba la cantidad de fichas que tendría un dominó normal. Haciendo todas las combinaciones había llegado a la conclusión de que el que estaba guardado en ese maldito mueble tenía veintisiete piezas. Solo el doble seis lo haría un juego completo.

Para Omar esa ficha era el número de la bestia, recortado. Tal vez un mensaje del demonio, que lo castigaría por toda la eternidad. Pensó que a él también le faltaba una ficha y que nunca estaría completo. La noche los alcanzó y siguieron de largo sin cenar. Estaban tan cansados que el aire del mar había actuado como un somnífero natural.

La luz del nuevo día entró por la ventana y se despertaron entrelazados en un solo cuerpo. La gente, que no pierde ocasión para dar consejos, les proponía que tuvieran otro hijo pronto, como si pudieran reemplazar una ficha de una partida por otra. Lo cierto es que lo habían intentado durante mucho tiempo y hasta solicitaron ayuda profesional, pero ella no quedaba embarazada.

Desayunaron y se dirigieron al pueblo para aprovisionarse. La mañana estaba muy fresca, mucho más fresca que la del día anterior.

Mientras Mara cargaba frutas y verduras para toda la semana, Omar divisó una ferretería en la vereda de en frente donde compró tantas herramientas como para desarmar el motor de un avión. Ella no le cuestionó el ridículo gasto hasta más tarde, cuando lo vio poner manos a la obra para arrancar el candado del mueble prohibido.

Primero discutieron. Omar estaba enfurecido. Parecía que un espíritu se había apoderado de su cuerpo y de su alma. Mara se enojó y trató de sacarle el destornillador de la mano. Forcejearon brutalmente y Omar soltó la herramienta en un instante de lucidez. Hubo algo entre los dos que los hizo darse cuenta de que todo iba de mal en peor.

Lleno de bronca se puso un abrigo y salió a caminar por la playa, solo, kilómetros y kilómetros sin un rumbo fijo. Caminó por horas tratando de entender por qué la vida le había jugado aquella mala pasada.

Ya cansado y con los pies llenos de arena entre las llagas ardientes se sentó a divisar el horizonte. Quería saber quién era el contrincante invisible que se había robado el doble seis, y también quién le había robado la felicidad de su vida. Lloró y lloró, tanto o más que cuando tuvo que dejar el cuerpito en el cementerio.

Ya vacío de lágrimas, se levantó y emprendió el regreso. El dolor de su alma era mucho peor que el de sus pies desnudos.

Pudo ver desde lejos las luces que alumbraban a través de las ventanas. Llegó a la casa cuando ya estaba oscureciendo. Golpeó un par de veces a la puerta. Pasaron unos infinitos segundos hasta que salió su esposa. Ella estaba radiante, sonriente.

Entró con vergüenza por el mal momento que le había hecho pasar. Las puertas del mueble que antes estaban cerradas con candado ahora estaban abiertas de par en par. En la cocina estaba sentada la anciana y sobre la mesa había una partida de dominó en pleno juego. Él se quedó mudo, mirando la secuencia, tratando de encontrar la ficha perdida. La anciana con el ojo ciego lo miró y preguntó:

—¿Le gusta el dominó, hijo?

—Sí pero… prefiero jugar con un juego completo, señora —respondió Omar, más que confundido.

—Sí, muchacho —le contestó la anciana mientras acomodaba otra ficha en una punta. Y agregó—: Siempre es mejor tener todo el juego, pero si por orden del destino se pierden algunas fichas en el camino, hay que seguir el juego recordando qué fichas no están presentes, y así… siempre estarán en nuestro interior.

Esa noche, el ruido del mar invadió el dormitorio. Omar besó con inmenso amor a Mara y se prometieron reiniciar una nueva partida, con las fichas que les quedaban, para completar su juego.

Fin

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