Tu Peor Miedo
Un año más en el mismo campamento. Solo pensar en aquellas cabañas h&uacu...
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Era una noche como cualquier otra. Armando, Ignacio, Raúl y Mario jugaban al dominó, libres por completo de presiones y preocupaciones. El alegre grupo de septuagenarios se reunía en la cantina todos los días, tan pronto como el reloj marcaba las 20:00.
Poco pendientes de quién ganaba o perdía, los amigos jugaban solo por el placer de hacerlo; según las palabras de Ignacio, lo que valía la pena era disfrutar de buena compañía.
Armando, el más joven de los cuatro —con 71 años cumplidos— se mostraba más alegre que de costumbre: por fin se había convertido en abuelo. Su único hijo, siempre reacio a las relaciones estables, al fin había sentado cabeza. Él y su esposa ahora presumían orgullosos a su primera hija. Al menos eso se podía apreciar en las fotos que el dichoso Armando no dejaba de mostrar en su celular.
—Cuando tienes tantos nietos como yo, le pierdes el chiste —repuso Mario—. De algunos ya ni recuerdo el nombre…
—No le hagas caso a este viejillo amargado, un nieto siempre es una bendición…—añadió Raúl.
—Y las niñas son más bonitas—declaró Ignacio.
—Es cierto —agregó una voz femenina a sus espaldas.
Un inexplicable escalofrío produjo en el grupo de amigos un repentino silencio. Armando, que era el único de cara a la mujer, pasó saliva y se secó unas gotas de sudor que corrían por su frente.
—¿La conocemos, señorita? —inquirió Ignacio, algo molesto. No le gustaba que nadie interrumpiera sus sagradas partidas de dominó.
—Aún no. Pero no importa. Solo vine por Armando.
—¡Viejo "rabo verde"! —exclamó Mario. Luego volteó para "echarle un ojo" a la inesperada visitante y se quedó sin palabras.
Sin duda la fémina era bella como pocas, pero su apariencia no era precisamente lo que le había robado el aliento…
—Apenas ayer nació mi primer nieta… No me lleves todavía, dame dos añitos más, con eso me conformo…
—Las cosas no funcionan así, Armando; yo vengo, tú me acompañas. Y ya. No hagas esto más difícil.
Raúl aspiró muy hondo y preguntó:
—¿Solo vienes por él?
—Sí, hoy sí. Siéntanse afortunados; habitualmente los amigos no tienen oportunidad de despedirse… Pero háganlo rápido; tengo que recoger a otros más en unos minutos…
Ignacio se arrepintió entonces de haber tratado a la mujer con desdén; jamás, ni en sus sueños más locos, hubiera pensado que ese día conocería a la Muerte…
La miró de arriba a abajo: era delgada, pálida, con piel de alabastro y tenues ojeras color esmeralda. Vestía un hábito largo y oscuro, igual que una monja, pero a diferencia de estas, su larguísimo cabello caía sobre sus hombros. Tanta belleza lo hizo temblar de miedo.
—Señora…
—¿Qué?
—¿Podemos hacer algún trato por la vida de nuestro amigo?
—Son muy viejos para eso…
—¿Y qué hay de jugárnosla?
—¿Hablas de apostarla?
—Sí.
La Muerte consideró por un momento la propuesta. Luego sonrió y respondió:
—¿Alguno de ustedes juega ajedrez? Ese es el procedimiento habitual…
—No, pero, jugamos dominó… quizá le interese jugar una partida contra nosotros.
—No lo sé… ¿Qué ganaría yo?
—Pues, si le gana a los tres de "jalón" —el buen Armando le cedería su lugar en la mesa—, se llevaría cuatro almas en lugar de una.
—¡Interesante!
—Pero si alguno del grupo gana, nos deja en paz a todos mínimo cuatro años; uno por cada uno de nosotros.
La pálida dama se llevó la mano a la barbilla. Angustiosos instantes tomaron lugar antes de que se decidiera a dar una respuesta.
—Acepto.
—¿Sabe jugar?
—No.
—¿Por?
—Solo he jugado al ajedrez. Aunque hubo una vez un hombre que me contó que había sido él quien inventó este juego: lo recogí en Italia, en 1619… ¿Qué más da? Dime las reglas y me encargaré de entenderlo todo con presteza…
Ignacio comprendió entonces que se hallaba ante una inmejorable oportunidad: si omitía algunos detalles importantes sobre el dominó, ellos tendrían la ventaja…
—Cada jugador toma 7 fichas. Estas tienen dos caras: cada una tiene determinada cantidad de puntos. Se puede tirar una pieza por turno; la regla es que debe emparejarse con alguna de las que ya están sobre la mesa, sin importar cuál de los extremos elijas. Al final gana quien se deshaga más rápido de sus fichas.
—¿Hay alguna consideración especial? ¿Hay piezas más difíciles de colocar que otras?
<<Sí, las "mulas">> pensó de inmediato el astuto Ignacio, pero no externó su conclusión.
—No, para nada; basta con que tires siempre la que tenga mayor cantidad de puntos…
—Suena sencillo.
—¡Pues empecemos!
Raúl, siempre diligente, se ofreció para revolver las fichas. Una vez hecha la "sopa", dejó que todos tomaran sus siete piezas.
—¡Sale la "mula" de seis! —exclamó Mario.
El juego lo comenzó Ignacio: él tenía la cacareada "mula". A su derecha, Raúl sumó al tablero una 6:4. Mario soltó una risita y dejó caer sobre la mesa la "mula" de 4. La Parca, sombría, depositó con delicadeza su tirada: 6 y "blanca".
Ignacio sonrió; que la Muerte tirara una ficha "blanca" tenía cierta gracia. ¿Sería que tenía más como esa guardadas? ¿La "mula", tal vez? Era hora de averiguarlo. Así que puso un "blanca":5. La invitada soltó un débil suspiro.
Raúl, feliz por la oportunidad de deshacerse de una ficha peligrosa, correspondió con un 5:5. El risueño Mario usó su turno para añadir un 4:0. Sabía bien que lo que tirara la "Huesuda" a continuación podría definir sí les había mentido al inicio de la partida: tirar una "blanca" cualquiera denotaría su desconocimiento del juego y la asimilación del falso consejo que le habían dado. Deshacerse de la "mula" en cambio, demostraría todo lo contrario.
La Parca, para beneplácito del grupo de amigos, puso sobre la mesa un "blanca":1.
Los viejos se miraron de reojo y esbozaron sonrisitas maliciosas. La ingenua Segadora de Almas jugaba al dominó como una colegiala novata. Salvar la vida de Armando sería "pan comido".
La siguiente ronda de tiradas del clan fue 1:2, 2:2 y 2:3. La pálida mujer continuó con su estrategia insensata y colocó un 3:"blanca".
Ignacio tragó saliva; literalmente se moría de la emoción… Ya se habían jugado cinco fichas "blancas" y estaba en sus manos "ahorcar" a su "mula"; si la inocente Parca tenía esa ficha, el juego en automático se volcaría a su favor. Orgulloso de su impecable manejo de la partida, tiró el demoledor "blanca":2.
Raúl se llevó ambas manos al cuello, cómo fingiendo que alguien lo había ahorcado y puso un 2:4. Mario, vuelto loco también, sumó un 4:5. La jugadora del Más Allá soltó un larguísimo suspiro y añadió un 5:1.
Ignacio no pudo evitar sonreír. Siempre había tenido la razón: la Parca tenía mayoría de blancas, incluyendo la infame "mula". Exultante y casi sin pensarlo, dejó caer sobre la mesa un 1:1. A él nadie le iba a ahorcar su "mula". Raulito, contagiado por la emoción, puso un 5:6. El siempre animado Mario chifló con aires de triunfo y añadió un 6:3. La Muerte, visiblemente molesta, cerró el turno con la "mula" de 3.
¡Estaba hecho! ¡Lo habían logrado! ¡Solo quedaban un par de turnos para salvar la vida de Armando!
Ignacio, presa de una algarabía incontenible, puso un 1:6. Raúl, casi temblando de emoción, tiró un 3:5. Los ojos de todos se posaron sobre Mario. Presumido, el risueño le dio un par de "besos" a su vaso de mezcal y extendió su diestra sobre la mesa con exagerada parsimonia. La ficha 6:2 se sumó al grupo. Con eso aseguraba que cualquiera de sus dos amigos ganara en el siguiente turno: dos oportunidades para triunfar habían sido sembradas.
La Parca miró la vieja superficie de lámina y bajó la cabeza. Los amigos se miraron los unos a los otros de reojo, orgullosos de su victoria.
Presa del desgano, la invitada culminó el turno con un 2:5.
Ignacio torció la boca y dijo:
—Paso.
Mario también hizo lo mismo. Raúl, contrariado, asintió incrédulo.
Entonces la Muerte alzó el rostro y declaró:
—Creí que estaban contando… el juego está "cerrado".
Los amigos sintieron que un sudor frío les recorría la frente y la espalda. Un juego "cerrado" lo ganaba quien se hubiera quedado con menos puntos en la mano…
Embargados por la sorpresa y el desánimo, voltearon sus fichas.
Ignacio mostró un 4:1. Raúl un 3:4 y Mario un 3:1.
No era ninguna sorpresa: siempre habían sabido quién tenía la "mula" blanca…
Sonriente, la Segadora de Almas dejó caer sobre la mesa una ficha con ambas caras vacías.
Los viejos amigos intentaron huir de la cantina. Ignacio tropezó apenas se levantó y se golpeó la frente con el borde de otra mesa. Ya no despertó. Raúl ni siquiera alcanzó a pararse: un infarto fulminante lo obligó a morir sentado. Mario sí consiguió dejar el establecimiento, pero un borracho imprudente que condujo algunos metros sobre la banqueta le arrebató el último aliento.
Armando, impactado por la muerte de sus camaradas, solo atinó a dejarse caer de rodillas al suelo. La Parca se le acercó y lo puso de pie con dulzura. Caminó con él de la mano hasta la calle y le pidió no mirar atrás.
Cruzaron juntos la avenida. Le sorprendió ver qué del otro lado esperaban sus cuates de toda la vida, ya ajenos a los horrendos accidentes que les habían quitado la vida.
—"Calaca", ¿allá también hay dominó?
La pálida mujer asintió con una sonrisa.
—Sí, lo juego desde que lo ví por primera vez en China.
Los amigos se miraron unos a otros, sonrientes, pero avergonzados.
—No hay peor error que querer engañar a la Muerte… Vámonos. El camino es largo, pero el destino vale la pena…
El grupo de ancianos siguió a la Parca sin chistar.
No muy lejos, del otro lado de la avenida, un pequeño grupo de policías lidiaba con los cadáveres de cuatro viejos acaecidos de las maneras más raras posibles: sus muertes, trágicas y un tanto ridículas, hacían pensar que, o bien habían sido parte de un juego aterrador y macabro, o solo no habían conseguido escapar del inevitable y cruel destino.
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