Gustavo Vignera

Cuento

Dibujo De Familia

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Dibujo De Familia

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Cristina estaba desesperada, por no decir otra cosa, cuando me llamó por teléfono esa tarde.

Yo acababa de llamar a Leticia, mi secretaria. Siempre la llamaba para pedirle cualquier cosa, un expediente, un cafecito, un folio, cualquier cosa con tal de poder ver ese tremendo “irse” tan particular y sugestivo.

Estoy muy orgulloso de ella, ya que fue una de mis principales contrataciones en el estudio y ha crecido mucho. Todos los demás, desde el boludo del cadete hasta los ineptos abogados que han ingresado en estos últimos diez años, son una banda de infradotados. Aún me retumba en los oídos la voz chillona de mi esposa, en medio de una crisis de nervios, reclamándome todo. Y cuando digo “todo” es todo. Desde por qué perdía el tiempo en mis partidas de póker con amigos hasta por qué los jueves y sábados los dedicaba al golf en el Olivos, por qué mis afters con colegas en Tribunales y por qué mis horas abnegadas en el estudio, como si no supiera que las necesito para mantener todo el circo en el que vivimos.

Luego de una cadena interminable de reclamos pude entender que, en medio de su inmensa congoja, la causa del ataque era un llamado proveniente del colegio de Lucas, mi heredero más pequeño, con el cual la psicopedagoga nos convocaba a una reunión impostergable para la mañana siguiente. Por un instante pensé en volver a casa para consolarla pero, por suerte, mi parte humana se sometió a la parte salvaje: decidí hacer oídos sordos a toda su locura y retornar a casa a las nueve de la noche, como es habitual. A esa hora la muchacha se iba, dejándonos la cena preparada, y el nene ya estaba dormido, dado que al otro día tendría que ir al jardín tempranito.

 

En la mesa estaba mi mujer, con cara de haber llorado un buen rato, y Georgina —mi hija mayor— que, como siempre, lo único que aportaba a la cena familiar era un ¿me alcanzás la Coca? Todo continuó con el fondo de los alaridos del conductor de un reality que no entiendo, pero que por lo menos me exime de mirar la cara de bragueta de mi señora esposa.

Georgina se levantó sin saludar y se fue a encerrar en su cuarto como de costumbre, sin ninguna duda para chatear con ese barbudo roñoso que tiene por novio. Ese pibe no me gusta un carajo, vaya a saber qué cosas raras le mete en la cabeza.

Quedamos Cristina y yo, frente a frente en la mesa, como preparados para un encuentro pugilístico, con el barullo de fondo. Imágenes de Leticia yéndose me venían a la mente cuando de reojo pispeaba alguna bailarina medio en pelotas en la tele.

De pronto ella aventuró que, sin duda, el problema que plantearía la profesional de la institución —en la que pago más de dos sueldos básicos para que eduquen a mi nene— era mi ausencia como figura paterna. Por otra parte, mi mujercita reclamó que por el disgusto no había podido ir a su clase de tenis, que el viernes tendrían un torneo en el Newman, que su saque no era tan efectivo como había llegado a ser en encuentros anteriores y que todos los males de este mundo eran culpa mía.

Considerando el nivel de sus preocupaciones preferí ir a darme una ducha antes de dormir. Me sentía pegajoso, molesto, algo no me terminaba de cerrar y pensé que el agua sobre la cara me iba a permitir aclarar las ideas.

Cuando me metí en la cama, Cristina esperaba con la luz del velador prendida. Le dije que no había problema en que fuésemos los dos a la entrevista con la psicopedagoga.

Me recosté mirando hacia la ventana, tratando de conciliar el sueño lo antes posible. De pronto sentí que ella me tocaba el hombro. Pensé en la remota posibilidad de que tuviese ganas de hacer el amor, o tal vez debiera decir copular, dado que amor hacía mucho que no lo hacíamos.

—¿No pensaste en separarte? —me preguntó, mirándome fijo, cuando me di vuelta.

Esa precisa pregunta, que miles de veces rondó por mi cabeza y que parecía tan obvia, se había materializado en su boca. Recuerdo que me reí sacudiendo mi busarda como un flan casero.

—Lo hablamos mañana —le dije, y volví a recostarme dándole la espalda. A la mañana siguiente la muchacha ya nos tenía el desayuno listo. No quise perder tiempo leyendo el diario, así que mordí una tostada y nos fuimos directo para el colegio, Lucas, Cristina y yo. Al nene lo dejamos con la maestra jardinera y sus compañeritos, y nosotros nos quedamos haciendo banco esperando que alguien nos atendiera y explicara qué era eso tan grave que habían detectado en el comportamiento de mi hijo. Ni Cristina ni yo nos dirigimos la palabra, el reloj de la pared marcaba las nueve treinta y yo estaba impacientándome.

—¿Volvemos otro día? —le pregunté.

Para mí eso de hacer esperar a la gente que trabaja es una falta de respeto. En eso estábamos cuando se abrió la puerta y entró a las corridas una señorita muy guapa con un maletín en la mano.

—Soy la doctora González, mucho gusto... ¿Ustedes son los papás de Lucas? —nos dijo, extendiendo la mano.

Ante mi respuesta afirmativa nos hizo pasar a una salita. Cristina estaba pálida y yo no veía la hora de que nos explicara qué necesitaba e irme de raje al estudio para poder pedirle un café como la gente a Leticia, que sin duda habría venido con una mini como para el suicidio colectivo.

La chica sacó de un archivo una carpeta enorme. Adentro había un montón de dibujitos, collages y otras yerbas que supuse eran de mi hijo. Sin muchos rodeos puso frente a nosotros un dibujo, al parecer de nuestra familia.

Había un sol amarillo, una casita con una ventana, una puerta y el humito que salía de la chimenea, un caminito, una nena que supuestamente era Georgina con un cigarro largo en su boca, lo que me molestó muchísimo dado que yo nunca la había visto fumando. Más a la derecha me identifiqué con el maletín que siempre llevo a la oficina, y me encantó. A mi lado había una figura femenina —que supuse era Cristina— de la mano de un muñeco que era bastante más grande que yo. Entonces le pregunté a la profesional por qué el nene se había dibujado tan grandote. Ella nos miró alternativamente, girando la cabeza de ida y vuelta como si fuera un limpiaparabrisas.

—Le pregunté a Luquitas y él me dijo que no está en el dibujo, es por eso que los mandé llamar —nos dijo con sumo cuidado, intuyendo lo delicado de la situación.

Sorprendido, les pregunté a ambas mujeres quién era esa persona que estaba de la mano con mi esposa, mientras advertía que en su mano libre sujetaba lo que a las claras era una raqueta de tenis. Con el dedo índice apunté al dibujito y miré a Cristina que me observaba distraída como quien piensa que “aquí no ha pasado nada”.

Sin mediar palabra me levanté de mi silla.

—Hasta acá llegué, ¡para mí se terminó el partido! —grité, furioso.

La doctora se quedó atónita. Cristina también se paró como poseía por el demonio.

—¡Para mí… es tie break! —me respondió, con una risita diabólica por habérmela metido en el fleje.

Fin

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