Intentando No Volverme Loca
Capítulo 1 — Una niña alegre y feliz Era una niña alegre y feliz. Ten...
arrow_forward LeerTeo tenía ocho años la tarde en que encontró al tigre escondido entre los matorrales del arroyo seco, en las afueras del pueblo de Alcores. No era un tigre como los de los libros de la escuela, todo dientes y rugidos: era azul, del color del lapislázuli que se extraía de los yacimientos, y rayas color amarillo oro, con un pelaje suave y frondoso; este temblaba con un miedo tan intenso que a Teo, en lugar de asustarlo, le pareció lo más humano que había visto en toda su vida corta.
—“No voy a hacerte daño” —le dijo, sentándose despacio a un par de metros de distancia, tal como su abuela le había enseñado a acercarse a los animales asustados: sin prisa, sin exigir confianza que todavía no se ha ganado.
El tigre, que con el tiempo Teo aprendería a llamar Bruma, tardó tres días enteros en dejarlo acercarse lo suficiente como para tocarlo. En el pueblo, cuando finalmente alguien lo vio caminando junto a Teo por la plaza, las reacciones no se hicieron esperar.
—“Ese animal es un peligro” —dijo doña Herminia, la dueña de la tienda de abarrotes, cruzándose de brazos en la puerta de su negocio—. “Un tigre, aunque sea azul y parezca manso, sigue siendo un tigre”.
—“No parece peligroso” —respondió Teo, sin apartarse—. “Parece asustado. Y un animal asustado no es lo mismo que un animal peligroso”.
La distinción, tan simple en boca de un niño de ocho años, tardaría años en calar entre los adultos, algunos de los cuales seguían prefiriendo cruzar la calle antes que caminar cerca de Bruma, sin molestarse jamás en observar de cerca cómo reaccionaba, en realidad, ante cualquier amenaza: escondiéndose detrás del árbol más cercano, temblando, esperando que el peligro pasara de largo sin tener que enfrentarlo. Fue esa misma primavera cuando Teo conoció a Fulgí, un muchacho un par de años mayor que él, aprendiz del único mago itinerante que visitaba el pueblo en la temporada de cosecha para vender remedios y pequeños trucos de feria. A diferencia de su maestro, cuyos hechizos siempre salían impecables, Fulgí tenía la costumbre desafortunada de que casi todo lo que intentaba conjurar terminara saliendo mal: flores que en lugar de abrirse explotaban en una nube de polen morado, monedas que se transformaban en ranas en lugar de duplicarse, un hechizo de luz que una vez, sin querer, incendió la carpa entera del espectáculo. Los otros niños del pueblo se burlaban, sin piedad, de Fulgí, llamándolo "el aprendiz tonto" cada vez que un truco le salía mal frente a todos. El propio maestro mago, cansado de tener que disculparse por los desastres de su aprendiz, había empezado a hablar en voz alta de "quizás buscar a alguien más aplicado" antes de que terminara la temporada. Teo, que ya había aprendido junto a Bruma que el miedo y la torpeza rara vez significan lo que la gente asume a primera vista, se acercó a Fulgí después de uno de esos incidentes, cuando el muchacho recogía, solo y avergonzado, los restos chamuscados de lo que debía haber sido un ramo de flores mágicas.
—“¿Por qué te siguen saliendo mal los hechizos?” —le preguntó, sin el tono burlón que Fulgí esperaba después de tantas semanas de humillaciones.
—“Porque nadie me ha enseñado bien” —respondió el pequeño aprendiz de mago, con una honestidad que sorprendió a ambos—. “Mi maestro me repite las palabras del hechizo, pero nunca me explica por qué funcionan. Y cuando le pregunto, dice que no tengo tiempo para tantas preguntas, que solo repita hasta que me salga bien”.
Teo, que llevaba semanas observando cómo Bruma aprendía a confiar poco a poco, con paciencia y con alguien dispuesto a explicarle, a su manera silenciosa, que el mundo no tenía por qué ser tan aterrador como parecía, entendió de inmediato lo que le faltaba a Fulgí: alguien dispuesto a preguntarle por qué, en lugar de exigirle que simplemente funcionara mejor. Los tres —Teo, Bruma y Fulgí— se hicieron inseparables con el tiempo; el pueblo de Alcores empezó a presenciar algo que ninguno de los adultos más desconfiados había anticipado: Bruma, el tigre que todos consideraban un peligro por su sola apariencia, resultó ser el primero en detectar, mucho antes que cualquier vecino, la crecida repentina del arroyo que amenazó con inundar el sector bajo del pueblo después de varios días de lluvias, alertando a todos con sus rugidos aterrados a tiempo para evacuar sin que nadie resultara herido. Y Fulgí, el aprendiz que su propio maestro había estado a punto de abandonar, terminó descubriendo, gracias a las preguntas pacientes de Teo, que su problema nunca había sido falta de talento, sino, más bien, de un método de enseñanza que jamás se había molestado en entender cómo aprendía él en particular. Una vez que empezó a formular sus propias preguntas antes de repetir cualquier hechizo, sus conjuros dejaron de fallar con la frecuencia de antes. Doña Herminia, la misma que había cruzado los brazos aquella primera tarde en la puerta de su tienda, terminó siendo, años después, quien organizó la primera colecta del pueblo para financiar los estudios de Fulgí en la academia de magia de la capital, convencida ya de que el muchacho torpe de antaño tenía más disciplina y honestidad que cualquier aprendiz.
Teo, ya adulto, solía contarles a los niños del pueblo, cada vez que alguno llegaba corriendo a decirle sobre algún extraño animal encontrado en el arroyo o algún compañero de escuela que los demás preferían dejar de lado, la misma lección que él mismo había aprendido, sin buscarla, simplemente por negarse a juzgar antes de conocer:
—“La gente y los animales que más rápido descartamos por parecer débiles, raros o peligrosos son, muchas veces, exactamente los que más tienen para enseñarnos, si nos tomamos la molestia de sentarnos cerca, sin exigir nada, y esperar a que decidan confiar”.
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