Silencio En La Mesa
Quiere una sopa de marisco. En casa nadie sabemos cómo hacerla así que, mientras mi...
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Sombras en el Trapiche: El Pacto del Ingeniero
La luz de las velas temblaba en la sala, proyectando sombras alargadas que parecían cobrar vida en las paredes. Afuera, el silencio de los años 80 era absoluto, roto solo por el eco lejano de alguna explosión que nos recordaba que el país estaba a oscuras. Mi tío, con la voz ronca y los ojos fijos en la nada, dio un sorbo a su trago y nos miró a todos los "mocosos" que rodeábamos su silla.
—¿Ustedes creen que la maquinaria solo come petróleo? —preguntó con una sonrisa amarga—. En San Jacinto, en el 38, el trapiche tenía un hambre distinta.
El Secreto del Aceite
En aquel entonces, la vieja hacienda azucarera era un monstruo de hierro. Cuando los engranajes empezaban a chirriar con un sonido metálico y seco, los trabajadores veteranos se santiguaban. Sabían que el "aceite especial" se estaba acabando.
El Ingeniero, un hombre de mirada fría y educación europea, siempre caminaba por la planta con una seguridad que erizaba la piel. Don Julián, un trabajador recio pero de alma simple, era su mano derecha.
—Julián, el trapiche está duro —dijo el Ingeniero una tarde, tocando el metal caliente—. Necesita la grasa del "aceite humano". Los Pishtacos ya están trabajando en los sótanos. No pongas esa cara, hombre, es el precio del progreso.
—Esas son cosas del demonio, Ingeniero —respondió Julián, limpiándose el sudor—. Los antiguos dicen que esos hombres ya no tienen perdón de Dios.
El Ingeniero soltó una carcajada que sonó a cristales rotos.
—¿Dios? Dios no mueve estas máquinas, Julián. El que tiene el verdadero poder es otro. ¿Tanto miedo tienes? Si quieres, una noche de estas te lo presento. Te enseñaré quién es el que realmente manda en esta tierra.
Julián vio en el sótano de los Pishtacos al mismísimo diablo antes de subir al cerro.
El Horno de los Desdichados
Días antes de subir al cerro Punkurí, el Ingeniero llevó a Julián a una zona restringida del viejo trapiche. Era un sótano de piedra caliza, húmedo y sofocante, donde el ruido de las moliendas de arriba llegaba como un latido sordo y lejano.
—Mira, Julián —dijo el Ingeniero, señalando una puerta de hierro reforzado—. Aquí es donde ocurre la verdadera alquimia. Sin esto, San Jacinto sería solo un montón de chatarra oxidada.
Al abrirse la puerta, el olor golpeó a Julián como un mazo: era una mezcla de sebo rancio, flores marchitas y algo metálico, como la sangre seca. En el centro de la habitación, dos hombres de facciones duras y ojos vacíos —los Pishtacos— trabajaban en silencio. No hablaban entre ellos; se movían con la precisión de autómatas.
El Proceso Macabro
Julián retrocedió, tapándose la boca con el antebrazo. En el techo, sujetos por ganchos de carnicero, colgaban tres cuerpos pálidos, suspendidos de los tobillos.
—¡Dios santo, Ingeniero! ¿Qué es esto? —exclamó Julián, sintiendo que las piernas le flaqueaban.
—Cortes limpios, Julián. Nada de desperdicio —respondió el Ingeniero con una calma clínica, mientras se acercaba a examinar la piel de una de las víctimas—. Observa.
Debajo de cada cuerpo, los Pishtacos habían colocado largas velas de cera negra, dispuestas en círculos perfectos. El calor de las llamas, constante y suave, hacía que la piel de los cadáveres empezara a "sudar". Gotas doradas y espesas resbalaban por el torso de los desdichados, cayendo rítmicamente en unos cuencos de plata grabados con símbolos extraños.
—Ese es el aceite —susurró el Ingeniero—. El calor extrae la esencia de la vida. Es un lubricante sagrado para el Diablo. Si usáramos aceite mineral, los engranajes del trapiche saltarían en pedazos en una hora. Pero con esto... la máquina canta.
La Advertencia de los Pishtacos
Uno de los Pishtacos se detuvo y miró fijamente a Julián. Tenía las manos manchadas de una grasa amarillenta y una mirada que parecía haber visto el fondo del infierno.
—No lo mires mucho, muchacho —dijo el Pishtaco con una voz que parecía venir de una tumba—. El aceite recuerda a quién perteneció. Si escuchas gritos cuando la máquina gira, es que el alma todavía está pegada al engranaje.
Julián sintió que el sótano se cerraba sobre él. El Ingeniero le puso una mano en el hombro, una mano fría que se sentía como el hierro del trapiche.
—Vámonos, Julián. Ya has visto el sacrificio. Ahora, esta noche en el Punkurí, conocerás al Dueño del contrato. No querrás hacerlo esperar.
Esa imagen de los cuerpos goteando oro líquido bajo la luz de las velas fue lo que realmente rompió la mente de Julián. El resto, la aparición en el cerro, fue solo la confirmación de que en San Jacinto, el azúcar no se endulzaba con caña, sino con la sangre de los olvidados.
La Invitación en la Loma
Pasaron los meses y la insistencia del Ingeniero se volvió una sombra constante. Una noche, tras una fiesta patronal donde el aguardiente corría como agua, el Ingeniero encontró a Julián con la guardia baja y el juicio nublado por el alcohol.
—Vamos, Julián. Sube conmigo a la loma del cerro Punkurí. Solo una mirada, y entenderás por qué no le temo a nada.
Entre tropezones y bajo un cielo cargado de presagios, llegaron a la cima. Julián, vencido por el licor, se sentó en una piedra, sintiendo que el mundo le daba vueltas. El Ingeniero, en cambio, parecía haber recuperado una sobriedad aterradora.
El Ritual en el Punkurí
El Ingeniero sacó unas velas negras de su maletín. El viento soplaba con fuerza, pero al encenderlas, la llama se mantuvo firme, tiesa como si estuviera bajo un domo de cristal. Empezó a trazar un círculo en la tierra con una piedra extraña mientras recitaba palabras en un idioma que Julián no reconoció.
—“Exsurge, domine de tenebris...” —susurraba el Ingeniero, su voz se volvía más profunda, vibrando en el suelo.
Julián se despertó de golpe cuando el suelo bajo sus pies empezó a temblar. El círculo de tierra comenzó a agrietarse y de las fisuras brotó un fuego azulado y sofocante. Un olor penetrante a azufre inundó el aire, quemándole la nariz.
—¡Ingeniero, pare! ¡Vámonos de aquí! —gritó Julián, intentando levantarse, pero sus piernas no obedecían.
Del centro del fuego emergió una figura que desafiaba toda lógica. Una bestia humanoide, de proporciones titánicas, con el rostro de una cabra negra y cuernos retorcidos que parecían tocar las estrellas. Sus ojos no eran ojos, sino carbones encendidos, un rojo vivo que latía con cada resuello de humo negro que salía de sus narices.
La Huida
El miedo fue un rayo que le devolvió la lucidez. Julián no miró atrás. Corrió cerro abajo con el corazón a punto de estallar, sintiendo que el calor de aquel ser le quemaba la espalda. Llegó al pueblo con la ropa desgarrada y el rostro pálido como la muerte.
—¡Lo vi! ¡Vi al demonio en el Punkurí! —gritaba en la plaza, pero los vecinos solo se reían.
—Ya, Julián, anda a dormir. Ese aguardiente te ha hecho ver hasta al diablo —le decían entre burlas.
Mi tío terminó su relato y nos miró uno por uno. El silencio en la sala era sepulcral.
—Ellos no le creyeron —concluyó—, pero yo sí. Porque años después, cuando el Ingeniero murió, dicen que en su habitación no quedó ni el cuerpo, solo un rastro de ceniza y ese mismo olor a azufre que Julián sintió en la loma.
El Destino de Julián: El Hombre que Miró al Vacío
Julián nunca volvió a ser el mismo. El hombre recio que cargaba sacos de azúcar como si fueran plumas se convirtió en una sombra que deambulaba por los callejones de la hacienda. El miedo se le había metido en la médula, y el alcohol, que antes era para celebrar, se volvió su único refugio para no oír los gritos que, juraba él, salían del trapiche cada vez que los engranajes giraban.
—"¡Escuchen! ¡Ese es el lamento de los que colgaron en el sótano!" —gritaba Julián en las cantinas, con los ojos inyectados en sangre.
Pero en San Jacinto nadie quería oír verdades incómodas. Los dueños de la hacienda lo tildaron de "loco de remate" y lo despidieron sin un sol. Terminó viviendo en una choza a los pies del mismo cerro Punkurí, como si una fuerza invisible lo obligara a quedarse cerca de donde perdió su alma.
Mi tío decía que, en sus últimos días, Julián ya no hablaba con humanos. Se le veía gesticulando hacia el cerro, pidiendo perdón a gritos. Murió una noche de tormenta seca, de esas en las que no cae agua pero los rayos iluminan todo. Cuando lo encontraron, su rostro tenía una expresión de absoluto terror, y sus manos estaban rígidas, como si intentara empujar a algo... o a alguien que lo arrastraba.
El Final del Ingeniero: El Cobro del Contrato
El Ingeniero, por el contrario, prosperó. Durante años su fortuna creció, y el trapiche de San Jacinto jamás volvió a trabarse. Se volvió un hombre de influencia, pero también más huraño. Se decía que nunca dormía a oscuras y que en su despacho siempre ardían velas negras, iguales a las del ritual.
Sin embargo, el diablo no regala nada; solo presta, y los intereses son caros.
A finales de los años 70, cuando el Ingeniero ya era un anciano de porte aristocrático pero piel amarillenta como el pergamino, llegó su hora. Una noche, los sirvientes escucharon una discusión violenta en su biblioteca. No eran gritos de pelea, sino un balbuceo desesperado en ese idioma extraño que Julián había oído en la loma.
—"¡Todavía no! ¡Faltan las cuotas de este año!" —se oyó gritar al Ingeniero.
De pronto, un silencio absoluto cayó sobre la casa, seguido de un olor a azufre tan potente que los trabajadores tuvieron que salir al patio para poder respirar. Cuando la policía y el médico legista lograron derribar la puerta de roble de la biblioteca, se toparon con algo que la historia oficial de la hacienda prefirió borrar:
La silla del Ingeniero estaba vacía.
En el suelo, dentro de un círculo de ceniza perfectamente redondo, solo quedaban sus ropas intactas: el traje de lino, los zapatos lustrados y su reloj de oro, todavía marcando los segundos.
No había cuerpo. Ni un hueso, ni una gota de sangre.
En la pared, escrita con una sustancia grasa y amarillenta —idéntica al aceite de los Pishtacos—, había una sola palabra: PAGADO.
Mi tío apagaba la vela de un soplido al terminar esta parte. En la oscuridad total del apagón de los 80, nos decía:
—"El Ingeniero pensó que él enseñaba al trabajador a conocer al Diablo... pero al final, fue el Diablo quien le enseñó al Ingeniero que nadie es maestro de lo que no puede controlar".
El Aceite del Diablo
Bajo el cielo de hierro de San Jacinto,
donde el azúcar sabe a sal y a olvido,
el trapiche reclama, en su recinto,
un tributo de sangre y de gemido.
"No es petróleo, Julián, lo que lo mueve",
decía el Ingeniero con voz fría,
"es un oro de piel, grasa que llueve
del cuerpo que en el sótano se ansía".
Velas negras que muerden la penumbra,
Pishtacos de mirada de granito,
y una llama que el alma alumbra
mientras el aceite escurre en un rito.
Subieron al Punkurí, loma sagrada,
donde el azufre el aire corrompía,
y entre rezos de lengua condenada,
la tierra sus entrañas exponía.
Surgió la Bestia de cornamenta oscura,
ojos de brasa, aliento de humareda,
quebrantando la fe y la cordura,
cobrando el alma que al azar se enreda.
Julián huyó al amparo de la muerte,
el Ingeniero se fundió en su nada;
uno loco y mendigo de su suerte,
el otro, una sombra en la alborada.
Hoy el trapiche calla su lamento,
pero en las noches de oscuro apagón,
se oye un chirrido que trae el viento:
es el diablo cobrando su comisión.
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