Catholique
Catholique «Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como...
arrow_forward LeerA mediodía, la aldea parecía muerta. No había nadie a quien preguntar por el camino, pero yo tenía que encontrar a la mujer que había desentrañado el gran secreto de la vida y de la muerte.
No era la típica aldea de Rusia central, con una calle angosta y, detrás de las casas, huertos largos y estrechos. Aquí, las viviendas se habían desparramado por dos amplias colinas, entre las que relucía un riachuelo reducido a un hilillo de agua. Ya costaba averiguar cómo pasar en coche de una casa a otra; a pie, ni en todo un día las recorrerías todas sin dejarte alguna. Sin guía era imposible.
Y tuve suerte. En una loma, apoyada contra una cerca desvencijada, armada con toda suerte de estacas medio podridas, una mujer mayor estaba sentada sobre un tronco que hacía las veces de banco. Detuve el coche, bajé y subí corriendo por un sendero abierto entre taludes cubiertos ya de hierba alta y lozana. Sí, cuando llueve no hay quien pase por aquí: aquello debe de convertirse en un arroyo.
La anciana resultó ser mucho más vieja de lo que había parecido desde lejos. Enjuta, menuda, pero con la espalda recta como una aguja, sin el menor encorvamiento: aquel porte era lo que me había engañado. Ni siquiera volvió la cabeza al oír mis pasos. Seguía allí sentada, inmóvil, con las manos sobre las rodillas, tomando el primer sol de mayo, que ya empezaba a calentar de veras.
—Buenos días, señora —la saludé con voz animada.
La vieja esbozó una sonrisa desvaída, asintió y cerró los ojos casi por completo. Dios mío, ¡qué rostro tan consumido, tan surcado de arrugas!
—Señora, ¿podría decirme cómo llegar a casa de Solomónovna?
La anciana entreabrió los ojos, descoloridos y pálidos, orlados por unos párpados rojizos y enfermizos, y torció el gesto con desagrado… ¿O no? En ella, las emociones apenas se insinuaban; quizá por eso resaltaban aún más.
—Aquí no hay ninguna Solomónovna —musitó con un hilo de voz.
—¿De veras no la conoce? María Solomónovna, una mujer muy llamativa. Hace mucho que vive aquí; tiene usted que conocerla.
Una sombra incorpórea volvió a cruzarle el rostro: tal vez una sonrisa socarrona, tal vez una mueca de irritado desdén. La anciana cerró los ojos y movió nerviosamente los dedos huesudos sin levantar la mano de la rodilla: quizá me indicaba por dónde buscar a Solomónovna; quizá solo intentaba quitarme de en medio. Me encogí de hombros y bajé hasta el coche dando traspiés.
Claro. Era de esperar. Una vieja reseca, a las puertas de la muerte, no podía mirar de otro modo a una belleza eternamente joven: tarde o temprano, la envidia acaba convertida en odio.
La rubia noruega Tira Helvig no era más que ayudante, archivera y administrativa en la expedición de Ernst Schäfer. Pero fue precisamente aquella secretaria discreta, callada y laboriosa quien dio con lo que los nazis habían buscado en vano en el Tíbet. Tras la Victoria, Schäfer fue juzgado y un tribunal, en el marco de la desnazificación, lo condenó a pagar una multa. Tira ni siquiera compareció ante la justicia: ¿qué se le iba a reprochar a una simple empleada que se limitaba a obedecer órdenes?
Cuando los científicos soviéticos se pusieron a revisar los archivos de sus colegas alemanes, descubrieron que, en realidad, no quedaba archivo alguno: una parte había ardido, otra se la habían llevado los estadounidenses y el resto había desaparecido sin dejar rastro. Fue entonces cuando llegó la hora de Tira. Ella había conservado algunos materiales traídos de Lhasa y, junto con aquellos documentos, se trasladó a Moscú.
Todo el mundo quiere gozar de buena salud y vivir, si no eternamente, al menos muchísimos años; los poderosos, más que nadie. Los dirigentes comunistas no eran una excepción, y Tira pasó poco a poco de ser una simple investigadora a convertirse en una persona muy influyente. La mejor prueba de que poseía algún conocimiento secreto era ella misma: una rubia enérgica que llevaba décadas clavada en los cuarenta. Aun así, prefería mantenerse en la sombra, igual que durante la expedición de Schäfer.
Cuando la Unión Soviética daba sus últimas boqueadas, alguno de sus protectores de las altas esferas le consiguió en secreto documentos nuevos que le permitirían obtener la ciudadanía israelí. El puño de hierro de los servicios secretos perdía fuerza, la ciencia se venía abajo y la noruega, convertida ya en María Solomónovna, consiguió escabullirse del control: sencillamente, desapareció. Probablemente se había marchado a la Tierra Prometida junto con algún miembro de la cúpula del Partido. Y, sin ella ni sus secretos, comenzó aquel macabro desfile de ataúdes.
Más tarde, cuando empezaron a recomponer con cuidado lo que había quedado hecho añicos, se descubrió que Tira-María había vuelto a llevarse de los archivos las claves del misterio de la inmortalidad y la eterna juventud. Las investigaciones continuaron, pero sin Solomónovna no lograban avanzar. Imagínese mi sorpresa cuando, por pura casualidad, conseguí dar con su rastro. Resultó que no había abandonado el país, sino que se había instalado en una aldehuela a quinientos kilómetros de la capital.
Hasta el atardecer no empezó a verse gente por el pueblo: volvían de los campos. Los primeros vecinos con los que me crucé me indicaron dónde vivía Solomónovna. Llegué hasta allí, bajé por un barranco en dirección a la casa —¡menudo terreno el de aquellos parajes!—, atravesé un jardín abandonado, rodeé la bonita casita y estaba ya a punto de subir de un salto los peldaños del porche cuando vi…
¿Era ella? No, ¡imposible!
A este lado de la casa, un poco más abajo, había una cerca desvencijada, armada con toda suerte de estacas medio podridas. Sobre un tronco que hacía las veces de banco, de espaldas a mí, estaba sentada una anciana delgada, con la espalda recta.
—El secreto de la vida y de la muerte es sencillo —decía Solomónovna con voz apenas audible, mientras entornaba los ojos frente al ocaso—. La muerte es la válvula de seguridad de la vida. Sin muerte, la vida se acaba.
Yo estaba sentado a su lado, en el tronco, y bebía cada una de sus palabras. Al principio no quería hablar; respondía a mis preguntas con pocas palabras o, a veces, con un silencio absoluto. Cuando yo ya había perdido toda esperanza, se arrancó a hablar.
—En 1968, Calhoun creó un paraíso para ratones en el que no existía ninguna de las causas habituales de muerte de los roedores: ni enfermedades, ni depredadores, ni competencia, ni escasez de espacio o de alimento. Los ratones empezaron a vivir mucho más que en la naturaleza. ¿Y cuál fue el resultado? La colonia entera se extinguió. Los jóvenes fueron los primeros en morir y los últimos en estirar la pata fueron los más longevos, que habían alargado hasta el triple la vida normal de un ratón.
»Los viejos acapararon los mejores puestos y no pensaban soltarlos; privadas de toda perspectiva, las nuevas generaciones perdieron su impulso vital.
»La vida es movimiento, es crecimiento. Los viejos deben dejar paso a los jóvenes. La civilización humana surgió precisamente porque así ha sucedido siempre: lo acumulado por las generaciones anteriores pasa a las siguientes.
»Pero ¿y si los viejos se niegan a compartir? ¿Y si viven muchos años o, peor aún, eternamente, sin ninguna prisa por transmitir la herencia? En su día recibieron el legado de toda la civilización, aportaron su granito de arena y se acabó: para los demás, nada. La juventud se vería arrojada miles de años atrás, a la Edad de Piedra, al cero absoluto; expulsada de la civilización, de la vida misma. Los jóvenes no solo dejarían de reproducirse, sino que empezarían a extinguirse como los ratones. Es una ley de la naturaleza. La vida dejaría de existir. Y para impedirlo está la válvula de seguridad: la muerte.
»Lo comprendí cuando la gerontocracia devoró a la Unión Soviética. Después vi muchas veces a viejos avaros consumirse, como personajes de cuento encorvados sobre su oro, mientras sus hijos malvivían en la miseria y no recibían la herencia hasta que quienes de verdad la necesitaban eran ya los nietos. Y no solo se heredan bienes; también se hereda la experiencia.
»Ahí tiene a los viejecitos con su «longevidad activa»: han decidido vivir para sí mismos. La verdad es que siempre vivieron así, exclusivamente para ellos; y en la vejez, lo mismo. ¿Cuidar de los nietos? De eso nada, no tienen tiempo. ¿Y cómo aprenderán entonces sus hijos a ocuparse de los pequeños, a educarlos? ¿Leyendo un manual? No existe manual que valga: eso solo se aprende haciéndolo.
»Y en cuanto a lo material… Hace mucho que vivo de mi pensión. No trabajo y, sin embargo, tengo el estómago lleno. Eso significa que los jóvenes tienen que pasar hambre para mantenerse y mantenerme también a mí. ¿Y si los que somos como yo llegamos a ser mayoría? Los jóvenes se convertirán en esclavos de los viejos y trabajarán únicamente para darnos de comer a nosotros, los ratones longevos.
»A veces preguntan: “¿Cuándo se hartarán de una vez?”. Yo ya no puedo seguir siendo una parásita eterna. Estoy harta. Literalmente. No quiero comer. Hace mucho que no pruebo bocado. Y pronto moriré.
—¡Pero, María Solomónovna, el secreto de la eterna juventud mejoraría la vida de millones de personas!
Una sonrisa casi imperceptible le rozó el rostro y ella susurró:
—Lástima que se ausentara usted mientras yo lo explicaba. La eterna juventud y la vida eterna no mejorarán la vida: la destruirán. Sin su válvula de seguridad, la vida está condenada. Por eso me llevaré mis conocimientos a la tumba… El sol se ha puesto. Hace frío. Ayúdeme a levantarme y a llegar hasta la casa; no me quedan fuerzas.
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