Mis clases pasaban lentamente. Como las ovejas al saltar las vallas, una a una, lentamente. 

Me carcomía la cabeza esperando que el profesor quisiera dar la clase. 

 

Mi mirada iba de esquina a esquina sin encontrar entusiasmo. 

 

En un momento me llamaron. Me pidieron hojas que sin mucho entusiasmo busqué en mi mochila tirada en mi silla, al encontrarlas en aquella mochila alcé la mano y se las entregué sin recibir respuesta. 

Aquel hombre del que siempre estaba pendiente me recibió las hojas, me miró dudoso las hojas y luego me miró a mí, ambos nos miramos. Como si por un momento el mundo fuese uno, como si nunca hubiera una razón para hacerlo. 

Él miró las hojas y las tomó, luego se dio la vuelta y como si fuese una pared yo me olvidé de aquello, no fue mucho, pero como pienso, sería otra estupidez.