Las primeras notas de Chopin llenaron el estudio cuando Flavia hundió el pincel en la pintura roja.

Descalza sobre el suelo frío, cerró los ojos y dejó que la música guiara su mano. No necesitaba mirar el lienzo. Los rostros aparecían por sí solos, como si hubieran permanecido ocultos bajo la tela esperando que ella los liberara.

Primero surgió el rostro de su padre: el mentón estrecho, la nariz afilada y aquella sonrisa que durante años había cautivado a los espectadores de Las Vegas.

Después pintó a su madre.

Sobre una mesa descansaba una antigua fotografía familiar. En ella, Sara y Jonás Shayper sonreían bajo las luces de un escenario. Detrás de ellos aparecían sus hijas. Flavia miraba fijamente a la cámara. Antonelli, en cambio, tenía los ojos cerrados, como si incluso entonces hubiera sabido que era peligroso observar ciertas cosas.

Cuando llegó a las pupilas, Flavia se detuvo.

El rojo de la paleta no tenía la profundidad necesaria.

Abrió un cajón y sacó un pequeño frasco de vidrio. En el fondo quedaba una sustancia oscura y espesa. Dejó caer una sola gota sobre la pintura.

El color se estremeció.

Las llamas de las velas se inclinaron hacia el lienzo y el estudio se llenó de un frío húmedo, semejante al aliento de una tumba abierta.

Flavia terminó los ojos de su madre.

La boca pintada se abrió.

De la tela brotó un gemido débil.

—No hagas ruido —susurró Flavia—. El espectáculo aún no termina.

Continuó pintando mientras Chopin sonaba.

Al otro lado de la ciudad, dos cuerpos aparecieron colgados bajo el puente del parque central.

Nadie los vio llegar.

Un instante antes, el lugar estaba vacío. Después, una lluvia de chispas dibujó dos siluetas en el aire, primero los huesos, luego la carne desnuda. Los cadáveres quedaron suspendidos sobre el río, despojados de la piel y balanceándose lentamente con el viento.

——

El detective Steven había visto demasiadas formas de morir, pero ninguna como aquella.

No había sangre bajo el puente. Tampoco huellas, cuerdas ni señales de que los cuerpos hubieran sido trasladados. Parecían colgar de la oscuridad.

Las cámaras de vigilancia mostraban algo aún más desconcertante. A las tres y diecisiete de la madrugada, unas luces rojizas habían comenzado a girar sobre el río. Las chispas formaron dos figuras humanas y, segundos después, los cadáveres aparecieron suspendidos.

Las víctimas fueron identificadas como Sara Braskem y Jonás Shayper, dos antiguos ilusionistas de Las Vegas.

Steven descubrió que tenían dos hijas.

La menor, Antonelli, llevaba cinco años recluida por haber apuñalado al propietario de una tienda. Tenía diez años cuando ocurrió. La mayor, Flavia, era una pintora reconocida que firmaba sus obras con el seudónimo de Breyla.

Su estudio se encontraba a pocas calles del parque.

Cuando Steven llegó, encontró la puerta abierta y escuchó la música de Chopin desde la acera.

Dentro había docenas de lienzos: hombres ardiendo dentro de automóviles, niños mirando tumbas abiertas, figuras sin rostro y cuerpos suspendidos sobre ríos negros.

Flavia trabajaba frente a un paisaje nocturno. Era una muchacha delgada, de facciones delicadas, vestida de blanco. Nada en ella parecía peligroso.

Steven le comunicó la muerte de sus padres. Flavia dejó de pintar durante unos segundos. Después continuó. No lloró ni hizo preguntas. Explicó que sus padres la habían utilizado desde niña, apropiándose del dinero de sus pinturas y obligándola a participar en sus trucos. Cuando dejó de obedecerlos, la apartaron de sus vidas.

Steven recorrió el estudio.

Entre los lienzos encontró uno que mostraba a un hombre atrapado dentro de un automóvil. Donde debía estar el corazón, Flavia había pintado una masa negra y espinosa.

El detective reconoció el rostro. Era el antiguo novio de la joven, muerto un año atrás en un accidente inexplicable. La mujer que viajaba con él también había fallecido. Ambos tenían los órganos quemados, aunque el vehículo apenas sufrió daños.

Antes de marcharse, Steven observó otra vez el cuadro que Flavia estaba terminando.

Entre los árboles aparecían dos personas colgadas.

Eran sus padres.

Días después, Antonelli recibió la noticia en el reclusorio sin mostrar tristeza.

Solo se preocupó cuando creyó que la víctima podía ser Flavia. Al saber que se trataba de sus padres, sonrió.

La muchacha afirmó haberlos visto morir en sueños. Había contemplado a Flavia pintándolos mientras su madre gritaba desde el lienzo y su padre intentaba arrancarse los ojos.

Antes de regresar a su celda, Antonelli hizo una pregunta que persiguió al detective durante el resto del día:

—¿Mi hermana ya lo pintó a usted?

 

Steven a salir del lugar revisó los archivos de los últimos ocho años.

Encontró diecisiete muertes imposibles.

Un hombre ahogado dentro de una habitación seca. Un traficante hallado sin pulmones y sin una sola herida. Un empresario encerrado dentro de una estatua de yeso. Un político descubierto con raíces creciendo en el interior de su cuerpo.

Todos tenían antecedentes criminales y todos habían aparecido antes en alguna pintura de Breyla.

Los cuadros no representaban sus muertes, ni siquiera las anunciaban, ¿coincidencia?

Steven obtuvo una orden y regresó al estudio acompañado por varios agentes. Flavia escuchaba a Chopin mientras mezclaba pintura. No se resistió cuando la esposaron.

Registraron cada habitación y confiscaron los lienzos. Encontraron retratos de casi todas las víctimas, fechados antes de sus muertes. Sin embargo, no hallaron armas, sangre ni sustancias extrañas.

La pintura era común, los pinceles eran comunes, solo las imágenes resultaban imposibles.

Flavia fue interrogada durante horas. Permaneció tranquila, convencida de que no podían demostrar nada. Para ella, aquellas muertes no eran asesinatos, sino castigos. Las víctimas habían sido violadores, traficantes, asesinos y pedófilos.

Sus padres tampoco eran inocentes. Habían explotado a sus hijas, robado el dinero de Flavia y utilizado a Antonelli en uno de sus trucos hasta provocar algo que ninguna de las hermanas quiso contar.

Steven la acusó de creerse con derecho a decidir quién merecía vivir.

Flavia solo respondió:

—Yo no decido. Únicamente pinto lo que ya existe dentro de ellos.

Los análisis no encontraron pruebas. Su abogado consiguió que la liberaran aquella misma noche.

Antes de abandonar la comisaría, Flavia se detuvo frente a Steven.

—Sigue mirando el escenario equivocado, detective.

Después se marchó.

Durante varias semanas no hubo más muertes.  Flavia volvió a su rutina. Pintaba de madrugada, compraba flores al amanecer y visitaba a Antonelli todos los domingos.

La policía vigilaba cada uno de sus movimientos. Aun así, pocos días después, la condena de Antonelli fue anulada. El propietario de la tienda había ocultado fotografías de niños en el sótano de su negocio y varias pruebas contra la menor habían sido manipuladas.

Flavia fue a buscar a su hermana, aquella misma noche, ambas desaparecieron.

No compraron boletos ni retiraron dinero de sus cuentas. No llevaron equipaje, abandonaron la ciudad como si nunca hubieran existido.

Cuando Steven entró en el estudio vacío, solo encontró el reproductor de música y un caballete cubierto con una sábana.

La retiró, debajo había una última pintura. Representaba la sala de interrogatorios. En el centro, Steven aparecía sentado frente a la mesa, con los ojos abiertos. Detrás del espejo se encontraban Flavia y Antonelli. Las dos solo observaban. En la esquina inferior del lienzo había una fecha. La de aquella noche.

El reproductor se encendió solo, Chopin llenó el estudio.

Steven retrocedió mientras la figura pintada movía lentamente los ojos. El hombre del cuadro abrió la boca y un pincel emergió entre sus labios. En ese mismo instante, el detective sintió una punta de madera ascender por su garganta.

Tosió. Algo duro chocó contra sus dientes.

Cayó de rodillas, intentando respirar, mientras su boca se llenaba de cerdas empapadas en rojo.

A cientos de kilómetros, Flavia viajaba junto a Antonelli en un tren que atravesaba las montañas.

Su hermana dormía apoyada sobre su hombro. Sobre las piernas de Flavia descansaba un pequeño cuaderno de bocetos. En la última página aparecía Steven, arrodillado frente a un lienzo.

Flavia limpió con el pulgar una mancha roja.

Antonelli abrió los ojos.

—¿Terminó?

—Sí.

—¿Sufrió?

—Lo necesario para que sepa la verdad.

—¿Ahora podremos empezar de nuevo?

Flavia observó su reflejo en la ventanilla. Detrás de ellas aparecieron los rostros despellejados de sus padres, con las bocas cubiertas por gruesas pinceladas negras. Flavia rozó el cristal y los hizo desaparecer.

—En otro continente —respondió—. Con otros nombres y sin pasado.

—¿Sin magia?

Las luces del tren parpadearon.

Las primeras notas de Chopin comenzaron a salir de los altavoces.

Flavia introdujo una mano en el bolso y acarició el pequeño frasco de vidrio oscuro.

Sonrió.

—Sin magia.

Pero la pintura del cuaderno todavía estaba húmeda.